Rompiendo las olas Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Pone cara de fastidio, pero ya no puede esconderlo. Lo ha soltado y el aire en la cocina se ha vuelto eléctrico .

—Y, por cierto, no soy tu tipo. Ni de coña —añado.

—Ahí discrepamos. Díselo a mi pene, que sueña contigo.

Le suelto un manotazo en el brazo. Se hace el herido, exagerando el dolor como si le hubiera roto un hueso.

Me echo a reír; Engel siempre ha tenido ese don para llevar lo dramático a lo ridículo.

Empieza a hacerme cosquillas y grito de risa, suplicándole que pare antes de que pierda el control de mi vejiga.

En un segundo, el juego termina y quedamos a un suspiro de distancia.

Se pone serio. Trago saliva, rezando para que no cometa ninguna tontería que no podamos borrar mañana.

Entonces, la voz de Rosemary irrumpe en la cocina como un jarro de agua fría.

—¿Ya estáis con las tonterías? —pregunta. «Nunca mejor dicho», pienso, recuperando el aire.

—¿A qué hora vas a hacer la comida, mamá? —Engel se aparta por fin y yo vuelvo a respirar.

—Cuando tú aprendas a cocinar. Venga, fuera de aquí.

No puedo evitar reír ante el corte.

—Ay, mamá, qué bruja eres —suelta él con una sonrisa de niño travieso.

—¿Bruja? ¿Has dicho bruja? —Rosemary se muerde la lengua para no soltar otra carcajada—. Voy a buscar mi escoba y tu culete va a conocer mi brujería.

No puedo contenerme. Me rompo de risa y Engel hace lo mismo; su madre acaba uniéndose a nosotros.

Él rodea la isla y la abraza por detrás, dándole un beso en el cuello.

Apoya la barbilla en su hombro y se queda así un buen rato, mientras Rose sigue regañándolo entre bromas.

Él no deja de mirarme. Es una mirada demasiado intensa.

«Desvía los ojos, imbécil, o esto va a acabar mal. Joder, Engel».

Como si pudiera leerme el pensamiento, alza la cabeza y besa la coronilla de su madre. Luego, vuelve a fijar su atención en mí.

—Entonces, ¿qué? ¿Vas a venir a verme estrenar la tabla el sábado o no? Delia me ha dicho que te resistes.

Ambos esperan mi respuesta. Y después de todo el torbellino de emociones de las últimas horas, solo puedo decir una cosa:

—No me lo perdería por nada del mundo.

Engel sonríe de oreja a oreja y me doy cuenta, demasiado tarde, de que mi respuesta ha sonado más entusiasta de lo que pretendía.

—¡Qué guay que quieras verme surfear como un campeón! ¿A que sí, mamá?

Rosemary me sonríe con una ternura que me disuelve las defensas.

—Ay, mi niña, me alegro de que estéis disfrutando así. Necesitas divertirte y salir un poco de estas cuatro paredes.

Pillo la indirecta al vuelo. Me recuerda que todavía tengo un incendio pendiente: mi padre. Desde que aterricé en Malibú no he hecho más que sumar conflictos y no veo otra salida salvo la que estoy a punto de tomar.

—Sí, me va a venir bien, Rose. De hecho, Engel, quiero ir el sábado para hablar con Josh —él frunce el ceño, confundido—. Resulta que... me va a dar clases de... de... —vacilo, sin querer soltarlo todo— de surf. Pero en piscina. Para principiantes.

—¿Y eso? —pregunta Engel con incredulidad—. Nosotros también estamos aprendiendo. Si te apetece, puedes unirte a nuestro grupo.

—Sí, podría... pero ya sabes que no tengo el valor de meterme en el mar con esos bichos.

—¿Todavía te dan miedo los tiburones, mi niña? —pregunta Rose con dulzura.

—Sí… Bueno, no tanto. Seguro que cuando esté lista en la piscina de olas me animaré con el mar.

¡Jamás! No sé cómo voy a salir de este lío, pero ya me inventaré algo. En otro momento. Ahora mismo, solo necesito una excusa para volver a ver a Josh sin que parezca que me he rendido.

—Guau. Eso sí que es novedad. Oye, pues me alegro mucho —responde Engel, y remarca la última frase con toda la intención—: Espero que Josh logre ponerte al día con las clases.

Le lanzo una sonrisa que no me sale del todo.

—Eso es. Será genial.

O no. Mierda, mierda, mierda. Salgo de un incendio y me meto en otro. Punto para ti, Alicia.

—Si te atreves a entrar en el mar y yo lo veo, te juro que te regalo una tabla personalizada —anuncia Engel, entusiasmado con la idea.

—¿Ah, sí? ¿Y con qué dinero, hijo mío? —interviene Rose, cruzándose de brazos—. Mejor búscate un trabajo de verdad y deja de hacer promesas con mi cuenta bancaria. Venga, ponte las pilas, vagabundo.

Lo despacha de la cocina con contundencia y yo no puedo evitar reír entre dientes. El descaro de Rose es el único antídoto contra mi ansiedad.

Lo único que tengo claro es que no pienso meterme en el mar por mucho que insistan. Ni con clases ni sin ellas; ni aunque Josh logre hipnotizarme con su «terapia acuática» o lo que sea que crea que puede ayudarme. Eso no va a suceder.

Lo que sí debe pasar es que tengo que armarme de valor para hablar con él y aceptar el trato.

Es eso o quedar en evidencia delante de Engel y, ahora, también de Rose.

Además, ¿qué daño puede hacerme pasar unas horas chapoteando en una piscina controlada?

Puede que, después de todo, me venga bien desconectar el cerebro y dejar que alguien más tome el mando por una vez.