Capítulo 7 #2
Un rato después, Josh se acerca. Estaba hablando con Engel, seguramente explicándole los detalles técnicos del diseño, y nuestras miradas vuelven a cruzarse. Hay un destello de orgullo en sus ojos que me obliga a verlo de una manera totalmente distinta.
—Tienes muchos talentos, Josh —le digo, y esta vez no hay ni rastro de sarcasmo en mi voz. Me sorprende, y me gusta sentir que todavía puedo sorprenderme.
—Gracias, Alicia. Me gusta mantenerme ocupado —responde, y su sonrisa parece capturar toda la luz que queda del atardecer.
Y justo entonces ocurre: algo se activa en mi interior.
Una atracción que había intentado enterrar bajo capas de cinismo se me planta delante, desnuda y real.
Intento apartar la vista, pero me cuesta horrores.
La luz dorada baila sobre su pelo y sobre sus gestos, acentuando una belleza que me deslumbraría aunque no quisiera.
Me incomoda sentir esta pulsión. Me siento culpable por fijarme, por permitirme este desliz emocional después de haber sido tan cortante con él.
Vuelve a mirarme. Por un instante, el mundo alrededor se detiene y solo queda esa pregunta muda en sus ojos verdes.
Bajo la mirada de inmediato, sintiendo cómo las mejillas me arden.
No sé qué me pasa, ni estoy segura de querer abrir esa puerta.
Pero, por primera vez, no puedo fingir que la puerta no existe.
La fiesta cobra un impulso renovado tras el regalo, todos nos arremolinamos alrededor de Engel para cantarle el cumpleaños. Él sonríe de oreja a oreja al cortar el primer pedazo de tarta, radiante bajo las luces del jardín.
Después circulan los chupitos y la ronda empieza a volar.
Me uno al brindis y siento cómo el calor del alcohol me aligera los hombros, evaporando parte de la tensión acumulada.
La música sube de volumen y el jardín se convierte en una pista de baile improvisada bajo los focos que parpadean entre las palmeras.
A medida que avanza la noche, empiezo a notar el peso del día. Busco un rincón tranquilo y encuentro a Delia; poco después, Blair se nos une. Nos sentamos las tres lejos del bullicio, en un oasis de calma.
—Estoy agotada —murmuro, soltando un suspiro que me sale del alma.
—Ha sido un día intenso, pero productivo —responde Delia con una sonrisa comprensiva.
Blair asiente, haciendo girar el hielo de su vaso.
—Sí, y cargadito de emociones fuertes —añade—. Pero al menos hemos comido tarta y bebido como si no hubiera un mañana.
Nos reímos y la conversación fluye sin esfuerzo, saltando de un tema a otro sin rumbo.
Son los momentos sencillos, casi absurdos, los que me hacen valorar tenerlas cerca.
Siento una oleada de gratitud; a pesar del caos y de nuestras diferencias, estas conexiones son las que dan sentido al verano.
Aunque eso no quita que, a ratos, mis amigas puedan ser un auténtico coñazo.
—Vamos a cambiar de tema —anuncia Delia con una chispa de complicidad—. El próximo sábado hay clase de surf. Vas a venir, Alicia, ¿a que sí?
—No.
—No quiere ir solo por no cruzarse con Josh —suelta Blair con tono burlón.
Giro la cabeza hacia ella, fulminándola con la mirada.
—¿Y si así fuera?
—Que dejas de hacer cosas por tonterías. Primero por los tiburones, ahora por un chico. Venga ya… —Blair chista, visiblemente harta—. Aunque da igual…
—No es eso. Simplemente no me interesa. Prefiero emplear mi sábado en otra cosa que no sea quedarme en la orilla viendo cómo hacéis el ridículo con la tabla.
—¿Hacer el ridículo? —Delia se lleva una mano al pecho, fingiendo una ofensa mortal. Le hago una mueca y ella me saca la lengua.
—No va porque le da miedo que le guste. O que se lo quiera tirar — remata Blair, lanzando la bomba sin anestesia.
—No me da la gana y punto —me pongo en pie de golpe—. ¿Sabéis qué? Me largo. Que os den, tías.
—No te pongas así —Delia intenta sujetarme del brazo—. Quédate un poco más, va. No dejes que Blair te pinche.
—Dile a mi padre que te recoja cuando quieras. Yo me voy en taxi.
—Oye… —insiste Delia.
—Me voy a casa.
—Déjala —dice Blair sin mirarme—. Que se marche si quiere.
Le lanzo una mirada cargada de dagas. No necesito que nadie hable por mí. Me doy la vuelta con un bufido y recojo mis cosas. Antes de salir, me cruzo con Engel y decido que él no tiene la culpa de mis nervios.
—Engel, cariño, me voy. Estoy reventada.
—¿Ya? Quédate un ratito más, mi amor, que ahora empieza lo bueno.
—De verdad, no puedo con mi alma. Tu fiesta es espectacular, te mereces este éxito.
Me abraza con fuerza. Su aroma es una mezcla densa de dulce, humo y el rastro metálico del alcohol. Se inclina hacia mi cuello y olfatea con un disimulo que no tiene nada de sutil, rompiendo por un segundo el espacio personal que tanto me esfuerzo en proteger.
—Hueles bien —murmura Engel, acortando la distancia.
—Venga, Engel. Me voy a casa.
Él suelta un sonido ronco y me agarro a su cintura para apartarlo. Intenta retenerme, pero lo conozco: cuando bebe se pone intenso y su afecto se vuelve pesado.
—Estás preciosa, Alicia. Te he echado de menos, gringa —susurra con esa voz arrastrada típica de sus borracheras.
—Yo también te he echado de menos, amigo.
Sonrío y veo cómo la sonrisa de Engel se vuelve seria mientras me clava los ojos con intensidad. Me posa la mano en las caderas por detrás, marcando territorio, y ese gesto me deja confundida.
—Mucho no me habrás echado de menos, porque llevas años evitándome. Ahora estoy aquí y espero que eso cambie.
—¿De qué estás hablando?
—Lo sabes, mi amor.
Y ese «mi amor», esta vez, suena muy distinto a todos los anteriores.
—No, no lo sé, Engel.
—Si me esperas esta noche, puedo explicártelo mejor.
Su cháchara de borracho parece transformar una simple despedida en una situación en la que él me mira como si fuera una opción y estuviera esperando a que le diera el visto bueno para avanzar. Y me siento incómoda con lo que acaba de pasar.
Intento zafarme, aunque con cuidado. Sé que está vulnerable y que no es consciente de lo que dice. Al fin se aleja, pero antes me acomoda un mechón de pelo tras la oreja; sus dedos tibios dejan un rastro de calor sobre mi piel.
—¿Vas a irte sola? ¿Te llevo? —pregunta, tambaleándose un poco.
—¿Qué dices? Ni de broma. Voy a pedir un taxi. Tú quédate aquí, que no estás en condiciones ni de conducir un carrito del súper.
Engel gruñe algo ininteligible y suelto un bufido. Está hecho polvo. De pronto, una voz a mi espalda me sobresalta.
—Yo puedo llevarte, si quieres —dice Josh.
Un nudo se me instala en la garganta, pero consigo mantener la compostura.
—Gracias, Josh. Pediré un taxi, como le acabo de decir a Engel.
—De eso nada —salta Engel, dando un paso en falso. Por instinto lo sujeto del brazo antes de que pierda el equilibrio—. Josh te lleva. Así nos quedamos tranquilos.
—De verdad, se agradece, pero no soy una inútil —sentencio, recuperando mi bolso—. Puedo llevarme solita.
—Como siempre…
Escucho perfectamente el murmullo de Josh entre dientes. La sangre me hierve al instante.
—Buenas noches —suelto, sin molestarme en esperar respuesta.
Salgo a toda prisa de la casa. Una vez fuera, el aire nocturno me golpea la cara.
Saco el móvil y marco para pedir un taxi.
Ocupado. ¿En serio? No son ni las diez. Vuelvo a intentarlo y la señal de comunicando vuelve a burlarse de mí.
Empiezo a golpear el suelo con la punta del pie, frustrada.
Cuando voy a marcar por tercera vez, una mano me toca el brazo. Me giro, sobresaltada.
Es Josh. Me dedica una sonrisa ladeada.
—Aún estás a tiempo de aceptar mi oferta.
—Gracias, de verdad. Esperaré al taxi.
—Lo sé. Solo digo que no me cuesta nada llevarte.
—No tienes por qué hacerlo —respondo más brusca de lo que pretendía. El comentario de hace un momento todavía me escuece.
—No tengo por qué hacer nada. Lo hago porque me apetece. Yo también me marcho ya.
—¿Y cómo sabes que no vivimos en direcciones opuestas? No recuerdo haberte dado mi ubicación .
—No lo sé —responde, encogiéndose de hombros—. Solo preguntaba. No importa dónde vivas, si me ofrezco es porque quiero, aunque estés en la otra punta del país.
—Pues vivo en la otra punta. Y en otro país, para que lo tengas claro —lanzo la pulla, marcando distancias por si sus intenciones van más allá de la cortesía.
—¿Vas a coger un avión a estas horas? —pregunta, y detecto una chispa de diversión en su tono.
Menudo idiota. Se las da de encantador y lo único que hace es provocarme.
—No está en mis planes —respondo seca—. Aunque igual lo hago mañana. Estoy de paso, no he venido para quedarme. Y ahora, si no te importa, me gustaría esperar en paz. Buen viaje.
Él se queda mirándome en silencio. Me cruzo de brazos mientras escaneo la calle. Ni un coche, ni una luz. Es ridículo.
—¿Tan frágil es tu ego? —Su voz me alcanza por la espalda, suave pero colmada de sarcasmo. Me giro de golpe.
—¿Qué has dicho?
Durante un segundo, su expresión cambia. Niega despacio, como si acabara de darse cuenta de que discutir conmigo es una batalla perdida.
—No necesitas excusas para dejar claro que no te caigo bien, Alicia.
El comentario me hace tambalear. Trago saliva; no esperaba que fuera tan directo, tan despojado de artificios.
—No es una excusa. No quiero molestar, eso es todo.
—Venga ya —me lanza una mirada que me atraviesa—. Llevas toda la noche rechazándolo todo. Entiendo que no nos conocemos y que estás en tu derecho de pasar de mí, pero te lo dije antes: vengo con las mejores intenciones. Aunque parece que me ves como si fuera alguien peligroso.