Rompiendo las olas Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—No es que las cosas vayan mal —dice al fin, volviendo al armario—. Es que ella hace que todo sea... difícil.

Hago una mueca. El «difícil» de Blair suele significar «insoportable».

—Pero da igual. No me apetece pensar en dramas de pareja ahora. Bastantes tienes tú con el doctor Bran.

La observo en silencio, dándome cuenta de que todos en esta casa escondemos algo bajo la alfombra. Tomo el vestido de sus manos y le doy un apretón suave en el brazo.

—Voy a ducharme.

Me encierro en el baño y dejo que el agua caliente empiece a relajarme.

Está claro que Blair y Bethany están en la cuerda floja, pero ella ha decidido ponerse la máscara de «chica fiestera» para no derrumbarse.

Y yo, que soy un desastre gestionando mi propia vida, no soy quién para obligarla a quitarse la careta.

◆◆◆

La jornada de compras terminó resultando más agotadora de lo esperado.

Mientras Blair deambulaba entre escaparates con su energía habitual, mi mente se convirtió en un torbellino.

Los recuerdos se amontonaban unos sobre otros, como piezas de un puzle que aún no lograba encajar.

Me descubrí escarbando en el pasado, buscando conexiones entre episodios aislados que, quizá, habían dejado cicatrices más hondas de lo que estaba dispuesta a admitir.

Blair ha sido, como siempre, mi mejor ancla.

Escuchó mis miedos y, aunque insiste en que no sabe dar consejos, sus palabras suelen dar en el clavo.

A medida que la tarde avanzaba, las risas brotaron sin esfuerzo entre helados compartidos y pasarelas improvisadas en los probadores.

Cuando volvimos a casa, el nudo de mi pecho se había aflojado. Mi corazón latía, por fin, en calma.

Pero la serenidad es como el mar justo antes de la tormenta: un espejismo que la marea arrastra en cuanto te descuidas. En el instante en que escucho la puerta y veo a mi padre entrar en la habitación, sé que la tregua ha terminado.

El corazón me retumba contra las costillas. No logro identificar qué emoción me domina: ¿es anhelo, rabia, incertidumbre o una decepción crónica? Con él siempre ha sido así, una mezcla caótica que nunca he sabido separar. Sin embargo, al verlo allí, solo deseo una cosa: abrazarlo.

—Mi amor —dice, envolviéndome en sus brazos.

A punto de cumplir los cincuenta, conserva un aire juvenil que le otorga un atractivo innegable.

Mantiene esa estética de surfista que lo define, aunque el brillo de la juventud haya empezado a madurar.

Está bronceado, en forma por el tenis y el gimnasio, y luce ese leve rubor bajo los ojos que siempre me ha parecido encantador, un rastro del sol acariciándole la piel.

Es su expresión de calma perpetua, esa media sonrisa que asegura que todo está bien, lo que más me enerva.

Porque es esa filosofía suya —tan relajada, tan de «dejarse llevar»— la que tantas veces nos ha puesto en bandos contrarios.

—Papá… —Lo abrazo con fuerza.

Él se aparta lo justo para besarme la frente y las mejillas, siguiendo nuestro ritual de siempre.

—¿Cómo estás? Siento no haber llegado antes. —Pone cara de pena, ensayando ese puchero que conozco de memoria.

—No importa —miento. Siempre importa, pero nunca se lo digo—. Lo esencial es que ya estás aquí.

—Qué guapa estás, Alicia. Te veo por la pantalla, sí, pero me moría de ganas de darte un abrazo de verdad —dice, apretándome de nuevo contra él.

Nos quedamos así un rato largo. He aprendido a vivir sin él, me he acostumbrado al vacío de su ausencia, pero nunca del todo. Le quiero y le guardo rencor a partes iguales, aunque, casi siempre, el amor termina ganando el juego por goleada.

—¿Te apetece cenar con tu viejo?

—Ay, papá, no digas eso. Estás estupendo, cada día más joven.

—Alicia, mi niña… eso es porque me miras con buenos ojos. Todo es estética y tratamientos, no te fíes de lo que ves —bromea, aunque sé que hay parte de verdad en sus palabras.

—No me vengas con cuentos. Tú no has pasado por el quirófano.

—Como tal, no. Pero me cuido, y lo sabes. Eso también cuenta, ¿no? ¿Dónde quieres que te lleve?

—Me da igual, lo que tú digas.

—Como sé que te encanta el pescado, te voy a llevar a un sitio que te va a flipar. Si estás lista, nos vamos.

No tardamos ni media hora en estar de camino.

El restaurante es precioso y acogedor, de esos rincones donde la iluminación suave intenta convencerte de que todo está en calma.

Durante la cena hablamos de cosas sin importancia, recuperando el tiempo perdido entre risas y anécdotas ligeras. Todo fluye... hasta que llega el café.

Y con el café, la pregunta que llevo esquivando desde que aterricé.

—¿Qué tal las prácticas? Ya has terminado, ¿verdad?

Trago saliva justo después del primer sorbo. El líquido me quema la garganta, pero el nudo que se me acaba de formar duele más.

—Ajá —respondo, intentando que la brevedad pase por modestia.

—Y ahora, ¿has pensado qué vas a hacer?

Siento cómo el café lucha por subir de vuelta, empujado por una ansiedad que no logro dominar.

A pesar de haberme criado en un entorno de médicos y entender perfectamente cómo funciona el sistema nervioso ante el estrés, sigo siendo incapaz de gestionar el pánico frente a mi padre.

Temo que diga esas frases que jamás ha pronunciado pero que resuenan en mi cabeza: «No vales para esto», «Eres una decepción».

Culpar a otros es cruel, pero el autosabotaje al que me someto es directamente atroz.

Me gustaría soltarle la verdad: «Papá, no tengo ni idea de qué quiero. Me cuesta hasta organizar mi agenda, imagina organizar una vida entera». Pero me lo trago. Miento.

—Tengo un par de opciones sobre la mesa. Tengo que mover algunos contactos… ya sabes cómo va esto —digo, fingiendo una seguridad que se desmorona por momentos.

—Es fundamental que empieces a moverte. No sabes la suerte que tienes —responde él con un tono que oscila entre la admiración y la envidia—. Conozco a tanta gente que anda perdida... A veces pienso que es una maldición de esta época y de vuestra generación, pero últimamente no escucho otra cosa.

Estoy que me subo por las paredes. La ansiedad me consume con pensamientos que me aterran más de lo que sería capaz de reconocer. Es como si estuviera surfeando olas gigantes de miedo, atrapada en un vértigo constante.

—Perderse parece ser lo común ahora —comento a la vez que evito que la voz me tiemble.

—¿Tú también tienes esa sensación de que necesitas un cambio? —pregunta él, mirándome fijamente.

Ha dado en el clavo, sin quererlo. Y, sin embargo, es más que eso.

Lo que necesito es claridad. Deseo tomar una decisión sin la certeza de estar equivocándome.

Sabía que esta conversación me iba a sobrepasar.

Me imagino diciéndole: «¿Te imaginas lo fácil que sería tener una vocación clara?

Todo encajaría. Menos mal que tú lo has tenido claro».

Pero el miedo a decepcionarlo —o peor, a descubrir que me he decepcionado a mí misma— me bloquea la garganta.

—¿Yo? —respondo tras una pausa eterna—. Solo quiero ser feliz, papá.

«Qué respuesta tan original», pienso con ironía.

Qué fácil sería si la felicidad tuviera un mapa.

Desde pequeños nos trazan el camino y nosotros lo seguimos porque confiamos en los guías.

Pero nadie te explica que ese sendero puede conducirte directo al vacío.

Ahí estoy yo ahora: en pausa. En medio de un «no sé» que me paraliza las piernas.