Rompiendo las olas Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

¡Vaya! Sus palabras me golpean con una humildad que no esperaba. Ahora me siento como una auténtica idiota. Él ha venido con una intención limpia y yo me he comportado como una borde monumental, proyectando mis traumas familiares en un desconocido.

«Sonríe siempre, Alicia, porque la sonrisa es el mejor regalo que puedes ofrecer», resuena la voz de mi madre en mi cabeza. Me obligo a relajar la mandíbula y le dedico una sonrisa, esta vez de verdad. El chico está siendo encantador y yo soy un desastre andante.

—Perdona por ser tan cerrada —admito, tragando saliva—. Gracias por tus palabras. Y… de todas formas —añado, bajando un poco la guardia—, me parece admirable vuestro coraje.

Lo digo de corazón. Mientras los miro allí, con el neopreno goteando y las tablas bajo el brazo, siento una punzada de envidia.

Admiro esa capacidad de lanzarse a lo desconocido, de no permitir que el instinto de supervivencia se convierta en una cárcel.

Josh me dedica una mirada larga, una de esas que parecen buscar las grietas en mi armadura, y por un segundo me pregunto si él también habrá tenido que echarle coraje a algo mucho más profundo que una ola.

Él se acerca un poco más. Esa proximidad acorta el aire entre nosotros y me intimida más de lo que quisiera admitir. Se detiene a un paso de mí y me extiende la mano.

—Soy Josh. Encantado de conocerte.

Le estrecho la mano con rapidez. Su piel está caliente a pesar de haber salido del agua hace poco, y tiene un agarre firme.

—Yo soy Alicia. O Ali, como prefieras.

—Muy bien, Alicia.

—¿No me digas que la has convencido? —Blair aparece de la nada, dándole un apretón en el hombro a Josh y lanzándole una mirada cargada de intención.

—No, mi poder de persuasión no es tan infalible como pensaba —bromea él, sin soltarme la mirada.

—Blair, sabes perfectamente que esto no es lo mío —intervengo, deseando que mi amiga se calle de una vez.

—Tonterías —responde ella. Se hace un silencio incómodo. Blair nos mira a ambos, analiza la tensión en el aire y decide soltar la bomba—. Alicia tiene fobia a los tiburones. Por eso no se mete en el agua. Ya le he dicho mil veces que es un disparate, pero lleva años sin bañarse en el mar.

Siento cómo el calor me sube por el cuello hasta incendiarme las mejillas. Oficialmente, acabo de convertirme en la persona más estúpida del universo. Acaba de exponer mi mayor miedo, el que me hace parecer una niña pequeña, delante del tipo que parece el rey del océano.

—No es miedo... —balbuceo.

—Y tanto que no —replica ella con una sorna que me atraviesa—. Es pánico puro.

—Blair, es una fobia y lo sabes. No es un simple miedo irracional. Y el surf no ayuda —trato de defenderme, aunque mi voz suena pequeña.

—No, no ayuda. Pero tú tampoco te ayudas cerrándote así —responde ella, tajante.

¿Por qué estamos discutiendo esto delante de él? ¿Qué necesidad tiene Blair de desnudarme emocionalmente frente a Josh? Quiero que la arena se abra y me trague. Literalmente.

—Blair... —intento razonar, lanzándole una mirada de advertencia para que entienda que no estamos solas—. Josh no tiene por qué escuchar estas cosas.

Lo que realmente quiero gritar es que deje de buscarme salvadores. Que no convierta a cada chico amable en el redentor de mis miedos. No necesito que nadie me «cure», y mucho menos un surfista que probablemente piense que mi fobia es una tontería de ciudad.

Giro la cabeza hacia Josh, esperando ver una chispa de burla en sus ojos verdes. Sin embargo, lo que encuentro es una seriedad profunda, una mirada que parece estar leyendo mucho más allá de lo que Blair acaba de soltar. Y eso, extrañamente, me da mucho más miedo que cualquier tiburón.

—Entonces… eso es. Tienes fobia a los tiburones —sentencia Josh.

—Bueno… técnicamente —musito, encogiéndome de hombros—, sí. A todo lo que nade más rápido que yo y tenga dientes. Es absurdo, lo sé. Soy adulta, debería ser racional, pero no puedo evitarlo.

—¿Tuviste alguna mala experiencia? —pregunta él con tacto.

—Lo que tiene es la cabeza llena de tonterías —interviene Blair con una sonrisa que pretende ser graciosa, pero que a mí me escuece como sal en una herida—. Si no mete ni un dedo, ¿qué experiencia va a tener? No se da ni la oportunidad.

Me quedo de piedra. No reconozco a esta Blair. Parece empeñada en brillar a costa de mis inseguridades delante de Josh. No estoy compitiendo por él, ni me interesan los surfistas, pero que mi mejor amiga me deje en ridículo así es algo que no voy a olvidar fácilmente.

—No es ninguna tontería, Blair —respondo con firmeza—. Te he dicho que es una fobia. No es un miedo cualquiera de los que se pasan con un «venga, anímate». Yo me ahogo en pánico solo con ver uno en un documental. Esa soy yo, te guste o no.

Me giro hacia Josh, manteniendo el tipo.

—Y no hace falta vivir una experiencia aterradora para aprender de ella. A veces, el sentido común es suficiente para saber dónde no quieres estar.

—Estoy de acuerdo, Alicia. Te entiendo —responde Josh, y su voz tiene un peso que silencia las risitas de Blair—. No todo el mundo procesa el miedo igual. Da igual cómo lo llamemos, aceptar que el muro está ahí ya es un paso enorme para empezar a rodearlo. Tranquila. Respeto tu espacio.

Esa empatía tan directa me descoloca. No lo dice por quedar bien; hay algo en su mirada que me dice que él también sabe lo que es tener un muro delante. La diferencia es que él lo atravesó.

—Gracias, Josh —digo, y esta vez el alivio es real.

Él se pasa la mano por el pelo mojado y me dedica una sonrisa que se me queda grabada en la retina. Recoge su tabla de la arena y hace un gesto de despedida.

—Nos vemos en la próxima, Blair. Ha sido un placer. Y tú… —me lanza una mirada que me atraviesa—, espero que algún día encuentres la forma de que tus miedos no elijan por ti. Hasta pronto, chicas.

Se aleja caminando por la arena y, por un segundo, me parece notar algo extraño. Cojea. Es casi imperceptible, pero ahí está: un leve favor hacia la pierna derecha. ¿Una lesión?

Me quedo hipnotizada mirando su espalda ancha y, lo admito, bajo la vista hacia sus piernas tapadas de neopreno. Tiene un físico impresionante, una obra de arte esculpida a base de esfuerzo, y aunque odie el cliché, no puedo negar que es un espectáculo visual.

—Ejem… —Blair me observa con una ceja levantada y una sorna que ya no me hace ninguna gracia—. Se nota que no te gustan nada los surfistas… por cómo le estabas tomando las medidas.

—Déjalo ya, Blair —replico con un suspiro—. Has hablado suficiente por hoy.

—¡Por fin os encuentro! —Delia aparece justo a tiempo para evitar que la tensión entre Blair y yo estalle—. Llevo rato buscándoos. ¡Qué clase tan increíble!

—Conmigo no contéis más para estas mierdas —irrumpe Engel detrás de ella, con su habitual dramatismo y la pamela torcida—. Tengo sal hasta en las ideas.

Mientras recogemos las cosas, echo un último vistazo al mar. Josh ya está de nuevo allí fuera, cabalgando una ola con una agilidad que me deja sin respiración. Lo veo deslizarse sobre la cresta, desafiando a ese océano que a mí me aterra, y por primera vez no solo siento miedo. Siento curiosidad.

Sus palabras siguen resonando en mi cabeza como el eco de una caracola. Y lo peor es que, por mucho que lo intente, no quiero que dejen de sonar.