53. Julieta #2
—No estamos instruidos para esto. No lo suficiente —gruñe Amleto.
Mi tía está envejeciendo frente a mí: su pelo empieza a volverse gris, las arrugas surcan su rostro. Tiene los ojos cerrados y los labios apretados, curvados solo por una mueca de dolor.
Sin ella, nadie podría enfrentarse a los Incorpóreos. Nadie podría verlos. Sería una matanza.
—¡Julieta! —grita Baltasar—. Debemos irnos.
—¡No puedo abandonarla!
Folco me coge a fuerza de brazos y se me lleva de allí mientras las lágrimas me resbalan mejilla abajo, amenazando con transformarse en hielo mientras la temperatura a nuestro alrededor se desploma de improviso.
Y esto me despierta.
—¡Contrólate, Folco, por favor! ¡No puedo perderte a ti también!
Él me deja con un gruñido. Alena está unos pasos más adelante, nos espera. Mercucio y Baltasar no andan lejos. Amleto se ha encaramado a lo alto de una columna rota, aferrado como una gárgola. ¿Dónde está Romeo?
Maldita sea.
Lo veo cerca del edificio en ruinas. Está ayudando a Próspero y quiere liberar a Calíbano. Me precipito hacia él mientras Folco trata de agarrarme de nuevo.
—¡Julieta! —me grita, antes de correr tras de mí.
Alcanzo a Romeo, tengo la vista nublada por las lágrimas y la lluvia, pero me coloco a su lado; la bestia se agita, pero uso solo su fuerza y, juntas, logramos alzar el pedrusco. La pierna de Calíbano está machacada, es un pedazo de carne y huesos rotos.
—¡Trasladores! —grita Romeo, pero nadie lo oye. Logramos arrastrar al Iniciado contra un muro bajo, y a cada movimiento le sigue un grito suyo de dolor.
—Gracias —murmura Próspero—. Ya me quedo yo con él.
—¡Tenemos que resistir! —grita el Alto Maestro Valfiero. Lo veo luchar contra un Incorpóreo. La velocidad de la criatura es increíble, me cuesta seguir sus ataques. Valfiero es un Extrema Sangre, los mejores combatientes de Edén. Y sin embargo se encuentra en apuros.
—¿Dónde están los Arquitiempos? —grita el Alto Maestro Bonifacio, que a duras penas se sostiene sobre sus piernas—. ¡Hay que ralentizar el paso de los batimientos!
Pero los Ensiferios no son suficientes, su Pertenencia se está consumiendo velozmente a pesar de que nos encontramos en la Academia, y los Extrema Sangre todavía no han llegado de Verona.
Alrededor de la torre, con el ruido de un relámpago que despedaza un árbol, otros Incorpóreos se manifiestan en el mundo, rayos de luz negra arrojados por el Enemigo como flechas sobre su presa.
Diez relámpagos negros atraviesan las nubes, que se arremolinan alrededor de la cima de la torre, diez Incorpóreos que se unen a la batalla.
A continuación diez más, luego veinte, y en pocos batimientos ya no soy capaz de contarlos.
Pelotones de Ensiferios avanzan hombro contra hombro hacia ellos, sostienen las largas hojas junto a su rostro.
Atacan como si fueran una única entidad, se mueven con la coordinación de centurios de batallas.
Intentan contener el asalto, acorralar a los Incorpóreos alrededor de la torre.
Los Graves se elevan en el aire para volver a caer pesadamente, y su impacto compite con los temblores que recorren la tierra mientras abaten sus espadas sobre sus enemigos.
Los Trasladores ven aparecer nuevas heridas en sus propios cuerpos, que los martirizan entre un mar de gritos, mientras intentan curar a los Ensiferios.
Los Arquitiempos y los Leviantes arrojan bloques de piedra repentinamente afilada contra esos destructores del mundo.
Y sin embargo no es suficiente. Y sin embargo todos, más tarde o más temprano, caen, y los Incorpóreos continúan su danza de la muerte sobre los cadáveres y los Ensiferios no son suficientes y luchan y hacen cantar sus Pertenencias hasta que se vacían y se convierten en polvo.
—Necesitamos todo el Tiempo posible —grita Valfiero tras esquivar un golpe. Por un instante, se gira hacia un grupo de Ensiferios—.¡Todo! ¡El! ¡Tiempo! ¡Posible! —recalca—. Traed a los niños.
Se me hiela la sangre. Basta que Romeo y yo crucemos una mirada.
—Lavinio —murmura.
Echamos a correr, adelantamos a Folco y a Baltasar, a Mercucio, a Amleto y a Alena.
—¿Adónde vais? —nos grita ella.
—¡Debemos salvarlos! —le respondo a voz en cuello—. Niños. Rápidos. En la Academia.
—¿Una misión de rescate? Qué condenada novedad, ¿dónde tengo que firmar?
Corremos hacia una de las verjas de la Aldea y nos abrimos paso a empujones entre los demás Iniciados que quieren ponerse a salvo. Pierdo de vista a Baltasar, que se ha quedado atascado entre la muchedumbre, pero los demás están aquí con nosotros. Nuestros compañeros.
Superada la muralla, empezamos a trepar por la cresta de la colina.
Los pies nos resbalan con el barro, la lluvia nos hiere los ojos y el hielo nos cae encima como proyectiles catapultados.
Nos confundimos entre los Iniciados que solo quieren llegar a los claustros.
Un mar de hombros y piernas que se mezclan con la lluvia, gritos de dolor y de miedo.
Una sacudida subterránea me hace perder el equilibrio, pero no dejo de correr. No quiero mirar atrás. No quiero ver la devastación de la Aldea. No quiero descubrir que mi tía se ha convertido en polvo.
Pero es Romeo el que se detiene.
La Tropa de Paris está allí, no muy lejos de nosotros, y la mirada de Romeo es toda para Lisandra. Veo en sus ojos el deseo de asesinarla, de aplastarle la cabeza contra el barro y borrarle de la cara esa sonrisa demente de una vez por todas.
Y ella nos ve a nosotros. Se detiene. Alarga los brazos en un gesto de invitación que desata todo el odio que albergo en mi interior.
—Entonces, Montesco —grita por encima de los truenos—, mamá y papá ofrecieron un buen espectáculo ayer, ¿eh? Lástima que durara tan poco.
Romeo aprieta los puños.
—¿No quieres venir a decirme nada de nada? Y yo que creía que te importaba —continúa Lisandra—. Así me ofendes.
Él está a punto de saltar, sus músculos en tensión. La Catástrofe, los Incorpóreos…, todo ha dejado de tener importancia. Ahora solo hay venganza.
—Romeo —le susurro mientras lo tomo por el brazo—. ¡Están yendo a por Lavinio!
Aprieta los labios y cierra los ojos con fuerza. Él también sabe que ahora no tenemos tiempo para esto.
—Vámonos —digo—. Por favor.
Él agacha la cabeza.
—Vámonos —repite, y retoma la marcha.
—No eres más que un cobarde, Romeo Montesco —le grita Lisandra—. Escucha lo que te dice tu puta, ¡huye!
Romeo se escabulle de mi sujeción y se vuelve a girar hacia ella. Entreveo el resplandor bajo su bufanda, y él profiere un alarido.
No parece ni siquiera su voz. Es un grito largo, desgarrado, sus cuerdas vocales rascan. Encierra su dolor y su rabia, su vergüenza y su sentimiento de culpa.
Y Lisandra pone unos ojos como platos, se queda muda y abre la boca en una expresión de terror. Luego se desploma en el suelo, llora en el barro y se lamenta y gañe como un animal herido. Y allí yace, con el cuerpo aún estremeciéndose.
—Basta, Romeo. —Lo cojo de la mano y me coloco delante de él. Tiene los ojos más hundidos y su frente muestra una nueva arruga—. ¡Basta!
Romeo abre los párpados de par en par y sus ojos encuentran los míos.
Cuando entramos en la Academia, reina el caos. Por todos lados, los Rápidos se apresuran hacia la dirección opuesta a la nuestra, hacia la Aldea, dispuestos a sacrificarse, y los pasillos están inundados de Iniciados que, en cambio, buscan refugio en los claustros.
Nuestros compañeros se encuentran al inicio de un pasillo. Folco da empujones para hacerse sitio y dejarse ver, aunque lo primero que distingo es la melena rubia de Mercucio. Se la señalo a Romeo y los alcanzamos.
—¿Dónde estabais? —pregunta Alena.
—Nos estábamos encargando de una cabrona.
—Bien —asiente—. ¿Y ahora a dónde vamos?
Los guío hasta la puerta cerrada mientras voy echando vistazos atrás con el temor de ver a un pelotón de Ensiferios siguiéndonos la pista. Pero la batalla en la Aldea debe de ser demasiado cruenta; espero que los hayan retenido.
Ascendemos, peldaño a peldaño, hasta la cuarta planta. Incluso aquí, en el corazón de la Academia, ahora se notan los temblores. La Catástrofe arremete con toda su fuerza, y las antiguas paredes vibran con cada trueno.
Frente a la pared de roca, me giro hacia Romeo.
—El anillo.
Romeo toma el anillo de Netria y traza el círculo sobre la piedra.
—¿Pero cuántos secretos guardáis, vosotros dos? —pregunta Mercucio.
La pared se abre y descubrimos que no hemos sido los primeros en llegar.
Están todos reunidos en el centro de la gruta, sentados, arrodillados frente a su estatua de la Lectora. Asustados.
En medio de ellos, con un niño en brazos que no debe de tener más de dos años, está Selina. Lo mece. Con los labios cerrados, emite un sonido continuo, ritmado.
Está intentando tranquilizarlos.
Cuando oye que la puerta secreta se abre, un niño se pone en pie de un salto y nos señala.
Entonces Selina se vuelve hacia nosotros con una mirada aterrorizada, pero, apenas nos reconoce, se relaja.
Aunque su mirada vaga detrás de nosotros.
Supongo que busca a Terencio, pero a él se lo llevaron los Ensiferios. Está encadenado en las mazmorras.
Amleto gruñe.
—Pero si son…
—Niños —digo—. Futuros Rápidos servidores de la Academia.
—Enormes reservas de Tiempo —comprende Folco—. Cada uno de ellos tiene toda una vida por delante.
—Es por eso por lo que los quieren —termina Alena.
Las palabras le salen susurradas, temerosas.
Jamás la había oído así. Ladea la cabeza mientras toma en brazos a una niña que se le ha acercado, señalando su venda con el dedito, y una sonrisa se esboza tímida, solo por un batimiento, pero suficiente para que Folco se percate, y ella lo advierta y se ruborice—.
No —dice, ahora con su tono de siempre que no admite réplicas—, ni lo sueñes.
—Nunca se sabe —comenta mi primo.
Alena resopla un poco demasiado fuerte, pero no responde.
Romeo observa a los niños uno por uno, buscando a Lavinio. Está allí, sentado cerca de Puck, con las rodillas contra el pecho.