Romeo y Julieta Untold: La última congregación 56. Romeo
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56. Romeo

Romeo

Selina me pone una mano en la espalda y me da un empujoncito.

Doy un paso hacia él. Desprende un olor inusual, una fragancia, diría.

Huele a liquen y tierra de bosque húmedo.

Pero no de nuestros bosques, impregnados del aroma de setas y menta silvestre, sino de bosques más antiguos, donde la escarcha viene a posarse por la noche para luego evaporarse con la primera luz del alba, donde el musgo huele a madera y la resina dulzona de la corteza se mezcla con el perfume aromático e intenso de los robles.

Mi corazón late despacio. Mi cuerpo se relaja. La respiración sosegada acompaña un deseo de abandono. La calma asciende en mi interior como si la transportara la sangre. Mis labios esbozan una sonrisa que se ensancha. Mi alma dolorida se aquieta, con un abrazo…

… falso. No es real. Mi verdadera emoción, la que me ha acompañado estos días, está adormecida.

Voy en su busca, estrechando fuerte la mano de Julieta.

Necesito mi ira, que me espolea, que me mueve a actuar; necesito mi aflicción, que me rasga, pero también me recose junto con mis continuos recuerdos, que voy a buscar.

Los fragmentos de mi vida que han intentado que se vuelvan como las páginas blancas de Oudemya, algo que sabes que está, pero no eres capaz de ver.

—¡Detente! Aléjate de mi cabeza. —Las cadenas emiten un débil tintineo susurrado, como el alma de este Edenita.

Y así como los susurros, se insinúa dentro de ti sin que puedas percatarte.

—Increíble. —La admiración resuena en su voz—. Increíble. —Da un paso hacia mí. Alarga las manos hacia mi cuello y aparta la bufanda que llevo.

Veo que los ojos de Julieta se abren de par en par.

—Almanario —dice flojito.

—Almanario —grita el Edenita—. Romeo, las eras son infinitas cuando aguardas algo. Pasan como granos de un reloj de arena y te descubres contándolos todos, uno a uno. Te he esperado por surcos de eras. Y ahora estás aquí. El primer Encantilante Almanario.

Si no tuviese la máscara, creo que le vería lágrimas.

Busco la mano de Julieta. Necesito estrechársela, hacerle saber que no le he dicho nada, pero que luego le contaré. Ella me devuelve el gesto.

Siento un ligero vértigo, un aturdimiento.

—Julieta y Romeo. Rara vez he percibido dos almas vibrar así. —Da un paso hacia Julieta y yo me pongo delante. Ella se aparta y se coloca de nuevo a mi lado. El Edenita ríe. Y parece cristal cuando tintinea después de que se hayan alzado las copas. O música.

No logro discernir lo que es real, las emociones que son mías y las que me está haciendo sentir él.

—¡Eres un Encantilante! —digo.

—Sí. El más antiguo que queda.

Rastreo sus emociones. No encuentro por dónde entrar. No es como Julieta, que me resulta oscura; es más como el Decano. Podría, pero algo me lo impide.

Se ríe de nuevo.

—Oh, Romeo. Eres valiente, al intentar retarme. Y estúpido por usar la Pertenencia sin haber recibido el Vínculo. Y esta noche lo has hecho a menudo.

—Hago lo que es necesario.

—Tu muerte es lo menos necesario en este momento. Necesitas nutrirte.

Hace una señal a Selina.

—No —digo—. Ella también ha dado demasiado hoy.

Selina se acerca al Edenita y le quita la máscara con delicadeza.

Julieta y yo tomamos todo el aire posible de una sola bocanada. No es espanto. Es maravilla.

El Edenita que tengo enfrente es idéntico a la máscara que llevaba, pero tal vez más hermoso, más perfecto. Su rostro es el de un Extrema Sangre que todavía no ha superado los treinta solasterios, quizá menos, pero creo que tiene muchos más.

Sin que yo pueda decidir otra cosa, me encamino hacia él como atraído por una llamada. Sé que no soy yo el que se mueve, que es él quien decide por mí, así como es él quien me besa.

Lo que llega a mi cuerpo no es sustento, sino embriaguez, éxtasis, euforia.

Me regala un recuerdo de hace surcos de eras. La ciudad subterránea viva, vibrante. El sonido de las voces de los niños. Las carcajadas. Los colores. Estoy inmerso en el júbilo.

El recuerdo cambia, y esa misma ciudad está manchada de sangre.

Por el suelo yacen cuerpos desmembrados.

El dolor me escuece, atenaza mis huesos y los hace vibrar.

Me invade una rabia sorda. Una Edenita de pocos años corre a lo largo del balcón corrido.

A su espalda, caras que se confunden con el horror que ella siente. La alcanzan, y luego la oscuridad.

La separación me arroja al suelo. No logro abrir los ojos. Me siento arrollado. Las voces me llegan mortecinas. Pero una domina a las demás y grita. Retumba. Es Julieta.

—¿Qué diantre le has hecho? —La tierra tiembla ligeramente. La bestia se está despertando. Quisiera decirle que no lo haga. Que se calme, pero mi cuerpo está sordo a mis llamadas.

—Eres poderosa, Julieta —dice la voz del Edenita—.

Sin embargo, en tu interior hay oscuridad.

Espesa. Profunda. Te llama a ella. Te quiere.

Y tú le correspondes. No te gusta cuando viene de tu alma.

Intentas huir de ella. Te da pavor. Pero la sensación de placer que sientes te llevará a tocar esa oscuridad más veces.

Alzo un brazo. Me doy cuenta de que ha sido solo en mi mente.

El Edenita gime.

—Un trabajo excelente. Aeterianos, supongo. ¿Tu tía? ¿Qué ha querido esconder? Será interesante descubrirlo.

¿La está tocando? Le está haciendo daño. La necesidad de protegerla me hace regresar. Abro los ojos.

—Déjala —murmuro.

Julieta está a mi lado. Me ayuda a levantarme. Miro al Edenita con odio.

—Quién. Eres. En. Realidad —gruño.

—¿Quién crees que soy? —responde con serenidad.

—Ilhuas.

Ríe, y de nuevo creo que jamás he oído un sonido tan placentero. Él continúa revolviendo mis emociones y no sé si odiar, amar, temer o ser valiente.

—Por favor, no soy ningún dios. Ser un dios es extremadamente complicado y extenuante.

Me llamo Amauel, solo soy un Edenita, además de Encantilante.

Pertenezco a una raza inmortal. Elegida.

La raza favorita de Alyaster y la más odiada.

—No lo interrumpo—. ¿Qué sabes de las Grandes Rebeliones? —me pregunta.

Ojalá Benvolio estuviera aquí. Él es quien domina nuestra historia. Intento recordar algo de las lecciones impartidas.

—Lo que nos enseñan —digo—. Un grupo de Extrema Sangre se alió con el Enemigo y exterminó al Coro en su totalidad.

Las casas lucharon unas contra otras hasta que Alyaster descendió sobre Edén para combatir junto a sus fieles.

Muchos murieron, pero gracias a su sacrificio los rebeldes fueron derrotados.

Alyaster creó a la Lectora e infundió en ella parte de su esencia para que, frente a una nueva rebelión, ella pueda luchar de nuevo al lado de sus hijos y de sus hijas.

Y luego creó el Libro Oudemya, que es la palabra escrita pero también la que escribe.

Y en el interior del Libro puso una chispa suya de vida.

Oudemya y la Lectora son nuestro enlace con la diosa. —Benvolio estaría orgulloso de mí.

Suspira con lentitud.

—Rebeldes…, creo que puede definirse así. Éramos rebeldes y éramos todos Encantilantes.

—¿Éramos? ¿Tú participaste en la Gran Rebelión? —pregunto, dubitativo.

Asiente con la cabeza.

—¡Qué nombre más pomposo le han dado! A Alyaster le encanta el espectáculo, sobra decirlo.

—Es imposible… Han transcurrido… —Julieta tampoco da crédito a lo que está diciendo. Y sin embargo este Edenita emana una energía, un poder, que nunca había percibido en nadie más.

—Surcos de eras —responde.

Inmortal. Mi mente se va a la ciudad. Julieta preguntó cuántos centurios se habrían usado para impregnar la ciudad de tanta Pertenencia. Tenemos la respuesta: inmortalidad.

—¿Por qué os aliasteis con el Enemigo? ¿Por qué queréis destruir Edén? —Julieta alza el rostro en señal de desafío.

—No, Julieta, no nos aliamos con el Enemigo; descubrimos que el Enemigo no existe. El Enemigo es la misma Alyaster.

Doy un respingo.

—Embustero —digo entre dientes.

—¿Quieres hacernos creer que Alyaster ataca a la misma criatura que engendró? —rebate Julieta.

—¿Cuántos ataques han destruido Edén? —me pregunta sabiendo ya la respuesta.

Julieta responde en mi lugar.

—En su tercer surco por poco se desintegró.

Las tierras se quebraron y se volvieron a compactar.

Generaciones enteras de maravillosos animales que luchaban junto a los Extrema Sangre se extinguieron.

—Conoce la historia mejor que yo. Su padre se la habrá contado cuando de niña le enseñaba las heroicas hazañas de su casa.

Él asiente con la cabeza.

—Y no obstante Edén sigue aquí. Íntegro y floreciente. ¿Qué enemigo pierde durante surcos y surcos de eras? Pensad en ello. ¿Y qué enemigo logra cada vez fortalecerse? ¿Perder, y sin embargo no ser nunca derrotado? Listo para nuevas batallas.

—Uno muy poderoso… —Mi voz titubea.

—Uno muy poderoso. ¿Y quién es más poderoso que una diosa?

Sus palabras agrietan mis convicciones. Intento mantenerlas unidas porque mi vida es esta. Mi vida es luchar contra el Enemigo. Y ahora me dicen que ese enemigo no existe.

—¿Por qué atacar a Edén? —pregunto.

—El mejor modo para tener a un pueblo bajo control es ofrecerle una guerra contra un enemigo desconocido.

Una lucha común y posibilidad de gloria.

La guerra vuelve al pueblo dócil. Le brinda un motivo para depositar esperanzas en un mundo mejor.

Y lo une. Es en la adversidad que se afianzan los vínculos.

Supongo que ya sabes de lo que estoy hablando.

Tiene razón. Pienso en mi Tropa. El día de la Congregación intentamos matarnos y en cambio hace solo un lateluna recibí una hoja en el vientre para salvar a mi enemiga. Me arrojé delante del hierro de la Seca sin reflexionar ni un momento.

—La guerra justifica incontables atrocidades, Romeo, y tu diosa es muy cruel. La guerra mantiene a un pueblo en jaque.

Una parte de mí lo cree, pero la otra se niega a aceptar semejante locura.

Habla en tono cansado.