Capítulo 10 #2
¡Oh, Dios! El neopreno no oculta la realidad y ahora al desnudo parece de piedra. Está duro y... mi mente viaja por nanosegundos a lugares prohibidos. Me quedo mirándolo, sintiendo un hormigueo en los dedos que me sube por todo el brazo. He olvidado qué iba a decir. Estoy completamente bloqueada.
Él me observa con el ceño ligeramente fruncido.
—¿Alicia? ¿Qué puedo hacer por ti?
Soy un desastre. Si mi cerebro dejara de fijarse en lo que tengo delante por un segundo... Sus ojos. Esos ojos verdes. ¿Qué clase de color es ese? Son hipnóticos. Nunca los había visto con tanta nitidez, o quizá no me había atrevido a fijarme hasta ahora.
—Ah… yo… —retiro la mano como si me hubiera quemado y tartamudeo—, lo siento.
—Tranquila, solo necesito ir a clase. ¿Seguro que estás bien?
«Sí. Solo siento una vergüenza de proporciones épicas». Trago saliva, que se siente espesa y pastosa, y necesito un par de intentos para conseguir que baje.
—Sí, claro. Solo me preguntaba... si... si… —Las palabras se me atascan. ¿Qué estupidez me pasa?—. Si podríamos...
Él arquea las cejas. Ese gesto me empuja a soltarlo de golpe, sin anestesia.
—Si pudiéramos hablar en privado después de clase...
Oh, mierda. ¿En privado? No quería decir eso. Quería decir… tranquilamente, sin mis amigos alrededor. Sin Engel acechando. Joder.
—Tendré que consultar mi agenda —dice con una expresión que no alcanzo a interpretar.
—Oh… —De pronto, me siento ridícula—. No hay problema. No era im portante.
«Sí que lo era, idiota». Supongo que la decepción se me nota en la cara, porque me dedica una pequeña sonrisa reconfortante.
—Lo que quiero decir es que necesito mirar mi agenda para comprobar si tengo doble clase después de esta. No lo creo, pero déjame verificarlo. Si es así... por supuesto, sin problema.
—No quiero molestarte ni alterar tus planes, ya sabes… —muevo las manos rápido, con gestos sin sentido que solo subrayan mi nerviosismo.
—No es ninguna molestia. Estaré encantado de charlar contigo. Solo déjame comprobarlo y hablamos.
—Como tú digas.
Josh deja la tabla sobre la arena un segundo. Me mira con algo parecido a la incredulidad y siento un pequeño pinchazo de alarma.
Este hombre no es tonto, y yo estoy haciendo el ridículo más absoluto. Espero que no piense que le estoy pidiendo una cita. O algo peor.
Oh, no. Nada de eso. Por la chispa en su mirada, detecto diversión. Una diversión suave, casi irónica. Sé reconocerla perfectamente: se está riendo de mí.
Genial. Oh, Dios.
En el movimiento más estúpido del día, me muerdo el labio inferior. En cuanto me doy cuenta de que él lo está mirando, lo suelto al instante como si me hubiera quemado.
—Es decir, genial. Perfecto. Estaré por aquí esperando a que termines la clase. Solo quería hablar de algo... preguntarte una cosa. Bueno, ya lo hablaremos luego.
«¿Qué demonios me pasa?». Estoy fatal.
Josh levanta la tabla con una facilidad insultante y me lanza un «Hasta luego» encantador antes de alejarse.
Yo me quedo allí, estática, sonriendo como si acabáramos de prometernos matrimonio.
Cuando por fin lo veo caminar hacia el agua, recupero la compostura y vuelvo a la realidad.
Regreso a mi toalla y me siento con la vista clavada en el mar.
Desde mi pequeño santuario de arena, no puedo dejar de observar la clase que se despliega frente a mí.
Josh se mueve entre las olas con una mezcla perfecta de destreza y naturalidad.
Aunque sé que lleva una prótesis bajo el neopreno, es imposible notar la diferencia.
Me pregunto cómo lo logra; cómo consigue que parezca tan fácil.
Cada vez que se pone de pie, todo a su alrededor parece desaparecer.
Solo están él y el océano, como si danzaran en una sintonía privada.
Yo, desde la orilla, soy incapaz de apartar los ojos.
La admiración y curiosidad profesional me recorren la piel.
¿Cómo se sentirá el agua bajo una pierna que no percibes?
¿Cómo mantiene el equilibrio con tanta precisión?
Ahí está: deslizándose con la gracia de un delfín.
Me descubro sonriendo con un punto de envidia por la naturalidad con la que acepta el desafío.
Cada ola conquistada es una victoria, no solo contra el mar, sino contra todo lo que el mundo haya querido poner en su contra.
Tal como me dijo en la fiesta. Mientras el resto del grupo lucha por no caer, él parece fundirse con la tabla.
Es hipnótico y, sí, increíblemente atractivo.
La clase termina. El grupo emerge del agua como criaturas mitológicas regresando a la tierra.
Observo a Josh mientras se despide de los alumnos y se acerca a los otros instructores.
No puedo evitar imaginarlo revisando mentalmente su agenda, buscando ese hueco para nuestro encuentro.
Un cosquilleo de nerviosismo me recorre el estómago.
Justo entonces, mis amigas regresan sacudiéndose el agua entre carcajadas.
—¡No vas a creértelo, Alicia! —exclama Delia con los ojos brillantes—. ¡Casi me trago medio Pacífico! Una ola me pilló por sorpresa y...
—¡Y yo! —la interrumpe Blair, aún jadeante—. Estaba de pie, ¿vale? Y de repente… ¡pum! Caí como un saco de patatas. Todo el mundo debió de verlo.
Río con ellas, pero mi risa suena hueca. Mis ojos siguen clavados en Josh, que ahora anota algo en un cuaderno. ¿Estará marcando su próxima clase? ¿O nuestra no-cita?
«Joder, qué cita ni qué nada. Es una consulta profesional, Alicia».
Cada gesto suyo, cada vez que mira el reloj, añade una capa de ansiedad.
—¿Alicia? ¿Nos estás escuchando? —Delia me da un codazo suave—. Te decía que el instructor, el que parece modelo de revista, ha dicho que lo he hecho genial para ser la segunda vez.
—Ah, sí, claro —murmuro sin desviar la vista—. Genial, Delia.
—¿Estás bien? —pregunta Blair, arqueando una ceja—. Te noto en Júpiter.
Las risas de mis amigas continúan, pero apenas sigo el hilo. Josh se despide de sus compañeros y mi corazón da un vuelco. Es ahora o nunca. ¿Y si simplemente desaparece entre la multitud? La sola idea dispara mi ansiedad. Quizá debería acercarme… o esperar a que sea él quien venga.
—Deberías haber visto cómo te miraba ese bombón mientras estaba en el agua —bromea Delia, intentando captar mi atención.
—Sí, claro —respondo, aunque apenas he escuchado la mitad de lo que dicen. Mi mente está en otra parte. En alguien que, ahora mismo, parece completamente ajeno a mi existencia.
—No, en serio. No paraba de mirarte —insiste Delia.
—¿Qué? —la miro, sorprendida .
—Ese de ahí —señala hacia un chico a lo lejos.
—Ah… —reconozco su rostro—. Es David. Lo conocí la semana pasada. No se atrevía a entrar al agua, igual que yo. Me alegra ver que al final se ha lanzado. Mejor que yo, desde luego.
—¿David? —repiten las dos a la vez, con un tono burlón que me irrita.
—Sí, David, vuestro nuevo compañero de clase —respondo con seriedad, entrecerrando los ojos para dejar claro que no estoy para bromas.
—Ajá… Muy bien. ¿Y qué tal te fue con David, eh? —Blair me guiña un ojo con descaro.
Dudo entre responder o ignorarla, pero justo cuando voy a replicar, noto que el chico me mira y se acerca. Mis amigas, entre risitas cómplices, se apartan lo justo para dejarme a solas con él. Me levanto de la toalla, sintiendo una punzada de nerviosismo.
—Hola, ¿qué tal? —David me saluda con dos besos en las mejillas.
—Bien, ¿y tú? —No quiero parecer antipática; fue muy amable la última vez.
—Genial. ¿Me has visto? Por fin me he lanzado —dice, orgulloso. Y tiene motivos para estarlo.
—Estoy orgullosa de ti, que lo sepas. Ahora mismo eres mi inspiración.
Apenas termino la frase cuando noto una presencia a mi lado. Sigo la mirada de David y, al girarme, encuentro a Josh observándonos con una curiosidad que me pone en guardia.
—No quiero interrumpir, pero estoy totalmente de acuerdo —interviene Josh—. David, has estado impresionante. Para ser tu primera vez, lo has clavado. Tienes aptitudes, no lo dejes.
—¿Yo? Ahora que he perdido el miedo, nada me detiene —responde David, con una sonrisa enorme. Siento un leve pinchazo de envidia. Ojalá yo pudiera sentir esa euforia.
—Esa es la actitud. Muy bien —lo anima Josh con esa voz grave y tranquila que consigue descolocarme sin motivo.
Entonces, David se inclina y me toma la mano. El gesto me deja atónita.
—Ahora solo faltas tú, pero, bueno, poco a poco. Nada me haría más feliz que verte entrar en el mar.
Genial. Más expectación. Solo falta que monten gradas para cuando decida mojarme las rodillas.
—Bueno… nunca se sabe. Estoy en ello.
—Me alegro mucho —dice él con una mirada brillante.
No soy tonta. Sé perfectamente qué tipo de brillo es ese y no tengo intención de alimentarlo. Asiento, bajando la vista. Cuando vuelvo a mirarlo, ya me ha soltado .
—Eh... ¿nos vemos entonces? Si te apetece tomar algo, avísame —dice, ignorando por completo que Josh sigue ahí, como una estatua a mi lado.
—Claro. Te diré algo.
«No lo haré».
—Genial. Me voy a cambiar —se acerca de nuevo y esta vez soy yo quien se adelanta para darle dos besos rápidos de despedida.
—Nos vemos.
—Hasta la próxima clase, David —dice Josh. Su tono es ahora notablemente menos amistoso.
—Hasta pronto —responde él mientras se aleja por la arena, no sin antes guiñarme un ojo.
Cierro los ojos un instante e inspiro hondo. Ahora sí, me toca enfrentarme a Josh.
Cuando me atrevo a mirarlo, me arrepiento al instante.
No puedo evitar fijarme en su cabello largo y mojado, que cae sobre sus hombros, lo que lo hace parecer un personaje de lienzo artístico.
El sol poniente acaricia los mechones húmedos y, por un segundo, Josh parece irreal.
La forma en que el agua se aferra a su piel y resbala por su cuello lo vuelve irresistible. Casi comestible.