Rompiendo las olas Capítulo 6
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Capítulo 6

Una peculiar propuesta

Muevo los dedos con frenesí, entrelazándolos en un gesto que delata lo mucho que me está costando mantener la compostura.

—Sé que puede resultar un poco extraño al principio —comenta Josh, mientras desliza la mano con una naturalidad pasmosa sobre la rodilla de su prótesis—. Te impresionó, ¿verdad?

La pregunta me pilla con la guardia baja. Me quedo en blanco, incapaz de articular una respuesta coherente. Asiento, manteniendo una sonrisa tensa que empieza a dolerme en las mejillas.

—Lo admito. Sí, me impactó. Siento haberte mirado así, yo… —trago saliva, buscando una explicación que no me haga parecer una ignorante—. Admito que fue inesperado.

Josh guarda silencio y me observa con fijeza, como si tratara de descifrar el mecanismo de mis pensamientos. Entonces, una risa suave, apenas un suspiro, escapa de sus labios. El sonido me desconcierta primero, pero acaba arrancándome una sonrisa involuntaria.

—¿Y ahora qué he dicho? —pregunto con una mueca entre divertida y avergonzada—. Creo que solo sé meter la pata contigo.

En cuanto las palabras salen de mi boca, me doy cuenta de la ironía: «Meter la pata». Genial, Alicia . De una veterinaria se espera un poco más de tacto lingüístico.

—Eso me hace sentir menos culpable —responde él, y por fin deja ver una chispa que va más allá de la cortesía de instructor—. Porque, en la playa, yo también me fijé en ti.

Sus palabras, unidas a la intensidad de sus ojos verdes, me provocan un vuelco en el estómago .

—¿Ah, sí? —susurro, incapaz de disimular el interés.

—Como para no hacerlo —dice, con un brillo travieso que me acelera el pulso.

El corazón se me dispara. Lo noto latiendo en la garganta, en las puntas de los dedos, en cada terminación nerviosa. Algo en mi estructura interna se tambalea.

—¿En serio? —repito, sintiéndome como una adolescente.

Sonríe, y Dios... no me había dado cuenta de lo guapo que es hasta que lo tengo a un palmo de distancia. Y eso que nunca me han atraído los rubios de catálogo. Pero él no es un catálogo; es algo mucho más real y complejo.

—Me explico —añade al ver mi cara de póker—. Te observé desde el agua cuando Blair soltó que odiabas el surf.

Esa frase enciende todas mis alarmas.

—Josh… —interrumpo, alzando una mano—. Siento lo que Blair te dijo. Ya te expliqué que no es odio…, simplemente no es mi mundo. No encajo ahí.

—Ya, lo imagino. Luego salió el tema de los tiburones —se ríe de nuevo, y yo frunzo el ceño, desviando la mirada hacia la alfombra del salón.

—Genial, qué divertido —murmuro con un sarcasmo que pretende ocultar mi bochorno.

—No era mi intención burlarme, te lo juro. Me pareció... curioso. Diferente.

Nuestros ojos vuelven a encontrarse. En los suyos detecto algo que no esperaba: una disculpa genuina. Por primera vez no me siento tan mal por haberlo mirado con asombro; a fin de cuentas, él también se había construido su propia imagen de mí antes de cruzar una palabra.

—Me alegra que mis fobias te resulten entretenidas —respondo con ironía, suavizándola con una media sonrisa—. Y, por si te lo preguntas, yo no me reí de ti. Todo lo contrario. Me quedé sin palabras por lo que eres capaz de hacer.

Él guarda silencio. Su gesto se torna serio, como si estuviera procesando el peso de mi confesión. La conversación queda suspendida en esa pausa eléctrica que ninguno parece querer romper.

—Alicia —su voz baja y grave hace que algo en mi interior se rinda—. Lo siento. No quise ofenderte. Tal vez hemos dejado que las traducciones tomen el control. Empecemos de nuevo, ¿te parece?

Esa excusa de la «traducción» no termina de colarme. He vivido entre Madrid y Estados Unidos toda mi vida; entiendo perfectamente los matices del inglés americano, sus bromas y sus dobles sentidos. No es una cuestión de idioma, es una cuestión de escudos .

—Hasta ahora hemos hablado poco —digo, intentando recuperar la compostura—. No te conozco y tú no me conoces a mí. Quizá ambos pusimos etiquetas antes de tiempo.

Siento la mirada de Josh diseccionando cada una de mis palabras antes de que terminen de salir. No voy a disculparme por el cansancio en mi voz, pero me obligo a mantener esa tregua de educación que nos hemos concedido.

—Es verdad —dice él, rompiendo el silencio—. Y si a eso le sumamos que los dos empezamos con el pie torcido... pues no ayuda.

¿Con el pie torcido? Supongo que, si él también se lía al hablar, no estamos tan lejos. Tal vez los dos estamos intentando encajar en una conversación para la que no tenemos manual.

—Puede ser —admito, con un deje de cautela que intento disimular.

—Lo que intentaba decir antes, antes de hacer el ridículo —añade, rascándose la nuca—, es que me llamó la atención lo que contaste. Que no habías tenido ninguna experiencia negativa en el mar y, aun así, te da pánico.

—Así es. —No digo toda la verdad—. Tengo fobia a los tiburones. Sin más. No hay un trauma de fondo ni una tragedia que contar. Me dan miedo, punto.

—No te lo vas a creer, pero estuve dándole vueltas a cómo ayudarte.

Ese cambio de rumbo me relaja los hombros sin que me dé cuenta.

—¿Ayudarme? ¿A qué te refieres?

—Trabajo con personas que tienen bloqueos con el agua. Es más común de lo que crees. Y como me dedico a la rehabilitación, es inevitable que me encuentre con casos así.

—¿Y ahora quieres hacerme terapia acuática? —pregunto con una sonrisa ladeada, entre escéptica y divertida.

Él suelta una carcajada, pero esta vez no se me contagia.

—No exactamente —responde, levantando las manos en señal de paz—. Me he vuelto a explicar mal.

—Eso ya parece tradición entre nosotros —digo, cruzándome de brazos.

—Y créeme, no me hace ninguna gracia —su expresión se vuelve seria de golpe—. Soy fisioterapeuta, además de instructor de surf. Lo que quería proponerte era algo más sencillo: unas clases conmigo en la piscina.

¿Fisioterapeuta? Eso no lo esperaba. Al final resulta que nuestras profesiones orbitan en el mismo sistema solar. Qué ironía.

—Josh, sé nadar perfectamente. Lo que no me gusta son los tib...

—Déjame interrumpirte —me corta con una firmeza que no admite réplica, pero sin una gota de brusquedad—.

Imagino que sabes nadar, me has dicho que no te dan miedo las piscinas, Alicia.

Te he visto en una hace un rato. No hablo de enseñarte a flotar, sino de ayudarte a enfrentar esa fobia.

¿Te animas a contarme más sobre ella? A veces, ponerle palabras al miedo es el primer paso para dejarlo atrás.

—¿Y se supone que ahora vas a ser mi terapeuta personal? —ataco, levantando un escudo de puro sarcasmo.

—Ni mucho menos —responde con temple—. Solo intento aportar algo de luz. Ayudar a los demás es lo que me mueve, y no eres la única persona a la que acompaño en esto.

—Ya… pero no veo cómo podrías ayudarme con eso en una piscina. Las piscinas no me dan miedo, son entornos controlados.

—El océano sí —responde sin titubear—. Y eso te está robando experiencias increíbles. Podríamos trabajar con desensibilización progresiva, empezar por ejercicios suaves en el agua, trabajar la respiración, los automatismos que te bloquean. Solo te propongo eso.

Suena bien el discurso técnico. Una pena que mi orgullo se haya quedado atascado en su primera frase.

—¿Por qué asumes que no disfruto de la vida solo porque no me meto en el agua?

—No lo asumo, es lo que observo. Tus amigos se lanzaron a la experiencia, se permitieron fallar y divertirse. Tú te quedaste en la orilla, observando desde una barrera que tú misma has construido.

—¿Y si no me interesa cruzar esa barrera? —le reto, aunque por dentro siento que sus palabras han dado en el blanco con una naturalidad aplastante.

—¿Y quieres seguir sintiéndote así, como si te estuvieras perdiendo algo? Quiero ayudarte a experimentar victorias.

Es persistente, de eso no hay duda. Pero no tengo interés en convertirme en su proyecto ni en ser «salvada».

No necesito un redentor con ínfulas de terapeuta que crea conocerme mejor que yo misma.

No me molestaría que intentara imponer su punto de vista si supiera que no volvería a verlo, pero Josh no es un desconocido cualquiera.

Ahora hace parte de la vida de mis amigos.

—Admito que no he puesto mucho de mi parte —respondo, intentando sonar equilibrada—, pero siento que me hablas desde tu historia, no desde la mía.

Josh arquea una ceja, esperando que desarrolle la idea.

—Me refiero a que, por tu experiencia —bajo la vista un segundo hacia su pierna—, habrás tenido que superar retos jodidos. Admiro que lo hayas convertido en tu propósito, pero no soy la persona que necesitas para validarlo. Ni soy la que está buscando ser rescatada. Lo siento.

Nuestro punto de divergencia ha surgido justo donde más vulnerables nos hemos mostrado. Normalmente, al conocer a alguien, esas cosas se editan, se esconden tras una capa de normalidad. Yo le confesé mi fobia; él me reveló su prótesis. Empezar desde lo roto es, como poco, complicado.

—Tal vez me equivoqué. Tienes razón —dice con una mueca resignada.

—Igualmente, te agradezco el gesto —suspiro, liberando por fin la tensión acumulada en mis hombros.

Su rostro mantiene una expresión difícil de descifrar. No sé si es comprensión o una decepción profunda.

—Todo lo que comparto en privado, Alicia, es lo mismo que promuevo en público —dice con una evidente honestidad—.

No tengo un discurso para la galería y otro para la intimidad.

Lo que digo, lo vivo. No tiene que ver con religión, aunque sí con fe.

Y la exigencia que aplico a los demás es la misma que me aplico a mí.

No me lo tomes a mal, solo… tenía que intentarlo.

Sus palabras me calan más de lo que quiero admitir.

Me desconcierta. Parece demasiado empático, demasiado íntegro.

Quizá sus cicatrices lo han convertido en alguien así, o quizá solo es una fachada muy bien construida.

Porque no conozco a nadie tan... limpio.

Nadie regala su tiempo y su energía sin un motivo oculto.

—¿Te puedo hacer una pregunta? —murmuro, impulsada por un instinto que no sé frenar.

—Adelante —responde, y su sonrisa suaviza de nuevo sus rasgos.

—¿Es cierto que fue un accidente lo que… te dejó así?

La atmósfera cambia en un milisegundo. Su expresión se congela.

El rostro se le endurece, borrando cualquier rastro de calidez previa.

No dice nada; se queda ahí, con la mirada perdida en algún punto del salón.

La espalda recta, el cuello tenso, como si mi pregunta hubiera activado un interruptor que prefería mantener apagado.

Siento un nudo en el estómago por haber abierto la boca. Y aun así, tras unos segundos eternos, responde. Lo hace despacio, como si cada palabra pesara una tonelada.

—No me creerías si te lo contara. Es una historia demasiado larga.

—Dicen que toda historia tiene un inicio —insisto, incapaz de dejarlo estar.

—Y un final… o eso dicen.

Sus palabras me golpean. Esperaba una confesión, algo íntimo que nos uniera, pero me doy cuenta de que mi interés no ha sido noble. Ha sido curiosidad pura. Morbosa. Innecesaria .

Josh se pone de pie con una calma desconcertante.

—Y al parecer, la nuestra empieza y acaba aquí. Una pena. Disfruta de la fiesta, Alicia. Si me ves por ahí, salúdame. Yo haré lo mismo.

Lo observo en silencio. Levanta la mano con un gesto tranquilo para despedirse y yo le devuelvo el saludo, aunque me siento torpe. Vacía. No me sale ni una sola palabra.

Y se va.

Me deja anclada al sofá, con la frase a medio fraguar en la boca y una sensación amarga en el pecho.

Es el mismo fracaso que, minutos antes, él se ofrecía a ayudarme a superar.

No puedo creer lo que acaba de pasar. Todo ha ido demasiado rápido; por un instante, parecía que estábamos a punto de tener una conversación normal, incluso divertida.

Un coqueteo leve bajo la tregua del aire acondicionado.

Pero algo se ha torcido. Y ahora solo queda este silencio de salón vacío.

Nunca me había sentido tan desconcertada.

Me cuesta asimilar que se haya marchado así, sin más.

Quizá porque estoy acostumbrada a discutir, a insistir y a justificarme hasta el agotamiento para que me escuchen.

En mi mundo, las conversaciones no terminan, se agotan.

Pero él simplemente ha aceptado mi negativa.

Sin dramatismos. Sin presionar. Sin intentar tener la última palabra.

Se ha limitado a retirar su oferta y a seguir adelante. Y esa simplicidad me descoloca más que cualquier reproche.

Josh es… raro.

Demasiado real para este escenario de cartón piedra.