Capítulo 4
Temporada de verano
—Mira el cielo, el aire, el mar... Mira todo esto —dice Rosemary con una voz que parece recoger toda la luz del amanecer.
De pronto, las cortinas se abren de golpe. Una ráfaga de claridad californiana inunda la habitación con una intensidad casi violenta. Me cubro la cara con la almohada, soltando un quejido.
—¡Hala! Lo siento —se apresura a decir Rosemary al notar mi sobresalto, aunque no cierra las cortinas.
—No pasa nada —respondo con los ojos entornados, luchando contra la ceguera temporal.
—¡Vamos, arriba! Hay que empezar el día —insiste ella con ese ímpetu inagotable mientras abre el resto de las ventanas, dejando que el sonido de las olas entre en el cuarto.
—Lo siento, Rose... —balbuceo, aún atrapada en los restos de un sueño en el que no había ni tiburones ni títulos universitarios que me quemaran las manos.
Ella sonríe con suavidad, comprendiendo mi batalla contra el sol, y se sienta a los pies de la cama. Me clava una mirada atenta; sus ojos parecen atravesar las sábanas hasta leerme el alma. Me incorporo despacio, apoyando la espalda en el cabecero con un suspiro que me sale desde los pies.
—¿Qué te pasa, mi niña? Llevas tres días aquí y no te veo animada. ¿Quieres hablar de ello?
Niego con la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada. Si empiezo a hablar, no sé por dónde saldrá el dolor: si por el fracaso en Madrid o por la soledad en esta casa .
—No es nada. Solo me siento un poco... desubicada. Mi padre no está, como siempre, y tengo demasiadas cosas en la cabeza.
—Ya sabes cómo es su trabajo, Alicia. Su agenda siempre está llena. —Intenta suavizar el golpe, como lleva haciendo veinte años.
—Sí. Llena para todos menos para mí —replico, y el tono me sale más amargo de lo que pretendía.
Rosemary se endereza y su expresión se ilumina con la esperanza que solo ella sabe mantener viva.
—Tengo buenas noticias. Me ha llamado esta mañana. Llegará a tiempo para cenar contigo y me ha pedido que no prepare nada, porque quiere llevarte a un sitio especial. —Me mira esperando una reacción de alegría—. ¿No es genial?
—Un clásico —respondo a medio camino entre la resignación y la fatiga—. Mi padre intentando comprar mi perdón con una reserva en el restaurante más caro de la costa.
—No digas eso, cariño. Te quiere mucho, a su manera.
—Entonces está claro que no tenías noticias buenas, Rose. Ni tú ni nadie.
Ella niega suavemente con la cabeza y me coge la mano entre las suyas, cálidas y firmes.
—Siempre hay una manera de que las cosas salgan bien. Eres como tu madre, siempre acabas encontrando el camino, incluso cuando crees que no hay salida.
—Si de verdad te importo, elige un bando —intento bromear, aunque la sonrisa no me llega a los ojos—. No puedes quedarte siempre en la zona gris. Elige el mío.
Me enrosco sobre mí misma y apoyo la cabeza en su regazo. Rosemary empieza a acariciarme el pelo en un gesto lento y rítmico que siempre ha sido mi único refugio real en esta mansión.
—Ay, mi niña... Qué alegría tenerte aquí otra vez. Te hemos echado tanto de menos.
—Y yo a vosotros, Rose. De verdad.
Siento los ojos húmedos. Hablar con ella es como volver a una casa con la chimenea encendida en mitad del invierno. Es paz, es sencillez. Me abrazo a su cintura buscando esa seguridad que el título de veterinaria y el apellido Bran me han robado.
—Así que aquí es donde os escondéis —la voz de Blair irrumpe como un huracán, rompiendo la burbuja en un segundo. Se planta en la puerta con los brazos en jarras—. Pero ¿esto qué es? ¿Sesión de mimos privada y sin invitación? ¿En serio ?
—Justo faltabas tú —responde Rosemary, aunque no deja de acariciarme—. Ya tengo bastante con esta niña, que solo quiere dejarse llevar por la corriente, como para aguantar también tus dramas de buena mañana.
—Oye, no me trates así, mamá —replica Blair, poniendo esa cara de ofendida que ensaya frente al espejo.
Me incorporo, mirando a Blair. El recuerdo de lo que pasó en la playa todavía me escuece.
Ella me mira de vuelta, y por un segundo, su expresión se suaviza.
Sabe que metió la pata con Josh, pero Blair no es de las que piden perdón con palabras; es de las que te obligan a levantarte y seguir adelante a empujones.
Se lanza entre nosotras como si siguiera un guion ensayado mil veces.
Estoy más que acostumbrada a sus lloriqueos; siempre terminan igual: se mete en mi cama, se abraza a su madre y las tres acabamos enredadas en un abrazo cálido que Rosemary solo rompe cuando decide que ya es suficiente.
Después de unos minutos de mimos y risas, Rose se incorpora.
—Venga, ya está bien, que yo tengo cosas que hacer. Vosotras, que podéis permitiros el lujo de holgazanear, seguid. Yo tengo faena —dice con tono firme, aunque la sonrisa que le asoma traiciona cualquier intento de parecer seria.
Sale de la habitación dejando tras de sí esa estela de afecto tan suya. Me quedo tumbada, mirando las vigas del techo, con Blair a mi lado haciendo exactamente lo mismo.
—¿Qué te pasa? Estás rara desde que aterrizaste —pregunta. Me conoce demasiado bien para que pueda colarle una mentira.
Siento que las lágrimas me resbalan por las sienes. Intento que el llanto sea silencioso, pero un hipo traicionero me delata.
—Ey, Ali, ¿qué ocurre? —Blair se reincorpora, preocupada—. ¿Es por lo de ayer? Si es por lo que dije en la playa... lo siento, no quería exponerte así delante de Josh.
—No, no es eso —la interrumpo, aunque agradezco el gesto—. Es algo más profundo, Blair. Siento que estoy estancada. He pasado años estudiando para algo que me rompe por dentro cada vez que lo intento ejercer. Siento que he estado perdiendo el tiempo mientras todo el mundo avanzaba.
—¿Lo dices por las prácticas? —pregunta ella, bajando el tono.
—Sí. No sé qué hacer con mi vida. Me siento un fraude. Mi padre cree que soy su sucesora y yo solo quiero desaparecer cada vez que huelo a desinfectante. Estoy muy perdida, Blair. Y me siento fatal por decepcionar a todo el mundo.
Me observa como si intentara descifrar el caos que llevo dentro .
—¿Puedo ayudarte? No soy la mejor dando consejos, ya lo sabes. Yo misma sigo en esa empresa de reformas que me exprime el talento solo para pagar las facturas. Algún día montaré mi propio estudio de interiorismo, pero ahora mismo también siento que estoy sacrificando mi creatividad por un sueldo.
—Tú tienes un plan, Blair. Sabes a dónde vas —le replico con envidia sana—. Yo solo tengo un título que no quiero y una cena con mi padre esta noche en la que no sé cómo decirle la verdad.
—¿Es imprescindible que se lo digas hoy? Acabas de llegar, Ali. Date una tregua. No tienes que tener todas las respuestas antes del postre.
—No quiero seguir mintiendo. Él está tan orgulloso de tener una hija médico ...
—Escúchame —Blair me coge de la mano—. Madurar también es aceptar que a veces nos equivocamos de camino.
No has perdido el tiempo, has aprendido lo que no quieres, y eso ya es mucho.
Tómate tu tiempo. Y si al final decides que no quieres ser veterinaria, pues ya buscaremos otra cosa.
Podrías trabajar de vigilante de la playa, como los de ayer...
al menos el uniforme te sienta de miedo.
Suelto una carcajada involuntaria entre las lágrimas.
—Claro, con mi fobia a los tiburones. Sería un éxito absoluto.
—Ves, ya te estás riendo —sonríe ella, dándome un empujón—. Venga, levántate. Vamos a elegir un vestido espectacular para esa cena. Si vas a darle un disgusto a tu padre, al menos que te vea tan guapa que no pueda enfadarse mucho.
—Muy graciosa —le doy un codazo y ella se encoge fingiendo un dolor dramático—. Justo eso es lo que no quiero: quedarme a la deriva después de tanto sacrificio.
—Escucha, Ali. Ponerle nombre a un cuadro me parece absurdo. Las obras expresan lo que el artista siente, y si el sentimiento es real, el título sobra.
—¿Y eso qué significa? ¿Que mi cara parece un cuadro abstracto? —pregunto, soltando una risa mientras me sorbo los mocos.
—No, tonta. Que la vida es como el arte: cuando haces las cosas de corazón, creas algo único. Cuando las haces para contentar a otros, como ese título de veterinaria, difícilmente dejas huella en ti misma.
—Joder, tía, ¿desde cuándo te has vuelto tan profunda? —Nos reímos juntas, y siento que el aire vuelve a entrar en mis pulmones—. Tienes razón. Lo sé.
—El simple hecho de que te plantees cambiar ya dice mucho de tu valentía .
—O de mi estupidez —añado con amargura.
—Para ya —Blair se pone en pie de un salto—. Venga, arriba. No pienso dejar que te hundas en este colchón. Nos vamos de compras, a dar una vuelta o a que nos dé el aire, lo que sea.
—Tengo la cena con mi padre esta noche...
—Me da igual, hay tiempo de sobra. Salimos, picamos algo por ahí y luego te arreglas con calma. Por cierto —añade, rebuscando ya en mi armario con la emoción de quien juega con una muñeca nueva—, el sábado tenemos fiesta.
—¿Qué fiesta? —Me froto la cara, intentando borrar el rastro de las lágrimas.
—El cumple de Engel. Al final se nos ha ido de las manos y la vamos a liar en casa de Mark. Va a ser la rehostia.
—Ostras, es verdad. Menos mal que me lo dices, tenemos que buscarle un regalo esta tarde. No estoy muy de humor para fiestas, pero por él iría al fin del mundo.
—Ni se te ocurra faltar. Bethany está fuera en un congreso, así que vamos tú y yo de avanzadilla. Sin excusas.
Me detengo un segundo, observando su espalda mientras pelea con las perchas.
—Blair..., y sin querer meterme donde no me llaman... ¿Pasa algo con Bethany? Por cómo soltó ayer Engel lo de los hijos y los bancos de esperma, me dio la sensación de que no estáis en vuestro mejor momento.
Blair no responde al instante. Se queda rígida un segundo, mirando un vestido de flores como si fuera lo más fascinante del planeta. Por fin se gira con una sonrisa demasiado brillante para ser real.
—¿Este te gusta?
Le digo que sí con la cabeza, sabiendo que está evadiendo la pregunta.