54. Romeo #2
Ningún libro, ningún relato, ninguna pintura podría habernos preparado para lo que vemos apenas salimos.
Arquitiempos y Graves están arrodillados con las manos en el suelo.
Me muevo a duras penas. Peso más. El viento sopla, pero los Leviantes, con las palmas de las manos hacia arriba, lo desvían, lo placan.
Lo aquietan. Unos Ardefríos atrapan la lluvia y la transforman en hielo.
Otros Leviantes cambian su curso y mandan estalactitas congeladas hacia los enemigos.
Quien no apacigua la ira de la naturaleza lucha, con furia y coraje.
El campo de batalla es un revoltijo de cuerpos chocando unos con otros; parecen el grano dentro de la muela, y pronto muchos de ellos se convertirán en harina, ensuciando de polvo blanco a quienes siguen combatiendo.
Nunca había visto a un Incorpóreo. Y ahora que los tengo delante me río por haberme imaginado que Ilhuas era uno de ellos.
Son Extrema Sangre.
Son nuestra raza, que sale de la tumba sobre la que ninguno de nosotros jamás ha rezado.
Son almas negras, como la niebla color brea que acompaña sus movimientos. Luchan como lobos hambrientos, aferrando y despedazando.
Los Eternantes caminan, a la espera de que algún Extrema Sangre los agarre para succionar el Tiempo que albergan en su interior, y a su vez ellos consumen los carros abarrotados de Rápidos, dejando solo polvo que se pierde en el aire.
No sabemos qué hacer. Estamos perdidos. Desorientados.
Tenemos la cabeza nublada. Nuestros movimientos son más lentos.
No estamos acostumbrados a la extensión que los Arquitiempos delimitan y contienen cambiando el paso del tiempo.
Fuera de la Asonancia, un terremoto puede durar esimios; aquí dentro, los Arquitiempos se las arreglan para que duren días. Solo así se puede luchar y vencer.
—Moveos. Debemos salir de aquí —grita Amleto.
Alena le responde blandiendo su hierro.
—Demasiado tarde. Demasiado tarde —nos grita mientras los Incorpóreos se dirigen hacia nosotros.
El más grande del grupo carga, con la espada desenvainada y los dientes afilados. Se abre camino matando e hiriendo.
Una hoja le acierta en pleno pecho y él se desvanece como lluvia sobre braseros.
—¿Qué diantre estáis haciendo aquí? —Uno de los Altos Maestros nos ha salvado la vida—. Regresad a la Academia —grita, mientras regresa corriendo a la batalla y su voz se pierde a medida que se va alejando de nosotros.
—Julieta —grito—, ¿dónde está Julieta?
Mientras lo pregunto, me giro y la veo en medio de la furia.
—A tu derecha —me grita Mercucio.
Me doy la vuelta dispuesto a atacar, pero…
… se me cae la espada.
Frente a mí está Domiciana.
Su melena revuelta por la tormenta, que la arremolina en el aire.
La espada empuñada a dos manos.
Sus ojos hechos de cristal.
—Hermana —grito mientras ella corre hacia mí. Pero no es para abrazarme, sino para darme muerte. Alza la espada. Y por un batimiento, solo por un batimiento, sus ojos se rompen y vuelvo a ver a mi hermana. Su mirada. La espada no se abate sobre mí. Tiembla. ¿Llora? ¿O es solo lluvia?
Me arrodillo.
No mataré a mi hermana.
Hoy no.
No después de haber visto la cabeza de mis padres rodar por el suelo, no después de haber abandonado a mi hermano para siempre. Alzo el rostro hacia ella.
—Romeo —oigo susurrar al viento. ¿O ha sido ella?
Su rostro se transfigura. La niebla negra la envuelve.
Grita y abate la espada. Me aparto rodando por el suelo en el último momento y agarro la mía.
Cuando me giro, ella se estremece y tiembla.
El humo negro ahora es rojo. Rojo como el fuego.
Su cuerpo (no es su cuerpo) despide destellos de fuego.
Detrás de mí, Folco arde como ella. Su Marca brilla iluminando las gotas de lluvia que caen.
—¡Romeo, atácala! —me grita. Mi amigo. Un Capuleto. Y mi hermana (no es mi hermana). Alzo la espada y le atravieso el pecho. Ella desaparece, pero antes de desvanecerse del todo me parece que sonríe.
Un grupo de Extrema Sangre ha venido a socorrernos y tengo tiempo de correr hacia Folco.
Está en el suelo. Doblado en dos. Su Marca es negra. Negra como la niebla que envuelve a los Incorpóreos. Grita. Pero no son gritos humanos, y tampoco son bramidos de bestia, son alaridos de dolor.
—¡Aléjate, Romeo! —grita Amleto—. Aléjate. Se está transformando.
Sus ojos cambian. La pupila se estrecha hasta convertirse en una fisura.
Amleto se dirige a nosotros.
Un Incorpóreo lo ralentiza y yo, que la diosa me condene, casi me alegro. Tal vez me quede un batimiento de tiempo para salvarlo.
Busco a toda prisa el vial en mi chaqueta, maldiciéndome por no habérselo dado antes. Por no haberme acordado. Le vierto el líquido en la boca.
Pero la transformación no cesa.
En su espalda, dos alas le desgarran la piel y se liberan hacia el cielo.
No sé qué hacer.
No sé qué hacer, y hago lo primero que se me ocurre.
Tomar su alma.
Folco (ya no es Folco) se cae al suelo. Retengo su alma en mi interior. La mezo. La noto. Le pido perdón. Mi cuerpo se fatiga.
Noto que los esimios vuelan sobre mi piel. Correré la misma suerte si lo retengo. ¿Cuánto puedo resistir? El tiempo corre. Me abandona desesperado y lo libero.
La Selfiera ruge y rasga el aire con su alarido.
El rostro es el de un león; las alas, las de un gigantesco murciélago. El cuerpo está salpicado de finísimas plumas blancas. Los pies son dos patas de lobo con garras de dragón. Pero no camina sobre cuatro patas, algo dentro de él ha permanecido humano. Está erecto. Camina como un Extrema Sangre.
Oigo el grito de Alena, que está viniendo hacia mí. Amleto la detiene, pero ella grita y se escabulle. Amleto intenta retenerla, ¿pero se puede retener la marea?
—Alena, detente, él ya no está. —Ella le pega un codazo a Amleto, que niega con la cabeza y la tira al suelo con todo su peso.
La Selfiera se da la vuelta, muestra sus dientes y aúlla, y echa a correr hacia Alena.
Los matará, los matará a ambos.
Amleto la ve llegar, se levanta y se gira con un puñal largo y afilado. Su color argénteo brilla. Pero es tarde.
La Selfiera saca las garras y las abate sobre Amleto. Veo la carne lacerándose. La Selfiera lo agarra.
Bate las alas y alza el vuelo.
Una espada.
Corta el aire y acierta el pecho plumado.
Oigo los gritos de Alena, que se mezclan con el gañido de la Selfiera.
Mercucio está en el viento.
Como un dios.
Grita y llora.
Los mismos gritos los oigo llegar de Julieta, que se precipita hacia nosotros. Pero ya no hay nada que hacer. La última imagen que veo es la Selfiera con la espada de Mercucio en el pecho que vuela empujada por un viento impetuoso, llevándose el cuerpo sin vida de Amleto entre las garras.