Capítulo 3
G ideon estaba a medio salir por la puerta trasera de Tranquil Haven, con los ojos irritados tras el largo turno de noche, cuando Silas lo llamó desde atrás. Afuera, el cielo comenzaba a palidecer con los primeros indicios del amanecer.
—¡Giddy! ¡Espérame!
El apodo se había propagado. Gracias a Dacey, todos en el Cónclave lo llamaban Giddy ahora, y hasta había llegado de vuelta al crematorio.
Había pensado en protestar, pero decidió que había batallas más importantes que librar.
Era mejor aceptarlo con la mayor dignidad posible que armar un escándalo y darles motivo para burlarse de él.
Además, le gustaba cuando Dacey lo llamaba Giddy.
Al echar un vistazo por encima del hombro, divisó a Silas haciéndole señas. Gideon atrapó la puerta de salida antes de que terminara de cerrarse y la sostuvo para su amigo y compañero de trabajo.
Silas cruzó el área de servicio a paso tranquilo, con el termo de viaje en una mano y las llaves del auto en la otra.
Su uniforme médico estaba medio cubierto por una vieja sudadera con cierre.
Para cualquier otra persona, Silas habría parecido un trabajador más del turno de noche volviendo a casa, pero Gideon veía más allá del glamour del sátiro.
—Pensé en salir contigo —dijo Silas.
Pasó de largo, y Gideon dejó que la puerta se cerrara tras ellos.
En el estacionamiento, el aire ya era caliente y húmedo a pesar de lo temprano de la hora.
Lo único que extrañaba de su antiguo lugar de trabajo, Peterson's Cremation, era su proximidad al océano.
Le había encantado la brisa marina y refrescante, la manera en que cortaba el opresivo calor de Florida.
Ahora que trabajaba más tierra adentro, no podía oler el océano en absoluto.
—¿Qué tal la fiesta este fin de semana? —preguntó Silas.
—Estuvo bien. Mucha comida y mucha cerveza; te habría encantado.
—¿Sí? Me arrepiento de no haber ido —dijo Silas—. Debería haber cancelado esa cita que tenía y haberme pasado por tu barbacoa.
—¿Ah, sí? ¿No fue bien?
Silas resopló, alzando los ojos al cielo.
—Un desastre total. Mi tía me presentó a una «simpática chica sátiro» de una «buena familia». A los veinte minutos de la cita, ya estaba contando los segundos para que terminara.
Gideon resopló, divertido.
—Ya estoy harto —declaró Silas, con las largas orejas echadas bruscamente hacia atrás—. De las citas arregladas y las citas a ciegas. De esas malditas aplicaciones. He estado pensando que debería probar suerte con alguien de otra especie por una vez.
—¿Tienes a alguien en mente?
Silas dio un largo sorbo de su termo, con la mirada perdida en algún punto más allá del hombro de Gideon.
El sátiro se alisó el cabello oscuro y rizado y evitó los ojos de Gideon.
—Ajá. Hay alguien, ¿verdad?
Silas soltó una pequeña risa, descubierto. —Hay una kitsune en la clínica de mi veterinario. Trabaja en la recepción.
—¿Sí?
—Puede que la invite a salir.
—Deberías hacerlo.
Silas le lanzó una mirada de reojo. —¿Así de simple?
—Sí. Claro que así de simple.
—Uf. No sé. Si las cosas no funcionan, probablemente tendría que buscar un veterinario nuevo para Pan. ¿Sabes lo difícil que es encontrar a alguien que sepa tratar a un jackalope?
Gideon había conocido a Pan la primera vez que Silas lo había invitado a ver un partido de básquetbol.
Había esperado encontrar algo asustadizo, alguna criatura nerviosa que saldría disparada bajo el sofá, pero el jackalope había venido dando brincos directamente hacia él, no mucho más grande que un gato gordo, y le había dado empujones con la cabeza en la espinilla hasta que Gideon le rascó entre sus pequeños cuernos huesudos.
Su pelaje marrón canela era aún más suave de lo que esperaba, casi aterciopelado.
Pan había pasado el resto de la noche dormitando en su regazo, con las patas traseras sacudiéndose y pateando en algún sueño, una oreja increíblemente larga caída sobre la rodilla de Gideon.
Entendía por qué Silas no querría arriesgarse a perder un buen veterinario por una relación que podría o no funcionar.
Mientras cruzaban el estacionamiento juntos, con Silas a su lado, el teléfono de Gideon sonó.
Lo sacó del bolsillo y miró la pantalla. El nombre de Wiz aparecía en la parte superior.
Sintió un vuelco en el estómago.
Podía contar con los dedos de una mano las veces que Wiz lo había llamado directamente. Se preocupó de inmediato por si le había pasado algo a Dacey. O tal vez a Vena.
Se detuvo y respondió, intentando mantener la voz tranquila.
—Hola, Wiz. ¿Está todo bien?
—¡Giddy, hola! Perdona por llamar tan temprano. Quería asegurarme de localizarte antes de que te fueras a dormir. —Su voz llegó clara y despierta, como siempre, como si llevara dos horas en su escritorio y el resto del mundo fuera con retraso—. ¿Tienes un minuto?
—Sí, acabo de salir del turno. Voy caminando al auto, así que es el momento perfecto para hablar.
—Ah, qué bien. No te entretengo, te lo prometo. Quería ser la primera en contártelo: ¡el Cónclave ya confirmó tu destino! Queremos que empieces tu entrenamiento oficial en Savannah el primero de agosto. ¿No es una maravilla?
Gideon se quedó paralizado, con la boca abierta pero sin que salieran palabras.
—¿Sigues ahí, cariño?
—Sí. Sí. Sigo aquí.
—Tómate un minuto para procesarlo. Sé que es mucho.
No necesitaba un minuto. Necesitaba… no sabía qué necesitaba. Probablemente horas, no un minuto, para asimilar esta nueva realidad. Dacey le había dicho una docena de veces que era el favorito para el puesto, pero una pequeña parte de él seguía esperando lo peor.
Se quedó de pie en medio del estacionamiento, con el calor del asfalto subiéndole ya a través de las suelas de las botas, y dejó que el anuncio de Wiz se asentara en su cabeza.
El primero de agosto.
Había trabajado tan duro para esto. Viajes de fin de semana a Tallahassee para entrenar, horas catalogando seres Míticos y su magia, cada paquete que Vena le enviaba por correo lleno de objetos mágicos para que se familiarizara con ellos.
Se había dicho a sí mismo que no contara con ello.
Contar con las cosas era una buena manera de llevarse decepciones.
—¿Giddy?
—Perdona. Sí. El primero de agosto. Puedo hacerlo.
—Perfecto. La documentación llegará a Tranquil Haven antes de que termine la semana.
Marie en recepción la guardará para ti. Coordinaremos la cobertura de turnos durante tu período de entrenamiento, así que no te preocupes por eso.
Necesito tu documentación firmada antes del quince como muy tarde, así que no te duermas.
—Sí, puedo cumplir con eso.
—Todos estamos muy orgullosos de ti. —Gideon hizo un pequeño ruido de incomodidad en el fondo de la garganta, pero Wiz ya seguía adelante—. Te lo ganaste, de verdad. ¡Tengo muchas ganas de trabajar en más casos contigo! Bienvenido al Cónclave, Giddy.
—Gracias, Burbujas. —Sonrió cuando Wiz se rió ante el recordatorio de que su magia le parecía burbujas de champán—. Yo también tengo muchas ganas de trabajar contigo.
—Muy bien. Llámame si tienes alguna pregunta. Hablamos pronto, cariño.
—De acuerdo. Adiós, Wiz. Gracias por llamar.
Una vez que Wiz colgó, bajó el teléfono y lo miró fijamente un segundo antes de recordar que Silas seguía allí.
—El primero de agosto —dijo Silas.
—Tal cual.
Silas sonrió, despacio y de oreja a oreja. Dejó su termo sobre el capó del auto más cercano, se acercó y le dio una palmada en el hombro tan fuerte que la sintió hasta los huesos.
—Gideon. ¡Carajo, qué bien! ¡Vas a ser agente del Cónclave! «Agente Bean» suena genial.
Gideon negó con la cabeza, dejando escapar una risa. Una sonrisa se extendió por su rostro sin que pudiera evitarlo.
—Todavía no soy agente. Aún tengo que pasar el entrenamiento.
Silas resopló y lo descartó con un gesto. —Hermano, por favor. ¿Crees que llevan a la gente a Savannah para el programa de entrenamiento si no están ya seguros? Eres una garantía. Ya han decidido. El entrenamiento es un mero trámite.
—No lo sabes.
—Lo sé al cien por ciento. El Cónclave no malgasta recursos. Te eligieron porque vas a pasar. Relájate. Te están entrenando para que no te maten en el trabajo.
—Eh. Gracias, supongo. No es muy tranquilizador. Tu trato con los pacientes es pésimo —replicó con sarcasmo, lo que hizo que Silas soltara una carcajada.
Silas intentó dar otro sorbo a su termo pero gruñó al encontrarlo vacío.
Retomaron la marcha, más despacio ahora, con Silas diciendo algo sobre compartir una cerveza para celebrarlo antes de irse, y Gideon asintiendo sin escucharlo realmente, porque su pulgar ya se había movido solo y había abierto el contacto de Dacey.
Estaba a mitad de escribirle un mensaje de texto cuando reparó en la hora que figuraba en la parte superior de la pantalla.
Eran las seis y veintitrés de la mañana.
Dacey no estaría despierta hasta un par de horas después.
Era inflexible con el sueño cuando podía permitírselo, y había trabajado hasta tarde la noche anterior.
Lo sabía porque habían estado enviándose mensajes durante su pausa para comer en mitad de la noche.
Estaba en una vigilancia en Jacksonville, sin perder de vista a un tipo que dirigía una secta y que, según sospechaba el Cónclave, podría ser un íncubo que se aprovechaba de mujeres solitarias.
Se quedó junto a la puerta de su auto con el pulgar suspendido sobre la pantalla, pensando en la cara que pondría ella cuando se lo contara.
Quería llamarla, escuchar su risa y que dijera algo arrogante y cálido a la vez.
Se moría por verla en persona. El viernes por la noche, cuando por fin pudiera volver a verla, quedaba demasiado lejos.
Bloqueó la pantalla y se metió el teléfono en el bolsillo.
Podía esperar.