Romeo y Julieta Untold: La última congregación 52. Julieta #2
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52. Julieta #2

Una herida lo recorre, de abajo arriba, como si un rayo hubiese remontado desde los abismos de la tierra para revelar una abertura excavada no con la maestría de los Arquitiempos, sino con la rabia de las eras pasadas.

Los Fundamentos están muy cerca, y sin embargo permanecemos inmóviles, ninguno de nosotros tiene el valor de poner el pie en la base de la plaza. Todos sabemos lo que sucedería.

—No hay nada —se dice Romeo a sí mismo—. Ya no hay nada. Ningún dolor, ni rabia. La marea se ha retirado. —Y entonces se precipita hacia la entrada de la torre y no le ocurre nada y nosotros lo seguimos adentro, mientras en el cielo se va formando una tormenta.

En el interior, la torre se alza ligeramente oblicua, altísima, como si no solo quisiera arañar la tierra, sino también las nubes.

Las paredes están ocupadas por estatuas que parecen querer huir de la piedra.

Edenitas con expresiones colmadas de dolor, o de rabia, o de alegría.

Las emociones se confunden en sus rostros; la única constante es el exceso: todas las muecas, todas las risas, todas las lágrimas labradas en la piedra, son extremas, como las representaciones de un actor que necesita hacerse comprender también por quien está demasiado lejos del escenario para distinguir los detalles.

Pero estas estatuas no son vulgares ni caricaturescas.

Son hermosísimas y parecen infinitas. No hay un palmo de pared que no albergue a una estatua, desde la entrada hasta la cima, perdida en la oscuridad de la torre.

Y todas, al mismo tiempo, parecen amenazadoras, porque la luz las ilumina desde abajo, por medio de esferas aeterianas que recorren toda la pared de la planta baja, como antorchas inmortales.

No deberían despedir suficiente luz como para iluminar todas las estatuas, y sin embargo es así.

Al observar estas caras deformadas y estos rostros extasiados, no puedo evitar pensar en el abismo infinito que cruzamos en el subsuelo, con todos esos cuerpos perfectamente conservados, y me pregunto si esta torre imita ese abismo o si es al contrario.

Quedan vestigios de una escalera que asciende hacia lo alto, pero nada más que algunos salientes de piedra negra que sobresalen hacia el interior, e incluso saltando no se podría subir más que una pértiga. Pero tanto da: no es arriba adonde debemos ir.

Alcanzo a Romeo, que se ha detenido un paso por delante de mí, al borde de una fosa circular casi tan amplia como la torre.

Ahí están, debajo de nosotros. La luz que ilumina las estatuas proviene de las hifas de los Fundamentos.

No es como en el subsuelo; aquí las hifas remontan hacia arriba, como corales blandos que ondean con la corriente marina.

Solo que estos laten con una Pertenencia que no creía posible.

Resplandecen todas juntas, mezclando los colores de las Pertenencias e iluminando el rostro de Romeo ahora de oro, ahora de plata, ahora de luz negra o verde, como el sueño de un loco.

E iluminan minúsculos entrantes en la roca, donde tal vez en un tiempo hubo encajados peldaños de madera. Ahora no son más que hendiduras.

—Debemos descender.

—¿No echabas de menos estar bajo tierra? —Romeo esboza una media sonrisa.

—A lo mejor deberíamos habernos quedado allí.

Él asiente con la cabeza, despacio.

—Vamos —digo. Y me dejo caer.

Me agarro a uno de los entrantes. Están suficientemente cerca uno de otro para que pueda moverme sin correr demasiados riesgos, y parecen sólidos. Un batimiento después, Romeo está a mi lado, colgando de la pared.

A medida que desciendo, alargando los brazos para aferrarme al siguiente hoyo, libero espacio tras de mí, y nuestros compañeros nos van siguiendo.

Procedemos hacia abajo, como una procesión de arañas.

—¡No toquéis las hifas! —grito a mi espalda, cuando uno de los filamentos me pasa demasiado cerca y siento pulsar la Pertenencia de los Graves mientras mi cuerpo de repente se hace más pesado y Romeo me sostiene.

Descendemos pértigas y pértigas, y cuanto más descendemos, más brilla la roca negra en la que nos apoyamos, hasta que coloco el pie en la base en la que resplandecen los Fundamentos. Detrás de mí, oigo llegar a mis compañeros.

Debemos de haber descendido a más profundidad todavía que la gruta bajo la Aldea, en el interior del cilindro negro que la dominaba, y sin embargo no parece que estemos ni siquiera a la mitad de la profundidad de la torre.

Pero los Fundamentos están frente a nosotros. Alrededor del abismo que continúa hacia abajo, son las catorce esferas dispuestas en círculo, impregnadas de Pertenencia.

—Lo hemos logrado —susurro—. ¡Lo hemos logrado!

Me giro hacia mis amigos y me quedo boquiabierta.

Romeo. Mercucio. Folco. Baltasar. Alena. Amleto.

Sus Marcas brillan como jamás he visto brillar nada más. Es como observar el mundo a través de un prisma que descompone la luz, mientras un espejo la refleja hasta el infinito y muestra todo el poder encerrado en su Pertenencia.

Por un batimiento, es como si frente a mí los viera ya Extrema Sangre, impregnados de Pertenencia y capaces de obrar cualquier prodigio.

Baltasar se ríe, con el pelo alborotado por un viento que se agita solo en torno a él.

Alrededor de Mercucio, la luz baila y parece viva, lo rodea y lo protege de cualquier sombra.

Por un instante, Amleto salta, más alto de lo que jamás podría hacer ninguno de nosotros, el peso de su cuerpo reducido al de una pluma.

Y lo recorre un escalofrío apenas aterriza al lado de Folco.

—¡Cuidado, Ardefrío! —le gruñe, pero se ríe.

A los pies de Folco, de hecho, se han creado minúsculos cristales de hielo que enseguida se derriten cuando Alena se le acerca, con su Marca de Ardefría brillando y haciendo resaltar las gotitas de sudor que aparecen en la frente de Folco.

Romeo y yo nos miramos. Noto en mi cuello el ardor de mil agujas incandescentes y mi Marca de Arquitiempo resplandece, pero advierto que, bajo la ilusión de Netria, la piel está cambiando, y otras Marcas están apareciendo.

Aprieto los labios; todos están demasiado felices para que yo arruine su alegría con mis tribulaciones.

Nadie parece prestar atención al hecho de que nuestras Pertenencias no se están manifestando como las suyas, y a nosotros ya nos va bien.

Romeo se rasca el cuello, bajo la bufanda, y por un batimiento una luz oscura se transparenta a través del tejido. Su Marca también se está despertando.

«Lo hemos logrado», pienso. Hemos conquistado quince Fundamentos: catorce aquí abajo y el de la torre de los Almanarios. Los hemos salvado a todos.

—Tened cuidado —dice Romeo—. Todavía no tenéis el Vínculo, más vale no correr riesgos.

Folco asiente con la cabeza; es el primero en contener su propia Pertenencia y poco a poco los demás también se calman, pero no por ello dejan de sonreír.

—Debemos sacarlos afuera —dice Romeo.

—¿Y cómo quieres que lo hagamos? —bromea Mercucio—. ¿Nos los lanzamos como si fueran pelotas mientras trepamos, y habrá puntos extra para quien consiga no quemarse con las… hifas?

—O ganar peso —digo—. O verse obligado a revolotear. Según cada Pertenencia.

—Maravilloso —dice Mercucio.

—Debe de haber un modo. —Romeo se acerca con circunspección a los Fundamentos, agachándose ligeramente cada vez para evitar tocarlos. Cuando está lo suficientemente cerca, escudriña hacia abajo y se queda petrificado.

—Aquí hay algo más.

Voy con cuidado y lo alcanzo. Debajo de nosotros, en el centro del abismo, hay otra esfera. Pero no puede ser un Fundamento, es más grande.

Es negra. Tan negra que parece absorber toda la luz que la embiste, sin devolver nada.

Y mientras la observo, y casi me parece perderme en su oscuridad, empieza a girar, y gira cada vez a más velocidad, y retumba como si en su interior contuviese mil tormentas.

—¿Qué es? —Me giro hacia Romeo.

—No lo sé, pero no me gusta.

Miro de nuevo. La velocidad ha aumentado todavía más, y parece que la esfera se haya agrandado.

—¿Qué habéis hecho? —grita una voz por encima de nosotros.

Alzo la mirada: en el borde de la planta baja, reconozco la silueta del Alto Maestro Valfiero, a la que, un batimiento después, se une la del Alto Maestro Bonifacio.

—Por la diosa —reniega este último.

A nuestro alrededor, el viento empieza a soplar muy recio, como si ascendiera de las profundidades de la tierra, y un trueno estalla en nuestros oídos. Por un batimiento no oigo nada, solo un silbido.

Me veo arrojada contra la pared. Romeo me coge la mano y busco a los demás mientras el polvo de centurios se alza a nuestro alrededor y la tierra tiembla.

—¡Tenemos que subir! —grito.

Romeo me da un empujón. Empiezo a trepar y él le dice a Alena que me siga, y luego a Baltasar…

Pero otro trueno nos ensordece de nuevo y por poco pierdo el agarre. Las hifas de los Fundamentos se agitan como furiosas cabezas de Hidra. La misma pared de roca vibra y retumba como si fuera a derrumbarse de un momento a otro.

Y cometo el error de volver a mirar abajo.

Esa esfera negra, sea lo que sea, está emergiendo desde el abismo. Rota sobre sí misma, desbocada, y se eleva, lenta pero inexorablemente. Dentro de poco estará al nivel de los Fundamentos.

Jamás lo lograremos.

Pero entonces, de improviso, me siento más ligera, y el viento alrededor de nosotros parece amainar, lo justo para permitirnos trepar más rápidamente.

Retomo el ascenso, alzo la mirada.

El Alto Maestro Bonifacio tiene la frente perlada de sudor y su Marca de Grave resplandece, así como brilla la del Alto Maestro Valfiero. Nos están ayudando. Nos están salvando la vida.

—¿Qué habéis hecho? —repite Alberico Valfiero apenas me encaramo al abismo.

La mirada del Alto Maestro Bonifacio está llena de terror.

—Aquí no había una Asonancia —murmura—. No… qué…

—Una Disonancia —termina una voz fina, etérea y al mismo tiempo fuerte, que he oído una sola vez en mi vida.

La Lectora cruza el umbral de la torre, acompañada de Lorenzo.