CAPÍTULO 5
Brad
—¿Qué ha pasado? —pregunto alarmado, corriendo hacia Dean y Claire.
—Sujétala, por favor —me pide Dean, prácticamente lanzándome a Claire a los brazos.
—¡Papáááá! —grita ella, agarrándose a mi cuello y dándome un beso extremadamente húmedo en la nariz, el único lugar al que ha podido llegar.
La acuesto en la camilla que tengo detrás de mí y empiezo a examinarla, pero no encuentro ninguna herida. Miro a Dean, pero ya no está de pie detrás de mí. Está sentado en el suelo, con la cabeza entre las piernas. Entonces comprendo que la sangre del pijama blanco de Claire no es suya.
—¿Dean?
Levanta una mano, pidiéndome que espere.
Summer, la enfermera que prácticamente está al mando de urgencias hoy, se agacha junto a Dean y le levanta la cabeza. La sangre le chorrea por la ceja derecha, la misma que le suturé hace más de un año.
—¡Mierda! ¿Qué ha pasado?
—Mierda... —Se encoge aún más, zafándose de las manos de Summer e intenta meter la cabeza entre las piernas otra vez—. Creo que me voy a desmayar.
—Toma el relevo, Summer, por favor.
Ella se pone de pie y sujeta a Claire mientras yo me agacho junto a Dean.
—¿Crees que puedes mantenerte en pie y tumbarte en la camilla que tienes detrás?
—Creo que sí.
—Pon el brazo sobre mi hombro y te ayudo.
Respira hondo, pasa el brazo por mi espalda y, un segundo después, está tumbado en la camilla.
—Esto es muy humillante —dice en voz baja.
—No, no lo es.
—Sí, lo es. Es la segunda vez que entro aquí lleno de sangre, a punto de desmayarme y gritando por el pediatra. —Un atisbo de sonrisa se dibuja en sus pálidos labios—. La gente que trabaja en urgencias debe de pensar que soy un idiota que le tiene pánico a la sangre.
—Bueno, no eres un idiota —digo en voz baja, sin apartar la mirada de su rostro—. Espero que hoy no le hayas roto la nariz a nadie.
—Hubiera sido más digno.
—¿Cómo te hiciste eso? —le pregunto, empapando una gasa en suero fisiológico.
Frunce el ceño y gime cuando empiezo a limpiarle el corte, que es un poco más grande que el otro.
—Claire quería dejar un vaso de leche y galletas para Papá Noel, pero, en lugar de dejarlo cerca del árbol de Navidad, quiso dejarlo delante de la puerta de la habitación y gritó cuando cerré la puerta.
Gritó, se tiró al suelo y lloró. No sé de dónde viene todo ese drama.
Debe de ser de su madre, porque yo no soy así.
—Ajá —le provoco.
Él abre el ojo izquierdo, dejando escapar una sonrisa torcida cuando sus ojos se encuentran con los míos.
—Quizá ella lo haya heredado de mí.
—Sí, quizá. —Termino de limpiarle la herida y preparo la anestesia—. Sentirás un pinchazo.
—¿Es la anestesia?
—Sí. —Asiente con la cabeza y aprieta los labios cuando le clavo la aguja en la piel—. Sigue hablando mientras la anestesia empieza a hacer efecto.
—Bueno, oí un ruido en la cocina y me levanté corriendo, pensando que podría ser Claire. Pero estaba oscuro, tenía sueño y acabé pisando el plato con las galletas, rompí el vaso de leche, perdí el equilibrio y me di un golpe en la cabeza contra el marco de la puerta antes de caerme hacia atrás.
—¿Qué? —Intento no reírme, pero se me escapa una risita.
—Ridículo, lo sé.
—No lo es —digo.
Él chasquea la lengua.
Le pincho la piel alrededor del corte con la punta de las tijeras y ni siquiera se da cuenta.
—Voy a empezar a poner los puntos ahora.
—¿Vas a necesitar muchos?
—Unos cuantos más que la otra vez, pero no te quedará cicatriz.
Esta vez no le cubro la cara con el paño estéril. No necesito concentrarme para que no me tiemble la mano, pero tengo que mantener la atención y no mirarle tanto a la boca.
—¿Y qué era ese ruido?
—Tus padres.
—¿Mis padres? —Dejo de suturar y frunzo el ceño.
Dean abre los ojos al instante y asiente con la cabeza.
—¿Mis padres están aquí?
—¡Brad! —La voz de mi madre me hace mirar hacia atrás.
Los dos están entrando en urgencias, vestidos con abrigos gruesos y oscuros, salpicados de copos de nieve.
—¡Feliz Navidad!
—¿Qué hacéis aquí?
—Siempre tan cariñoso. —Se acerca y me da una palmadita en la cara.
—Sabes que no quería decir eso.
—Lo sé —dice, besándome el pelo y yendo a ver a Dean justo después—. ¿Cómo estás, cariño?
—Bien, creo.
—No sabía que le diera tanto miedo la sangre —le dice mi padre.
—No es algo de lo que me enorgullezca, Harry.
—Bueno, a mí me dan pánico las cucarachas —dice mi padre, rodeando la cintura de mi madre con el brazo.
—¡Ah, vamos! Las cucarachas no hacen nada.
—Son asquerosas.
—Sí, lo son —digo, y Dean levanta un poco la cabeza para mirarme.
—¿Te dan miedo las cucarachas?
—Quizá sí.
—Tic, tic, tic...
Me encojo de hombros y él sonríe, volviendo a recostar la cabeza en la camilla.
—¿Dónde está Claire? —pregunta mi madre, mirando a su alrededor.
—¡Bobó! —grita Claire, soltando la mano de Summer y corriendo hacia mis padres. Lleva una camiseta limpia y un guante de látex inflado en la mano.
—He cogido una camiseta limpia en pediatría. La sucia está aquí —dice Summer, entregándole una bolsa a mi padre—. Voy a echar un vistazo a mis pacientes antes de terminar el turno.
—Gracias, Summer.
—Hasta luego. —Da media vuelta y se aleja.
—¿A qué hora te acaba el turno, cariño? —pregunta mi madre.
—Dentro de una hora, pero creo que es mejor que Dean se quede en observación unas horas.
—¿En serio? —pregunta él, alarmado, mientras yo mantengo el rostro serio.
—Te has dado un golpe en la cabeza.
—Sí, pero no fue nada grave.
—Solo unas horas.
—Entonces vamos a llevar a Claire a comer unas tortitas. ¿Qué te parece, pequeña? —Mi madre frota su nariz contra la naricita de Claire.
—¡Sí! ¡Tortitas! ¡Tortitas! ¡Tortitas!
—¡Shhh! —le pido.
Ella se ríe de mí y sigue tarareando.
—¡Mejor nos vamos! —dice mi padre, ya caminando hacia la salida.
Mi madre va justo detrás de él y Claire gira su carita hacia nosotros.
—¡Papá! —grita, extendiendo los bracitos hacia nosotros.
— ¿Ha vuelto a decir «papá»? —pregunta Dean, levantando la cara de nuevo.— Creo que sí.—A mí, espero.
Le lanza un beso y vuelve a recostar la cabeza. Termino de suturar su corte, lo limpio un poco más con solución salina y le pongo un vendaje encima.
—Listo. Siéntate despacio. —Él hace lo que le pido.— ¿Puedes caminar?
—¡Claro! —Salta de la camilla, se mete las manos en los bolsillos y se detiene a mi lado.— Si no hay sangre, estoy bien.
—Entonces ven conmigo. —Le hago un gesto con la cabeza para que me siga.— Voy a hacerte unas pruebas más.
—¿De verdad crees que es necesario? Porque me siento de maravilla y, a decir verdad, también me muero de ganas de comer unas tortitas.
Ignoro lo que está diciendo y abro la puerta de la habitación. Dean entra justo detrás de mí y mira a su alrededor mientras cierro la puerta y echo el cerrojo.
—Puedo esperar a que termine tu turno y... ¿Qué estás haciendo?
Deja de hablar cuando se queda frente a mí y se da cuenta de lo que está a punto de pasar.
—¿Unas pruebas más, eh? —pregunta, pasándose una mano por la nuca mientras su lengua recorre su labio inferior. El gesto envía señales por todo mi cuerpo, sobre todo a mi entrepierna.
Me quito la camiseta azul del uniforme y me acerco, sujetándole la cara mientras froto mis labios contra los suyos.
—Necesito saber si no has perdido ninguna habilidad. Si aún eres capaz de chupármela como antes.
Sonríe de lado, me muerde el labio y me agarra la mano, llevándola hasta la entrepierna. No puedo contener un gemido cuando me doy cuenta de que ya está duro.
—Estoy segura de que sigo haciéndote una mamada estupenda, pero creo que es mejor que tú me la chupes a mí, ¿sabes? Me acabo de dar un golpe en la cabeza.
Hago como que me lo pienso, aprieto su erección sobre los pantalones de chándal y meto la lengua en su boca, tragándome su gemido.
—Entonces, creo que será mejor que te quites los pantalones.