Capítulo 2
Clases de Surf
—¿Quéé? —mi voz se filtra a través de las capas de un sueño pesado y denso.
—¿Vas a pasar todo el día en la cama? —La voz de Blair suena como una trompeta en mitad de un funeral.
—¿Cómo? —Me incorporo a medias, parpadeando contra la luz de California que atraviesa los ventanales—. Ten piedad, Blair. Sigo con la descompensación horaria a cuestas.
—No me vengas con esas, que llegaste hace dos días. Ya te he dado tiempo de sobra para resucitar.
Me froto la cara, tratando de enfocarla. Blair está allí, tan impecable y llena de energía que casi duele mirarla.
—¿Seguro que no pusieron tu nombre a la bruja de Gossip Girl en tu honor? —gruño, dejándome caer de nuevo en la almohada.
—Muy graciosa. Ahora levántate, que esta tarde tenemos clase.
—¿Perdona? ¿Clase de qué? —Abro los ojos de golpe, esta vez sí, apartando las sábanas.
—Clase de surf. Delia y yo nos apuntamos hace un par de semanas y te hemos reservado un hueco. Por cierto, también viene Engel.
No puedo evitar soltar una carcajada que me despeja de golpe.
—¿Engel? —Me río de nuevo—. Venga ya, ¿Engel en clases de surf? Ese se cae de la tabla antes de que llegue la primera ola. Y en cuanto a mí, puedes ahorrarte el esfuerzo. Es un no rotundo. Si acaso, os acompaño a mirar desde la arena.
—Oh, venga, Ali, si ya te hemos pagado la matrícula.
—Me da igual, Blair. Sabes que el mar y yo no nos llevamos bien. No voy a meterme ahí .
—No seas así. Es en Surfrider Beach. No te imaginas la cantidad de tíos que hay por allí, empezando por los instructores, que están para mojar pan.
Y en un par de meses es el campeonato de surf…
imagínate el ambiente. Esos cuerpos tallados a mano...
—Blair suelta una risita cargada de intención y su cachondeo lo conozco bien: huele a problemas.
—A mí qué más me da —le espeto, aunque siento un ligero pinchazo de curiosidad que reprimo al instante—. Ya sabes lo que pienso de todo eso. No he venido aquí a buscarme un lío, y menos con un surfero.
—Ostras, Alicia, ya es hora de que dejes de lado ese escudo de «no quiero chicos». Has venido aquí a disfrutar, a «encontrarte», como dijo tu madre. —Pongo los ojos en blanco ante la mención de mi madre y sus frases filosóficas—. Así que nada de excusas. Tráete el bikini y ya veremos.
—Lo dicho: os acompaño y punto —afirmo con mi mejor tono de «no hay negociación posible»—. ¿A qué hora pasas?
—A las cuatro. Las clases empiezan a las cinco y media. Paso a por Delia y nos vamos. Engel llegará cuando pueda… si es que no se retrasa, como siempre.
Cuando Blair sale de la habitación, una sensación de calidez me recorre.
Es como si el tiempo no hubiera pasado, como si esos dos años de videollamadas no hubieran sido más que un paréntesis.
No hay rastro de la distancia que suele enfriar las amistades.
Y eso, en mitad de mi caos interno, me hace sentir que al menos tengo un lugar al que pertenecer.
Termino de atarme el bikini frente al espejo. Niego con la cabeza mientras ajusto el lazo.
«Va a ser que no», pienso con determinación.
Aunque llevo el bikini puesto por pura inercia, no tengo ninguna intención de mojarme más allá de los tobillos. El mar me parece algo indomable, una fuerza que no puedes controlar, y yo ya tengo suficiente descontrol en mi vida profesional como para añadirle olas de dos metros.
Me pongo mis shorts vaqueros, una túnica larga y las chanclas. Lista para ser la animadora oficial desde la orilla, a salvo sobre la arena seca.
Cuando Blair y Delia llegan, nos fundimos en un abrazo de esos que te dejan sin aliento y te devuelven el pulso.
Las he echado muchísimo de menos. Blair, la hija menor de Rosemary, ha sido mi salvavidas desde que tengo memoria.
Durante mis veranos solitarios en la mansión, ella era la que me arrastraba a la piscina y me obligaba a jugar hasta que se ponía el sol.
Al principio, a Rosemary le preocupaba que su hija pasara tanto tiempo en la casa de «los señores», pero a mi padre le pareció la solución perfecta para no tener que ocuparse él de mi aburrimiento.
Así, entre chapoteos y secretos, nos hicimos inseparables .
Su hermano Engel, el mayor, es el complemento perfecto.
Aunque nos lleva cinco años, tiene un espíritu tan gamberro que parece haberse quedado anclado en los quince.
Delia, por otro lado, es nuestra conexión con las raíces.
Sus padres emigraron de México y, aunque nació aquí, compartimos ese espanglish y esa cultura que nos hace sentir diferentes al resto de rubios oxigenados de la costa.
Nos conocimos en la clínica de mi padre, porque es la hija de una de sus enfermeras y, desde aquel verano, se convirtió en una pieza más de mi rompecabezas.
Durante el trayecto a la playa no paramos de hablar como tres cotorras. Hay algo mágico en estas amistades: da igual que hayamos pasado horas en videollamadas, siempre hay algo nuevo que contar cuando nos miramos a los ojos.
Al bajar del coche en Surfrider Beach, la brisa salada me golpea la cara y, por primera vez en meses, el nudo de mi garganta se afloja un poco.
El sol de la tarde se refleja en las olas como si alguien hubiera esparcido diamantes sobre el agua.
Lagoon State se despliega ante nosotros como una postal de ensueño, con una arena dorada que parece quemar las preocupaciones.
A lo lejos, observo a los surfistas deslizándose con una elegancia que me resulta ajena, casi intimidante.
Sus siluetas recortadas contra el azul profundo del Pacífico parecen dibujos en movimiento.
El sonido del oleaje es hipnótico, rítmico...
pero también me recuerda que el mar no perdona errores.
A diferencia de mis amigas, que charlan emocionadas sobre la clase, yo miro el agua con una mezcla de respeto y recelo.
Me dejo caer sobre la arena, sintiendo el calor bajo mi cuerpo.
Por un instante, cierro los ojos y dejo que el ambiente me envuelva.
Risas de niños, el susurro de las palmeras, el olor a crema solar...
Mi madre tenía razón: necesitaba esto. Necesitaba recordar que el mundo sigue girando más allá de las paredes blancas de una clínica veterinaria.
—¡Mira, ahí viene el payaso! —exclama Blair dando un respingo.
Sigo la dirección de su dedo y veo a Engel acercándose con una sonrisa que le ocupa toda la cara.
—¡Es el momento! ¡A surfear, nenas! —vocifera a pleno pulmón desde unos diez metros, haciendo que un par de turistas se giren a mirarlo.
Empiezo a reír. Está como una cabra. Lleva una pamela gigante de paja, una camisa hawaiana de colores estridentes y un bañador con un estampado psicodélico que debería ser ilegal. Al llegar, suelta los bártulos y me levanta del suelo en un abrazo que casi me deja sin ojos por culpa de la pamela.
—Joder... ¿dónde te habías metido? Qué asco das con tus aires de europea estirada —suelta con ese tono burlón que tanto me ha faltado .
—Ya, ya... He vuelto, ¿no?
—Eso mismo. Pero bueno, lo importante es que ya estás aquí. Y eso hay que celebrarlo —se sacude la arena de las rodillas y saca dos refrescos helados de su nevera portátil—. Toma, para que te aclimates, que te veo muy pálida.
—¿Y ese look? —pregunta Blair, arrugando la nariz con fingido asco.
—¿Qué look? —responde Engel, dándose una vuelta sobre sí mismo como si estuviera en una pasarela—. Es estilo vintage-tropical, hermanita. No lo entenderías.
—Pareces sacado de una parodia de Beverly Hills —sentencia ella, aunque no puede ocultar la sonrisa.
—Los Ángeles, querida. Los Ángeles —la corrige Engel con voz grave, sobreactuando como si estuviera en una alfombra roja.
—¿Te has vuelto una estrella de Hollywood o qué? —pregunto, aguantándome la risa.
Engel entrecierra los ojos, me lanza una mirada cargada de un misticismo fingido y niega lentamente con la cabeza.
—Para nada. Es solo que con este porte, las chicas no me dan la brasa. Se piensan que soy demasiado inalcanzable me dejan en paz. Y pobre de mi madre, que se quedaría sin nietos si yo decidiera retirarme de la vida pública.
—Oye, ¡qué egocéntrico eres! —salta Blair, lanzándole un puñado de arena a las piernas—. Eso de que solo tú puedes dar nietos es una chorrada, ¿no crees?
—Bueno, tú estás con Bethany y estáis muy felices, pero yo soy el que mantiene el apellido vivo con este estilo —le suelta él, dándole un golpecito juguetón en el brazo.
—A veces no piensas, Engel. Existen los bancos de esperma, por si no te has enterado. Estamos en el siglo veintiuno.
—Ya, pero yo tengo el sello original —responde él, medio en serio, medio en broma.
—Estás fatal de lo tuyo —sentencia Blair, aunque acaba riendo mientras le lanza otra lluvia de arena.
Adoro verlos así. Blair descubrió que era bisexual a los quince años y, tras algunas relaciones tormentosas, lleva casi un año con Bethany. Verla tan plena me da una envidia sana. Se pican, se lanzan pullas sin descanso y arrastran a cualquiera a sus batallas, pero son el corazón de mis veranos.
Me detengo un momento a mirar hacia la orilla.
Varias personas se enfundan los trajes de neopreno con la agilidad de quienes están acostumbrados a la salitre.
California es un paraíso para los surfistas, y Surfrider Beach es su catedral.
Desde los años cincuenta, estas olas largas y suaves han definido lo que el mundo entiende por «estilo de vida californiano».
Pero para mí, todo ese glamour de neopreno y tablas de colores es el epicentro de algo que no me motiva en absoluto. No hay razón en el mundo que me convenza para dejar la seguridad de la arena.
—Venga, Alicia —me anima Delia, sacándome de mis pensamientos—. Será divertido, ¡solo una vez!
Niego con la cabeza, apretando los labios.
—Ya sabes que no me atrevo, Delia. En serio, prefiero quedarme aquí y disfrutar del espectáculo desde la barrera.
—¡Qué cabezota! Sigues con tus paranoias —salta Engel, ya ajustándose su invento a la pierna.