Rompiendo las olas Capítulo 7
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Capítulo 7

Generosidad

—Llevo un rato buscándote —la voz de Blair me arranca de golpe de mis pensamientos.

—Perdona —balbuceo, parpadeando para tratar de enfocar la realidad.

—¿Qué haces aquí encerrada? Fuera lo estamos pasando de miedo y tú desapareces. ¿Te encuentras bien? —Su tono pasa del entusiasmo a la sospecha en cuestión de segundos.

Niego con la cabeza por pura inercia, pero enseguida me doy cuenta de que el gesto no encaja con la imagen de normalidad que intento proyectar. Blair frunce el ceño. Corrijo de inmediato y asiento con una energía exagerada.

—Sí, sí. Estoy genial. Solo estaba hablando con Josh.

—¿Josh? ¿El instructor de surf? ¿Mi Josh?

No sé qué me molesta más: que lo llame «suyo» o el pinchazo que siento en el estómago al escucharlo.

Lo conoció hace tres días en una clase, de acuerdo, ¿pero ya se ha adjudicado la propiedad?

No me ha parecido que él tuviera un interés especial en ella, aunque, visto lo visto hoy, es probable que yo no sepa leer a las personas tan bien como creía.

—No ha sido nada, solo charlábamos. Y por cierto, deja de airear mis preferencias por ahí. Le dijiste que odiaba el surf y me dejaste en evidencia.

—Es la verdad —responde, encogiéndose de hombros con esa despreocupación tan suya—. No te gusta. Me preguntó por qué no te habías apuntado y se lo solté. Pero vamos, no me extraña que te hayas quedado bloqueada, si ese hombre me hablara así a mí, también se me olvidaría hasta el nombre.

—¿Qué dices? —La miro de arriba abajo, sin saber si sentirme halagada o insultada por su descaro .

—Te entiendo, Ali. Te gusta. Y no eres la única, el chico está para ponerle un piso.

—Te estás pasando de lista, Blair. No me interesa lo más mínimo —miento, y la frase me quema la garganta—. De hecho, acabo de rechazar su oferta de clases particulares.

Blair salta por encima del respaldo del sofá y se deja caer a mi lado con la boca abierta, como si acabara de confesarle que he decidido hacerme ermitaña.

—¿Te ha propuesto clases particulares? Uy, uy... esto va a traer cola.

—No lo conozco de nada, Blair. No empieces. Solo ha querido ser amable, sobre todo después de que le soltaras que odio el surf, los tiburones y toda la pesca. ¿Ves lo que has provocado?

—¿Y qué? Yo tampoco lo conozco y me pone un montón —responde con total descaro—. Con la pierna así y todo... le da un aire intrigante, como de superviviente.

—En serio, no digas tonterías. No es momento para comentarios de ese tipo. Seguro que lo ha pasado lo suficientemente mal como para que ahora lo trates como una atracción de feria.

—¿Atracción? —Se gira hacia mí, genuinamente ofendida—.

Ni de coña me burlaría y sí, me parece una atracción...

—Se tuerce los labios en un gesto pícaro.

No puedo evitar que me entre la risa—. Me conoces, Ali.

Te lo digo en serio: me atrae muchísimo.

Me lo imagino encima de mí… esa pierna rozando mi piel…

Cierra los ojos, se muerde el labio y suelta un par de jadeos fingidos que me revuelven el estómago.

Me incomoda. Mucho. Me resulta frívolo y desconsiderado.

No por el deseo en sí —que es natural—, sino por la forma en que lo expresa, como si la prótesis de Josh fuera un accesorio erótico y no una parte real de su cuerpo con una historia dolorosa detrás.

Aunque Blair tenga razón en lo evidente: el chico es espectacular.

Cuerpo de atleta, una energía que llena la habitación y una sonrisa que desarma a cualquiera. Sí, es difícil no fijarse.

Aun así, saber que ha pasado por un trauma tan serio me frena en seco. No soy capaz de fantasear con la ligereza de mi amiga. Quizá sea una tonta, pero me parece una falta de respeto convertir su herida en mi morbo.

—Vale, Blair, ya me hago una idea —la corto, intentando frenar el tema antes de que visualice algo más.

—Solo digo que me sorprende que te ofreciera clases a ti. ¿No te parece raro?

—¿Raro por qué? —Me remuevo en el sofá, inquieta. Ella lo nota y yo empiezo a comprender por qué esta conversación me está arañando por dentro.

—No sé... esa vena solidaria, ese empeño en ayudarte. ¿Estás segura de que no buscaba otra cosa?

—¡Te hace una gracia todo esto! Obviamente no buscaba nada más.

Mentiría si dijera que no lo he pensado. La duda lleva un rato latiendo en mi pecho como un tambor: ¿se acercó por compasión, por interés profesional o por una atracción real?

No lo sé. Y ese vacío de respuestas me descoloca por completo.

—¿Y por qué no aceptaste las clases, tonta?

—Es demasiado para mí ahora mismo. Pero si quieres, te cedo el turno —respondo con ironía.

—Ay, muchas gracias, amiga —hace un mohín divertido—. Pero si no lo pruebas, nunca lo sabrás.

—Pues prefiero quedarme con la duda. Estoy aquí de paso, ni siquiera sé cuánto tiempo me quedaré y tengo mil cosas en la cabeza. Todo va a patadas, Blair. Lo último que necesito es ir a «terapia» con un chico que cree que soy un problema que debe arreglar. Paso.

—Muy bien. Tema zanjado. Vamos, que me estoy asando. A la piscina.

Se levanta y me tira de la mano. Me dejo arrastrar, agradeciendo el cambio de tercio.

Después de un buen rato en el agua y unos cuantos cócteles —que, juro, no tenía intención de beber—, Engel organiza al grupo para cortar una tarta enorme.

No es lo bastante grande como para esconder a tres personas dentro, pero sí lo suficiente para impresionar a cualquiera.

Aquí nunca hacen nada a medias; el nivel de detalle de estas fiestas siempre me deja boquiabierta.

—Al final, ¿qué? ¿Van a salir chicas de ahí o no? —les pregunto a mis amigas con tono burlón.

—Créeme que no las necesita. Desafortunadamente, mi hermano se ha vuelto un perdido —responde Blair con total indiferencia.

—¿Qué me he perdido? —Engel siempre fue el novio fiel de Amanda. Cuando me fui de Malibú hace dos años, estaba en su «año sabático del amor», un detox emocional absoluto. No ligaba, no salía, no tonteaba. Y ahora, esto.

—Mi hermano es un bragueta suelta, eso es lo que pasa —sentencia Blair—. Se ha acostado con medio Malibú. Creo que ya no le quedan barrios por conquistar.

—Vaya, Engel realmente ha cambiado. ¿Le vale cualquier mujer o es que se aburre tanto que todo le sirve?

—Qué necia eres, Alicia —me corrige Delia—. Engel no puede vivir aburrido, ese es su problema. Por eso no para.

—Qué curioso. Siempre pensé que la gente no cambiaba —comento, pensando inevitablemente en mi propio estancamiento.

—Shh, callad, que viene la mejor parte —interrumpe Blair—. El regalo. Quiero ver la cara que se le queda.

La curiosidad me puede. Nos acercamos al centro del jardín. Aparecen dos chicos cargando una caja enorme, más alta que cualquiera de nosotros. Perfectamente podría caber alguien dentro, pienso con una sonrisa.

De pronto, noto una presencia a mi lado. Es Josh. No lo había visto desde nuestra conversación en el salón. Le miro de reojo, buscando alguna señal, pero él mantiene la vista al frente, ignorándome por completo. Su perfil es alegre, concentrado en el momento.

Cuando por fin abren la caja, un suspiro colectivo recorre el jardín.

Engel extrae una tabla de surf absolutamente espectacular.

Brilla bajo la luz dorada del atardecer con un diseño de olas azules y turquesas que parecen cobrar vida sobre el fondo de madera oscura, pulida hasta alcanzar un brillo de espejo.

Los bordes tienen incrustaciones de nácar que capturan la luz y la devuelven en destellos iridiscentes, como el tesoro escondido en una concha.

—¿Te gusta? —Delia se acerca a mí con una sonrisa cómplice—. La ha hecho Josh. Está personalizada para Engel.

Me quedo paralizada, intentando procesar lo que acaba de decir Delia. Josh. Además de todo lo que ya intuía sobre él, también diseña y fabrica tablas. Tiene un talento que va mucho más allá de lo que aparenta bajo su fachada de instructor. ¿Cómo no?

—Es impresionante —consigo decir finalmente, sin poder apartar la vista de los detalles—. Es obvio el sello de Josh en esa pieza, el cuidado de lo hecho a mano da la sensación de que cada línea y cada color tienen un propósito vital.

Engel sostiene la tabla como si fuera un tesoro rescatado del fondo del mar. Mira a su alrededor con los ojos brillantes y se aclara la garganta, visiblemente emocionado.

—Bueno…, gracias. De verdad. Esto es… increíble. No me esperaba algo así.

Hay risas y aplausos mientras Engel continúa con su discurso improvisado. Luego, su tono adquiere un matiz más juguetón y dirige la mirada hacia su hermana.

—Ahora parece que no tengo escapatoria para faltar a clase, ¿eh? —dice, levantando la tabla con un gesto teatral—. Como todos habéis puesto pasta en esto, supongo que tendré que ser el alumno estrella .

Blair suelta una carcajada y rueda los ojos con esa resignación fingida tan suya.

—Eso esperamos, hermanito. A ver si dejas de vaguear en la orilla y te pones las pilas de una vez.

—Oh, ya verás. Estaré surfeando olas más grandes que tu cabeza —responde él con una sonrisa pícara.

El ambiente se vuelve distendido. Engel bromea con soltura, insinuando que todo el regalo es una conspiración para obligarlo a aprender a surfear en condiciones.

—Ahora en serio, gracias —añade, bajando la tabla y abrazándola con fuerza—. Esto significa muchísimo para mí. No solo por la tabla, que es una pasada, sino por saber que contáis conmigo. Eso es lo que más me toca.

Observo la escena. Esa complicidad, las bromas rápidas entre hermanos y el cariño silencioso que flota en el aire definen perfectamente nuestra amistad.

Casi sin querer, mis ojos se desvían hacia Josh.

Está conversando con un grupo, moviéndose con una tranquilidad envidiable, como si no necesitara el más mínimo esfuerzo para encajar.

Su postura relajada y su media sonrisa parecen hechas a medida para este momento.

No puedo evitar admirarlo. No es solo un fisioterapeuta o un surfista; es un artista que sabe poner el alma en lo que crea.