Capítulo 5 #2
Me quedo quieta, observando cómo se marcha.
Vuelvo a fijarme en la estructura biónica, en los destellos metálicos que devuelven el sol de la tarde.
Mi cabeza repite en bucle las mismas preguntas que no me atrevo a formular: «¿Qué le ocurrió?
¿Cómo vive con eso? ¿Cómo es capaz de surfear mejor que nadie con una prótesis? »
Una punzada de culpa me atraviesa. Me siento una intrusa en mi propia piel, mientras lo veo a él reír y conversar con los demás invitados, integrándose con una naturalidad que contradice todo lo que yo creía saber sobre la vulnerabilidad.
Cruzo los brazos y me abrazo a mí misma, como si intentara contener el caos que me bulle dentro.
Desearía poder rebobinar y manejar la situación de forma menos torpe, pero el momento ya ha pasado.
Ahora solo puedo quedarme aquí, incómoda en mi propia piel, esperando que el nudo de mi estómago se deshaga.
—¡Qué mala cara tienes! ¿Te pasa algo? —La voz de Delia me saca de golpe del trance.
Levanto la mirada hacia ella. La tensión se me marca en la mandíbula y no hace falta ser adivina para notar que algo va mal.
—¡Nada! ¿Por qué lo dices?
Delia frunce el ceño hasta que las cejas casi se le juntan sobre la nariz.
—¿Me estás tomando el pelo? —susurra, incrédula.
Suelto un suspiro largo, rindiéndome.
—Lo siento. No sé qué me ha pasado.
—¿Te refieres a Josh?
Dirijo la vista hacia donde él sigue charlando y Delia capta la respuesta antes de que yo abra la boca.
—Ah, vale, entonces era eso. Joder, me habías asustado —responde con alivio—. Por la forma en que lo mirabas, parecía que te hubiera hecho algo horrible.
Me siento aún peor. De pronto soy consciente de lo que pueden estar proyectando mis gestos: rechazo, lástima o incomodidad. Y no es eso. No es que su presencia me moleste, es que su realidad ha pulverizado mis esquemas.
—No me lo esperaba. Me ha pillado por sorpresa... sobre todo siendo instructor de surf y teniendo... esa pierna biónica.
—Viniendo de una veterinaria, suena raro —Delia suaviza la expresión, pero me observa con curiosidad.
—Lo sé —me apresuro a explicar—. He visto de todo en quirófanos, incluso amputaciones, y siempre me han fascinado las soluciones protésicas. No es la técnica lo que me choca. Es que... no me imaginaba a alguien tan ágil y capaz de dominar el mar con una prótesis así. Es increíble.
—Eso suena bastante prejuicioso —sentencia Delia. Su incomodidad es evidente.
—¡No es lo que he querido decir! —exclamo, frustrada conmigo misma—. Me he explicado fatal.
—Como el culo, para ser exactos.
—Solo me ha sorprendido. No era lo que esperaba del «típico surfista». ¿Sabes qué le pasó?
La curiosidad se enciende dentro de mí como una chispa descontrolada. Necesito comprender cómo se llega desde un accidente hasta la cresta de una ola.
—Solo dijo que fue un accidente. Nunca entró en detalles y nadie quiso insistir por respeto.
Asiento. Debo respetar sus silencios, aunque me quemen por dentro. Buscando desviar la atención de mi propio patinazo, lanzo una propuesta desesperada:
—¿Nos metemos al agua?
Delia me mira divertida, arqueando una ceja con incredulidad.
—¿Tú? Hace cinco minutos no querías ni quitarte la camiseta.
—Estábamos recién llegadas. Nada más.
Empiezo a desvestirme con una decisión que no sentía hace un momento.
Me quito los pantalones y esta vez no me importa si se marcan las caderas o si la celulitis es evidente bajo el sol.
Después de mi reacción con Josh, siento que merezco que me miren con la misma falta de tacto con la que yo lo miré a él.
Por idiota. ¿A quién se le ocurre quedarse observando su pierna como si fuera un número de circo?
Quizá ya esté acostumbrado, o quizá se haya sentido fatal.
Y yo me siento peor, porque sé que no soy esa clase de persona .
No espero a que Delia reaccione. Me lanzo al agua de golpe. Bajo la superficie encuentro algo parecido a la tregua. El silencio acuático me envuelve y, por unos segundos, me permito estar en paz. Dejo que el cloro limpie también la vergüenza que arrastro desde que nuestras miradas se cruzaron.
Más tarde, las tres estamos tumbadas en las hamacas con las bebidas en la mano.
Blair se encarga de ponerme al día con todos los cotilleos de Malibú: quién se ha liado con quién, quién se ha pasado con las copas o quién se ha colado en la fiesta.
Yo escucho, sonrío y asiento, pero mi atención es un cable tenso que tira hacia la barra de la cabaña.
Allí está Josh, apoyado con un codo mientras conversa con otros chicos.
Varias veces nuestras miradas se encuentran en el aire.
Y siempre que ocurre, la aparto al instante, como si me hubieran pillado cometiendo un delito.
Me torturo imaginando su opinión sobre mí. «La gringa reina del drama». Seguro que es eso lo que piensa. Que soy una niñata estúpida, la típica que se aterra de los tiburones y también de cualquier cosa que no encaje en su molde de perfección.
Las vacaciones pueden parecer el remedio ideal para todo lo que duele, pero a veces se transforman en el caldo de cultivo perfecto para los malentendidos.
En su caso, más que un malentendido, hay una historia que nadie conoce del todo.
Algunos amigos lanzan teorías sobre su accidente y yo no puedo evitarlo.
Mi formación veterinaria y mi curiosidad innata se encienden: ¿qué tipo de trauma fue?
¿Cómo fue la rehabilitación? ¿Surfeaba antes o aprendió después?
La curiosidad me puede, lo que no esperaba es que viniera acompañada de este sentimiento de culpa tan punzante.
Incluso los comportamientos que muchos tacharían de inapropiados pueden, en el contexto adecuado, volverse estimulantes. Creativos, incluso. Y justo eso es lo que ocurre cuando salgo del baño, en el interior de la casa. Doy un paso al pasillo… y me lo encuentro. Cara a cara con Josh.
El calor me sube de golpe por el cuello hasta incendiarme las mejillas. Me arde la piel, pero reúno fuerzas para sostenerle la mirada. Sus ojos verdes son dos pozos profundos clavados en los míos.
—Hola, otra vez —saluda con una suavidad inesperada en el pasillo silencioso.
—Hola —respondo. Parpadeo y, traicionada por mi propio cuerpo, desvío la vista hacia su pecho antes de obligarme a volver a sus ojos.
El silencio se instala entre nosotros, estirándose más de lo que me gustaría. Al alzar de nuevo la mirada, me atrapa su sonrisa. Tiene un hoyuelo en la mejilla izquierda que no había notado antes. Me quedo embobada un segundo de más, registrando ese detalle como si fuera una pista vital.
—Igual suena un poco rebuscado lo que voy a decir, pero… —se aclara la garganta— te vi meterte en la piscina y se me ocurrió algo. Quiero compartirlo contigo.
Siento una punzada de calor que ya no viene del sol ni de la vergüenza. Me vio. Me vio quitarme la ropa, me vio saltar, me vio huir de la conversación con Delia. Me siento expuesta, dolorosamente consciente de mi cuerpo y de cómo lo habrán juzgado sus ojos expertos.
Inclino la cabeza, intentando recuperar un poco de mi habitual cinismo protector.
—¿Y qué se te ocurrió?
—Quiero proponerte algo.
Me quedo inmóvil. Contra todo pronóstico, mi cuerpo reacciona con un escalofrío que me recorre la columna.
Su tono grave y sereno me sacude por dentro.
«¡Serás idiota!», me recrimino. El chico ya tiene bastante con su propia historia como para que yo ande fantaseando con cómo suena su voz en mi oído.
—¿Qué tipo de propuesta? —pregunto, bajando el tono.
—¿Te apetece que tomemos algo mientras te lo cuento?
Puedo ser muchas cosas: una chica educada, una veterinaria en crisis o una gringa borde. Pero, por encima de todo, quiero redimirme. Necesito limpiar la imagen de «niñata prejuiciosa» que le dejé en la playa y, bueno, hoy no está siendo propiamente una mejoría.
—Vale.
Asiento con un gesto leve. Mientras lo hago, una parte de mí se pregunta si él habrá pensado en mí con la misma insistencia con la que yo lo he hecho. Quizá va a sugerirme que me apunte a un retiro budista o que me revise la cabeza. No lo descartaría.
—¿Aquí dentro o fuera? —pregunta, señalando con la cabeza hacia el jardín.
—Dentro mejor —respondo enseguida—. Hay menos ruido.
Un instante después estamos sentados en uno de los sofás del salón, lejos del estruendo de la piscina. Cada uno con su bebida en la mano y yo con el corazón golpeando contra las costillas, esperando a que Josh me diga qué demonios ha planeado para mí.