54. Romeo
Romeo
Alena lleva en brazos a la más pequeña. No la ha soltado desde que hemos abandonado la Academia. La niña juega con su venda y Alena se ríe. Los críos tiemblan de frío. El viento es incesante y la lluvia, tan abundante que parece niebla en la que perderse.
Mi hermano Lavinio me estrecha la mano.
Me giro para echar un vistazo a la Academia. Está envuelta por una nube negra que desciende desde el cielo hasta la tierra. Los relámpagos caen una y otra vez sobre las paredes y hay tantísimos truenos que parece un largo estruendo infinito.
—Tenemos que encontrar refugio —grito al viento—. Los niños no pueden más.
Selina se gira y hace gestos.
—Dice que casi hemos llegado —traduce Amleto.
El viento nos hace andar con el cuerpo inclinado hacia delante por las estrechas calles de la ciudad. Una sombra se atraviesa en mi camino. Pongo la mano en la empuñadura, pero solo es un perro.
Cuando pasamos por Ponte Pietra y veo el terraplén, me da la impresión de que todavía está manchado por la sangre del Valfiero.
No es así, desde luego, pero yo la veo, y a esa sangre se ha añadido la de mi padre, la de mi madre, la de toda mi casa.
Y habría asimismo sangre de estos niños (o su polvo) si no hubiésemos sido lo suficientemente insensatos para hacerlos huir.
O sabios. Oigo un gimoteo a nuestra espalda.
El perro nos está siguiendo. Aparte de nosotros, es el único que merodea por Verona.
Tomamos una calle angosta y larga. Al fondo hay una casa alta y estrecha, con los batientes de madera desvencijados. Y un gran portal.
Selina se acerca junto con Agnes, quien toma un anillo y lo desliza por encima de la puerta, que se abre.
No salgo de mi asombro, como los demás. Es una casa impregnada de Pertenencia. Una casa que no es ninguno de nuestros palacios.
Entramos.
En el interior todo es muy austero, pero está seco. Hay una gran chimenea con leña dentro. Folco se acerca, alarga una mano y los troncos prenden fuego. Los niños aplauden felices.
Alena toma a Folco por los hombros y le da la vuelta. Su único ojo arde como la leña en llamas.
—No puedes usar la Pertenencia. ¿Te lo metes en la cabeza? Especialmente aquí. Habrás quemado al menos un lateluna con esta fanfarronada tuya.
Él la rodea por la cintura.
—Si intentas besarme, te muerdo. —Él la besa y ella no lo muerde, obviamente. Los niños se ríen.
Julieta está aparte con Puck. Se está despidiendo. Debemos irnos. Todos lo sabemos. Y todos estamos preocupados.
—¿Qué les ocurrirá a los niños? Veinte niños solos en Verona…
Cuando la Academia descubra que se han escapado, lo más seguro es que venga en su busca.
—Mercucio camina adelante y atrás tratando de encontrar una solución.
Selina le pone una mano en el hombro. Entonces se gira hacia Amleto y se pone a gesticular.
—Despacio. Más despacio. Así no lo entiendo —dice, nervioso. Todos lo estamos. Selina ralentiza.
—Esta noche… nos quedamos aquí. En la casa… Mañana… mañana se los lleva. Dice que se quedará ella con los niños. Que no regresa a la Academia.
—Muy bien. Así, después del huracán del Enemigo tendremos el huracán de Terencio.
—Alena gruñe hacia nosotros como si fuera una Selfiera, pero cuando se gira para mirar a la niña se vuelve mansa.
Está sentada en el suelo y juega con ella.
Dice palabritas sin sentido mientras le hace cosquillas.
Folco la mira, más enamorado que nunca. No sé por qué, pero me huelo problemas por todas partes.
Agnes y Selina están hablando con sus misteriosos gestos. Parece que estén discutiendo, pues sus movimientos son frenéticos.
—¿Qué dicen? —pregunta Mercucio, comprobando por la ventana que no esté llegando nadie. Ojalá la lluvia permitiera ver algo…
—Imposible de entender. Van demasiado rápido. —Amleto continúa observándolas, tratando de descifrar sus gestos—. Creo que están discutiendo sobre quién debe quedarse y quién debe regresar.
Poco después se detienen. Agnes se gira hacia Amleto y gesticula.
—Selina regresa con nosotros. Agnes se va —traduce él.
—¿Podrás ocuparte de todos ellos? —pregunto.
Ella me da dos o tres golpecitos con la mano en la cabeza.
—Está bien. Soy testarudo y no entiendo nada. Pero tú tienes a mi hermano.
Ella abre la mano, cierra el puño y luego lo vuelve a abrir y coloca las manos para rezar.
—¿Qué ha dicho, Amleto? —pregunto.
—No lo sé. Nunca había visto este signo.
Agnes lo hace de nuevo. Luego me señala.
—No lo entiendo —le digo.
Entonces ella abre el bozal y después le da la vuelta. En su interior hay un rombo idéntico al que me había ofrecido la Alta Maestra de los Trasladores.
—No es posible. ¿Eres una Encantilante?
—¿Qué diantre es un Encantilante? —pregunta Alena.
Julieta me ha oído y se me acerca.
—¿Estás seguro? —pregunta.
—¿Por qué ella lo sabe y yo no? —Mercucio juega a hacerse el ofendido.
Ni Julieta ni yo respondemos. Agnes hace aún algunos gestos y Amleto traduce.
—Dice… casi. No es un Encanticosa… exactamente…
Pero que los niños están a salvo con ella.
Y también dice… que debemos… quitarnos de…
—Resopla—. Que debemos partir. —Agnes sigue moviendo las manos—.
Dice que… que… Despacio, maldita sea. Dice que Selina sabe cómo…
—Se da la vuelta, socarrón—. Que sabe cómo llegar a la celda de Terencio.
Alena se alza de un salto.
—¿Cómo?
Nosotros escuchamos. O, mejor dicho, Amleto la escucha y traduce.
El plan es sin lugar a dudas disparatado, y por eso nosotros lo llevaremos a cabo.
Detrás de la Aldea, hay un pasaje que conduce a la prisión.
Lo custodia un solo Ensiferio. Nadie lo conoce; lo usan para encarcelar cuando no quieren que se sepa.
Dice que por allí suelen llevar a los que tienen la Enfermedad.
Con la Catástrofe a punto de llegar, estarán todos luchando. Podemos alcanzarlo fácilmente.
—¿Y una vez liberado qué hacemos? —Amleto es el único pragmático.
—Por lo pronto, lo sacamos del calabozo. Luego vemos —digo.
—Me encantan los planes sorpresa —dice Alena—. Al buen tuntún, en pocas palabras.
Es hora de partir. Para mí es el momento de las despedidas. Una más. ¿Cuántas veces tendré aún que decir adiós a lo largo de mi vida?
Me agacho delante de Lavinio. Él me abraza. Así, a vuelapluma. Me estrecha fuerte.
—Tienes que ser valiente —le digo, mientras yo en este momento no lo soy y solo quisiera llorar.
—¿No puedes quedarte con nosotros? —me pregunta—. Me caes bien.
Trago un grumo de dolor que se me queda pegado al pecho y creo que no se irá nunca.
—Tengo que ir a rescatar a un amigo mío.
—¿Nos volveremos a ver? —me pregunta con el labio temblándole un poco.
—Por supuesto —miento. ¡Cuántas mentiras le he contado a mi hermano! Me levanto. Si no lo hago ahora ya no seré capaz de irme.
Me detiene.
—Espera. ¿Cómo te llamas?
—Romeo. —Y mientras lo digo la pesadumbre me derrumba.
Él se toca el pecho.
—Lo llevaré aquí. ¿Sabes que aquí se guardan los buenos recuerdos?
Mi espalda se agita con un sollozo. Creo que no voy a lograr contenerme. Me giro y mis amigos están todos ahí. Me miran.
—Estoy bien —digo.
—No estás bien para nada. Y va bien así —me dice Alena. Julieta me apoya una mano en la espalda. Noto su caricia.
Selina y Agnes se abrazan. Se tocan el pecho dos veces, como hacía Rufina. Ese gesto me hace sentir en casa. Y me dejo mecer por la melancolía.
Alguien llama a la puerta. Alena se saca un puñal de la chaqueta y se sitúa detrás, a la espera. Mercucio, Folco y Amleto se colocan delante de los niños. Yo desenvaino la espada. El ruido continúa. Alguien raspa. Hago una señal a Alena, que abre la puerta de golpe.
No hay ningún enemigo.
Solo el perro blanco.
Nos ha seguido hasta aquí. No parece agresivo. Gañe, se acerca a Julieta y le lame la mano. Al cabo de poco, mueve la cola alegremente.
—Qué susto me ha dado. —Alena saca fuera el ansia que la atenazaba. Nosotros también nos relajamos. Los niños rodean al perro, con regocijo.
Agnes mueve las manos hacia Amleto.
—¿Qué está diciendo? —pregunta Mercucio.
—Que con este puñal y estas espadas de entrenamiento estaremos muertos en menos que canta un gallo —traduce Amleto.
Agnes abre con el anillo un escondite en el interior de la pared. Dentro están las brillantes espadas de los Extrema Sangre.
—¿Cómo las has…? —pregunta Julieta, pero Agnes se encoge de hombros. No quiere decirlo.
Son espadas relucientes, preciosas. Veo la misma espada que siempre vi colgada del costado de mi abuelo. La cojo; es ligera y muy manejable. Junto a las armas hay otras tantas vainas. Nos las colocamos en la cintura.
—Al salir a la Aldea —traduce Amleto—, Agnes dice que nos encontraremos en el centro de la batalla. Solo con estas mataremos a los Incorpóreos. Y añade: si lográis alcanzarlos. —Un gesto más. Amleto asiente—. Es hora de irnos.
Salimos bajo la lluvia. Antes de cerrar la puerta detrás de nosotros, echo un vistazo a mi hermano sabiendo que es la última vez. Está jugando con el perro. Entonces me mira. Alza el puño y lo agita.
Yo cierro la puerta.
Afuera el viento es impetuoso. Peor que antes. Julieta camina a mi lado y no dice nada.
—Alena, dame el puñal.
Me lo pasa. Me arremango la camisa y me hago siete incisiones declamando el nombre de mis hermanos y de mis hermanas. Esas cicatrices no serán el recuerdo de cuánto no fueron dignos, sino de cuánto los quise.
Nos encontramos de nuevo en las galerías. Andamos en silencio cuesta arriba hasta una escalera excavada en la roca. Selina mueve sus manos a toda prisa.
—Dice que en el centro de la batalla el Tiempo transcurre de otro modo. Gracias a los Arquitiempos —traduce Amleto—. Dice que vayamos con cuidado.
Asentimos con la cabeza. Ella sube, abre la trampilla con el anillo y estamos fuera.