Romeo y Julieta Untold: La última congregación 55. Julieta #2
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55. Julieta #2

Aterrizo con un gran estrépito a dos pértigas de distancia por lo menos; mi espalda se estrella contra una roca y mi espada va a parar al barro, lejos de mí. El dolor es tan fuerte que la bestia en mi interior se calla por un batimiento, asustada.

Mi ira me hace fuerte y me brinda Pertenencia, pero la verdad es que no sé controlarla.

Me ciega y me permite destruir indiscriminadamente, como una Catástrofe.

Pero no me hace capaz de luchar contra quien ha vivido centurios de batallas y es superior a mí.

La lluvia en el rostro, cristales de hielo caen sobre mí. La Pertenencia Ardefría se ha apagado. El miedo la ha congelado.

Grito mientras me giro de costado.

Al menos he logrado dar a Romeo el tiempo de ponerse en pie y recoger su espada. Allí está, listo para enfrentarse a la Valfiero.

Yo también tengo que volver a levantarme. Apuntalo las manos en el barro, me obligo, ignoro el dolor en la espalda. Tengo que alcanzarlo.

Si debemos morir, moriremos juntos.

Alena se ha recobrado y se acerca a Romeo de un salto. Ahora son dos contra una.

La Loba niega con la cabeza.

—¿Tú otra vez? —Escudriña a Alena por un momento—. Qué fácil… —murmura. Y sobre la furia de la melena pelirroja, se abate de improviso la sombra.

La cubre como una noche sin estrellas.

Entonces la Loba le asesta un puntapié, la hace caer al suelo y alza las sombras para golpearla con otro puntapié, esta vez en la garganta.

—¡No! —grito. Me arrastro hacia ella, logro ponerme de rodillas y luego en pie. Me precipito hacia Alena—. ¡No!

Romeo ha vuelto a resistir los asaltos de la Loba, gruñe cuando la espada le hiere el rostro y un hilo de sangre aparece bajo su ojo derecho.

Apoyo las manos en el cuello de Alena e inclino la cabeza sobre la suya. Respira.

—Eres libre de tomar mi espada —susurra.

No debe repetírmelo. Aferro el arma y echo a correr al encuentro de la Valfiero.

Codo con codo, él y yo, de nuevo. Hasta el final.

—¿Por qué queréis defender a un asesino de esta calaña? —pregunta, mientras la Marca en su cuello empieza a brillar de nuevo.

—¡No fueron ellos los que asesinaron a tu hijo! —respondo a voz en cuello.

—¡Mentirosa! —grita, tan fuerte que por un momento creo que me dejará sorda. A continuación, blande el arma hacia mí, pero Romeo logra pararla.

Entonces la Loba le da un puñetazo en la cara, el llamacero le rasguña la piel y Romeo se ve despedido hacia atrás.

—Nunca más volverás a decir mentiras —afirma. Alza la espada por encima de la cabeza.

Y entonces se queda petrificada.

Intento moverme, pero yo tampoco puedo. Es como si mi cuerpo no quisiera obedecerme. Incluso la bestia guarda silencio como jamás lo ha hecho hasta ahora.

Reúno todas mis fuerzas para lograr girarme un poco hacia Romeo. Él también está completamente inmovilizado, con el ceño fruncido.

—¿Aquí? —gruñe—. ¿Tú…?

No entiendo a qué se refiere hasta que Selina nos pasa al lado.

Tiene las manos juntas delante del pecho y respira entrecortadamente, pero parece no importarle. Y sus ojos…

Sus ojos son grises, de una tonalidad tan brillante que casi podría rasgar el manto de sombra y silencio que la Loba ha hecho caer encima de nosotros. Jamás he visto un color similar en un Rápido, ni siquiera en un Edenita.

Logro sentir la Pertenencia, aunque no veo ninguna Marca.

Se detiene frente a la Loba. Y Eleonora Valfiero rompe a llorar.

Gritaría, si solo pudiera abrir los labios, pero no puede: está inerme como nosotros, a la merced de la fuerza que está obrando ahora mismo.

Abre cada vez más los ojos, en los que mora el terror junto a la desesperación, y luego se cae al suelo y creo que ha muerto.

De miedo, quizá, o de dolor. Pero a su cuerpo lo recorren breves espasmos y un sollozo silencioso se alza de sus labios.

—Anteo —gime, y no es hasta ahora que empieza a gritar. Esta vez la ilusión tejida por la Aeteriana se rompe de verdad, y nos encontramos de nuevo inmersos en el fragor de la batalla.

Lo que Romeo le hizo a Lisandra cuando estábamos corriendo hacia el edificio no es nada en comparación con lo que estamos presenciando ahora.

Selina, o lo que sea, porque no puede ser la Rápida que nos ha acompañado hasta aquí, no puede ser la misma Rápida que tranquilizaba a los niños, se gira hacia nosotros. Alza los brazos y Romeo se pone en pie de nuevo, con la expresión atónita.

La Pertenencia nos rodea y se introduce en nosotros, nos permea. Y nos gobierna, como marionetas sin hilo, obligadas a bailar una música que no logramos oír.

Un pie tras otro, Selina nos guía lejos de los Incorpóreos, demasiado ocupados con verter su odio sobre los Extrema Sangre en una tormenta de espadas.

Nos lleva a lo largo del sendero que conduce al bosque cercano al campo de entrenamiento.

Selina nos hace entrar en una galería, la misma galería que Romeo usó para ir a visitar a Rosalina, la misma galería que usamos nosotros para regresar a la Aldea después de haber emergido de aquella ciudad subterránea.

Entramos y dejamos a nuestra espalda la devastación de la Academia, las luchas de los Extrema Sangre, los sacrificios de los Rápidos, las muertes de los Iniciados, los gritos de dolor, los relámpagos y el viento y la furia de la Disonancia.

Mi último pensamiento es para Mercucio y Alena. Todavía están vivos, y solo puedo esperar que, si algún día la Catástrofe es contenida, ellos serán encontrados.

No como nosotros, que ahora andamos hacia un destino ignoto.

Selina nos guía contra nuestra voluntad por el túnel, mientras la tierra tiembla a nuestro alrededor. No nos conduce hacia las salas de las Vestales ni hacia la biblioteca y la ciudad sepultada.

Sigue un recorrido que no habíamos visto jamás y toma desviaciones que no conocemos.

Descendemos y nos alejamos cada vez más de la Academia y seguimos andando. Pero no notamos el cansancio, nuestros cuerpos ya no nos pertenecen.

Hasta que superamos un arco labrado en la piedra y Selina se desploma en el suelo, extenuada, y nosotros somos libres.

Cuando entiendo dónde estamos, se me corta la respiración.

Porque ya he visto este lugar.

Es una sala excavada en la roca, con una bóveda alta antigua, la piedra pulida por milenios, las paredes interrumpidas solo por minúsculas alcobas que albergan calaveras lisas y resplandecientes, coronadas por velas.

La tierra está poblada de raíces, raíces de árboles que hace siglos que están muertos.

No sé por qué, pero no me cabe duda de que es así.

En el centro, una gran pila excavada en la piedra antigua y una hendidura en la tierra que promete ser tan profunda como la tierra misma.

Y entonces la oscuridad se mueve. No estamos solos.

Algo se despega de la pared de roca frente a nosotros.

Viste un atuendo gris recubierto de musgo y polvo y lleva una máscara que representa al Edenita más hermoso que haya visto jamás.

Y sin embargo, la expresión sobre la máscara es de desesperación.

Las cadenas que le inmovilizan los tobillos tintinean en el silencio de la sala, roto solo por nuestras respiraciones, mientras se acerca a nosotros, con una mano cándida alzada como si no diera crédito a sus propios ojos, y habla.

Con una voz vieja de eras y sin embargo bellísima, habla.

Y dice:

—Al fin has venido a mí, Romeo.