Capítulo 1
Retorno a Malibú
Para la mayoría de mis amigos, la palabra Malibú evoca imágenes de una bebida dulce, con sabor a coco, perfecta para mezclar con zumo de piña. A mí, en cambio, ni la bebida ni la idea de aterrizar allí al final del verano me resultan tentadoras.
«Volver», qué palabra tan extraña. Para mí, volver a Malibú significa regresar a la ciudad donde mi padre ha construido su imperio de éxito y ausencias.
Mientras el avión inicia el descenso y las costas de California empiezan a dibujarse bajo el ala, siento que el aire vuelve a faltarme, igual que aquella noche en Madrid.
Me miro las manos; están quietas sobre el regazo, pero por dentro sigo vibrando.
Llevo en la maleta un título de veterinaria que me quema como si estuviera hecho de brasas y un secreto que no sé cómo soltar sin decepcionar a la única persona que ha pagado cada uno de mis libros de medicina.
Mis padres se separaron cuando yo apenas tenía dos años.
Mi madre siempre dice que aquel viaje de juventud a Malibú fue una «escapada perfecta» que terminó en una diversión mucho más duradera de lo previsto.
Allí conoció a mi padre: un surfero de ojos azules que dividía su tiempo entre las olas y los libros de medicina.
Yo fui el resultado de una serie de encuentros que, con diplomacia, ellos llaman «accidentales».
Ella intentó encajar en ese mundo de élites y mansiones, pero el carácter volcánico de una española no marida bien con la hostilidad de una familia paterna que veía en ella una distracción para su prometedor hijo cirujano.
Así que, tras dos años de batallas perdidas, me subió a un avión y regresamos a España .
Él se quedó allí. Se convirtió en el cirujano plástico de renombre que es hoy, cumpliendo con la pensión y con un calendario de veranos compartidos que, para mí, siempre han sabido a soledad en una mansión demasiado grande.
Mi madre, en cambio, se ha dejado la piel en su salón de belleza.
La he visto trabajar de lunes a sábado, desde que amanece hasta la caída del sol, ganándose cada céntimo con la habilidad que solo dan el esfuerzo y el curro de verdad.
En casa nunca nos ha faltado nada, excepto, quizá, esa figura paterna que ahora me espera al otro lado de la puerta de llegadas.
A mis veintiséis años, casi veintisiete, debería estar emocionada.
Debería estar deseando contarle mis prácticas en la clínica.
Sin embargo, mientras las alas del avión cortan las nubes, solo puedo pensar en que mi padre espera a una veterinaria brillante, y lo que va a recibir es a una hija que no puede ni mirar a un perro sin que se le rompa el pecho.
Todo esto viene a cuento de que, una vez más, me encuentro en un avión rumbo a Malibú.
Esta vez, a pesar de todo, el paisaje no me alivia.
Han pasado dos años desde la última vez que pisé esta tierra y, aunque tengo el título de Veterinaria bajo el brazo, siento que no tengo nada.
Un solo año de prácticas me ha bastado para entender que no sirvo para esto.
Me encantan los animales, pero no soporto ser el testigo de su dolor.
No tengo la piel dura que exige la profesión, ni la distancia gélida que mi padre luce como una medalla.
Desde que dejé la clínica, estoy atrapada en un pozo de preguntas sin respuesta.
¿Qué se supone que haga ahora? ¿Invertir otros cinco años en estudiar algo que ni siquiera sé si me apasiona?
Mi madre, viéndome consumida por la frustración, pensó que Malibú me ayudaría a «encontrarme».
Pero lo que ella llama búsqueda, yo lo llamo huida.
Me angustia pensar en el momento en que tenga que confesarle a mi padre que el orgullo que siente por su hija «médico» es un espejismo.
Él es tajante, profesional, impecable. Yo soy un desastre que no puede dormir pensando en los ojos de un perro llamado Choco.
Quedan menos de tres horas para aterrizar. No tengo planes, solo el vago deseo que al reencontrarme con mis amigas sirva para silenciar el ruido de mi cabeza. Logro dormir lo que queda de vuelo.
Al aterrizar, la realidad me golpea antes incluso de salir del aeropuerto. Tras pelearme con el maldito roaming , llamo a mi padre. Una, dos, diez veces. Nada.
Recojo mis maletas y camino hacia la salida estirando el cuello como una jirafa entre la multitud.
Noto cómo la ansiedad me aprieta la garganta.
Necesitaba verlo. Necesitaba soltar este peso hoy mismo, pero el vestíbulo está lleno de desconocidos.
Justo cuando siento que voy a estallar, una mano me sujeta el brazo.
—Denver… —mi voz suena más fría de lo que pretendía.
—Bienvenida a Malibú, joven Bran. Su padre me pidió que viniera a recogerla. La llevaré a casa.
Denver, el chófer, mantiene ese tono profesional y cálido de siempre.
—Vaya, gracias. Pero por favor, llámame Alicia, no Bran, ya lo sabes —replico con una ironía que no consigo disimular—. ¿Por qué no ha venido él?
—El doctor Bran tuvo una urgencia de última hora.
—Claro. Siempre hay algo más urgente.
Me muerdo la lengua para no soltar algo peor.
No es culpa de Denver. Él solo es el mensajero de una ausencia que se repite como un bucle.
Me molesta que me llame por el apellido de mi padre; en España soy Alicia Márquez, el apellido de mi madre, el que huele a laca y a esfuerzo real.
«Bran» es una marca de éxito que no siento mía.
Ya en el coche, el manos libres rompe el silencio.
—¿Ya está la niña contigo? —suelta la voz de mi padre sin preámbulos.
Resoplo y miro por la ventanilla las palmeras que desfilan a toda velocidad.
—Papá, te escucho. Puedes hablarme directamente.
—Hola, mi amor. ¿Cómo estás? Papá lamenta no haber podido ir…
Sus palabras se diluyen. Es la cantinela de siempre: excusas ensayadas, términos médicos, cirugías que no pueden esperar. Me informa de que no aparecerá por casa en tres días. Tres días más de tregua para mi secreto. Tres días más de soledad en su palacio de cristal.
—No te preocupes, papá. Ya soy mayorcita.
—Cualquier cosa, me llamas. Tienes a Denver y a Rosemary…
Sigue enumerando al personal de servicio, esas personas que durante años han intentado parchear el hueco que él dejaba. Le corto con un tono cálido, aunque por dentro solo siento un frío que el sol de California no es capaz de calentar.
—De acuerdo, papá. Que tengas buen viaje. No te preocupes, estaré bien.
Trato de sonar tranquila, incluso esbozo una sonrisa que él no puede ver, pero que me sirve de escudo. Al colgar, el silencio del coche se llena con una frase de mi madre que me viene a la mente como un mantra: «¿Cómo ser el amor que buscamos?».
Ella siempre ha insistido en que debía madurar y entender que su fracaso con mi padre no tenía por qué ser el mío.
Durante años intentó llenar su vacío con su propia presencia, enseñándome que debía encarnar todo aquello que anhelaba en los demás en lugar de buscarlo fuera.
Pero del dicho al hecho hay un trecho, en este caso bien más hay un abismo.
Al final, esa presión por ser «suficiente» me ha mantenido al margen de las relaciones.
Las pocas veces que me he involucrado, he acabado subrayando los defectos de mis parejas, buscando inconscientemente una perfección que ni yo misma poseo.
El resultado siempre es el mismo: exigencias, frustración y una retirada a tiempo. Otra decepción para la colección.
Cuando estamos a punto de llegar, la vista desde la ventanilla me obliga a aparcar mis pensamientos oscuros.
Una extensión interminable de arena blanca se despliega frente a nosotros, bañada por un Pacífico de un azul tan profundo que parece irreal.
Malibú tiene esa belleza desbordante, casi agresiva, que te obliga a mirar.
Siento cómo el aire marino me limpia los pulmones, revitalizándome por dentro. Es, sin duda, lo mejor de volver.
Llegamos a la mansión. Y sí, es justo llamarla así, por más que me pese el término.
Ubicada en el exclusivo sector de Big Rock, la casa desprende ese lujo balinés diseñado para impresionar: cascadas, terrazas infinitas y una suite principal donde podrías perderte.
Para alguien como yo, acostumbrada a un piso de ochenta metros en Madrid, este universo de cristal siempre me resulta ajeno.
Es un paraíso exótico pensado para alguien que, irónicamente, casi nunca está para disfrutarlo.
En cuanto cruzo el umbral, suelto por fin el aire que llevaba retenido. Rosemary me espera con los brazos abiertos.
—¡Mi niñaaa! —exclama con esa calidez que no se compra con dinero.
Me dejo abrazar. Me dejo querer. Rosemary ha sido mi balsa de salvamento en cada verano solitario; ella es quien me cura cuando lloro y quien conoce mis miedos mejor que mi propio padre.
Mis mejores recuerdos en esta casa no pertenecen a mi linaje de los Bran, sino a ella y al resto del personal que convierte este museo de diseño en un hogar.
—¿Qué tal el viaje? —pregunta mientras me escanea con la mirada, detectando que algo no va bien.
—Bien, solo un poco largo —miento, forzando una sonrisa que no llega a mis ojos.
—Me lo imagino, cielo. Ven, que te he preparado una merienda de esas que te gustan.
Me lleva de la mano hacia la cocina, mi verdadero refugio.
Aquí no hay protocolos estrictos ni cenas de gala silenciosas.
Aquí es donde Alicia Márquez se siente a salvo.
En un santiamén, estoy sentada en un taburete frente a un plato de tortitas con sirope de arce y mantequilla de cacahuete, acompañadas de un batido de plátano y chocolate.
A este paso, mi operación bikini va directa al fracaso, pero mientras saboreo el primer bocado dulce, cierro los ojos y me permito desconectar.
Por un momento, no soy la veterinaria que falló en Madrid, ni la hija que teme la decepción de su padre.
Soy solo una chica que ha vuelto a casa y que, gracias a Rosemary, puede respirar sin que el pecho le apriete.
Al menos por hoy.