Capítulo 12
G ideon y Dacey salieron por las puertas principales del Polvorín poco después de las ocho, tomados de la mano, hacia una mañana ya cargada de calor.
Había dormido mejor que en semanas, a pesar de compartir una cama individual con Dacey.
Ella llevaba el cabello trenzado hacia atrás y la placa en el cinturón, y la pluma de ópalo de fuego reposaba en el hueco de su garganta.
De vez en cuando su mano se alzaba para tocarla.
Ninguno de los dos había dicho gran cosa sobre la noche anterior.
En cambio, ella lo había besado para despedirse en su puerta antes de volver a su habitación a cambiarse, y él había pasado todo ese tiempo intentando —sin lograrlo— pensar en cualquier otra cosa.
La miró de reojo ahora, recordando el momento en que había despertado en la parte gris de la madrugada.
Ella seguía dormida, su cabello haciéndole cosquillas en el mentón y el calor de su naturaleza bennu empapándose en su costado.
Había permanecido tumbado, sin mover un músculo, queriendo que ese instante durase para siempre.
Dacey lo sorprendió mirándola y arqueó una ceja.
—¿Algún problema, Gid?
—No. —Sonreía como un idiota y lo sabía.
Dacey debió de adivinar adónde había vagado su mente, porque le guiñó un ojo, lento y deliberado, y el rubor que le subió al rostro no tenía nada que ver con la mañana de julio.
Ella le agarró la parte delantera de la camisa, lo atrajo hacia sí, lo besó una vez, con fuerza, y lo soltó antes de que él se diera cuenta de lo que pasaba.
—No veo la hora de que termine este caso. Quiero mi cita.
Un SUV negro del Cónclave que entraba por el camino de grava al pie de los escalones interrumpió su coqueteo. Se detuvo, y Thane bajó del asiento del conductor, cruzó hasta la puerta trasera del pasajero y la abrió con la misma gravedad cortés que había mostrado con Gideon el día anterior.
¿Solo había pasado un día?
Él levantó una mano.
—Buenos días, Thane.
—Señor Bean. —Thane inclinó la cabeza.
Y entonces Vena bajó del auto.
Vena Merker era una mujer pequeña con el cabello plateado que le rozaba los hombros y un rostro estrecho y bondadoso.
Llevaba un cárdigan gris suave a pesar del calor, unos pantalones discretos y unos lentes de lectura colgados de una cadena.
Vena parecía la abuela de alguien camino a su club de lectura.
Un bolso de cuero gastado le colgaba de la cadera.
Él sabía que estaba lleno de libretas y materiales de referencia.
Le recordaba a su madre, en cierto modo.
La misma fortaleza de carácter por debajo —tranquila e inquebrantable— templada por una bondad innata.
Quizás por eso conectó tan fácilmente con ella desde el principio.
O quizás era más sencillo que eso. Vena era la única persona que había conocido jamás que compartía su don, la única que entendía lo que era ver y sentir la magia.
De cualquier manera, en algún momento de los últimos meses, había pasado a ser para él algo más que una mentora. Era como de la familia.
Podía sentir la pesada magia de minotauro de Thane y el ardiente calor de la naturaleza bennu de Dacey a su lado.
Pero Vena era una hoja en blanco para sus sentidos.
Los auramantes no podían percibirse entre sí.
Su aura se leía como puramente humana para él.
Lo que fuera que le permitía sentir el resto del mundo mágico enmudecía cuando se trataba de los de su propia clase.
Los ojos de Vena lo encontraron y se iluminaron.
—Gideon.
A su lado, Dacey le apretó la mano y la soltó.
Vena cruzó la grava más rápido de lo que a una mujer de su edad debería estarle permitido y lo envolvió en un abrazo. Olía a té de jazmín y lavanda.
—Lo hiciste muy bien, Gideon —murmuró. Luego dirigió la mirada hacia Dacey, que estaba detrás de él—. Y veo que los dos por fin se decidieron.
Él se echó hacia atrás, con el calor subiéndole por el cuello. La mirada de Vena se desvió un instante hacia el colgante en la garganta de Dacey, luego volvió a él, brillante y perspicaz, y le dio una palmadita en la mejilla, satisfecha.
—Vena. —Dacey se acercó para su propio abrazo—. Nos alegra tanto que estés aquí.
Detrás de ellos, las grandes puertas de madera se abrieron y la directora Kedros salió al porche. Gideon solo la había visto cansada y seria, y resultaba extraño verle el rostro iluminarse con algo parecido al deleite al ver a la pequeña mujer de cabello plateado.
—Vena. Gracias por venir. Debes de estar agotada del viaje, pero me temo que no hay tiempo para descansar.
—Marguerite. —Vena subió los escalones, y las dos mujeres se tomaron las manos y luego se abrazaron. La diferencia entre ellas era casi cómica: la diminuta auramante y la imponente directora dríade—. Estás que te caes de cansancio.
—Estoy agotada. Alguien está robando niños en mi ciudad. —Kedros la apartó para mirarla, sujetándola por los brazos—. Qué bien que estés aquí. Lo digo en serio.
—Y yo me alegro de estar aquí. —Vena le apretó la mano, luego se volvió hacia Gideon y Dacey—. Pero no deberíamos desperdiciar la luz del día. Cuanto antes llegue a la escena, antes podré, con suerte, decirles a qué nos enfrentamos. Pongámonos en marcha.
Thane habló desde junto al auto.
—Puedo llevarlos a todos, si lo desean.
—En realidad, te necesito hoy —dijo Kedros—. Tengo tres reuniones antes del mediodía. Primero el Consejo de Magos, luego una delegación de la manada de cambiantes lobo, seguida de los aquelarres de brujas. Cada uno me preguntará si sus hijos están a salvo. Va a ser un día muy largo y agotador.
Gideon solo podía imaginarlo. Prefería meterse en el pantano a contar caimanes antes que vivir la vida de un político, mágico o mundano.
Dacey hizo girar las llaves una vez alrededor del dedo.
—No pasa nada. De todas formas prefiero conducir yo. Sin ánimo de ofender, Thane. Pienso mejor al volante, y me gusta saber dónde están las salidas.
Thane inclinó la cabeza, imperturbable.
—No me ofendo, agente Menet.
Kedros dio una palmada y se volvió hacia Vena.
—Ve y consígueme respuestas. Y ten cuidado ahí fuera. Este caso podría ser lo más peligroso con lo que hemos tratado en años. Me estremezco al pensar de qué es capaz alguien dispuesto a robar niños Míticos y con el poder suficiente para hacerlo.
—Tendremos cuidado —prometió Dacey.
Las despedidas fueron breves. Thane abrió la puerta del SUV para la directora, y se alejaron.
Dacey los guio por la grava hasta su auto. Vena tomó el asiento trasero para poder extender sus libretas, y Gideon se acomodó en el delantero.
Le relató a Vena el día anterior mientras Dacey conducía.
Dacey los llevó por el lado oeste de la ciudad y hacia el norte por la Autopista 21, en dirección a Port Wentworth.
Pasaron junto al puerto. Hectáreas de contenedores de carga apilados de seis en seis en largas filas de colores primarios y óxido se extendían tierra adentro desde el río Savannah.
En el muelle había un barco tan grande que parecía desafiar las leyes de la física al mantenerse a flote.
Y sobre todo ello se alzaban las grúas portuarias, alineadas sobre sus largas patas con el cuello doblado hacia el agua, como enormes aves zancudas.
La propiedad de los Argent estaba al final de un camino sin otras casas cerca.
El camino de conchas trituradas serpenteaba unos sesenta metros a través de un bosque de pinos, luego se ensanchaba en un área de giro frente a lo que había sido la casa. Dacey estacionó donde terminaba el camino y apagó el motor.
Había sido una casa pequeña, lo que Gideon no esperaba.
Después de las casas Marchetti y Brenner, se había preguntado si todos los Míticos de Savannah eran ricos.
Pero esto era una casita en un terreno de mil metros cuadrados al final de un camino de conchas, con un cobertizo para el auto en lugar de un garaje.
Algunas paredes de la casa aún seguían en pie, ennegrecidas y quemadas; el aislamiento chamuscado colgaba de los montantes expuestos en jirones grises y húmedos.
Por dentro, la casa se había derrumbado sobre sí misma.
Vigas ennegrecidas, tejas y escombros carbonizados yacían amontonados donde el techo había colapsado.
Semanas de lluvia habían asentado todo en una costra negra compacta.
Una chimenea de ladrillo emergía del centro del esqueleto del edificio, los ladrillos quemados pero intactos, como el mástil de un barco hundido.
Unos escalones de concreto subían un metro hasta una puerta que ya no existía.
—Bien, hagamos esto —se dijo Gideon a sí mismo, y abrió la puerta del auto.
Una mezcla de magia de brujo y bruja recorría toda la propiedad.
Donde la hechicería había sido un hormigueo en sus sentidos y la piromancia una pared de calor, la de los Argent se percibía como un nudo tejido.
Denso, deliberado e intrincado: una malla perfecta de dos magias.
La magia se había impregnado en el suelo tan profundamente que un incendio y semanas de intemperie no la habían desgastado tanto como él había esperado.
—Primero recorramos el exterior —sugirió, lanzando una mirada cautelosa al revoltijo de escombros rotos y quemados.
La protección había desaparecido.
Vena le había advertido que así sería, y él le había creído en el auto, de manera general, pero resultaba extraño rodear la casa y sentir solo el fantasma de la barrera protectora.
Los Argent habían anclado su protección a la propia casa, y cuando la casa ardió, no quedó nada a lo que aferrarse.
Solo quedaba la huella dejada por la magia de la protección.