Rompiendo las olas Capítulo 10
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Capítulo 10

¡Al agua, patos!

Es sábado por la mañana y tengo que admitir que, aunque no doy saltos de alegría ante la perspectiva de pasar la tarde en la playa, necesito hacerlo para hablar con Josh.

Estoy nerviosa. Supongo que se debe a que nada de esto ha sido planeado, sino el resultado de un impulso del que ya me estoy arrepintiendo.

Si algo aprendí del altercado con mi padre, es que no puedo entrar en una batalla sin una estrategia clara; hacerlo es perderla antes de empezar.

Tal vez, por una vez en la vida, he decidido no enfrentarme a todo de cara, sino aprender a esquivar los golpes.

¿Por qué lo hago? Porque siento que mi existencia es un caos incierto y lleno de riesgos. Cometo errores en el trabajo, en casa, con mis amigos... No me siento realizada. Nada parece tener sentido ahora mismo; incluso los pocos pilares que me sostenían han empezado a desmoronarse.

No tengo la menor idea de cómo unas clases en una piscina me van a ayudar a superar mi fobia al mar, pero estoy dispuesta a intentarlo, aunque solo sea para mantener la mente ocupada.

Mi cabeza es un hervidero. Los propósitos que me trajeron de vuelta a Malibú, en lugar de aclararse, solo se vuelven cada vez más difusos.

Blair viene a recogerme con Delia. Pregunto por Engel y su hermana me confirma que va directo a la playa. Mejor así; no tengo ganas de más intercambios de miradas incómodas después de su confesión en la cocina.

Llegamos a la orilla. Hay mucha más gente que la semana pasada.

Los más extrovertidos describen la situación como si fueran reporteros deportivos, salpicando la charla con cifras y datos climáticos que podrían confundirte con un meteorólogo profesional.

Tras oír la frase que todo surfista venera, «la marea está cambiando», decidimos dónde plantar el campamento.

Mis amigas rebosan entusiasmo, todo lo contrario a mi estado de ánimo.

Aun así, trato de aferrarme al único pensamiento positivo: ver de qué soy capaz hoy.

Me extiendo sobre la toalla bajo ese sol que tanto detesto, esperando que el calor me libre del aburrimiento antes de que lleguen los nervios de verdad.

Adelia y Blair recogen sus tablas en la zona de la escuela y se preparan para encerarlas.

Aplican la pastilla con movimientos meticulosos en la parte central; debe haber la cantidad justa: suficiente para evitar resbalones, pero la necesaria para permitir ajustes rápidos de los pies.

Algo sé sobre esto. En resumidas cuentas, el surf es el acto de deslizarse de pie sobre una tabla impulsada por una ola. Conceptualmente, suena sencillo.

Con todo listo, nos dirigimos a la orilla.

Hoy he decidido acompañarlas hasta la rompiente y, mientras avanzo, recuerdo por qué este deporte no me entusiasma, especialmente cuando la playa está tan concurrida.

Mi paso se ralentiza. Me dedico a observar a quienes se preparan para entrar al agua.

Están los principiantes, que dejan las tablas en la arena y se levantan una y otra vez intentando crear esa «memoria muscular», sin percatarse de que el mar es un fluido que jamás permanece quieto.

También están los que salen, comentando con los que entran que «hace un rato estaba mucho mejor», la frase eterna que todo surfista pronuncia al menos una vez al día.

Luego están los que se toman su tiempo para estirar, y esos jóvenes que entrenan con la esperanza de convertirse en el próximo Kelly Slater.

Estos últimos me hipnotizan; necesitan metros cuadrados de arena para su ritual.

Comienzan con las articulaciones y siguen con lo que yo llamo «el baile de la ola»: cierran los ojos, extienden los brazos y se mueven como si ya estuvieran surfeando, con giros bruscos y cambios de dirección guiados por pasos cortos y decididos.

Finalmente se detienen, miran el horizonte y se lanzan a correr hacia el agua.

Una vez en la orilla, tras observar esos rituales como si de una obra de teatro se tratase, dejo que la bruma y el salitre acaricien la piel que mi vestido deja al descubierto.

Cierro los ojos y evoco mi infancia: las horas en el coche buscando la cala perfecta con mi padre para acabar siempre en la más cercana, las risas, los momentos compartidos…

y todo lo que ha cambiado desde entonces.

Entrelazo las manos y sumerjo un pie en el agua, convenciéndome de que este puede ser un buen día. Consigo mojarme sin soltar un chillido. O eso pensaba hasta que alguien me toca el hombro con suavidad. Absorta en mis pensamientos, me giro de golpe, sobresaltada.

Me llevo la mano al pecho y estoy a punto de gritar, pero la voz se me queda atrapada en la garganta.

Debo de tener una expresión de pánico absoluto, porque Josh me observa con los ojos muy abiertos, tan sorprendido como yo.

Está frente a mí, con esa calma que me resulta desconcertante.

Sus ojos no parpadean y su boca apenas se tensa, pero hay algo extraño en su mirada.

Como si quisiera decir mucho y no pudiera.

«No debería estar haciendo esto», pienso.

Se inclina un poco más hacia mí.

—¿Te he asustado? Lo siento mucho.

—No, no, qué va —miento mientras un calor intenso me recorre el pecho. Verlo con el traje de neopreno bajado hasta la cintura me quita el aire por un segundo—. Estaba perdida en mis pensamientos y no te oí llegar. ¿Cómo estás?

Cambio de tema a la velocidad del rayo. No quiero admitir que su llegada silenciosa me ha dado un susto de muerte. Ni que su torso desnudo me acaba de saludar con mucha educación.

—Al final has decidido venir a la clase —dice con una sonrisa encantadora. Es guapo cuando sonríe. Y también cuando no lo hace.

Sacudo la cabeza, intentando recuperar la compostura.

—Sí, parece que sí —le devuelvo la sonrisa.

Y aquí estamos, hablando como si nunca hubiera pasado nada raro entre nosotros. Aunque lo más raro, sospecho, está por llegar.

Me sobresalto al sentir que alguien me rodea la cintura por detrás. La voz que me susurra al oído es inconfundible: Engel.

—Mi amor, qué alegría verte aquí —dice, antes de plantarme un beso en la mejilla.

Mi piel, que ya de por sí es clara, debe de haber adquirido un tono carmesí por el impacto y la vergüenza que me provoca su actitud.

—Te dije que vendría —respondo, intentando apartarlo con un gesto de disgusto.

La expresión de Josh se vuelve tan fría como un bloque de hielo, a pesar de los treinta grados que caen a plomo sobre la arena.

Me deshago de las cadenas imaginarias que me frenan las ganas de salir corriendo y me aparto de Engel.

Aun así, él se coloca a mi lado y me echa un brazo por encima del hombro con una actitud que, de no ser por lo que pasó en la cocina, jamás habría considerado posesiva. Ahora, sin embargo, me irrita.

—Ah, pues no me acordaba —dice Engel con aire de suficiencia. Se gira hacia Josh—. ¿Sabías que dentro de poco nuestra amiga estará surfeando estas olas?

Josh y yo nos cruzamos una mirada. Realmente tengo ganas de matar a Engel .

—¿Qué? —es lo único que logra decir Josh, con la voz apenas audible.

Justo cuando voy a explicarme, Engel se adelanta y me interrumpe de nuevo.

—Estas cosas no se planean, y así es Alicia. Genuina como ella sola. Decide enfrentarse al miedo de improviso. ¿No te parece? Estoy muy orgulloso de ella —y, sin previo aviso, vuelve a besarme en la mejilla.

¿Pero qué le pasa? Lo conozco bien y no es habitual en él tener estos arrebatos de afecto. Está como una regadera.

—¿A qué te refieres? ¿Vas a hacer la clase con ellos? —La esperanza que se dibuja en la expresión de Josh me desconcierta y, al mismo tiempo, me anima.

—No —respondo con firmeza. Me vuelvo hacia Engel—. Deja de decir eso, no fue lo que te dije. Y, por favor, dame espacio para organizar mis propios planes.

Le sostengo la mirada, dejando claro que no debe inmiscuirse en mis asuntos.

— ¡Uh…, ¿amenaza o promesa?! —me guiña un ojo con cara de pillo.

Se salva de un guantazo por los pelos. Se salva de un guantazo por los pelos. Solo porque no soy violenta, pero comienza a alimentar en mí sentimientos poco ortodoxos.

—¡ENGEL! —los gritos de Delia resuenan a lo lejos y, por suerte, me salvan en el último momento. A la tercera vez que lo llama, ya no puede ignorarla—. ¡VOY! —responde él—. Bueno, cariño, nos vemos después. Josh, te espero en el agua.

Josh asiente con una sonrisa algo débil. Engel por fin se aleja. Ya era hora.

Cuando alzo la vista, veo a Josh terminando de ajustarse el traje.

Al meter los brazos por las mangas no puedo evitar fijarme en sus antebrazos: masivos, fuertes…

Jamás he visto a un hombre con una complexión así fuera de un libro de anatomía.

Es casi perfecto, como si hubiera sido esculpido por el mismo mar.

Lleva un tatuaje que le recorre el brazo: una ola en colores vivos, tan realista que parece moverse. Pero lo que de verdad me atrapa es el trazo que tiene sobre el pecho izquierdo, justo donde late el corazón. Un electrocardiograma que, en un punto, se curva hasta formar una pequeña cresta de agua.

Este chico no solo surfea: respira el océano. Y, por contradictorio que parezca, eso es lo que más me frena.

Recoge su tabla del suelo y se queda observándome un instante.

—Eh… no hagas caso a Engel. Es un cachondo mental —le digo, tratando de romper el hielo que él mismo ha formado .

No sé de dónde sale esa risita nerviosa, pero definitivamente no encaja con lo que acabo de decir. Suena infantil.

—No te preocupes. ¿Por qué lo haría? —responde él, recuperando su tono profesional.

—Exacto.

«Qué idiota soy», me recrimino, frustrada por mi propia falta de naturalidad.

—Bueno, me voy a clase. Me alegro de verte, Alicia.

Cuando se da la vuelta, no se me ocurre otra cosa que agarrarle del brazo. Por suerte, elijo el que no sostiene la tabla; tal y como gira, podría haberme golpeado en la cabeza.

—¿Necesitas algo? —Desvía la atención hacia mi mano, que sigue apoyada sobre su tríceps.