CAPÍTULO 4
Dean
—Perdona el retraso —dice Brad en cuanto se abren las puertas del ascensor en el ático donde viven los padres de Lilly, en el East Village—. Me ha costado un poco salir del hospital a la hora prevista.
—¿Un turno ajetreado? —pregunta Nate, de pie frente a nosotros, con una copa de vino tinto en una mano.
—No te va a interesar saberlo —responde Brad, estrechando la otra mano de Nate.
—No, él no quiere saberlo y yo tampoco —digo, bajando a Claire al suelo y agarrándole la mano antes de que salga corriendo y lo destroce todo—. Los temas sobre niños enfermos y sangre están prohibidos esta noche.
Nate se ríe mientras me tiende la mano.
—¿Cómo estás, Dean?
—Bien.
—Me alegro de que hayáis venido —dice Charles, acercándose a nosotros—. La cena se está retrasando un poco, pero la culpa no es mía, sino de la madre de Lilly, que todavía está preparando ese pavo horrible que hace todos los años.
—¡Ya lo he oído, Charles! —Se oye una voz de mujer al fondo y él pone los ojos en blanco.
—Qué bien —responde, mirando por encima del hombro.
—Todos los años tenemos que repartir pavo a los vecinos porque nadie se lo come. Creo que ni siquiera ellos.
—No se puede competir con tus albóndigas —dice Emily mientras se acerca.
—Bienvenidos —continúa Charles.
—Gracias, Charles —digo, entregándole una botella de vino.
—Pasad y sentíos como en casa. Voy a dejar el vino junto con los demás. —Señala la encimera y no puedo ocultar mi sorpresa al ver más de diez botellas.
—Nos gusta el vino —dice Nate, encogiéndose de hombros.
—¿Lo habéis traído? ¿Lo habéis traído? —pregunta Alhena mientras corre hacia nosotros.
—He traído todo lo que pediste —susurra Brad mientras se agacha para quedarse casi a su misma altura—. Y además he traído una tarta de manzana.
Ella se lleva la manita cerrada a la boca y sonríe.
—¡Abuuuuuu! ¡Hoy no tengo que comer tu tarta asquerosa!
Emily, muy parecida a Lilly, remueve algo en la cocina. Se limita a poner los ojos en blanco y sonreír.
—¡Bienvenidos! —dice cuando pasamos junto a ella y nos dirigimos al salón.
Claire sale corriendo, todavía un poco torpe, por el apartamento junto con Alhena. Estoy a punto de ir tras ella, pero Charles niega con la cabeza.
—Toda esta casa está a prueba de niños. Alhena creció aquí, así que ya os podéis imaginar por lo que hemos pasado —dice sonriendo, y no puedo contener la risa.
Jack, Lilly y un hombre, que creo que es el padrastro de Lilly, están viendo el desfile, apretujados en el mismo sofá, mientras Ben está tirado en el suelo, bebiendo refresco en un vaso enorme.
—Brad —dice Jack al acercarse, tendiéndole la mano—. Dean —añade luego, volviéndose hacia mí—. Es un placer recibiros para cenar.
—El placer es nuestro —digo, estrechándole la mano.
Él se inclina un poco hacia mí, bajando la voz.
—Pero he oído que solo has venido por las albóndigas.
—En realidad, he venido por el pavo, pero no se lo digas a Charles.
—No te preocupes. —Me guiña un ojo y me sonríe con complicidad.
—Zach me ha enviado un mensaje avisándome de que ya está llegando —dice Lilly, guardándose el móvil en el bolsillo trasero del pantalón—. ¡Hola!
Abro la boca para saludarla, pero el ruido de algo cayendo al suelo me llama la atención y corro hacia Claire, que ha conseguido tirar casi todos los marcos que había sobre el aparador detrás del sofá.
Por suerte, ninguno se ha roto, así que me doy cuenta de que ninguno tiene cristal.
La casa está realmente a prueba de niños.
—Lo siento —les digo a Nate y a Lilly cuando se acercan para ayudarme a recogerlo todo.
Brad coge a Claire y se la lleva antes de que vuelva a tirarlo todo, porque parece que le ha hecho mucha gracia.
—Alhena hizo lo mismo unas diez veces, hasta que mi padre decidió quitar los cristales de todo hasta que cumpliera dieciocho años.
Cojo el último marco de fotos y la fotografía que hay dentro me llama la atención. Una versión mucho más joven de Nate y Lilly me devuelve la mirada, junto con otro chico de pelo negro.
—¿Este es Haltmann? —pregunto, señalando la foto.
—Ajá —responde Lilly, poniéndose de pie a mi lado—. ¿Conociste a Alex?
—¡No me digas! Ese tipo era una leyenda del fútbol. Jugué contra él una vez, en mi primer año en Columbia.
—Era una leyenda de verdad —dice Nate.
—¿Qué le pasó después de lesionarse en el campo?
—No pudo volver a jugar y acabó dedicándose a otras cosas. Falleció hace unos años.
—Vaya, qué pena.
—Sí, es una pena —continúa Nate.
—Yo quería ser como él en el campo porque, en serio, Alex sabía jugar al fútbol. Habría tenido mucho éxito si hubiera llegado a la NFL.
—Sí —murmura Lilly, mirando la fotografía una vez más. Tengo la impresión de que tiene los ojos ligeramente llorosos.
Nate le pone la mano en la cintura y le besa la mejilla.
—Seguro que le está encantando toda esta charla sobre él ahora —dice Nate.
Ella se ríe.
—¿No se le habrá bajado un poco el ego?
—No lo creo.
—¡La cena está lista!
—¡Por fin! —dice Ben mientras se levanta y se arrastra hasta el comedor.
Zach llega con su familia, trayendo otras tres botellas de vino, y me sorprende la facilidad con la que se van vaciando durante la cena. Me encanta el vino, pero ellos superan a cualquiera.
Las conversaciones son confusas y ruidosas, lo que me recuerda un poco a mi familia y a nuestra última cena juntos.
—Vamos, Dean —empieza Emily, la madre de Lilly—. He oído que solo has venido por el pavo, así que dime si no es el mejor pavo que has comido en tu vida.
Dejo de masticar y me encuentro con varias caras mirándome fijamente.
Me trago las albóndigas, me aclaro la garganta y doy un largo trago a mi vino.
—El pavo está increíble, Emily, en serio.
—¿Pero...? —me provoca Charles, sonriendo de reojo.
—¿Qué llevan esas albóndigas? No puedo parar de comerlas.
—¡Eso es! —celebra el padre de Lilly.
Todos se ríen mientras Emily chasquea la lengua y finge estar ofendida.
Una familia un poco extraña, pero increíblemente acogedora, que hizo que el Día de Acción de Gracias fuera perfecto.