Rompiendo las olas Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Mi mente se desconecta del resto del mundo.

Me pierdo en el detalle: el movimiento suave de su melena, la elegancia despreocupada de sus gestos.

Es como un personaje de novela romántica; uno de esos que caminan con música épica de fondo sin saberlo.

Mientras lo observo, me pregunto cómo se sentiría pasar los dedos por ese pelo pesado por el salitre. La sola idea me hace estremecer.

—¿Te encuentras bien?

Verlo con la frente tan arrugada me hace rodar los ojos y clavar la vista en la arena.

—¿Yo? Sí, bien. Solo… pensativa —me excuso, intentando no sonar tan absorta como estoy en realidad.

El momento, aunque fugaz, se siente eterno. Es como si el exterior se hubiera desvanecido y solo quedáramos él y yo. No es solo admiración; es una especie de hechizo que me mantiene anclada, esperando su siguiente movimiento.

—Siento decírtelo, pero he mirado la agenda y tengo una reunión en el club con mis compañeros en diez minutos. Lo lamento. ¿Qué querías decirme? A lo mejor nos da tiempo.

Salgo de golpe de mis ensoñaciones y caigo directo en el pozo de la frustración.

¿Reunión del club? Me pregunto si será verdad o una excusa educada para evitarme.

Me irrita no saber si Josh es de los que esquivan conversaciones con pretextos delicados...

o si realmente tiene un compromiso. Me siento expuesta, rozando el ridículo por haber analizado tanto la situación.

—Bueno, no es importante. No quiero incomodarte. Podemos hablar otro día.

—Todavía tengo diez minutos, y no pasa nada si llego un poco tarde. Además, soy el supervisor; sin mí no empieza la charla —me guiña un ojo, relajado.

Ese gesto me ayuda a aflojar los hombros. Parece sincero. Me siento mal por haber sido tan desconfiada de entrada. No esperaba que esta conversación arrancara así, pero quizá el límite de tiempo juegue a mi favor para no dar demasiados rodeos.

—Sé que no soy la persona más valiente del mundo, y quizá nunca logre hitos como los de David, pero es cierto lo que dije: quiero intentarlo.

No le diré la verdad. No se trata solo de intentarlo, sino de necesitarlo por algo más grande que mis miedos; algo que ni yo misma termino de comprender.

—Ya veo. ¿Qué tienes en mente?

Su expresión cambia de neutra a atenta y mi corazón se acelera.

Nunca me había sentido así, ni siquiera ante los exámenes más difíciles de la universidad.

¿Qué tiene este hombre que me hace sentir tan incómoda en mi propia piel y, al mismo tiempo, tan viva?

Su mirada, su sonrisa, su manera de estar...

es como si hubiera entrado en un universo paralelo donde no sé ni quién soy.

—He pensado que podría empezar por lo que sugeriste. Lo de la piscina —una oleada de nervios me empuja a seguir hablando—. Me di cuenta de que, en un entorno menos agresivo —señalo el océano—, quizá consiga moverme mejor.

Su cara se ilumina.

—Estoy de acuerdo. La piscina es un excelente punto de partida. ¿Lo harás cuando regreses a tu país?

Me quedo helada. No esperaba esa pregunta. ¿Cree que hablaba en abstracto? ¿Que no contaba con él? Entonces, algo hace clic. Claro. No quiere hacerlo; lo de la piscina fue solo un comentario amable, una frase de libro de autoayuda. Me siento una idiota.

—Tampoco lo tengo claro —añado, bajando la mirada a la arena—. Y si llego a hacerlo, no sé si tendré la motivación suficiente. Fue solo un pensamiento fugaz.

Me encojo de hombros, sintiéndome absolutamente ridícula. No debería haber venido .

—Alicia...

Saboreo mi nombre en su voz con una sensación extraña de emoción y escozor.

—¿Sí? —Mi voz tiembla. Qué novedad.

—¿Puedo llamarte Ali? —pregunta con una sonrisa mientras se desordena el cabello con la mano.

Ali solo me llaman mis amigos, pero en su boca suena demasiado bien.

—Claro.

—Si vas a estar por aquí un tiempo, puedo darte yo las clases. Si te interesa, busco un hueco en el horario que nos venga bien a los dos.

Definitivamente soy una idiota. Él está siendo práctico, profesional, mientras yo divago en escenas de novela romántica.

—No quiero que cambies tus planes por mí. Si no te viene bien, de verdad, no pasa nada —digo, intentando sonar relajada. Fracaso rotundamente.

—No se trata de eso. Encontraremos el momento. Déjame revisarlo.

Asiento con una sonrisa débil y bajo la vista.

Mis ojos se encuentran con su pie biónico.

No puedo evitar sentirme culpable por lo que pensé la primera vez, por no haberlo comprendido.

Observo esos dedos de metal, tan perfectamente diseñados, y me fijo en mis propios pies enterrados en la arena.

Pienso en cuánto los echaría de menos si me faltaran; en todo lo que él ha perdido y en lo valiente que es.

Una mano se posa en mi hombro y me sobresalto. Sus ojos están ahí, y sus labios dibujan una sonrisa ladeada.

—Tengo que irme. Me están esperando.

—¿Quieres irte? —Lo digo en voz alta. Lo pienso y él lo oye. Mierda.

Odio el silencio que sigue.

—No quiero, pero tengo que hacerlo —responde con una voz suave que me eriza la piel.

Siento las mejillas arder y sé que él se da cuenta porque sonríe y se pasa la lengua por los labios, casi como si lo hiciera con intención. Sus ojos brillan y yo tiemblo por dentro; este chico está despertando algo que no sé manejar.

—Por cierto, toma.

Abre la mano y me entrega un papel. No me había fijado en que lo llevaba.

—Ahora ya tienes mi número. Llámame esta noche y concretamos cosas.

Al oírlo, mi cerebro toma un desvío directo hacia la avenida de las ideas prohibidas.

Me sorprendo a mí misma transformando una invitación logística en un tour por el bulevar del ligoteo.

No ayuda el cosquilleo que me recorre la piel, ni la sensación inequívoca de que el clima bajo mi bikini se ha vuelto tropical.

—Te llamaré. ¿Alguna hora en particular? —pregunto, intentando recuperar la firmeza.

—Cuando te apetezca. Estaré esperando tu llamada.

¿Lo ha dicho de verdad? Me río por lo bajo, tratando de espantar los pensamientos incendiarios. Una cosa es coquetear con el fuego y otra muy distinta convertirse en pirómana emocional.

—Genial.

Oigo mi propia voz como si fuera ajena. En mi cabeza, un susurro insiste: «Atrévete. Llámalo». Josh se despide y se aleja, dejándome clavada en la arena, tan puntual como mis propias fantasías.