Romeo y Julieta Untold: La última congregación 55. Julieta
98%

55. Julieta

Julieta

La batalla arrecia a nuestro alrededor, entre los gritos de los Extrema Sangre y las órdenes de los Ensiferios, el chisporroteo de los relámpagos y el estruendo de los truenos. Las terribles carcajadas de los Incorpóreos, que abaten sus hojas y cortan vidas como si de hilos de telarañas se tratara.

Pero yo permanezco aquí, con las manos en el barro y la lluvia cayéndome en la espalda, el uniforme pegado a la piel.

Los sollozos me salen por la garganta y el pecho dolorido, porque llorar no es suficiente.

Permanezco aquí, con la boca abierta que se niega a dejarme respirar y las uñas arañando la tierra como si pudiera aferrar a mi primo antes de la caída.

Permanezco aquí, y la Catástrofe a mi alrededor no significa nada, porque tanto da cuánta sangre haya visto derramarse este lateluna.

Es ahora cuando conozco el significado de la palabra muerte.

Fui una estúpida cuando consolé a Romeo, cuando lo hice regresar. Ahora sé que es imposible, que todo el mundo cambia y pierde su luz, y no basta una esfera para apaciguar la tormenta.

Lo que era Folco ha muerto.

Lo que quedaba de él ha desaparecido, junto con Amleto.

Le dije que se controlase, se lo dije, maldita sea. Pero él no me escuchó.

Lo ha hecho para salvarnos. Pero eso no me basta.

No me basta que a Mercucio le resbalen lágrimas por la mejilla, mezclándose con la lluvia que debería lavar el dolor, porque eso es lo que dicen los poetas. No, la lluvia no lava nada.

La lluvia no puede lavar el recuerdo del grito de Folco ni la rabia que siento, porque es culpa mía. Estaba lejos. Si hubiera estado más cerca, quizá las cosas habrían ido de otra manera. A lo mejor hubiera podido ayudarlo. Tal vez no se habría transformado.

Los sollozos se convierten en gritos, y ya no sé si soy yo la que chilla o bien son las rocas y los árboles, las nubes y las piedras de la Academia, porque el dolor que siento lo invade todo y me deja en el suelo, inerme.

Todo, en mi interior, guarda silencio. Permanece solo el vacío.

Romeo se agacha a mi lado. Apoya su mano sobre la mía. Está caliente, más de lo que me esperaba, y sus dedos se estrechan alrededor de los míos.

No hace falta decir nada.

Él me comprende y ahora yo lo comprendo a él.

Ahora somos dos, unidos en el dolor.

Entonces Alena se aclara la voz y me devuelve a la realidad.

—Para —dice—. ¿Te parece que es momento de llorar?

Alzo la cabeza y me levanto a duras penas, pero me obligo. No puede permitirse hablar así, ahora no. Romeo hace ademán de retenerme, pero me libero de su mano. Me detengo frente a Alena. El viento le alborota la melena pelirroja y la hace parecer una furia salida de las leyendas.

—¿Precisamente tú? ¿Precisamente tú hablas así? —le digo, y la voz me sale sin tono, plana.

—Precisamente yo —responde, clavándome su único ojo. Si hay dolor por Folco, entonces está bien escondido en las profundidades de su pupila.

—¿Por qué? —murmuro.

Alena estrecha la mano alrededor de la empuñadura de su espada.

—La batalla todavía no ha terminado: habrá tiempo para llorar a los muertos, pero ahora debemos pensar en los vivos. En Terencio, por ejemplo.

Tiene razón. Sé que tiene razón. Pero es difícil asentir, es difícil olvidar que hace poco éramos seis y ahora dos de nosotros se han desvanecido. Fiera y cazador.

No hay peor muerte que la que llega de un amigo.

Mercucio da unos pasos hacia nosotros. Por primera vez desde que lo conozco, no hay ni siquiera una sombra de sonrisa en su rostro. Solo desesperación.

—¿Y cómo piensas llegar hasta él?

—Como habíamos dicho, por allí —dice Alena. Y señala la Aldea.

Solo que entre nosotros y nuestro destino está la Catástrofe. A estas alturas, la Aldea está perdida. La torre parece una gigantesca antorcha envuelta en llamas de sombras, de tantos Incorpóreos como siguen lloviendo sobre este desdichado mundo.

Pelotones de Extrema Sangre intentan alejar ramas y troncos de árbol y pedruscos que ahora revolotean formando torbellinos y se desploman sin distinción sobre Edenitas e Incorpóreos, mientras los Ensiferios a las órdenes de Escalo cargan profiriendo sus gritos de guerra en honor a Alyaster.

Corren hacia la muerte con las espadas en mano y chocan con las filas de Incorpóreos.

En la tierra se abren hendiduras dispuestas a engullir a quien sea, cual fauces de fieras extinguidas, y los Arquitiempos enseguida tratan de volver a cerrarlas, consumiendo un Rápido tras otro, saciándose en los manantiales de los Eternantes.

Escalo, con su armadura blanca, voltea su espada y parece un rayo de luz que corta la oscuridad, rodeado por sus más devotos seguidores.

Más allá, en la cima de la colina, diez Eternantes están apiñados alrededor de un Aeteriano que, con las manos alzadas hacia los rugidos del cielo, impide a los Incorpóreos desaparecer de nuestra vista y asesinarnos a todos.

Y luego están los cadáveres. Extrema Sangre con sus relucientes armaduras de llamacero yacen en el lodo como los últimos de los mercenarios, con la sangre saliendo todavía a borbotones de sus gargantas cortadas, con espadas clavadas en el pecho, con los ojos fijos hacia un Último Paso que jamás darán, aunque algunos Pentra, protegidos por círculos de Ensiferios, se obstinan en gritar la Extremacción como si debieran arrancar las nubes del cielo con la fuerza de sus voces.

Todos los Extrema Sangre que acudieron aquí para la ejecución de los Montesco han sido vueltos a llamar por el tañido de la campana.

Todos luchan contra el Enemigo; casas que se juraron odio eterno ahora están unidas en la guerra, en la voluntad de expulsar a la infinita horda de Incorpóreos.

Para defender Edén.

Por un batimiento, recuerdo todas las historias que mi padre me contaba, las batallas, las Catástrofes que me explicaba.

Historias de gloria y de triunfos, siempre.

Pero ahora la Catástrofe está frente a mí, y no hay ni gloria ni triunfo. Únicamente una guerra eterna.

—¿Por allí? Una excursión campestre —dice Mercucio. Y echamos a correr hacia la Aldea. Terencio nos espera.

Me pregunto si de veras lo lograremos, o si antes los Incorpóreos se abalanzarán sobre nosotros.

Pero no tengo tiempo de hacerme preguntas, porque de golpe y porrazo algo aterriza frente a nosotros, alzando una nube de barro y detritus. Nos detenemos, trastornados.

Es un Extrema Sangre; su armadura envuelve su cuerpo con planchas de llamacero verdes y doradas. Las hombreras están forjadas para recordar cabezas de lobo con las fauces abiertas de par en par, y en la mano derecha sostiene una espada larga, con la hoja fina.

—¿No deberías estar luchando para detener la Catástrofe? —grita Romeo.

—Yo no he venido aquí por la Catástrofe, Montesco. Yo he venido aquí para darte muerte. Y mi cara será lo último que verás —dice el Extrema Sangre. Y entonces un relámpago le ilumina el rostro.

La Loba.

Eleonora Valfiero.

Su Marca resplandece. Ella mueve los dedos de la mano izquierda y, un momento después, a nuestro alrededor todo se vuelve más oscuro, todos los colores parecen desvanecerse y los sonidos de la batalla se atenúan.

Abro los párpados de par en par y oigo el choque de espadas.

La Loba ha arremetido contra Romeo, que ha logrado parar el golpe justo a tiempo.

Pero no se trata de un entrenamiento, y no es hasta ahora que entiendo cuánto se contuvo mi tía con él el día en el que recibimos las armaduras.

Este es el verdadero poder de un Extrema Sangre.

Romeo se cae de espaldas, rueda por el sendero, resbala en el barro.

Mira a su alrededor, no entiende cómo puede ser que nadie se percate de lo que está sucediendo.

—¡Nos está ocultando! —grito.

—Mataste a mi hijo —espeta Eleonora, y su voz de Aeteriana resuena en todo nuestro alrededor.

Se dirige hacia Romeo, apuntándole con la espada—.

Y quiero tomarme todo el tiempo para hacerte sufrir como sufrió él.

Pedazo a pedazo, corte a corte. Romeo Montesco, conocerás el auténtico dolor y luego, si me siento clemente, morirás.

Mercucio se interpone e intenta alcanzarla con un fondo. Él es bueno, veloz, el mejor de nosotros. Y sin embargo, la Loba no necesita más que una rotación de muñeca para parar su ataque.

Entonces alza el otro brazo y Mercucio debe inclinarse hacia atrás para esquivar el puñal que esa desgraciada ocultaba en la mano izquierda.

La Pertenencia resplandece radiante en su Marca. No tiene escrúpulos para usar el Tiempo que lleva en su interior para matar a Romeo.

Podría acabar con él, pero se da la vuelta en el momento en que Alena echa a correr hacia ella. La Valfiero lanza el puñal y por un momento ninguno de nosotros es capaz de verlo, se ha esfumado, y luego ahí está, clavándose en el hombro de Alena, que pierde potencia y tropieza.

Y ahora Romeo está tan cerca… Está lidiando con el barro para volver a ponerse en pie.

Grito. Invoco a la bestia. La Loba no matará a Romeo. No delante de mí, ni hoy ni nunca.

La oigo romper las cadenas, inundándome de poder, como si pudiese arder de un momento a otro. Al contacto con mi piel, las gotas de lluvia se transforman en vapor.

Aprieto los dientes tan fuerte que podría romperlos, doblo los dedos como si fueran garras.

Ahora Julieta ya no existe. Está solo la bestia, como un león que me desgarra el vientre para salir y luego me devora y aún no está saciado.

No, ella no matará a Romeo.

Yo la mataré a ella.

Salto.

Me bastaría tocarla con un dedo para convertirla en cenizas.

Pero la Loba alarga su mano libre y, justo mientras estoy a punto de caer encima de ella, me agarra por el pescuezo. El cuero de su armadura quema, de repente su guantelete se vuelve incandescente.

Ella curva un poco el labio, muestra estupor solo por un instante y luego me arroja lejos. Un gesto de nada para un Extrema Sangre en medio de un enfrentamiento.