53. Julieta #3
Puck se pone en pie de un salto.
—¡Julieta! —exclama mientras corre a mi encuentro—. ¿Qué está pasando?
—Tenemos que huir —digo—. Vamos afuera.
—¿Afuera? —Puck se queda paralizado. A estas alturas se había resignado a no poder salir, a servir en la Academia durante toda su vida. Casi hay miedo en sus ojos.
—Afuera —repito—. Hay mil aventuras que vivir. Justo como soñabas. Pero debemos darnos prisa.
Puck se gira un momento hacia los demás niños, titubeante.
—¿Y ellos?
—Nos vamos todos —digo. Entonces me dirijo a Selina—. Antes de que lleguen los Ensiferios.
No hace falta decir nada más. Selina se pone a gesticular a tanta velocidad que incluso Amleto tiene dificultades para seguirla, pero los niños se alzan uno tras otro. Ya están bastante acostumbrados a obedecer.
Los que pueden, los mayores, toman en brazos a los pequeños; se mueven como un rebaño ordenado, pero no logran contener su asombro cuando cruzamos el umbral para salir de la gruta.
Algunos de ellos no recuerdan nada del mundo exterior.
Recorremos el pasillo. Nosotros vamos a la cabeza, Puck anda justo detrás de mí y Selina cierra la procesión. Aguzamos el oído. Estamos a punto de tomar la escalera cuando oímos los pasos pesados de los Ensiferios que se acercan; sus voces duras gritan órdenes.
Estamos atrapados.
Me llevo la mano a la espada y mis compañeros hacen lo mismo.
Moriremos contra los Ensiferios antes que permitir esta masacre.
Pero Selina da un golpe a la pared con el puño. Me giro hacia ella. Está al lado de una pared desnuda, sobre la que traza un círculo y, en su interior, un rombo. Y la pared se abre.
Nos hace señas para que nos adentremos en el pasaje y espera a que todos hayamos pasado antes de sellar de nuevo la pared.
Descendemos los estrechos peldaños, apretujados.
Romeo toma la mano de Lavinio. Algunos niños empiezan a llorar asustados, pero los demás los tranquilizan.
Puck lo hace de maravilla: se mueve adelante y atrás por la fila, cuenta ocurrencias, bromea, intenta que todos se olviden del miedo.
El pasaje secreto desemboca en una sala de la planta baja. Ahora debemos atravesar los claustros, pero a estas alturas estoy convencida de que Selina conoce otros caminos que nos llevarán lejos de las miradas de los Extrema Sangre.
Pasamos bajo un arco y nos encontramos justo en el claustro al que dan nuestros aposentos. La glicina por la que Romeo y yo trepamos la misma noche, ese balcón que significó tanto para nosotros…
En el balcón hay un movimiento, algo que se oculta a nuestra vista. Colocamos la mano en las armas.
Pero entonces se asoma una cabeza casi rapada por completo, salvo por unas pequeñas trencitas. Agnes, con la mirada preocupada.
Romeo la llama y ella hace señas para que esperemos. Pocos momentos después, se reúne con nosotros.
Selina y ella se abrazan. Ahora que las veo de lado, no cabe duda de que son hermanas. Entonces Agnes se pone a gesticular. Amleto ladea la cabeza y traduce:
—Dice que te buscaba a ti, Romeo. Debes seguirla a un lugar…
Por un momento, pienso en Rosalina. Quizá quiere a su Romeo cerca, en el momento del fin.
—No —dice Romeo—. Ahora no puedo seguirte, Agnes.
La Rápida lo mira; hay un velo de tristeza en sus ojos. Mueve las manos a toda prisa.
—Dice que después podría ser demasiado tarde.
—Me da igual. —Romeo señala a los niños.
Agnes baja la mirada por un batimiento y luego la vuelve alzar, resuelta. Hace un último gesto.
—Dice que entonces vendrá con nosotros.
Seguimos a Selina hasta un claustro con una pila de mármol con la base cuadrada. Tal vez en un tiempo hubo una estatua ahí, pero ahora solo hay un pedestal de ónice sobre el que alguien ha hecho crecer un árbol, cuyas raíces se sumergen directamente en el agua.
Selina empieza a trazar signos a lo largo del borde de la base, hasta que la piedra se pone a temblar y la pila se divide en dos mientras el árbol se desploma y el agua cae fragorosamente sobre una escalera que desciende en profundidad en la tierra.
Fuera de la Academia, el enésimo trueno hace temblar el mundo.
—No nos queda otra, ¿verdad? —pregunta Alena.
—¿Te da miedo la oscuridad? —dice Amleto.
—Oye, Selvalancha, la mitad de mi mundo es oscuridad.
—Sabía que responderías así —sonríe Folco.
Descendemos por las escaleras y nos adentramos en una galería excavada en la roca. La tierra tiembla a nuestro alrededor, los truenos se atenúan, pero no por ello resultan menos espantosos. Por debajo de nosotros, me parece oír la corriente de un río subterráneo.
Caminamos durante esimios que parecen cadencias, y nuestros ojos se acostumbran a la oscuridad interrumpida por algún musgo luminiscente. Hay esferas fijadas a las paredes, pero hace centurios que nadie las impregna de Pertenencia.
Y entonces, con un gesto, Selina abre de par en par la última pared de roca frente a nosotros, y nos encontramos en el exterior.
La lluvia cae fragorosamente, el viento arranca ramas de los árboles y los relámpagos desgarran la noche.
Alzo la mirada. Detrás de nosotros, las paredes de la Academia.
Lo hemos logrado. Estamos fuera.