Capítulo 17
E l trayecto de vuelta al Polvorín fue la media hora más larga en la vida de Gideon.
Viajaron en la parte trasera de un SUV del Cónclave, él y Dacey, porque el Subaru de ella iba en dirección contraria, enganchado a una grúa para ser desmantelado y revisado en busca de cualquier otra cosa que pudieran haberle colocado.
Dudaba que volviera a rodar de todas formas.
La última vez que lo había visto, la parte delantera estaba enroscada alrededor de un árbol con el capó aplastado, todo el frente acribillado a balazos, y la puerta del pasajero arrancada de cuajo.
Dacey estaba pegada a la puerta del otro extremo con la frente vuelta hacia la ventanilla, mirando cómo el paisaje se difuminaba al pasar, tan lejos de él como el asiento se lo permitía.
La pluma hecha de ópalo de fuego que le había regalado descansaba en el hueco de su garganta.
Se sorprendió mirándola más de una vez, y cada vez se obligaba a dejar de hacerlo.
Gideon no se lo perdonaba. No podía creer que hubiera golpeado tan bajo.
Atacar a Dacey con lo de su madre, de quien ella casi nunca hablaba.
Dacey le había confiado la difícil relación que tenía con su madre, y él la había usado en su contra.
Sabía dónde estaba su punto sensible, y le había clavado el pulgar directamente en él, porque había tenido miedo y se había sentido acorralado.
Era un trago amargo reconocer que era capaz de semejante crueldad con alguien a quien quería tanto.
Quería decirle a Dacey que lo sentía. Las palabras le pesaban en el pecho como piedras tragadas. Cada vez que reunía el valor, miraba la línea rígida de sus hombros y lo perdía de nuevo.
Había matado a hombres hoy. Demonios, había matado a Caleb, un hombre que su madre tenía por la octava maravilla del mundo.
Lógicamente, sabía que no había tenido elección.
Pero un pensamiento se instaló en su mente y no quería marcharse: ¿A cuántas personas acabaría matando si seguía por el camino que llevaba? ¿Qué significaba eso para su alma?
Al instante, lo supo. Significara lo que significara para su alma, lo haría todo de nuevo sin un ápice de remordimiento. Haría lo que fuera necesario para mantener a los niños lejos de las garras de los monstruos. Y mataría para proteger a las personas que le importaban.
Delante de ellos, el resto del convoy avanzaba en fila por la autopista, una larga procesión de SUV negros que transportaban hombres con bridas en las muñecas y bolsas para cadáveres llenas. Su auto iba al final de la caravana.
Fueron pasando por la verja protegida del Cónclave uno a uno, junto al decrépito polvorín, por el largo camino oscuro hasta la mansión del Cónclave. Su SUV se detuvo en el estacionamiento de grava junto al edificio, pero ninguno de los dos se movió.
Gideon abrió la boca. No sabía qué iba a salir de ella. Algo. Cualquier cosa. Su nombre. Una disculpa para la que aún no encontraba palabras.
Dacey abrió su puerta y salió antes de que él emitiera ningún sonido, y la cerró con la fuerza suficiente para hacer que todo el vehículo se balanceara sobre sus amortiguadores.
—Mierda —murmuró Gideon, haciendo una mueca.
Se quedó sentado un segundo más en el silencio vacío. Luego se obligó a salir también.
Los agentes ya llevaban a los prisioneros hacia el edificio, cada hombre esposado y flanqueado. Él siguió la espalda tensa de Dacey, que se alejaba.
La directora Kedros esperaba en lo alto de los escalones del porche, descalza y con un vestido de un azul índigo intenso. Quinn estaba a su lado, con su melena oscura a lo paje tan impecable como siempre, las manos entrelazadas delante de ella.
La mirada de Quinn recorrió a los hombres y se detuvo en el mago. Levantó una mano pequeña y señaló.
—Empezaré por él.
Kedros asintió una vez. —Celdas separadas —les dijo a los agentes más cercanos, con voz baja pero que la brisa llevaba con claridad.
—Directora. —La voz de Dacey era firme y formal—. Solicito permiso para presenciar el interrogatorio.
—Yo también. —Gideon subió el último escalón y se detuvo al lado de Dacey, soltando las palabras antes de que Kedros pudiera responder—. Por favor.
Kedros los miró a los dos, y fuera lo que fuese lo que encontró en sus rostros, no lo discutió.
—Por supuesto —dijo—. Síganme.
La sala en la que acabaron era pequeña y oscura, y una pared entera era una ventana.
Al otro lado del cristal había una sala de interrogatorios, muy iluminada y desnuda. Solo paredes blancas, una mesa de acero atornillada al suelo y dos sillas. Desde este lado, podía ver con claridad hacia dentro. Desde el otro lado, estaba seguro, el cristal no sería más que un espejo.
Leonhard ya estaba en la sala de observación, sentado ante un estrecho mostrador que recorría la base de la ventana, con una laptop abierta delante y unos auriculares colgados al cuello.
Levantó la vista cuando entraron, asintió una vez a Gideon y volvió a su pantalla.
Wiz entró el último y cerró la puerta, y los cinco se quedaron en la oscuridad mirando a través del cristal, esperando.
La puerta del fondo se abrió y MacGuire hizo entrar al mago.
MacGuire todavía no se había vuelto a poner su glamour «humano».
No había ningún hombre delgado y de gesto desdeñoso con traje gris en aquella sala iluminada, solo una gárgola descomunal.
En su forma verdadera, debía de medir por lo menos dos metros diez de piedra tallada.
Era tan alto que sus orejas puntiagudas rozaban el techo.
Empujó al mago hacia la silla que daba al cristal con una mano armada de garras, lo presionó hacia abajo y enganchó las muñecas atadas del hombre a una argolla en el respaldo de la silla.
La silla estaba atornillada al suelo, igual que la mesa.
Quinn entró detrás de ellos sin hacer ningún ruido y ocupó la otra silla.
MacGuire se retiró a un rincón y se quedó allí, con aspecto amenazador.
El mago miraba boquiabierto a la gárgola, ignorando la presencia de Quinn, con una expresión que era mitad terror y mitad odio puro.
MacGuire emitió un gruñido sordo.
El mago se estremeció y se encogió sobre sí mismo durante medio segundo. Luego cuadró los hombros, levantó la barbilla y dijo, con una voz que temblaba ligeramente: —Bienaventurados los que vigilan, porque ellos heredarán un mundo purificado.
Quinn se aclaró la garganta, un sonido pequeño y educado, y los ojos del mago se apartaron de MacGuire a regañadientes y se posaron en ella.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
La magia persuasiva de Quinn se filtraba a través del cristal, y el influjo de la magia de la buscadora de verdad tiraba de Gideon. Engatusaba e invitaba.
La boca del mago se movió, sin querer responder. Luego respondió de todas formas.
—Aaron Pryor.
Los dedos de Leonhard ya se movían, un suave tecleo en la oscuridad.
Diez segundos, quizás menos. —Lo tengo. Aaron Michael Pryor.
Nacido en marzo del noventa y cuatro. La dirección es…
—Recitó de corrido una calle y un número, y el estómago de Gideon dio un vuelco porque conocía esa zona.
Estaba a menos de quince minutos de la casa de su madre.
Había pasado por delante del barrio de ese hombre cientos de veces.
Dacey se quedó inmóvil a su lado.
Se acercó a la pared, donde un pequeño panel tenía un botón y una rejilla de altavoz, y presionó el botón con un dedo.
—Quinn. —Su voz salió hacia la sala iluminada, y el mago se sobresaltó al escucharla surgir de la nada—. Pregúntale a qué iglesia va.
Las manos de Gideon se cerraron en puños a sus costados. Sabía lo que se avecinaba. No dijo nada para detenerlo, porque no había nada que decir, y porque una parte fría y lúcida de él necesitaba escucharlo tanto como el resto lo temía.
En la sala, Quinn inclinó la cabeza. —Ya lo has oído, Aaron. ¿A qué iglesia asistes?
—A la Iglesia Comunitaria Beacon.
El golpe le llegó directo al pecho. Dacey giró la cabeza y lo miró, con una ceja levantada.
—Sí —dijo él, y su voz sonó ronca—. Esa es la iglesia de mi madre.
Quinn esperó un momento por si llegaban más preguntas desde la sala de observación. Al no llegar ninguna, continuó. —¿Quién los envió, a ti y a tus hombres, a atacar a nuestros agentes hoy?
—Ya estábamos aquí. —Sus ojos se desviaron hacia el cristal, hacia donde debía de saber que estaba Dacey—.
El Sabueso nos envió a Savannah para ampliar el rebaño: habían localizado a varios candidatos.
Ese trabajo había terminado y estábamos a punto de volver a casa para recibir nuestra próxima misión.
—¿Para atacar a tres agentes del Cónclave en una carretera pública?
—Nos dijeron que había un monstruo de fuego en la zona del que querían deshacerse. Como ya estábamos aquí, nos enviaron a limpiar el mundo de ella.
—Te refieres a la agente Menet. Los enviaron a matarla a ella, específicamente. ¿Y a las dos personas que iban con ella?
—Solo al monstruo bennu —dijo el mago—. A nadie más.
Quinn resopló. —Eso no es lo que dice la docena de balas que dispararon contra el auto.
—Eso fue después. Él mató a Caleb. ¿Qué se suponía que debíamos hacer, quedarnos expuestos y dejar que nos cazara uno a uno? ¿Para que esa cosa siguiera viva? Nos defendimos.
El rostro de Dacey no se movió. Gideon quería poner una mano sobre ella para tranquilizarla, pero sabía que no tenía ese derecho.
—Mencionaste a alguien llamado el Sabueso. ¿Quién es el Sabueso? —preguntó Quinn.
El rostro del mago pasó de la ira a la reverencia.
—El Sabueso es un don. El propio instrumento de Dios, entregado a la Vigilia para encontrar el mal que se oculta entre nosotros.
Ella es la forma en que encontramos a los monstruos.
Ella es la herramienta que arrastra a los malvados hacia la luz, para que se haga justicia.
—Ella —repitió Quinn—. El Sabueso es una mujer. ¿Cómo se llama? ¿Quién es?
—No lo sé. Nadie lo sabe. Se la mantiene oculta, para su propia protección. Es demasiado valiosa para arriesgarla. Solo supe que era mujer por accidente.