Rompiendo las olas Prólogo
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Rompiendo las olas

Rompiendo las olas

Por Elena Martin

© inepub.com

Prólogo

Un año antes

El olor a desinfectante es tan intenso que llega a quemarme la garganta. Dicen que el olfato es el sentido con más memoria, y ahora mismo sé que, a partir de hoy, este aroma a limpio quirúrgico será para mí el olor del fracaso.

Estoy en la clínica de urgencias de la facultad.

El silencio de la madrugada solo se rompe por el zumbido de los fluorescentes y el pitido rítmico, casi agónico, del monitor cardíaco.

Sobre la mesa metálica, Choco, un Golden Retriever de doce años, de color canela y matices dorados, cuyos ojos ya no reflejan la luz, respira con un esfuerzo que me parte el alma en mil pedazos.

—Alicia, es el momento. Tienes que hacerlo tú.

La voz del doctor López, mi tutor de prácticas, suena profesional, aséptica. Él ya lo ha hecho mil veces. Para él, esto es un acto de piedad, un cierre clínico necesario. Para mí, es convertirme en verdugo.

Siento el peso de la jeringuilla en mi mano derecha. El líquido transparente en su interior parece mercurio: pesado, tóxico, definitivo. Mis dedos tiemblan tanto que el plástico choca contra el borde de la mesa con un tintineo metálico que suena como un disparo en esta sala estéril.

—No puedo —susurro. El aire se me queda atascado en la laringe, seco y amargo.

—Alicia, por favor —insiste el Doctor, bajando el tono—. Has estudiado cinco años para esto. Eres la mejor de tu promoción, tienes el instinto, tienes la técnica. Un veterinario no solo cura, también acompaña en el último aliento. Es el último favor que le haces al animal.

¿Favor? ¿Cómo puede ser un favor sentir que le robo la vida?

Me acerco a Choco. Su hocico canoso está apoyado sobre mis dedos libres.

En lugar de ver una insuficiencia renal terminal o un f a llo multiorgánico —esos términos que he memorizado para los exámenes con una facilidad pasmosa—, solo veo los domingos de parque que ya no tendrá, el calor de su cuerpo que está a punto de extinguirse por mi culpa.

Él confía en mí. Me mira buscando alivio y yo voy a darle el vacío.

La náusea me golpea con la fuerza de una ola rompiendo contra las rocas. El monitor cardíaco empieza a pitar de forma más errática, avisando de que el tiempo se agota y el sufrimiento aumenta.

—Hazlo ahora —ordena mi tutor, perdiendo la paciencia—. No dejes que sufra más por tu indecisión.

Cierro los ojos, pero la imagen de los ojos vidriosos del perro no se me borra. Mis manos no obedecen. La jeringuilla resbala de mis dedos y rueda por el suelo hasta quedar bajo un armario. El sonido del plástico contra el azulejo es el estallido final de mi carrera.

—Lo siento. Lo siento muchísimo.

Salgo corriendo. Atravieso los pasillos blancos de la facultad, ignorando las llamadas del profesor que mueren a mi espalda.

En el vestuario, mis manos siguen vibrando con una descarga eléctrica de puro pánico.

Me arranco el pijama sanitario verde con una urgencia violenta, y ahora mismo siento como si la tela estuviera impregnada de algo contagioso. De muerte.

Me miro en el espejo empañado. Mi padre, el gran cirujano, siempre dice que el cuerpo es una máquina que hay que reparar con precisión y distancia. «La emoción nubla el bisturí, Alicia», suele repetirme.

Esta noche, mientras la lluvia de Madrid golpea los cristales, comprendo que yo no tengo distancia. Que mi título de veterinaria, ese que estoy a punto de recoger, es papel mojado. No es falta de conocimiento, es un exceso de corazón.

Y lo peor no es el fracaso. Lo peor es que el mundo espera que yo sea alguien que, sencillamente, no puedo ser.