Rompiendo las olas Capítulo 8
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Capítulo 8

Verdades universales

A la mañana siguiente me despierto con la encantadora iniciativa de mi padre: compartir el desayuno.

El único problema es que mi cabeza parece un pozo oscuro; si me asomo, probablemente encontraré a la niña del pozo de la película La señal cubriéndose la cara con el pelo.

El espejo del baño me confirma el diagnóstico mientras me cepillo los dientes con movimientos mecánicos.

Bajo las escaleras y me encuentro con Rosemary, que ha tenido el detalle de avisarme de tan inesperado evento matutino.

—Buenos días, Rose. ¿Has visto a mi padre?

—Buenos días, mi niña. Te espera fuera, en la terraza de la piscina.

Suelto un gruñido que, además de sonarme lamentable, provoca un latido punzante en mi sien derecha. Justo cuando voy a salir, Rosemary me sujeta suavemente de la muñeca. Alzo la vista hacia ella.

—Te he preparado un zumo de pomelo, lima y menta. Mano de santo para los estropicios de la noche. —Me guiña un ojo con una complicidad que me avergüenza y me reconforta a partes iguales.

Ni siquiera recuerdo cómo terminé de subir las escaleras anoche, lo cual dice bastante de mi estado. Tras el viaje con Josh, lo único que quise fue meterme en la cama y desconectar el mundo. Me dejé caer sobre el colchón y el sueño me reclamó antes de que pudiera procesar una sola de sus palabras.

Me acerco a la mesa que mi padre ya ocupa. Está rebosante de manjares, pero lo único que deseo es el brebaje de Rosemary. Le doy el primer trago como si fuera un elixir sagrado.

—Buenos días, papá .

—Buenos días, princesa. Te estaba esperando.

Me siento y lo observo. Hojea un periódico local con las piernas cruzadas, impecable como siempre, sin haber probado bocado.

—Podías haber empezado sin mí —comento mientras me sirvo más zumo—. ¿Te sirvo algo?

—No, gracias. De momento me basta con el café.

—Vaya despliegue, papá. Siempre insistes en desayunar conmigo y luego te limitas a mirar la comida.

—Lo que me apetece es disfrutar de tu compañía. El café es solo una excusa.

Bebo un trago largo, casi termino el vaso y me sirvo otro. El frescor de la menta empieza a obrar el milagro en mi cabeza.

—Deberías comer algo sólido. A tu edad conviene cuidarse —le suelto, intentando recuperar mi papel de hija responsable.

—¿Cómo que «a mi edad»? —arquea una ceja, fingiéndose ofendido.

—Papá, es una expresión. No te lo tomes así. Solo digo que deberías prestar atención a tu alimentación.

—Alicia —responde con un deje de fastidio inusual en él—, estoy perfectamente. Me cuido más de lo que crees. Deja los sermones para tus abuelos, que ellos sí los necesitan.

—Ya que los mencionas… ¿cómo están?

Lo pregunto más por protocolo que por un interés genuino, y me duele admitirlo. Él se sirve otro café. Yo me centro en una cesta de frutas y cojo una pieza, intentando cortarla con una paciencia que no tengo. Necesito vitaminas y, desde luego, un divorcio temporal con el alcohol.

—Tu abuela sigue igual de intensa. Y tu abuelo va detrás de ella como un perrito faldero.

—Qué malo eres.

—Sincero, que no es lo mismo. Aun así, no te olvides de ir a verlos. Les dije que has vuelto y, como no te presentes pronto, se plantarán aquí en menos de lo que canta un gallo.

—Iré, iré. No hace falta que me lo repitas.

Desayunamos en silencio durante unos minutos. El sol brilla con una intensidad californiana que parece querer atravesar la sombrilla. El calor empieza a sentirse, denso y seco.

—Hay algo de lo que quiero hablar contigo —dice mi padre de repente.

Levanto la mirada y me encuentro con sus ojos azules, esos que por desgracia no heredé. Me observa con una calma impasible que me pone en guardia de inmediato.

—Dime —respondo, masticando un trozo de manzana con lentitud .

—Hace unos meses conocí a alguien.

Dejo de masticar al instante. El trozo de manzana se me queda atravesado en la garganta y tardo varios segundos, que parecen eternos, en conseguir tragarlo.

—Ehm… ¿y por qué me lo cuentas? —logro decir finalmente—. Con todas las mujeres que han pasado por tu vida, no creo que necesites hacerme un resumen de cada una de tus aventuras.

—No es una aventura. Ella es… diferente.

«Ella». Utiliza el pronombre con un peso distinto. Mala señal. Siento un nudo frío instalándose en el estómago.

—¿Y entonces qué es?

—Justamente eso quería explicarte… —Titubea. Ver a mi padre dudar es como ver a un gato perder el equilibrio: algo antinatural.

—¿Necesitas mi aprobación? Pensaba que ya habíamos superado esa fase —comento con una risa suave, alzando las cejas en un gesto de falso desinterés.

—La verdad es que sí —responde sin rastro de humor—. Me gustaría que os llevarais bien.

—No entiendo por qué te importa tanto. En serio, papá. Me da igual.

Aunque intento aparentar indiferencia, es mentira.

Me importa demasiado. A mi padre siempre le ha resultado escandalosamente fácil cambiar de pareja; es la faceta de surfista que jamás supo dejar atrás: siempre buscando la siguiente ola, la más alta, la más nueva.

Por mucho que me esfuerce en desentenderme de su vida personal, después de haber presenciado cómo destrozó la de mi madre, tengo pocas esperanzas puestas en sus conquistas.

La mayoría duran menos que mis estancias en California.

He llegado a una conclusión triste: mi padre y yo compartimos el mismo miedo al compromiso.

La diferencia es que él actúa como un tiburón, arrasando con todo a su paso.

Más de una vez lo vi dejar a alguna mujer llorando al otro lado de la puerta, como si su existencia nunca hubiese significado nada.

Lo que más me irrita es que, aun sabiendo cómo es, siga presentando sus romances como si fueran el amor de su vida.

Conocí a varias. A partir de la cuarta, dejé de molestarme en memorizar sus nombres.

—No digas eso, Alicia. Eres mi hija y tu opinión cuenta.

No suelto una carcajada solo por respeto y por la poca inteligencia emocional que logré salvar de la universidad. A veces, sus comentarios me resultan tan cínicos que rozan lo cómico.

—Vale, pues organiza algo. Ya la conoceré y te daré mi bendición —le lanzo una sonrisa que pretende ser amable, pero que gotea sarcasmo .

—No es una broma, Alicia —asiente con una seriedad poco habitual—. Es importante para mí. Me gusta mucho.

—Claro, papá. Te gusta igual que te gustaron las anteriores.

Nos miramos fijamente. Mantengo mi mueca irónica, esperando que se canse del papel de enamorado, pero él no aparta la vista. Parece genuinamente afectado.

—Me voy a casar con ella.

Durante un segundo, el sonido de las palabras llega a mis oídos pero mi cerebro se niega a traducirlas. En el fondo de mi mente, una voz grita: ¿Qué cojones acaba de decir?

—¿Perdona? ¿Estás diciendo que piensas el qué? —pregunto con incredulidad, sintiendo cómo la rabia me sube por la garganta como ácido.

—No, Alicia. No estoy diciendo que piense casarme con Jennifer. Voy a casarme con ella. Ya está todo organizado.

¿Jennifer? «¿Quién demonios es Jennifer?»

Siento que las lágrimas amenazan con asomar, pero me obligo a mantener la compostura.

Me dan ganas de gritarle que haga lo que quiera, que se case con quien le dé la gana.

Lo conozco: cuando se le mete algo entre ceja y ceja, no hay quien lo baje del burro.

Mi opinión nunca ha sido un factor, solo un trámite.

—¿Y ya está? ¿Así, sin más? ¿De un día para otro? —la pregunta sale en un murmullo denso, casi un chasquido. Siento una chispa recorrer el pecho, esa advertencia interna de que estoy a punto de perder el filtro.

—No —suspira él, frotándose la sien—. No ha sido algo repentino, aunque para ti lo parezca.

—Entonces no lo entiendo. ¿Cuánto tiempo lleváis juntos para que decidas casarte con una desconocida? ¿Qué es esto, como quien se compra un coche nuevo?

—Alicia, Jennifer no es una desconocida. Y no tienes derecho a hablar así de alguien a quien no has visto en tu vida. Estás sacando conclusiones precipitadas.

Aunque habla con esa calma quirúrgica que tanto detesto, ya no lo escucho.

Algo dentro de mí se clausura. Mi cerebro activa un protocolo de emergencia y empieza a bloquear la realidad: sus errores, los míos, mi carrera en pausa, esta casa en la que jamás me he sentido a salvo.

Todo queda sepultado bajo el impacto de la noticia.

El mundo se me inclina por un segundo. Me mareo. Pero hay algo dentro de mí, un núcleo duro y frío, que se niega a doblarse. Ni de coña voy a tragarme esto.

—Bueno… —lo miro con una incredulidad que me quema la garganta—.

De bo admitir que es impresionante. ¿Qué puedo decir?

—La ironía me sale sin filtro, pura ponzoña—.

Las viejas costumbres nunca mueren, ¿verdad?

Estás jugando exactamente al mismo juego de siempre.

Solo espero que lo próximo no sea anunciarme que voy a tener un hermanito.

—Soy un hombre, Alicia. No un adolescente hormonal.

Me encojo de hombros, imitando su propia frialdad.

—Esas palabras son tuyas, no mías.

—Hija…, te quiero demasiado como para querer hacerte daño, aunque sé que ahora mismo es inevitable. Solo creo que estás siendo injusta y brutal conmigo.

—Quizá deberías hablarlo con mi madre. Seguro que ella puede darte algún consejo sobre cómo mantener un matrimonio a flote, ya que tú fuiste incapaz. —Ardo con una rabia que amenaza con desbordarse—. ¡Ah, perdón! Olvidaba el detalle. Nunca llegaste a casarte con ella. ¡Ups! Mi error.

—¿Por qué, Alicia? —Su voz sube de tono, agrietada por el dolor—. ¿Por qué tienes que sacar esto ahora? ¿Por qué no puedes aceptar, de una puta vez, que soy un adulto y tengo derecho a rehacer mi vida?

—¿Rehacer? No me hagas reír. Lo que te pasa es que te estás sintiendo acorralado, ¿verdad, papá?

—Me inclino hacia delante, invadiendo su espacio—.

Llevo años callándome. Años tragándome cada gesto, cada ausencia, convencida de que la culpa de que no tuviéramos relación era mía por no ser «suficientemente comprensiva». ¡Pero se acabó!

—Ve con calma, Alic…

—¡No me pidas calma! —alzo la mano, tajante—. Llevo años ensayando en mi cabeza todo lo que debí decirte y no dije. Y si te molesta mi tono, si te parezco ruidosa, te aguantas. ¡Tú me has hecho así!

—Estás montando un drama innecesario, Alicia. Por favor...

—¡Ahí está! «Un drama». Si fuera tu hijo varón en lugar de tu hija, dirías que tengo carácter.

¡Pero como soy yo, soy una dramática! Pues me da igual.

Se acabó la mentira de complacerte y pretender que aquí no pasa nada.

El silencio no me ha servido de nada en la vida, solo para ver cómo tú sigues a lo tuyo mientras los demás nos ahogamos.

Me levanto de golpe. La silla cae hacia atrás con un estruendo seco.

Él sostiene mi mirada y veo cómo algo se quiebra en su fachada impecable. Sé que he cruzado la línea, pero no puedo frenar.

—¿Por qué ahora? ¿Por qué casarte con esta mujer y no con mi madre? ¿Qué coño tiene ella que no tuviéramos nosotras?

A juzgar por su forma de tomar aire, adivino que él también frena un impulso contenido.

He atisbado esa fuerza que retiene dentro: es de una naturaleza muy distinta al torbellino que me sacude las entrañas, pero posee la misma violencia.

Su rostro, habitualmente sereno, muestra un desconcierto que jamás le había conocido.

—Le pedí matrimonio a tu madre —confiesa, con una voz que parece salirle de las entrañas—. Fue lo primero que hice en cuanto supe que estaba embarazada.

—Estabais embarazados los dos. Es cosa de dos, ¿te acuerdas?

—¡Ese comentario es vil, Alicia! —responde, profundamente herido—. Yo asumí mis responsabilidades desde el primer segundo. Contigo y con ella. Fue tu madre la que agarró sus cosas y se fue. No yo.

—Mientes.

Lo suelto con la convicción de quien defiende un dogma.

Sé lo que mi madre me confesó entre lágrimas: que él nunca estuvo.

Que sus padres la despiezaban a críticas en cada comida y él jamás abrió la boca para defenderla.

Mi madre se fue porque vivir bajo este techo era desaparecer.

Se fue con la dignidad hecha jirones mientras él seguía con su vida bohemia, su surf y sus fiestas, como si nosotras solo hubiéramos sido un paréntesis.

—Puedes llamarme canalla o mal padre si te hace sentir mejor… ¡pero mentiroso no soy!

Su puño cae con violencia sobre la mesa. La vajilla salta con un estruendo metálico que me hiela la sangre. Jamás lo he visto perder el control así. Jamás.

Me quedo paralizada, con el corazón en la garganta, pero me muerdo el labio y sostengo la mirada. Él respira con dificultad, con el pecho agitado.

—Muy bien —respondo, bajando la voz a un tono envenenado que no piensa recular—. Si tan limpio tienes el expediente, explícamelo: ¿por qué Jennifer sí y mi madre no? ¿Por qué por ella cambias tu vida y a mi madre la dejaste irse? ¡Dímelo!

Él alza la mano para frenarme, pero el dique ya se ha roto.

—Alicia —se le empañan los ojos y a mí igual.

—Puedes decir lo que quieras, pero eres un cobarde.

Y un egoísta —sentencio, clavando cada palabra—.

Me llamas cruel, pero estás proyectando.

Nunca quisiste a mi madre. Y a veces me pregunto si a mí me has querido alguna vez.

No fuiste capaz de ir a buscarnos. Solo espero que Jennifer disfrute del hombre que dices ser, si es que has cambiado.

Avanzo a zancadas hacia la salida. Estoy a punto de cruzar el umbral cuando su voz, áspera, rota y furiosa, me golpea por la espalda:

—No tienes ni puta idea, Alicia. Ni puta idea de nada. A tu madre la quise más que a mi propia vida. Y a ti te he querido desde el segundo en que me enteré de que existías, cuando no eras más que un simple renacuajo.

No respondo. Atravieso las puertas de cristal sin mirar a Rosemary, que sigue pálida ahí parada intentando pasar por invisible.

Subo las escaleras a toda prisa, con las lágrimas ardiéndome en las mejillas.

Al llegar a mi habitación, cierro de un portazo y me hundo en la cama.

Lloro con todo el cuerpo. Sin contenerme.

Sin orgullo. Hasta que el pecho me duele y la casa vuelve a quedarse en silencio.