Capítulo 2 #2
—Déjala ya —interviene Blair, agitando la mano—. Ali, ni caso. Haz lo que te apetezca, pero ven un poco más cerca de la orilla para que nos veas hacer el ridículo… y por si tenemos que confiar en nuestros «líderes».
Blair señala con la barbilla hacia los instructores que ya están en el agua, preparando las tablas. Sin cortarse un pelo, añade:
—Pues si me voy a ahogar, que sea en los brazos de aquel.
—Si sigues así, mamá va a tener nietos antes de lo previsto —le pica Engel de nuevo.
—Oye, que tenga novia no significa que esté ciega. Y ese chico es… bueno… —Blair suspira mientras parpadea rápido—. Miradlo. Es que ni siquiera parece real.
Me río por lo bajo, pero por curiosidad sigo su mirada.
Mis ojos se posan en el chico que Blair no deja de devorar visualmente.
Está lejos, su silueta se recorta contra el brillo cegador del sol sobre el Pacífico, y aunque para mis amigos es un imán, para mí solo es un recordatorio de la fuerza indomable del mar.
Alguien que vive en un mundo de riesgo que yo, ahora mismo, no me siento capaz de pisar.
Más allá de la imagen superficial, el surf es una filosofía de vida que trasciende las playas.
Y siendo honesta, es una filosofía que desprecio por puro prejuicio.
No es una tontería; es que cada vez que veo a un chico con la tabla bajo el brazo, veo a mi padre en su juventud: alguien que prefirió entregarse a las olas antes que a su propia familia.
Para mí, todos los que se pasean por esta arena son una fotocopia del mismo prototipo de hombre que huye de las responsabilidades.
A lo lejos, uno de los instructores hace señas para que todos entren al agua.
—Parece que os llaman —les digo, sintiendo un alivio secreto por quedarme en tierra—. Id antes de que perdáis el sitio .
Me muevo por la arena hasta una zona un poco más cercana a la orilla, lo suficiente para ver cómo hacen el ridículo pero lo bastante lejos para que el agua no me toque.
Me siento y observo. Me hace ilusión verlos, de verdad, aunque una parte de mí siente esa punzada de envidia sana...
o quizá es pena. Ojalá pudiera disfrutar de esto sin ese muro invisible que me frena.
Veo a Blair charlando con uno de los monitores.
Él la ayuda a colocarse sobre la tabla y le apoya las manos en la cintura con una naturalidad que me resulta irritante y fascinante a la vez.
De pronto, el chico señala hacia donde estoy y le susurra algo al oído.
Luego, se queda mirándome. No es una mirada rápida; es un escaneo lento, como si intentara descifrar qué hace una chica con túnica y cara de pocos amigos sentada sola en la arena.
Seguro que Blair le está contando que soy la «rara» que no quiere mojarse.
La clase comienza y el espectáculo es digno de pagar entrada. Cada caída de Engel es una carcajada que me sale del pecho, liberando un poco de la tensión que traigo de Madrid.
—¿Ves a aquel? —me pregunta un chico que se ha sentado a unos metros de mí—. Se cree el próximo Kelly Slater y no aguanta ni dos segundos de pie.
Me río y entablo conversación con él. Se llama David y, como yo, es un espectador del miedo.
Me confiesa que le da vergüenza meterse, que siente que no tiene talento.
Charlamos un rato sobre lo difícil que es lanzarse a lo desconocido mientras vemos a Delia conseguir ponerse en pie, saludándonos con una sonrisa radiante desde su tabla.
—¡Lo he conseguido! —grita ella, y David y yo aplaudimos como si hubiera ganado un oro olímpico.
Por un momento, me olvido de la clínica, de Choco, de todos los animalitos que vi sufrir y de la decepción de mi padre. Me doy cuenta de que mi madre tenía razón: necesitaba esto. Relajarme, dejar que el sol me caliente la piel y rodearme de personas que no esperan nada de mí.
—Quién sabe… —dice David, poniéndose de pie cuando la clase termina y los surfistas empiezan a salir del agua como criaturas marinas regresando a la tierra—. Quizá algún día nos animemos a coger una tabla juntos.
—Si yo me atrevo, te aviso —le prometo con una sonrisa cómplice.
—Ha sido un placer, Alicia. Al menos hoy no he sido el único cobarde en la orilla —bromea antes de despedirse.
Me quedo un momento más sentada, viendo cómo mis amigos se acercan charlando con los instructores.
El sol empieza a caer, tiñendo el cielo de un naranja violento.
Y aunque sigo teniendo miedo al agua y a lo que el futuro me depara, por primera vez en mucho tiempo siento que estoy en el lugar adecuado .
Justo entonces, veo al instructor que me miraba salir del mar. El agua resbala por su torso y se sacude el pelo con un gesto que parece coreografiado. Me quedo paralizada un segundo de más, atrapada en esa imagen, hasta que Blair me hace señas para que me acerque.
No lo hago, me limito a quedar quietecita.
Me quedo mirando el rastro de espuma que deja el mar a mis pies.
No sé qué es, pero hay algo en la forma en que el aire salado me eriza la piel que me resulta inquietante.
Siento que una ola se está formando en algún lugar, una que no he pedido surfear, y no tengo ni idea de si me arrastrará hacia la orilla o me hundirá en el fondo.