Rompiendo las olas Capítulo 3
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Capítulo 3

¡Hola y Adiós!

Mientras espero a que mis amigos vuelvan, echo un vistazo a mi alrededor. Estoy en la típica playa americana de película: ellos todos musculados, ellas en bikini, ni rastro de celulitis… Solo falta un cartel en la entrada que diga: « PROHIBIDO FEOS O GENTE QUE PASA DEL GYM ».

A lo lejos, distingo al chico de la torre de madera.

Un auténtico Zac Efron en versión socorrista.

¿Por qué es tan injusta la vida? Cuando casi me ahogo en el Caribe hace años, no me rescató alguien así, sino un tipo flacucho con una camiseta raída y unos pantalones recortados malamente.

Esto parece un episodio en vivo de Los vigilantes de la playa.

Nunca fui fan de la serie, pero recuerdo a Joey y Chandler de Friends programando el microondas para no perderse a la gente guapa corriendo a cámara lenta por la arena.

Y eso, básicamente, es lo que he venido a hacer yo aquí: ver el espectáculo desde la barrera mientras intento que mi propia vida no termine de hundirse.

Y entonces lo veo salir por completo del agua.

Por un instante, me siento como si estuviera en el cine, en primera fila y en alta definición. No, mejor dicho: en 8K. Porque puedo apreciar cada maldito detalle.

Ahí está: el prototipo de surfista californiano, como sacado de un anuncio de bronceador.

Rubio, con unos ojos verdes que parecen retocados por ordenador y el pelo ondulado, moldeado por el sol y la sal.

Tiene un cuerpo esculpido a base de olas y una vanidad que se huele desde aquí.

Bronceado, fibroso, como si su única misión en la Tierra fuera mantener la simetría de sus abdominales.

Frunzo el ceño, cruzándome de brazos. ¿Es realmente necesario ir por el mundo pareciendo un cartel andante de vacaciones eternas?

A mis amigas les parecerá el chico de sus sueños, pero para mí es solo un cliché con patas.

Una fachada sin fondo. Lo imagino con una sonrisa perfecta y vacía, vendiendo un paraíso sin responsabilidades mientras yo cargo con el peso de una carrera que no quiero y una fobia que me quema.

Es pura arena y agua salada. Nada más.

Y nada de esto me molestaría lo más mínimo si no fuera porque, mientras se sacude el pelo y agarra su tabla con una mano, empieza a caminar directo hacia mi posición. Siento un vuelco extraño en el estómago, una sensación de irritación y algo parecido al pánico.

No sé por qué, pero esa ola que he intentado evitar toda la tarde me acaba de localizar en la orilla. Y no tiene pinta de que vaya a pasar de largo.

Veo cómo baja aún más la cremallera de su traje ya abierto y se libera de las mangas del neopreno, dejándolo caer hasta la cintura.

Su torso queda al descubierto, brillando bajo el sol con restos de agua salada.

Trago saliva y noto cómo se me seca la boca.

No esperaba que una simple imagen provocara tal cortocircuito en mi sistema límbico.

Supongo que mi formación en medicina al menos sirve para identificar una respuesta fisiológica involuntaria cuando la tengo delante.

Camina hacia mí con una lentitud que me parece estudiada, aunque quizá sea solo la inercia de alguien que vive al ritmo de las mareas.

Me mira fijamente. No sé dónde meter los ojos.

Me siento ridícula sentada en la arena, fingiendo que el horizonte es lo más interesante del mundo mientras un semidiós semidesnudo acorta la distancia.

Él rompe el hechizo primero.

—Hola.

«Hola y adiós», pienso. Pero mi educación —o lo que queda de ella tras diez horas de avión— me obliga a levantar la vista.

—Hola —contesto, intentando que mi voz suene más firme de lo que está mi pulso.

Sus ojos verdes, que desde lejos ya me habían parecido irreales, ahora brillan con una intensidad magnética sobre su piel dorada.

Como si leyera mi incomodidad, se recoge el pelo rubio en una coleta improvisada.

Es un gesto sencillo, pero me resulta absurdamente sexy.

Nunca me han atraído los chicos de pelo largo.

Ni los ojos claros. Ni los torsos dibujados con la misma precisión quirúrgica con la que mi padre los esculpe.

Ni los abdominales que parecen onzas de chocolate.

Aunque... ahora que lo pienso, me encanta el chocolate.

Quizá por eso mis caderas y yo tenemos esa relación de amor-odio con él.

—Tu amiga me ha dicho que no te atreves a entrar —dice él, con una media sonrisa que me desarma.

«Gracias, Blair. Te debo una muerte lenta», pienso.

—¿Puedo hacer algo para que cambies de idea?

Hay un silencio de tres segundos en los que mi cerebro traiciona la pregunta y la traslada a un terreno mucho menos casto.

Me quedo en shock imaginando qué otras cosas podrían hacer esos brazos para «cambiarme las ideas».

Sacudo la cabeza con demasiada fuerza, pareciendo una loca.

¿Qué me pasa? Los surfistas no son mi tipo.

He visto tíos guapos en Madrid y jamás me ha dado por proyectar fantasías en plena luz del día.

Será la falta de sexo. O el clima. O que este sitio esté diseñado para que bajes la guardia.

—No lo creo —respondo, con la misma sequedad que la arena que se me ha pegado a las piernas.

Él baja la mirada un segundo, estudia mis pies y vuelve a conectar sus ojos con los míos. No parece ofendido; parece... curioso.

—Sé que el surf intimida al principio —dice con una voz pausada, casi terapéutica—. La naturaleza es exigente, y el océano puede ser implacable, pero también es el mejor aliado que puedes encontrar si aprendes a escucharlo.

—No me gusta el agua —le corto.

—¿El agua? —pregunta, arqueando una ceja, genuinamente sorprendido—. ¿O el surf?

—Ambas cosas.

Me incorporo, consciente de que estoy siendo innecesariamente borde. Este chico me saca de mis casillas sin haber hecho nada, simplemente por existir con tanta perfección mientras yo me siento un fraude.

—¿Te puedo preguntar por qué? —insiste él, dando un paso más hacia mi espacio personal—. ¿Alguna mala experiencia?

—Digamos que sí, tuve una mala experiencia. Prefiero no recordarlo —sentencio, tratando de cerrar el tema—. Te agradezco la intención, de verdad, pero esto no es lo mío. No me veo sobre una tabla. Lo siento.

Estoy de pie frente a él. Soy alta, pero él me saca media cabeza. Me mira con una calma extraña que no le ha abandonado desde que salió del agua, y me pregunto qué demonios le motiva a querer convencer a alguien como yo, que le está lanzando dardos con la mirada.

—¿Alguna vez lo has intentado? —pregunta, ignorando mi muro.

Estoy a punto de mandarlo a paseo. Sé que está siendo amable, incluso correcto, pero el rechazo que les tengo a los surfistas y a todo lo que representan me impide ser cortés. Para mí, el surf es la excusa perfecta para los hombres que no quieren madurar.

—No hace falta intentarlo. Sé que no soy capaz —me encojo de hombros con desdén—. Siento si eso arruina tus estadísticas de captación de alumnos, pero no voy a picar.

Él ladea la cabeza y me mira con una decepción que parece sincera, lo cual me hace sentir un poco mal. Solo un poquito.

—No he venido a venderte nada —responde en voz baja—. Solo quería darte un motivo para que te atrevieras.

—Mira, voy a ser franca: no me llama la atención el «estilo de vida» surfero, ¿vale? No es mi rollo.

—El surf no es un «estilo», es una forma de aprender a caerse —dice él, y esta vez no suena a eslogan publicitario, sino a algo que cree de verdad—.

Te enseña a levantarte después de que una ola te revuelque, a entender que no puedes controlar el océano, solo fluir con él.

Esa mentalidad te sirve para todo lo demás, para cuando las cosas fuera del agua no salen bien.

Cruzo los brazos sobre el pecho. Él sigue relajado, con los hombros caídos y esa seguridad que me pone de los nervios porque yo me siento como un flan por dentro.

—Suena muy idílico —ironizo—. Lástima que la mayoría solo use el surf para huir de las responsabilidades.

Pienso en mi padre. El «auténtico surfista» que afrontaba olas gigantes pero que no fue capaz de afrontar la crianza de una hija.

—Muy bien. Me queda claro que no voy a hacerte cambiar de opinión hoy —sonríe, aunque es una sonrisa corta—. Tu amiga me avisó de que odiabas el surf, pero pensé que tal vez exageraba.

Abro los ojos de par en par. «Maldita Blair, estás muerta».

—No es que lo odie... —intento rectificar para no parecer tan infantil, pero me quedo a medias—. Simplemente no es para mí. No me gusta el mar. En la piscina me manejo bien, pero esto..., esto es demasiado grande.

—Entonces no es el agua. Es el miedo a lo que no puedes controlar —concluye él, dándome justo donde duele.

—Algo así —admito, deseando que deje de leerme el pensamiento.

—Gracias por ser franca, Alicia. Y gracias por dejar que tus amigos se diviertan, al menos ellos sí han aprovechado la energía de hoy.

Ambos giramos la vista hacia el grupo, que ríe y charla junto a las tablas, ajenos a la tensión que acaba de saltar entre nosotros como una chispa en gasolina. Él me dedica una última mirada, una que no es de derrota, sino de quien sabe que esto es solo el primer asalto.

Me quedo a su lado en la arena, con el corazón latiendo demasiado rápido y la extraña sensación de que, por mucho que intente evitar el agua, Josh acaba de lanzarme a una corriente de la que no voy a poder salir tan fácilmente.

—Los surfistas, por amor al mar y a la naturaleza, formamos una red de apoyo especial —continúa él, con una convicción que me obliga a escucharlo—.

Compartimos conocimientos y momentos que solo se entienden ahí dentro.

Cuidarse, aprender, enseñar… eso es lo que hacemos.

Y eso podrías vivirlo tú también. Pero respeto tu decisión.

Siento si he sido invasivo, no era mi intención incomodarte.