53. Julieta
Julieta
—¿Qué? —exclama Alberico Valfiero, antes de cruzar una mirada con Bonifacio, que niega con la cabeza.
—Una Disonancia —repite esta vez el Decano.
—¿Y eso qué significa? —pregunta el Alto Maestro.
—El fin de toda cosa —murmura la Lectora, mientras la luz de los relámpagos desgarra las sombras y los truenos se suceden uno tras otro sin tregua.
¿Qué hemos hecho?
Miro a mi alrededor. Mis amigos están conmigo, sus Marcas todavía brillan por haber probado la Pertenencia, pero toda nuestra felicidad se ha desvanecido.
—Romeo… —susurro. Pero él está mirando al Decano, que escruta el abismo sin temor, y a la Lectora, inmóvil, con una sonrisa estática en el rostro.
La torre es la Lectora. Las palabras de Marina Codalunga, quien más que nadie comprendió lo que estaba ocurriendo aquí.
—Sea lo que sea, debemos sellarla —grita Bonifacio. Ahora tiene mechones blancos en el pelo, el precio por habernos salvado—. Antes de que sea demasiado tarde.
Busco la mitad de la esfera en el bolsillo, y por poco se me resbala de las manos. Me pongo a rotar furiosamente los anillos, pero no sucede nada. La torre no se cierra, los anillos de la Aldea permanecen inmóviles.
—Ya es demasiado tarde —dice Lorenzo, girándose hacia él—. Ahora solo podemos esperar que la Catástrofe no nos aniquile a todos.
La Catástrofe.
Al fin, Lorenzo parece percatarse de nuestra presencia. Ladea la cabeza y nos mira uno a uno, como si pudiera tomarse el tiempo de hacerlo. Su mirada se detiene sobre Romeo y sobre mí.
—¿Habéis sido vosotros? —pregunta. Nos observa, con el ceño fruncido.
—No queríamos —responde Baltasar.
—A estas alturas, poco importa si lo queríais o no, Aguaviva —dice el Decano—. Dentro de poco las fuerzas del Enemigo estarán aquí.
—Aquí no sois más que un estorbo ahora —nos gruñe el Alto Maestro Valfiero—. Si sobrevivís a esta noche, ya hablaremos de lo que os sucederá. Ahora id.
—Por la diosa —dice Mercucio apenas salimos de la torre.
La lluvia azota la Aldea. Sobre nosotros, unas nubes oscuras se arremolinan incesantemente alrededor de la torre.
El viento nos fustiga y todo está inundado por la luz azulada de los relámpagos.
Romeo se aparta justo antes de que un bloque de hielo del tamaño de un puño le golpee la cabeza.
Es solo el primero, porque enseguida se pone a granizar.
Nos protegemos con los brazos mientras corremos a través de la plaza, en dirección a las ruinas.
No estamos solos.
El Coro ya está aquí, los Altos Maestros acuden seguidos por los Ensiferios y las calles se llenan de Iniciados y Rápidos buscando refugio.
Relámpagos, agua y hielo nos caen encima, mientras que debajo de nosotros la tierra tiembla.
Al reactivar los Movimientos, hemos atraído aquí a todo el mundo, movido por la curiosidad, a una trampa mortal.
Y ahora decenas de Iniciados chillan e intentan ponerse a salvo, pero tenemos encima a la Catástrofe.
Vislumbro los uniformes color zafiro de la Tropa de Paris, y luego otros de color violeta amatista y verde esmeralda.
Como si estos uniformes pudieran hacer algo contra la furia del Enemigo.
—¡Tenemos que hacer algo! —grita Romeo.
—La esfera ya no funciona. No puedo cerrar la torre —le respondo, pero mi voz se pierde en el viento.
El mismo viento que arranca un fragmento de techo de una casa en ruinas y lo despide volando hacia nosotros. Nos va a aplastar a todos.
Y en cambio se desploma en el suelo de golpe, con un gran estrépito, un batimiento antes de alcanzarnos. Por el rabillo del ojo vislumbro a un Ensiferio, con el triángulo de los Esenciales brillándole en el cuello.
Es un Grave, ha aumentado la masa del techo. Un momento después, el Ensiferio agarra a un Rápido que intentaba huir de la Aldea. Le arranca el bozal y se lo lleva al rostro. La piel del Rápido se contrae y se entumece, mientras el Ensiferio succiona toda su vida.
Romeo hace ademán de salir disparado, pero ya es demasiado tarde. El Ensiferio deja caer la cáscara vacía, que el viento barre enseguida, y se reúne con su pelotón. Lo sigo con la mirada y veo que entran en la torre.
Dos miembros del Coro, deben de ser Arquitiempos, intentan en balde sellar la grieta que se ha abierto.
El Tiempo sale de ellos a raudales como agua de una cascada, pero no logran nada.
Uno de los dos se desploma; a estas alturas ha envejecido centurios y la grasa ha abandonado su cuerpo, dejando solo pliegues de piel que se retiran cada vez más sobre los huesos antes de que todo, de que él, se transforme en polvo.
La otra, increíblemente escuálida, se aparta antes de que la aplaste un pedrusco negro que debe de haberse desprendido de la cima de la torre.
—¿Qué hacemos? —grita Baltasar.
—No lo sé —responde Folco. Está inmóvil, se lleva la mano a la Marca. Amleto lo mira de reojo y entorna los ojos.
El pelotón de los Ensiferios abandona la torre.
Rodean a la Lectora, sus Marcas brillan de Pertenencia.
Diez de ellos frenan el viento y alejan los detritus, mientras el undécimo camina con los brazos alargados y la cabeza alzada hacia el cielo; su Pertenencia brilla mientras sus compañeros lo acarician.
Eternante. Está ofreciendo el Tiempo que lleva en su interior a los demás Ensiferios.
—¡Escoltad a la Lectora a un lugar seguro!
—grita Lorenzo, saliendo de la torre, seguido por los Altos Maestros Alberico y Bonifacio.
Alrededor de ellos el viento sopla con menos violencia y los bloques de hielo se desvían, pero a estas alturas Valfiero está exhausto; lo veo incluso desde aquí.
Su pelo se ha vuelto gris y sus ojos, acuosos.
La Lectora ríe sin cesar mientras los Ensiferios se la llevan hacia la verja de la Academia, sin ningún reparo en derribar cualquier obstáculo que se interponga en su camino —tanto da que sean Rápidos o detritus—, y su risa es terrible, como el canto de un ruiseñor tras un incendio.
—Rosalina tenía razón… —susurra Romeo.
Alena toma a Folco del brazo y lo arrastra hacia nosotros.
Solo los centurios de Pertenencia de los Arquitiempos impiden que la Aldea colapse y nos engulla a todos al subsuelo.
Y no estoy segura de que vaya a resistir mucho más.
El aire está infestado de truenos, de gritos de los Iniciados, de reniegos de los Ensiferios y de la furia de las inclemencias, pero, atenuada, a lo lejos, logro oír una campana.
Suena sin cesar, como un lamento fúnebre.
Llama a los Extrema Sangre a defender la Academia.
Entreveo la Tropa de Próspero. Calíbano tiene una pierna atrapada bajo un pedrusco y su Capitán está tratando de liberarlo. Por otro lado, una Iniciada con el pelo cortísimo llora junto al cuerpo sin vida de un muchacho.
Si existe un infierno, debe de ser así.
Entonces dos manos me aferran por los hombros.
—¿Qué haces aquí? —me grita Netria a la cara.
—La Lectora… —murmuro.
Ella ladea la cabeza.
—¿La Lectora?
Un árbol transportado por el viento se abate sobre la torre de los Trasladores; las trepadoras se estrechan alrededor de la copa mientras la cima de la torre colapsa formando una lluvia de piedras. Más gritos. Ningún lugar es seguro.
—Iniciados —grita Netria—, ¡la Catástrofe se avecina! Esta no es vuestra batalla: ¡refugiaos en el edificio!
Entonces alza la mirada, hacia la Torre central. Por primera vez en mi vida, veo temor en los ojos de mi tía.
Un trueno retumba tan fuerte que parece que el mundo mismo vaya a lacerarse de un momento a otro, partirse en dos y romperse para siempre jamás. En mi interior, la bestia lanza un rugido.
Después del trueno, llega la luz. Una columna de luz negra que atraviesa las nubes y se vierte sobre la torre y luego se desvanece de inmediato, y por un batimiento solo hay silencio y me pregunto si no estamos todos muertos. Aniquilados por el Enemigo en el Tiempo de una exhalación.
Pero entonces mi tía grita de nuevo.
—¡Incorpóreos! —Su Marca brilla mientras se las arregla para que su voz resuene en todos los rincones de la Aldea—. ¡Iniciados, poneos a salvo!
Alza los brazos, y ahora la luz que emana su cuello es deslumbradora. Une pulgares e índices en ese gesto que la he visto hacer en numerosas ocasiones.
Y los vuelve visibles.
Están alrededor de la torre. Algunos llevan puestas armaduras de llamacero y otros solo uniformes como los nuestros, y sostienen espadas y las blanden contra los Ensiferios y masacran a los Iniciados que no logran huir.
Sus hojas se mueven velocísimas y penetran los uniformes como si fueran de papel.
Solo el llamacero desvía sus armas. Parecen iguales a nosotros, sus rostros podrían ser los de hermanos y hermanas de tiempos perdidos, otros podrían ser de honrados padres y madres.
Algunos de ellos son guapísimos, con su larga melena revoloteando al viento, y se ríen como niños bailando alrededor del fuego.
Otros luchan con los modales propios de una ceremonia.
Parecen iguales a nosotros, pero no lo son.
Y no es por el aura de luz negra que envuelve sus cuerpos y sigue sus movimientos con un batimiento de retraso, como la estela de una nave o una niebla nocturna.
No es por el alarido espantoso que profieren al atacar, ni por el todavía más espantoso que sale de sus bocas al matarlos, si «matarlos» es el término correcto, porque cuando les dan en el corazón, y solo en el corazón, entonces se apagan como la última llama, y un veloz movimiento los empuja hacia arriba como si jamás hubiesen existido, y de ellos solo queda una sombra oscura, que se disuelve de inmediato.
No es porque su belleza se asemeja a la fina pátina de cera extendida sobre un cadáver.
No.
Es por sus ojos.
El odio que los llena no tiene parangón. El de Eleonora Valfiero hacia los Montesco o el de Lisandra hacia Romeo no son nada en comparación.
Son ojos que quisieran verlo todo reducido a polvo.
Ahora lo entiendo: ellos son la Catástrofe, el ejército infinito que destriparía el mundo.
Y ahora están aquí.