Rompiendo las olas Capítulo 9
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Capítulo 9

Cajas de Pandora

Despierto unas horas más tarde con un salto, el corazón acelerado y la sensación de haber caído desde un precipicio.

Mi mente revolotea, dispersa, intentando procesar el eco de los gritos en la terraza, hasta que se detiene de golpe, como si alguien hubiera tirado del freno de mano.

Me quedo inmóvil, mirando el techo. Luego, con un suspiro vacilante, me hundo de nuevo en el colchón, abrumada por una sensación tan extraña como extraordinaria.

La confrontación nunca ha sido mi fortaleza, siempre siento que debo asumir toda la culpa. Pero algo está cambiando, y no puedo contenerlo más, no. Todos los discursos que hice en mi cabeza, todos los noes y todo lo que debería haber dicho, me llegan en olas como las de este océano que nos rodea.

«Al levantarme, soy más fuerte, vamos», me digo.

No tengo nada pendiente.

Ni estudios que repasar, ni solicitudes de empleo que redactar, ni llamadas de emergencia de la clínica veterinaria.

Frunzo el ceño. ¿Cuándo fue la última vez que viví sin una lista de tareas quemándome las manos?

Siento que no he parado de correr desde que iba a preescolar.

Me levanto y camino hacia la ventana. El amanecer tiñe el cielo de tonos malva y el Pacífico se extiende, inmenso y sereno, frente a mí.

Intento no pensar en las palabras de mi padre.

En Jennifer. En la boda. En la forma en que su puño hizo temblar la mesa.

Ahora que he tomado distancia, soy consciente de que fui implacable con él, pero no voy a disculparme.

No puedo. Mi orgullo y mi coraza me han definido siempre; aunque sé que a veces son mi peor carga, son lo único que me mantiene en pie.

Siempre he sido la hija responsable, la que sacaba sobresalientes, la que nunca daba problemas.

Pero mi temperamento… ese es el monstruo que guardo bajo llave y que anoche decidió romper las cadenas.

Y ahora estoy aquí, en este paréntesis vital.

Sin nadie marcándome el ritmo. Vuelvo a mirar el mar y siento una necesidad física, casi dolorosa, de bajar a la orilla y entrar en el agua.

Porque en este instante, nada me parece más apacible que el olvido líquido de las olas.

Solo quiero eso: sumergirme. Flotar donde el ruido del mundo no alcance.

Una sensación rara me recorre el cuerpo.

Es ligereza, pero también mareo. Como si fuera un globo de helio a la deriva.

Soy libre, y sin embargo, jamás me he sentido tan atrapada.

Una sonrisa extraña —mitad exaltación, mitad pánico— se dibuja en mi reflejo sobre el cristal.

Por primera vez en veintitantos años, puedo hacer exactamente lo que quiera.

Y lo aterrador es que no tengo ni la más remota idea de qué hacer con esa libertad.

El móvil vibra sobre la mesita. Al cogerlo, leo en la pantalla iluminada una sola palabra: «Mamá».

Cierro los ojos. Lo último que quiero en este momento es hablar con mi madre.

Pero el teléfono sigue vibrando en mi mano, exigiendo una atención que no me queda.

Con el corazón en un puño y la respiración contenida, acepto la llamada.

—Hola, mamá.

—Hola, cariño. ¿Qué tal? No me llamaste ayer.

—Es verdad, lo siento. Estuve en una fiesta y se me hizo tarde. Se me pasó por completo.

—¿Tan buena fue la fiesta como para olvidarte de tu madre? —bromea, y consigue arrancarme una pequeña risa.

—No tanto. Celebrábamos el cumpleaños de Engel.

—Ah, pues felicítalo de mi parte la próxima vez. ¿Y cómo está él?

El recuerdo del abrazo incómodo al despedirnos y todo lo que me contaron Blair y Delia me cruza fugaz por la mente. La imagen de Engel como un «bragueta suelta» no encaja con la que mi madre guarda de él.

—Bien, el de siempre, con su humor característico. Ya sabes cómo es.

Pienso en las veces que mis amigos volaron a España, en parte gracias al apoyo económico de mi padre.

Siempre le agradeceré eso. He podido tener una vida cómoda y acceder a oportunidades que, de otro modo, habrían sido inalcanzables.

Nunca fui derrochadora ni pedí más de lo necesario; mi madre, siempre prudente, sabía estirar cada céntimo para que nada me faltara.

Quizá por eso me duele tanto sentir que no he aprovechado del todo lo que me ofrecieron.

Sacudo la cabeza. No quiero entrar en ese laberinto ahora.

—¿Y tu pandilla? ¿Felices de tenerte de vuelta ?

—¿Pandilla? Mamá, ya nadie usa esa palabra —me río por lo bajo.

—Ah… pues tus amigos, ¿qué tal te han recibido?

—¿Qué crees? Tenían mil planes incluso antes de que les confirmara el vuelo.

Reímos juntas, un sonido que me alivia la presión en el pecho.

—Eso está bien. Aprovéchalo. Has ido allí a descansar un poco.

—Eso intento —mi voz vacila—. Mamá... quería preguntarte algo.

—Dime. ¿Ha pasado algo?

—No exactamente. Al menos, no conmigo.

—¿Es sobre tu padre? ¿Le ha ocurrido algo?

Su tono, repentinamente alerta, me inquieta. Hay un rastro de preocupación que sobrevive a pesar de los años y la distancia.

—No, él está bien. Sigue enganchado al café, ya sabes.

—Siempre con la misma manía. Y pensar que cuando lo conocí era un fanático de la nutrición, con sus suplementos y su obsesión por el fitness. Por eso tenía aquel cuerpazo.

Es la primera vez que la oigo hablar así, con esa naturalidad casi adolescente.

De pequeña, le escuché algún comentario suelto sobre lo atractivo que era mi padre; decía que yo había heredado lo mejor de su físico.

Y sin embargo, ella nunca fue consciente de lo guapa y fuerte que siempre ha sido.

Me entristece que no haya encontrado a nadie con quien rehacer su vida. Todo lo contrario que él.

—Mamá, ¿por qué nunca volviste a tener una relación larga o casarte?

El silencio que sigue es tan súbito que pienso que se ha cortado la llamada. Repito su nombre varias veces hasta que oigo un leve murmullo que rompe el vacío.

—Ya hemos hablado de esto muchas veces, Alicia. Simplemente, no surgió. ¿Por qué lo preguntas ahora?

—¿Es cierto que papá te pidió matrimonio?

Esta vez, el silencio es más denso, casi sólido. Me lo esperaba. Soy la hija que no sabe quedarse callada. La que lo suelta todo sin filtros. La que incomoda.

—Puedes decir algo, si quieres —la animo, apretando el teléfono contra mi oreja.

—¿Qué esperas que te diga?

—La verdad. Papá ya me ha dado su versión.

—¿Y qué quieres, Alicia? ¿Mi verdad o la suya?

—No quiero versiones —insisto, sin dejarle espacio para la evasión—. Quiero entender en qué se sostiene mi vida. ¿No crees que tengo derecho a saber ?

—Lo que viví con él, Alicia… fue complicado. Fallido. No fue un cuento de hadas ni nada que se le pareciera.

—¿Cuento de hadas? ¿Crees que me he montado una historia edulcorada con abuelas brujas? Vamos, mamá. Siento que me faltan piezas. Que uno de los dos me oculta algo fundamental.

—¿Qué más da lo que pasara? Es pasado. No cambiará nada por mucho que escuches distintos relatos.

—No busco relatos. He crecido sin padre, contigo sola, y eso no ha sido lo ideal —digo, notando cómo se le corta la voz al otro lado—. Pero crecer contigo ha sido lo mejor que me ha pasado.

—Ajá…

Me muerdo el labio. Me siento cruel y no quiero serlo, pero la verdad siempre duele antes de liberar.

—De verdad, mamá. Eres todo para mí. Lo sabes.

—No he sido suficiente, lo sé —murmura ella con una tristeza que me encoge el alma.

—No es eso. Solo… necesito saber.

—¿Y qué harás si la verdad incluye que tu padre sí me pidió matrimonio? ¿Te servirá de algo?

El nudo en mi garganta me impide responder. Trago saliva con dificultad.

—A veces desearía que me ayudaras a no verlo solo como el villano.

—Tu padre no es eso —responde ella con firmeza.

Las lágrimas me caen sin control. Me cubro el rostro con la mano libre, intentando contenerme, pero el llanto es más fuerte que mi orgullo.

—¿Estás bien?

Niego con la cabeza, olvidando por un segundo que no puede verme. Lloro en silencio y ella se limita a escuchar mis sollozos, respetando mi naufragio.

—Sí, Alicia. Tu padre me pidió matrimonio. Faltaban dos semanas para que nacieras.

Siento cómo las lágrimas se me congelan en las mejillas. Tenía razón. Él no mintió.

—Voy a decirte algo que tal vez necesites oír —continúa—. Dejarás de sufrir por lo que hacen los demás cuando entiendas que solo pueden ofrecer lo que llevan dentro. Si logras comprender eso, dejarás de esperar lo que no pueden dar.

—¿Quieres decir que él no te ofreció lo que necesitabas?

—No, Alicia. Te digo que ofreció lo que él creía suficiente. Pero dejó de ser el hombre libre que conocí y se convirtió en alguien perdido en los protocolos de su propia familia.

—No entiendo...

—Lo que intento decir es que yo no quería un matrimonio por obligación, solo porque íbamos a ser padres. Yo buscaba un compañero de vida, alguien que defendiera a su familia por encima de cualquier tradición o apellido. Y eso fue lo que tu padre no supo darme.

Escucho cada palabra sintiendo que, aun así, me falta una pieza para completar este puzle emocional.

—Mamá, ¿lo querías cuando te fuiste?

—Mucho.

Sigo buscando respuestas, aunque la imagen ya es casi nítida.

Montar un negocio que lleva más de veinte años funcionando no debió de ser fácil para ella.

Y, sin embargo, ahí estuvo, al pie del cañón en cada etapa de mi vida, apoyándome incluso cuando me empeñaba en exigirme más de la cuenta.

Durante veintiséis años, mi madre no se ha puesto en primer lugar.

Siempre he sido yo. Y aunque jamás ha tenido una relación duradera, sé que habría sido feliz si se lo hubiese permitido.

—Mamá... ¿todavía lo quieres?

El silencio que sigue no necesita explicación. Es un vacío cargado de todo lo que no se dice.

—Es tu padre, Alicia. Por supuesto que le guardo cariño.

¡Ajá! Ha esquivado el golpe con una elegancia que solo confirma mis sospechas: sigue enamorada de él. Y aunque me duela ser yo quien rompa el cristal, sé que debo decirlo.

—Me alegro, mamá. Por cierto, papá va a casarse. Me lo ha dicho ayer.