Rompiendo las olas Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

—Bueno, ya estamos aquí —dice con una sonrisa torcida.

—Sí, eso parece —murmuro, sin prisa por bajarme.

Lo noto observando los altos muros que rodean la propiedad.

Le sigo el gesto de reojo, preguntándome qué pensará al ver semejante despliegue arquitectónico.

La mansión de mi padre parece sacada de una revista de lujo: ventanales inmensos, un jardín recortado al milímetro y luces tenues que resaltan cada palmera.

Todo grita «aquí hay dinero», y del tipo que intimida.

Me remuevo en el asiento. Seguro que ahora piensa que soy una niña rica y caprichosa.

No le culparía; hoy me he comportado como una princesa de manual, soltando indirectas como si el mundo estuviera a mi servicio.

Josh sigue observando la fachada con la boca entreabierta, como si acabara de ver un OVNI.

Me entran ganas de explicarle que esta no soy yo, que hay mucho más detrás de todo este mármol y estas luces de diseño.

Pero lo único peor que vivir en una casa así es tener que justificarla.

Suspiro. Siento que no he hecho más que estropearlo todo hoy.

Él no dice nada, aunque su mirada parece analizarlo todo.

¿Pensará que tengo una vida perfecta? ¿Que mis problemas son ridículos comparados con los de la gente «normal»?

Me gustaría decirle que se equivoca, que nada me ha resultado fácil y que ni siquiera sé si encajo en este lugar.

Josh se gira por fin y me mira con una intensidad que me descoloca. Me preparo para el comentario sarcástico, pero solo sonríe. Es una sonrisa limpia, sin juicio. Me tomo un segundo antes de abrir la puerta, no porque necesite valor, sino porque no quiero que el momento termine.

—Gracias otra vez, Josh. En serio. Gracias por no dejarme tirada en la cuneta.

Él se ríe y, por primera vez en todo el día, su risa me contagia de verdad.

—Para lo que necesites, Alicia.

Me dedica una mirada cargada de una elocuencia tan serena que mi corazón parece captar cada sílaba.

El tiempo se detiene mientras lo observo.

Sus ojos verdes brillan con una luz capaz de atravesar la penumbra del coche; las pestañas oscuras destacan contra su pelo rubio, dándole un aire enigmático que me atrapa sin remedio.

Hay algo en su forma de mirarme que desata un torrente de emociones.

Es como si pudiera ver más allá de mis defensas, alcanzando algo más íntimo.

Me pregunto qué agitará su pecho bajo esa calma aparente que siempre proyecta.

La conexión es dulce y a la vez eléctrica, un lazo invisible que se estrecha segundo a segundo.

Una parte de mí quiere apartar la vista por puro instinto de protección, pero otra —más valiente— decide quedarse allí, explorando el universo que esconde en sus pupilas.

—Nos vemos por ahí —dice él, rompiendo el hechizo.

—Sí. Nos vemos.

Salgo del coche y me quedo quieta un momento, observando cómo las luces traseras de su vehículo se alejan por la carretera.

Algo ha cambiado esta noche. No sabría explicar el qué, solo que lo siento vibrar bajo la piel.

Con un suspiro, me giro hacia la mansión mientras las melodías de la radio siguen flotando en mi cabeza.

Y entonces, el pensamiento me golpea como un tsunami: en ningún momento del trayecto he pensado en su pierna.

Ha conducido con tanta naturalidad que ni siquiera me he fijado en si el coche estaba adaptado. Todo ha fluido con tanta soltura que no he visto a un hombre con una discapacidad; he visto a Josh. En realidad, he sido yo la limitada, la incapaz de comportarse con la altura que él merecía.

La claridad de esa idea me aplasta. Me obliga a cuestionar mis actos, a ver cómo he proyectado mis propias inseguridades sobre él.

En mi empeño por demostrar que soy fuerte e independiente, he acabado siendo injusta. No solo con Josh, sino conmigo misma.

A medida que me acerco a la puerta, una mezcla de remordimiento y gratitud me envuelve. Remordimiento por no haber visto antes lo que ahora resulta evidente; gratitud por esta noche, por haberme permitido mirar más allá de la superficie y enfrentarme a mis propias barreras.

Ojalá, si volvemos a encontrarnos, sepamos hablar sin esta tensión constante.

Yo, al menos, estoy dispuesta a poner de mi parte.

¿Nos volveremos a ver? No tengo su número ni he hecho nada para construir una amistad, pero…

quizá podría unirme a mis amigos en la clase de surf el sábado.

Él estará allí. Y si no, que sea lo que tenga que ser.

El pensamiento me deja un sabor agridulce. Me asusta la incertidumbre, pero me alienta la esperanza de que, en un momento menos cargado, podamos entendernos de verdad. No quiero forzar el destino, pero en el fondo deseo que me dé otra oportunidad. Esta vez, prometo mirar con otros ojos.

Cierro la puerta tras de mí, dejando atrás la noche. Me llevo algo nuevo por dentro, una huella que no estaba ahí hace unas horas. Y por eso —aunque me lo guarde para mí sola—, me siento profundamente agradecida.