52. Julieta
Julieta
—¿Así que esta podría ser la llave? —pregunta Benvolio, irritado.
Estamos todos reunidos en la sala común de nuestros aposentos.
Después de haber esperado a Romeo bajo la glicina y haber entrado con él, y después de haberles hablado a él y a Mercucio de mi hallazgo, nuestro Capitán ha insistido para que lo compartiera con todos nuestros compañeros.
Eso significa que Florencia y Teobaldo también se encuentran aquí, este último con la nariz hinchada por el puñetazo que le he asestado.
Se mantienen aparte, con la vista en el suelo.
Sin embargo, sé que, de alzarlos, sus ojos no me mostrarían más que odio.
En cambio, Benvolio está cerca de la chimenea; dos Iniciados le han hecho sitio para que pudiera acomodarse junto al fuego.
Él no ha reaccionado como Romeo: desde esta mañana, la resignación no lo ha abandonado en ningún momento.
Y luego están Folco y Alena, apoyados en la pared con los hombros rozándose, y Laurela, sentada sola a la mesa.
Ha echado a un Iniciado cuando ha tratado de tomar asiento cerca de ella.
Baltasar, por su parte, tiene la espalda bien recta, al lado de Mercucio.
Nadie se esperaba un acto de valentía como el suyo, en el Teatro Romano.
Por último, Amleto está sentado en el suelo, con la espada en el regazo.
Calienta las muñecas: ya ha decidido que habrá pelea.
Los demás Iniciados que hemos acogido se asoman por los umbrales de las habitaciones o están sentados en los peldaños, amontonados.
Lo que estamos diciendo nos interesa a todos.
El único que falta es Terencio, y su ausencia pesa en todos y cada uno de nosotros.
Los Ensiferios se lo llevaron tras la ejecución de los Montesco y nadie ha tenido noticias suyas.
Según Romeo, debe de estar encerrado en las mazmorras.
Aplastado por la Pertenencia de los Graves, quemado por la de los Ardefríos, en un sufrimiento que lo llevará a la muerte.
—¿Y en qué basas tu hipótesis? —vuelve a preguntar Benvolio.
—En el hecho de que lo vimos en el subsuelo. —Es una de las pocas cosas que les contamos—. Y también me lo hizo comprender la Lectora.
—Ah, Julieta, te lo hizo comprender la Lectora…, entonces todo en orden —comenta, con un tono sarcástico que no es propio de él—. Y dime, visto que eres tan amiga de la Lectora, ¿por qué no le pediste que perdonara la vida a mis padres, eh? Ah, claro, ella es una Capuleto, como tú.
—Benvolio, ya vale —le ordena Romeo. Está a mi lado, con los brazos cruzados.
Desde que hemos vuelto, no se ha quitado la bufanda del uniforme de alrededor del cuello, y lo que sea que le haya dicho a Lavinio ha sustituido su rabia por tesón—.
En la Torre central hay catorce Fundamentos, y debemos tomarlos esta noche.
Por ahora, la Tropa de Paris cuenta con todos los Fundamentos de la Aldea salvo el de la torre de los Almanarios, que está en nuestras manos, pero como somos todos compañeros, es como si no tuviéramos ninguno: lo compartimos todo, y por lo tanto estamos en desventaja.
—Yo ya lo dije, que no acogiéramos a los demás. Ahora somos demasiados —mete baza Florencia.
—Siempre podemos echarte a ti. Habría más silencio —rebate Alena. Le basta dar un paso en dirección a Florencia para hacerla sobresaltar, arrancándole una sonrisa a Folco.
—Lo que estoy diciendo —continúo— es que en el subsuelo vimos la representación de la torre y de la esfera, con la que puedo controlar los Movimientos.
—¿Has dicho catorce Fundamentos? —pregunta Benvolio, ladeando la cabeza.
—Catorce, sí… Debe de ser el último enigma de la Aldea, y si abrimos esa torre estaremos en ventaja. Todos nosotros venceremos: tendremos catorce Fundamentos en lugar de solo uno.
—¿Abrir la torre? —me interrumpe Florencia—. Todas las veces que has hablado de la torre ha acabado mal, Julieta.
—Al menos ella ha hecho algo, en este lateluna —le responde Baltasar.
—Y si nos encuentran y nos arrestan, esta vez nos ajusticiarán: hemos contado las torres; en las reglas no hablaban de la central —dice Benvolio—. Yo no tengo ninguna intención de infringir más reglas. No tengo intención de correr riesgos por una idea.
—Las reglas no son iguales para todos, Benvolio.
¿Nuestra familia ha muerto y tú todavía no lo has entendido?
—le responde Romeo—. El sistema está podrido, de arriba abajo.
Y si la Tropa de Paris pudo ignorar las reglas y salir impune, bien, entonces al diablo con las reglas.
Dijeron que lo importante era el número de Fundamentos, y nosotros tomaremos esos Fundamentos.
Pero si tú no quieres correr riesgos, Benvolio, eres totalmente libre de quedarte aquí.
—Bien —dice su primo—. No tengo intención de embarcarme en una misión suicida.
Mercucio se aclara la voz.
—Benvolio no está del todo equivocado —dice, y tanto Romeo como yo nos giramos para mirarlo—.
Si vamos y fracasamos, moriremos todos y, por más que sea el Capitán de esta enorme Tropa, preferiría evitar la responsabilidad de una hecatombe.
—Se dirige a los Iniciados que acogimos y con quienes compartimos la comida—: No puedo obligaros a esto.
No puedo obligar a nadie: solo vendrá con nosotros quien esté dispuesto a perderlo todo.
A los que permanezcan aquí, pido solo una plegaria para desearnos buena suerte.
Benvolio agacha la cabeza, no tiene el valor de cruzar la mirada con Romeo. Teobaldo no dice nada, escupe en el suelo y se encamina hacia su habitación, seguido por Florencia. Un batimiento después, Laurela los sigue.
—Jamás con un Montesco —espeta. Si fuese por ella, también habrían ajusticiado a Romeo y a Benvolio, y probablemente también a Terencio. Ver negada la completa Depuración de la Sangre y haber sido abandonada por el Malvecio ha hecho que haya vuelto a ser la cabrona de antes.
Entonces Amleto se pone en pie, comprueba la hoja de su espada y la envaina.
—Una manada, del primer al último día —dice.
—Me apunto, puede que sea lo último que haga —lo secunda Folco.
—No veo la hora de descubrir mi Pertenencia —dice Baltasar—. Bueno, tal vez Traslador no…
Todos nos damos la vuelta para mirar a Alena, que se está rascando la piel bajo la venda que le cubre la órbita.
—Y bien —pregunta—, ¿qué hacemos todavía aquí?
Estamos a punto de salir cuando Marina Codalunga se aparta de un grupo de Iniciados y me alcanza. Me mira con esos ojos suyos vacíos, en los que el horror flota justo por debajo de la superficie.
—Quédate aquí, Marina —le digo, y le acaricio la mejilla—. Es demasiado peligroso, no quiero que te ocurra nada más.
Ella sigue mirándome, luego me lanza los brazos al cuello y hunde su rostro en él.
—La torre es la Lectora —murmura—, vi su dolor. —Un susurro tan flojo que solo yo logro oírlo, y no sé lo que significa.
Pero sí sé que esta es nuestra única posibilidad.
Aquí estamos.
Romeo, Mercucio, Folco, Baltasar, Alena, Amleto y yo frente a una de las verjas de la Aldea.
Lo que queda de una compañía de actores ambulantes. Empezamos con la certeza de que moriríamos y estamos a punto de acabar con la misma convicción y una mísera pizca de esperanza encerrada en una esfera.
Miro a Romeo. Él me mira.
—¿Lista?
Asiento con la cabeza y tomo la semiesfera. La mantengo alzada frente a mí.
—¿Qué son estas líneas? —pregunta Baltasar, observando los cuatro círculos y las líneas que los interrumpen.
—Los círculos rotan —explico—. Creo que hay que formar un símbolo.
—¿Un símbolo?
—Por desgracia, hoy todos lo hemos visto: el símbolo del ser más poderoso de todo Edén.
«Era tan claro», pienso, «el destino que nos ha traído hasta aquí. Cada cadencia, cada día, cada lateluna no ha sido más que un fragmento de una imagen mayor. Y solo ahora podemos recomponerla».
Hago rotar el anillo exterior y nos vemos avasallados por el estruendo del primer Movimiento.
—No somos los únicos que lo oímos, ¿verdad? —pregunta Alena.
Entonces giro el segundo anillo, de modo que se forme una línea horizontal con el anillo exterior: una recta que parte un círculo en dos. Siete torres en la Aldea se mueven en el mismo instante, quebrantando el silencio de la noche.
Ahora solo quedan líneas discontinuas, pero al hacer girar el tercer y el cuarto anillo, en el interior del círculo aparecen un cuadrado y un triángulo que comparten el lado inferior. Se ha producido el último Movimiento.
—La Marca de la Lectora —dice Baltasar—. La más sagrada de todas.
—Pero con este… cacharro negro en el centro —comenta Amleto, señalando el eje— parece casi un rombo.
Rememoro la sala con la que Romeo y yo nos tropezamos en el subsuelo, recubierta de este símbolo. «Encantilantes», pienso. «Podría ser su Marca».
Entonces, el viento empieza a arremolinarse a nuestro alrededor y las verjas de la Aldea se abren de par en par, y de la Torre central proviene un chirrido que hiere los oídos y luego un estruendo nos arrolla, así como la pendiente de una antigua montaña que de golpe y porrazo se desmorona formando un valle.
—Debemos irnos —digo.
—Antes de que los demás se den cuenta de lo que hemos hecho —termina Romeo.
Y, juntos, echamos a correr por la Aldea.
Esta vez no hay que evitar derrumbamientos ni barrancos en los que caer. Es como si el mapa originario de esta Aldea hubiese sido restablecido.
Una calle, recta, hasta la Torre central. Corremos como si tuviésemos a Incorpóreos pisándonos los talones, como si nuestra vida dependiera de esta carrera.
Porque es así, todos lo sabemos.
No solo las nuestras, sino las de todos los que hemos dejado en los aposentos y que creen en nosotros.
Pero, llegados a la plaza de la torre, nos detenemos.
Está allí, frente a nosotros. El monolito de piedra negra, hundido en el terreno hasta una profundidad que ni siquiera podemos imaginar, nos aguarda.