Rompiendo las olas Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Un escalofrío me recorre la espalda. No por lo que dice, sino porque tiene razón.

Estoy a la defensiva por defecto. Por la costumbre.

Por miedo. Me siento asfixiada cada vez que alguien intenta decirme cómo debería comportarme.

Justo de eso intento escapar, y Josh, durante un segundo, me ha recordado demasiado a mi padre con ese tono de sabelotodo que tanto detesto.

Sé que no es culpa suya que yo arrastre este caos en la cabeza, pero no sé cómo frenarlo.

—No es que me caigas mal. Ni bien. No te conozco de nada —intento explicarme—. Y sobraba lo que acabas de decir.

—Puede ser. Lo siento —hace una pausa breve y ladea la cabeza—.

Pero dime, ¿qué te pasa? ¿Qué te da tanto miedo que no soportas que alguien quiera ayudarte?

¿Tanto te han jodido que ya no distingues un gesto amable de una amenaza?

No sé cómo será la gente por donde tú vives, pero el nivel de estupidez suena preocupante.

«Si tú supieras», pienso con amargura.

—Quizá…

—¿Has decidido ya? —pregunta, dándome un respiro.

—¿De qué hablas?

—¿Me vas a dejar acompañarte o vas a seguir esperando un taxi que no va a llegar?

Se acerca a mí. Mucho. Una voz que no sé si interpretar como promesa o desafío me roza el oído. Para colmo, esa sonrisa torcida y llena de seguridad solo consigue que mi pulso se termine de desbocar.

—¿Lo dices en serio?

Asiente. Menudo valor tiene.

—¿Tengo elección? —le pregunto, tratando de sostenerle el pulso. Esbozo una sonrisa leve en un intento de disolver la tensión eléctrica que nos rodea.

—Conmigo siempre tendrás elección.

Esa frase me acaba de dejar en el suelo. Me golpea el pecho como un susurro que decide quedarse a vivir dentro de mí. No sé cómo lo hace, pero Josh acaba de derribar mi última defensa.

—¿Y cómo sé que no eres un psicópata? ¿Y si me dejas tirada en una cuneta?

—Lo mío no es una religión, Alicia. Es un acto de fe.

Lo había dicho antes, y la frase seguía flotando entre nosotros con un peso extraño.

—Eso es justo lo que diría un psicópata.

—¿Entonces qué? ¿Arriesgas la vida o no?

Me late el corazón con una fuerza nueva. Es una sensación rara, un latir que no esperaba sentir hoy.

—Parece que hoy puede ser mi último día. Está bien. Llévame a casa, Josh. A casa, no a la cuneta.

—¿Estás segura? —pregunta Josh, con esa media sonrisa que parece saber exactamente lo que estoy pensando.

—Para nada —respondo, mientras me cuelgo el bolso al hombro—. Pero como científica, sé que los psicópatas suelen ser mucho más encantadores y organizados que tú. Así que, o eres un genio del mal, o simplemente un surfista con complejo de taxi. Arriesgaré mi vida por la segunda opción.

Los dos reímos. Qué remedio.

—Es lo más sensato —añade él, señalando el interior de la casa—. Además, tus amigos esperan que les dé clases de surf, y más ahora, con esa tabla.

Hace un gesto para que le siga y camino a su lado hacia el aparcamiento.

—Por cierto, la tabla es una pasada. Tienes talento, chaval.

—Gracias. Lo tomaré como un cumplido a mi innegable genialidad —se ríe. Se nota que no lo dice en serio, pero le sale con una naturalidad envidiable.

—Deberías.

—Guau. No me digas que ha llegado la hora en la que te conviertes en humana.

—Oye, ¿y eso? —Caminamos lado a lado, sin prisa—. ¿Insinúas que antes era una bruja?

—Yo no digo nada… Solo me alegra ver tu lado más razonable.

Aunque dudo un instante, respiro hondo y lo suelto antes de arrepentirme. La honestidad es un territorio desconocido para mí, pero Josh parece invitar a pisarlo.

—Puede que haya sido un poco borde esta tarde. Si ha sido así, lo siento.

Directa y al grano.

—Has estado un poco renegada, no te voy a mentir. Aunque tampoco ha sido para tanto. Igual yo también he tenido lo mío —responde con voz serena.

El rastro de alcohol en mi sangre se diluye al instante, desplazado por una punzada de culpa. Qué horror. Me siento fatal. ¿Por qué todo me pesa tanto? Ha sido un día agotador y ni siquiera sé cómo arreglarlo del todo. Guardamos silencio mientras llegamos a su coche.

Arranca con suavidad y nos deslizamos en la quietud de la noche.

Al principio, el silencio es denso. Me acomodo en el asiento, cruzo los brazos y fijo la mirada en la ventana.

Las luces urbanas pasan como un borrón efímero, arrastrando historias ajenas que jamás llegaré a conocer.

Josh mantiene la vista en la carretera, pero yo le lanzo alguna mirada disimulada.

La luz de las farolas dibuja su perfil con trazos suaves.

Hay una calma en él que contrasta con mi tensión interna, y eso me intriga.

—Gracias por traerme —digo al fin, rompiendo la burbuja. No quiero que piense que no valoro el gesto.

—No hay de qué. Me pillaba de camino.

Su tono me arranca una sonrisa involuntaria. Me relajo un poco, dejándome envolver por la música de fondo. Me sorprende lo bien elegida que está: canciones suaves, melódicas, que encajan con la noche como una banda sonora compuesta a medida.

—Me gusta tu música —comento, afianzando la tregua.

—Me alegro .

La carretera está casi vacía. Josh conduce con la soltura de quien conoce cada curva de la costa.

Me pregunto qué pensará, si su mente va tan acelerada como la mía.

Siento el impulso de preguntarle más, de escarbar en lo que hay detrás de esa fachada tranquila, pero me contengo.

Lo último que necesito es romper este equilibrio precario.

Por fin llegamos. El coche se detiene frente a la entrada y, durante unos segundos, ninguno de los dos se mueve. Se ha creado una atmósfera que me da miedo romper; hacerlo se siente casi violento.