ROMPIENDO LA TRADICIÓN CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Dean

—Creo que nuestros planes de pasar la Nochebuena comiendo pizza en el sofá se han ido al traste — digo, en cuanto abro la puerta de casa y un increíble aroma a galletas me invade las fosas nasales.

—Creo que sí. —Brad entra justo detrás de mí, con los labios pegados a mi nuca y los brazos rodeándome la cintura —. Te dije que deberíamos haber disfrutado un poco más de la habitación.

—Pero tu madre no paraba de llamar.

—Solo tenías que haberla ignorado, yo lo hago todo el tiempo.

—¿No te da vergüenza admitirlo? — le pregunto, girando un poco el cuello hacia atrás. Él niega con la cabeza y sonríe, mostrándome sus hoyuelos.

—El noventa y nueve por ciento de las veces no pasa nada.

—¿Cómo estás tan seguro?

—Cuando es algo serio, mi padre me llama.

—Entonces, quizá —empiezo, girándome hacia él y sosteniendo su rostro entre las manos —, deberíamos aprovechar que nadie nos ha visto llegar y volver al hospital.

—Genial...

—Papá está enfermo... —Claire aparece en la sala, vestida con un pijama navideño rojo, lleno de pequeños abetos, arrastrando por el suelo su enorme oso, que en su día fue blanco.

—Papá está bien, cariño. —Me agacho para cogerla en brazos y ella se acurruca en mi cuello, como siempre hace cuando tiene sueño—. ¿De dónde has sacado ese pijama?

—¡Bobó!

—Habéis tardado. —Alicia sale de la cocina con Henry justo detrás, los dos con pijamas del mismo estampado que el de Claire—. Estaba preocupada por ti, cariño. —Se detiene delante de mí y pasa las yemas de los dedos por el contorno de mi vendaje.

—No pasa nada.Ella sonríe y asiente.

—¿Papá Noel te ha traído los regalos? —pregunta Brad, besándole la cabecita. Entonces me doy cuenta de que había pensado poner los regalos esta mañana, pero con todo el lío ni siquiera se me pasó por la cabeza dejarlos debajo del árbol de Navidad.

—¡Sí! —Se las arregla para deslizarse hasta el suelo y se dirige al árbol, que está repleto de regalos—. ¡Muchísimos! —dice emocionada, saltando y aplaudiendo.

—Henry y yo registramos la casa en busca de los regalos mientras ella echaba una siesta. Menos mal que se durmió de camino a casa.

—Gracias, Alicia.

Me guiña un ojo, se acerca a mí y apoya la cabeza en mi hombro.

—Perdona por haber entrado sin avisar, pero encontramos la llave debajo del jarrón y no queríamos despertaros. Además, pensamos que sería una sorpresa estupenda que os despertarais y nos encontrarais aquí.

—Tú pensaste que sería una sorpresa estupenda, cariño. Yo dije que llamáramos al timbre.

—Es verdad — dice él.

—Me alegro de que hayáis venido —digo, pasando un brazo por su hombro y besándole la cabeza. Sonrío al ver a Claire completamente absorta con los papeles de regalo brillantes y las cintas de colores.

—¿Tú también lo estás, Brad?Ella se inclina un poco hacia delante y mira a Brad, que está a mi lado. Él solo sonríe, mostrando sus hoyuelos, se acerca a Alicia y la abraza.

—Sí, mamá. Y me muero de ganas de atiborrarme de todas las galletas que estás haciendo.

—¡Dios mío! ¡Las galletas!Ella sale corriendo hacia la cocina y Henry se lleva las manos a las caderas, sacudiendo la cabeza.

—Ya ha quemado una tanda entera.

—Ya sabe que el horno tiene temporizador, ¿no?Henry hace un gesto de desprecio con la mano y chasquea la lengua.

—Si Alicia no quema nada mientras cocina, puedes estar segura de que algo va muy mal.

—¡Abe! ¡Abe! ¡Abe! —grita Claire, emocionada con un enorme paquete rojo.

—¡Claro! —dice Brad y hace ademán de sentarse junto a Claire, pero Alicia entra en la sala, secándose las manos con un paño de cocina.

—Primero tenéis que poneros los pijamas de Navidad.

Frunzo el ceño y niego con la cabeza.

—No tenemos pijamas de Navidad.

—Sí que los tenéis — dice Henry, señalando hacia el pasillo. — Están encima de la cama.

Brad hace el mismo gesto que su padre hizo hace unos minutos. Se pone las manos en la cintura y niega con la cabeza.

—¡No pongas esa cara! Siempre llevábamos pijamas iguales las mañanas de Navidad. Es una tradición.

—¡Ah, no! ¡No me vengas otra vez con eso de la tradición!

—No es ninguna tradición. No lo hacemos desde que Candice y yo éramos niños.

—Por lo que parece, ella todavía cree que lo somos. —Candice aparece detrás de nosotros, con el mismo pijama que sus padres, y no puedo evitar reírme de la escena.

—No sé por qué te ríes —dice, poniendo los ojos en blanco y agarrando a Claire—. Id a vestiros ya porque me muero de ganas de abrir mis regalos.

—Ya sé quién es la niña aquí —la provoco y me dirijo al pasillo. Brad me sigue.

—No me puedo creer que esté haciendo esto.

—La verdad es que está chulo, ¿no crees? —pregunto mientras me pongo los pantalones del pijama.

—Ya no.

—Nunca hemos hecho esto en mi casa.Brad sonríe, abrochándose el último botón de la camisa, y se acerca a mí para ayudarme a abrocharme los míos.

—Tienes muchos traumas de la infancia, ¿eh? —me provoca, esbozando una sonrisa.

—No son traumas, es solo que... —Me encojo de hombros—. Mi padre siempre fue muy estricto en ese aspecto. Primero porque no teníamos mucho dinero y, después, porque a él no le importaban esas cosas. Me parece genial que Claire tenga todo eso.

—Podemos hacer esto todos los años si...

—No quiero que esto se convierta en una tradición. Ya basta de estas cosas.

—No va a ser una tradición, solo algo divertido con Claire.

—En ese caso, está bien. —Brad sonríe, asiente y me sujeta la cara antes de besarme—. Hablando de diversión...Me aparto de él y voy a mi cajón de la ropa interior.—Tu regalo.

—¿Por qué no está en el árbol con los demás?

—Porque quedaría un poco raro, sobre todo con tus padres aquí.

—¿Qué hay aquí dentro, Dean?

—¡Ábrelo ya! —le pido, señalando la caja roja que tengo en las manos. Brad desata el lazo dorado y retira la tapa.

—¡Joder! —exclama, mirando dentro de la caja.

—No sabía qué comprarte, y pensé que esto te gustaría.

—Es el mejor regalo de Navidad que he recibido nunca.

—¡Ah, vale!

Brad sonríe, saca las gafas de montura negra de la caja y me las coloca en la cara.

—En serio. Aunque creo que este regalo es más para ti que para mí.

—Quizás sea así.

—Aquí hay unas doce gafas.

—Doce. Podemos esconder una en cada rincón de la casa y...

Brad me calla con un beso y luego se aleja bruscamente.

—No puedo besarte y pensar en esas gafas cuando mis padres están en el salón esperándonos.

—Mejor que nos vayamos, entonces.

—Mejor.

Me besa rápidamente, deja la caja sobre la cama, me coge de la mano y empieza a llevarme hacia la puerta, pero se detiene de repente y se vuelve hacia mí.

—Quítate también estas.

Niego con la cabeza, apretando los labios.

—El golpe me ha dejado con un poco de dolor de cabeza y las gafas me ayudan un poco.

—Eso es mentira, ¿verdad?

—Quizá lo sea. —Le guiño un ojo y me paso la lengua por el labio inferior de una forma que sé que le va a poner a mil. Brad clava la mirada en mi boca y asiente.

—Espero que el dolor se te pase cuando nos vayamos a la cama esta noche.

—¿Vas a aguantar hasta la noche? —pregunto sorprendido.

No dice nada, solo desliza sus labios sobre los míos mientras baja una mano por mi abdomen y se detiene justo en la cintura de mis pantalones.

—¿Tú vas a aguantar? —me provoca, devolviéndome la pregunta. Quiero decir que no, pero no voy a ceder ahora. Yo empecé con la provocación, así que tengo que aguantar.

—Nos están esperando —digo, con la voz un poco vacilante, y él se da cuenta; lo sé por la sonrisa que empieza a formarse en su boca, resaltando sus hoyuelos.

—Feliz Navidad, Dean —dice, dándome un beso rápido.

—Feliz Navidad, Brad.