Capítulo 9 #2
El silencio que se instala ahora es destructor, físico, casi insoportable.
—Enhorabuena —murmura finalmente, con una voz tan baja y forzada que parece que le falta el aire—. Ya era hora de que dejara la soltería.
No digo nada más. Me guardo el resto, lo que podría cambiarlo todo: el secreto que casi escupo sin darme cuenta. Me contengo. No quiero arrastrarla a este fango; ya he dicho demasiado.
Cambio de tema sin previo aviso y finalizo la llamada, dándole espacio para digerir la noticia. Yo también lo necesito. Algo se ha fracturado en mi interior y no podré cerrarlo con facilidad. Mi madre sigue queriéndole. ¿Cómo es posible después de tantos años y tanta distancia?
Entonces lo entiendo: nunca me había parado a pensar en cómo la afecta su ausencia. Jamás había visto el dolor que esconde tras su prudencia. De pronto, me arde la sangre. Él va a volver a romperle el corazón y no pienso quedarme de brazos cruzados.
Para enfrentar lo que viene, tengo que lidiar primero con mis propios fantasmas: mi ansiedad, mis inseguridades y este carácter explosivo que me impide conectar de verdad con quienes quiero.
Vine aquí para reencontrarme, tal como ella me pidió, y por primera vez entiendo lo que eso significa: perderme para poder encontrarme.
Quizá yo sí tenga esa oportunidad. Sobre ellos, no lo tengo tan claro. Pero voy a averiguarlo.
Cuando bajo, el mediodía ya ha pasado. Mi padre no está, lo cual no me sorprende; después de lo de esta mañana, tampoco lo habría buscado. En su lugar, me encuentro a Engel en la cocina.
—Vaya, ¿sigues en pie? —le digo al entrar.
Tiene la cabeza apoyada en la mano y el codo hundido en el mármol de la isla. No hace falta que conteste.
—Calla, no me lo recuerdes —murmura.
Su mano roza mi cintura con familiaridad al pasar junto a él. Me giro y él se inclina hacia mi oído.
—Ayer fue la rehostia. Qué fiestón. Tengo una resaca brutal, Alicia. Me pasé con todo.
—¡No me digas! —respondo con sorna.
Su risa grave llena la cocina. Sonrío sin poder evitarlo y me acerco a la nevera.
—¿Qué haces?
—Voy a tomarme un zumo de naranja. ¿Quieres? Te vendría bien un chute de vitamina C.
—Mientras no tenga alcohol...
Me río, sirvo la bebida y rodeo la isla para ocupar el taburete contiguo.
—Toma, te lo has ganado.
Engel coge el vaso con un gesto solemne y se lo bebe de un trago, sin pestañear. Me quedo con el mío a medio camino entre los labios, observándolo con asombro.
—¡Ahhh! —jadea, dejando el vaso sobre la encimera con tal estrépito que temo que se rompa—. Qué fresquito está.
—Estaba. ¿Quieres más? ¿Te sirvo el mío?
—No, no, cariño. Estoy bien.
Apoya la cabeza sobre el brazo extendido, como si el peso del mundo le cayera encima. Engel y yo hemos compartido muchas conversaciones así, en esta misma cocina, a lo largo de los años.
—¿Sigues entusiasmado con tu nueva tabla?
—¿Has visto qué pasada me han regalado? —Sus ojos brillan un segundo a pesar del cansancio.
—Contribuí, pero que conste que no sabía exactamente qué era.
—Eso sí que es increíble. El tío es impresionante .
—¿Qué tío?
—Josh. La hizo él, a medida. Con mi nombre y todo.
—Esa parte no llegué a verla.
—¿Te cae mal?
La pregunta me pilla desprevenida. No entiendo de dónde saca esa conclusión; me pregunto qué habré hecho para que lo piense.
—¿Quién? ¿Josh? Qué va. Para nada.
—Me pareció que estabais un poco cruzados ayer. ¿Puede ser?
Nos miramos, desconcertados. Niego con la cabeza mientras él me analiza como si estuviera frente a la escena de un crimen.
—Te equivocas —sentencio—. En primer lugar, no lo conozco de nada. En segundo, no veo por qué debería caerme mal. ¿Hay alguna razón que ignore?
—Mi hermana dice que discutisteis.
Joder con Blair; tiene la lengua más rápida que las olas de Malibú.
—No fue nada. Tonterías sobre el surf. Ya sabes lo que opino de todo el tema.
«La excusa de siempre», me recrimino. Mejor cambiar de dirección.
—¿Por qué tengo la sensación de que no es que te caiga mal, sino que te cae demasiado bien?
—¿De qué mierda hablas? —Me tenso en el taburete.
—Eso es justo lo que diría alguien pillado en el acto.
—¿Pillada en qué, Engel? Te falta un verano, chaval.
—¿Te atrae?
—¿Qué?
—Joder, Ali, me has oído perfectamente. No me hagas alzar la voz, que me estalla el cráneo. ¿Te pone?
—¡Pero qué dices! Claro que no.
—Mmm... Vale. ¿Ni un poquito? Porque yo diría que tú a él sí. Ayer vi cómo te miraba. No lo disimuló ni un ápice.
No respondo. El silencio se vuelve pesado entre nosotros. Al final, consigo articular palabra:
—Tú no estás bien. Estás de psiquiátrico, que lo sepas.
—De eso no hay duda. ¿Pero tanto te sorprende que un tío te mire con ojos de hombre?
Mis ojos se abren de par en par. Ha tocado un punto sensible, un nervio que no sabía que estaba expuesto.
Engel siempre ha sido más que un amigo de verano.
Pasamos años analizando nuestras vidas y compartiendo confidencias que no salían de esta cocina.
Con Blair y Delia la conexión es fuerte, pero con él siempre ha sido otra cosa.
Hermandad. Almas gemelas. Nos leemos con una mirada.
—Para tu información, no creo que Josh me mire de esa forma. No soy tan ingenua.
—Ingenua no, pero algo ciega, sí. —Me sostiene la mirada, más serio de lo habitual. No sé si es la resaca o una lucidez repentina.
Suelto una risa baja y cruzo los brazos sobre el pecho.
—¿Ah, sí? ¿Y cuántas dioptrías crees que me faltan, doctor?
—¿De verdad quieres saber la razón?
—Claro que sí. Suéltalo.
—Pues muy bien. A mí tú me pones. ¿Nunca te diste cuenta? Porque me pones muchísimo —gruñe.
Me quedo pasmada. ¿Acaba de decirme que le gusto? Intento salir del paso con humor, pero siento que el suelo se mueve bajo mis pies.
—Seguro que aún te quedan restos de vodka en el cuerpo, Engel.
Pero mi voz suena más tensa que irónica, y ninguno de los dos se ríe. Él levanta la cabeza; me mira de frente, con una verdad desnuda que me frena en seco.
—Es la más pura verdad —murmura.
Levanto una ceja mientras mi mente grita en silencio: «Da igual. Lo aguanto. Soy fuerte. Esto no está pasando». Es uno de mis mejores amigos. No puede ser. No quiero arruinar lo que tenemos.
Entonces recuerdo lo que me contó Blair sobre su nueva faceta de conquistador.
—¿Y qué pasa? ¿No puedes controlarte? ¿Ahora vas por ahí liándote con todas y yo soy tu próximo objetivo? No estoy aquí para formar parte de tus fantasías, Engel.
Me sorprende lo fácil que me sale la réplica, incluso con una sonrisa de suficiencia. Él me mira, genuinamente confundido.
—¿Cómo?
—No te hagas el inocente. Si tienes valor para soltar que te pongo, tenlo también para explicarme qué te pasa. ¿Qué es eso de que vas por ahí como un gato en celo?
—¿Gato en celo? ¿Qué hostias...? Estoy disfrutando de la vida. ¿Qué os pasa a todos? Primero me dais la chapa con que pase página, que olvide a Amanda y que me libere... ¡Y ahora que lo hago, resulta que tampoco está bien!
Levanto las manos en gesto pacificador, ladeando la cabeza.
—Tú sabrás lo que haces.