Capítulo 5
La fiesta
Desde la cena, mi padre me trata como si fuera una flor de invernadero: sensible, perenne y delicada. Al menos, su repentina cautela ha servido para frenar las preguntas que no sé responder. Mis niveles de ansiedad han bajado, o quizá es que simplemente se han adormecido bajo el sol de California.
Hoy es sábado, el día de la fiesta de Engel.
Mis amigas me han llamado una decena de veces para coordinar atuendos y peinados, aunque al ser en la piscina no hay mucho que planificar: bikini, pantalones vaqueros cortos y una camiseta básica.
No me apetece esforzarme demasiado si voy a terminar empapada.
Aun así, meto en el bolso un vestido largo y un bikini de repuesto por si la noche se alarga.
La fiesta empieza a las cinco. Son las cuatro y ya estamos en camino. Esta vez no es Blair quien nos recoge; mi padre se ha ofrecido a llevarnos a Delia y a mí. He preferido no conducir para poder beber si me apetece, aunque con el nudo que todavía tengo en el estómago, lo dudo.
Al llegar, me golpea la ostentación que define a estas reuniones.
Malibú es un ecosistema de alto poder adquisitivo donde la juventud vive en un mundo aparte, criándose entre mansiones y acostumbrada a celebraciones de película.
Los padres ceden las casas como si fueran clubes privados.
Todo es excesivo, una escenografía diseñada para impresionar.
Esta no es la excepción. La casa está a rebosar.
Siempre me pregunto si los anfitriones —incluso Engel— conocen de verdad a los invitados.
Sospecho que muchos ni siquiera sabrían explicar cómo han terminado aquí; es esa obsesión americana por convertir cualquier reunión en el evento del año, alimentando una maquinaria de halagos y chismes que puede arrasar como un incendio si algo sale mal.
—Impresionante, debo decir —le comento a Blair en cuanto la localizo entre la multitud.
—No has visto nada. Engel está en su salsa y tenemos preparadas unas sorpresas brutales.
—¿No me digas que habéis cumplido su sueño de sacar a tres chicas de un pastel gigante? —bromea Delia.
—Sabéis lo que pienso de las fantasías estúpidas de mi hermano. Habla mucho y hace poco. Ya sabéis cómo es.
Nos reímos. El cinismo de Blair siempre es el mejor antídoto para tanta pomposidad.
—Venga, venid a la zona de la piscina. Casi todos están allí y el ambiente es genial.
Seguimos a Blair por el jardín trasero. La piscina rectangular domina el centro y la gente se reparte por cada rincón: tumbonas, corrillos de gente charlando y puffs gigantes donde caben cinco personas con una comodidad insultante.
La música suena alta, pero mantiene un ritmo que permite hablar.
Por primera vez en días, noto que empiezo a relajarme.
—¿Vamos a por algo de beber? —pregunta Delia.
—Ya os lo traigo yo. ¿Qué queréis? —se ofrece Blair.
—Una cerveza para mí —pide Delia.
—Yo… —Dudo. No quiero beber, pero tampoco me apetece dar explicaciones—. Tráeme otra cerveza, venga.
—Ahora vuelvo.
—Oye —la detengo antes de que se pierda entre la gente—, ¿y tu hermano?
—Por ahí, intentando ser el centro de atención —responde mientras se aleja.
Avanzamos hacia unas tumbonas libres cerca del agua.
Delia deja el bolso y empieza a quitarse la ropa con una naturalidad envidiable, quedándose en un bikini que le sienta como un guante.
Yo, en cambio, me resisto a desvestirme.
Me intimida la cantidad de gente y, al observar a las chicas con cuerpos esculturales que parecen haber pasado el año entero preparándose para este momento, me siento fuera de lugar.
Como si me hubiera equivocado de casting.
Después de un año de prácticas, apenas me quedaba energía para peinarme por las mañanas; ir al gimnasio era una utopía.
Lo que me sobra no es por mala alimentación —como sano, por pura supervivencia—, sino por una cuestión genética: tengo las caderas anchas de mi madre, con esa flacidez que parece venir de serie.
En cambio, mis brazos son delgados, casi flacuchos, como si jamás hubieran sostenido nada más pesado que un fonendoscopio.
No es que viva con complejos, pero aquí, bajo el sol implacable de Malibú, es imposible no compararse.
No encajo en este entorno de cuerpos de revista.
Me siento, literalmente, como un pez fuera del agua.
Miro a Delia mientras mi mente divaga. Ella, con su herencia mexicana, tiene una figura que envidiaría la propia Jennifer López.
Es guapísima, aunque lo mejor de ella es que todo le resbala; su cabeza siempre está en otra parte y posee un corazón de oro que, irónicamente, es lo único que aquí nadie parece mirar.
—¿Nos damos un chapuzón? —me invita.
—Aún no. Esperaré a que Blair traiga las bebidas.
—Yo me meto. Hace un calor insoportable.
Tiene razón. El sol pega con una fuerza que me obliga a agradecer haber traído la pamela y el protector solar. Heredé el pelo castaño de mi madre, pero mi piel blanca es un regalo de la genética de mi padre; me bronceo rápido, pero prefiero no tentar a la suerte.
Delia se lanza al agua con una elegancia casi olímpica. Varias personas se giran a mirarla. Sonrío, orgullosa de mi amiga, justo cuando veo a Blair acercarse haciendo equilibrios con las botellas.
—Espera, que te ayudo.
—Tranquila, yo puedo —protesta, aunque ya le estoy quitando peso.
Las dejamos sobre una mesa baja y Blair busca a Delia con la mirada.
—¿Y nuestra sirena?
—En el agua —señalo hacia la piscina—. Yo iré en nada, el calor empieza a ser agobiante.
—Mis niñas.
Las dos nos giramos al unísono. Engel camina hacia nosotras con su energía desbordante de cumpleañero. Y a su lado… está él.
Josh. El instructor de surf.
Mis ojos, de forma instintiva, bajan hacia sus piernas.
Lleva bañador y una camiseta que insinúa la potencia de su torso, pero es lo que hay debajo lo que me deja sin aliento.
Trago saliva, sintiendo un nudo en la garganta.
De la rodilla hacia abajo, su pierna izquierda es una estructura biónica.
Los destellos del titanio y el diseño oscuro de la fibra de carbono destacan con una nitidez que me golpea el pecho.
En el pie lleva un escarpín especial; en la otra pierna, la natural, una simple chancla.
Mis pensamientos se disparan a una velocidad aterradora. Lo vi cabalgar las olas hace apenas dos días. ¿Cómo es posible? ¿Qué le ocurrió? Recordar mi tono borde y mis prejuicios en la playa me hace sentir una oleada de vergüenza. Qué idiota he sido .
Me quedo paralizada, con la vista fija en ese material que refleja de golpe el sol de la tarde, hasta que Engel me saca del trance con un grito.
—¿Qué pasa? ¿No vas a darme un abrazo de cumpleaños o te has quedado ciega con tanto brillo?
Estoy paralizada. Mis ojos siguen pegados a la pierna de Josh con una insistencia que me avergüenza, pero no consigo desconectar el cerebro de lo que estoy viendo.
La gente a nuestro alrededor empieza a mirarnos.
Cuando por fin reacciono, busco a Engel y esbozo una sonrisa forzada que no tiene nada que ver con lo que siento.
—Oh, claro. Perdona.
Me lanzo a su cuello con un entusiasmo exagerado, tratando de ocultar mi aturdimiento tras una capa de alegría cumpleañera.
—¡Feliz cumpleaños! Que lo pases genial.
—Ya lo estoy pasando, sobre todo si mi chica guapa me agarra así. ¡Ven aquí, que te doy un beso!
Me atrapa por la cintura y me inclina hacia atrás como en un póster de comedia romántica de los noventa.
Me estampa un beso sonoro en la mejilla y, al devolverme a la vertical, le doy un codazo por payaso.
Lo quiero muchísimo. Es un tonto, vive la vida con una ligereza que a veces me saca de quicio, pero mis veranos en California no tendrían sentido sin sus tonterías.
—Con todo esto, casi se me olvida —dice Engel, girándose hacia Josh mientras le pasa un brazo por el cuello—. Este es Josh, nuestro profe de surf. Lo he invitado a la fiesta, tenía que venir sí o sí.
—¿Qué tal, Josh? —Delia se acerca y le da dos besos con la naturalidad que a mí me falta. Él responde con una sonrisa tranquila.
Y yo… yo me quedo ahí, de nuevo. Observándolo en silencio.
Soy incapaz de asimilar lo que acabo de descubrir.
Josh se vuelve hacia mí y nuestras miradas se cruzan durante un segundo que se estira hasta volverse elástico.
Hay algo en sus ojos que parece una mezcla de amabilidad y desconcierto; es como si pudiera ver a través de la máscara de normalidad que intento mantener.
Por un instante, el bullicio de la fiesta, la música y las risas se difuminan.
Solo quedamos nosotros dos atrapados en una burbuja de tensión incómoda.
—Hola —dice. Su voz es cálida, aunque algo contenida.
—Hola —respondo, y la palabra sale en un tono más agudo de lo habitual.
Trago saliva. Me siento ridícula por haberme quedado petrificada, por haberlo escaneado como si fuera un experimento de laboratorio.
Me avergüenza mi falta de tacto. Extiendo la mano con rapidez para romper el hielo, pero el gesto es torpe.
Nuestros dedos se entrelazan de una forma extraña, ni firme ni suelta.
Solo... rara. Él sonríe, aunque la calidez no llega a sus ojos verdes. Sabe que estoy fingiendo.
—Es un placer volver a verte —añade, con una prudencia que me hace sentir aún peor.
—El placer es mío —respondo. Automática. Vacía. Quisiera añadir algo auténtico, pedir perdón por mis prejuicios de la playa o preguntarle mil cosas, pero las palabras se me atascan en la garganta.
Engel, ajeno a la corriente eléctrica que acaba de sacudirme, le da una palmada en la espalda.
—Ven, que te presento a más gente —dice con entusiasmo. Josh asiente y me lanza una última mirada, indescifrable, antes de alejarse.