Romeo y Julieta Untold: La última congregación 51. Julieta
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51. Julieta

Julieta

Cruzamos la habitación vacía de Terencio. Ningún Iniciado la ha tomado, después de que esta mañana el Malvecio haya sido retenido por los Ensiferios por haberlos agredido. Romeo lanza una mirada al diván intacto.

—No pudiste evitarlo —digo.

—Pues yo creo que sí. Si hubiésemos actuado antes…, si hubiésemos encontrado una manera de probar nuestra inocencia, nada de todo esto habría sucedido.

—Ya verás que se las arreglará. Lorenzo lo sacará de la celda; su crimen no es tan grave.

No como el crimen por el que los Montesco han pagado injustamente. No es necesario decirlo en voz alta, porque la mirada de Romeo se oscurece de nuevo.

—Ven conmigo —digo—. Lorenzo ha dicho que mañana se reemprenden los entrenamientos y no sabemos qué ocurrirá, Romeo. Paris tiene todos los Fundamentos salvo uno y Lisandra espera enfrentarse a ti. Si no vamos esta noche, podrías arrepentirte toda tu vida.

Descendemos por el balcón hasta llegar al claustro, y desde ahí nos sumergimos en los pasillos del edificio, hasta que alcanzamos la puerta cerrada por bloques de piedra.

Romeo entreabre los labios asombrado mientras libero la puerta de su prisión de roca.

—Arriba no solo está el Decano… —digo.

Al llegar a la cuarta planta, debemos pegarnos a la pared, porque una pareja de Ensiferios dobla la esquina del pasillo.

—Silencio —susurro a Romeo mientras le pongo un dedo en los labios. Cierro los ojos y siento la Pertenencia quemando en mi cuello y las fuerzas que me abandonan por un batimiento.

Cuando los abro de nuevo, los Ensiferios se han ido.

—¿Lo has vuelto a hacer? —pregunta Romeo.

Asiento con la cabeza.

—No envejeces y tu Marca no brilla. No ha cambiado desde que entramos en la Academia, ¿cómo lo haces?

—No sé por qué el Tiempo no me abandona, no tengo una respuesta para esto —digo, mientras me abro camino por el pasillo hasta el cruce—.

En cuanto a mi Marca, yo tampoco sé qué forma tendrá ahora.

Netria la ocultó cuando empecé a sospechar que era distinta.

Ese es el motivo por el que permanece siempre igual.

Por lo que sé, podría ser abrupta y yo podría estar a punto de transformarme en una Selfiera…

—Deberías envejecer y superar el momento del Vínculo —contesta Romeo.

Asiento de nuevo. Folco fue claro en este punto.

Nos detenemos delante de la pared de roca, al final del pasillo. Tomo el anillo de Netria y trazo el círculo. La piedra empieza a deslizarse y revela el pasaje.

—Ven —digo.

Entramos en la gruta. La estatua de la Lectora, encadenada a Oudemya, da la sensación de mirarnos fijamente. Y al fin parece que Romeo lo comprende.

—Es el lugar del que me hablaste —murmura.

Reina el silencio; solo el agua alrededor de la estatua gorgotea flojito.

—Estoy aquí —susurro—. Están todos aquí, pero tienen miedo.

Doy unos pasos adelante.

—Soy yo, Puck.

Y de la alcoba más baja, Puck asoma la cabeza. Tiene la expresión compungida.

—Has estado fuera mucho tiempo —dice, con el tono de reproche que solo los niños saben usar.

—Me sabe mal. Han… ocurrido cosas.

—Increíble —murmura Romeo, con la mirada dirigida al techo repleto de estrellas—. Parece una parte del subsuelo.

—Creo que se trata de una de las zonas más antiguas de la Academia. Una de las más protegidas —le digo.

Puck se acerca receloso y escudriña a Romeo. Como un animal que no sabe si fiarse o no, listo para escapar al primer ruido.

—¿Quién es él? —pregunta al fin, quizá con un atisbo de celos que en cualquier otro momento me haría sonreír—. ¿Es tu marido?

Lanzo una mirada a Romeo, que está tan perplejo como yo.

—¿Por qué? —pregunto.

—Los mayores se casan, ¿no?

—No es mi marido, no. Es un… amigo. —Entonces me agacho para estar a su altura—. Escúchame, Puck, hemos venido porque necesitamos tu ayuda.

Él se ilumina.

—¿Es algo importante?

—Muy importante: hoy han traído a un niño aquí. Se convertirá en servidor…

—Sí —dice—. Pero es extraño: habla poco y ni siquiera me ha dicho su nombre.

—Se llama Lavinio —le explico—. ¿Podrías traerlo aquí con nosotros?

Puck asiente con la cabeza y se aleja por la gruta, mirando entre las alcobas.

Noto que Romeo se agarrota a mi lado. Lo ha entendido.

—¿Por qué me haces esto?

Me giro hacia él.

—Porque está vivo, y dentro de pocos días puede que nosotros ya no lo estemos.

Pocos esimios después, Puck regresa.

—Es mayor, así que estaba cerca del suelo. —Trae a Lavinio de la mano. Ahora lleva puesto un vestido como el de los demás niños. Nos mira con los ojos llenos de asombro y se deja arrastrar por Puck con pasos vacilantes.

—Hola —susurro.

Lavinio ladea la cabeza y hace ademán de esconderse detrás de Puck.

—Ya te he dicho que es extraño —dice Puck—. Todo le da miedo.

Romeo está inmóvil, ni siquiera me atrevo a mirarlo.

Temo que lo que podría ver en sus ojos me haría demasiado daño.

¿He hecho lo correcto? Quizá no hubiera debido traerlo aquí.

A lo mejor solo tendría que haberle dicho que estaba bien.

Pero quería enseñárselo. Quería que viera que ha sobrevivido, que tendrá una vida mejor que la que tienen los huérfanos en el exterior de la Academia.

He metido la pata.

Siempre meto la pata.

Me maldigo, soy estúpida. ¿Por qué he querido herir de nuevo a Romeo? ¿Por qué he querido recordarle lo que ha perdido?

—Hola —dice Romeo, sin embargo. Se pone en cuclillas a mi lado, y por su voz me doy cuenta de que está haciendo esfuerzos por no llorar.

Los Montesco no lloran; tal vez se lo haya oído decir alguna vez.

Tiende despacio una mano hacia Lavinio.

El niño lo mira, con sus grandes ojos del mismo color que los de Romeo. Entreabre un poco los labios.

—Me llamo…

Se interrumpe, no acaba la frase. Un destello de miedo cruza su mirada, y estrecha la mano de Puck con más fuerza.

Romeo toma aire.

—Tanto da —dice—. No tengas miedo, habrá tiempo.

Lavinio asiente con la cabeza. Él también respira hondo, y entonces suelta la mano de Puck. Y toma la de Romeo.

—Habrá tiempo —repite él.

Puck, por su lado, me hace una señal para que me reúna con él: quizá no sabe lo que está sucediendo, o bien ya ha visto escenas como esta en otras ocasiones. Sea como sea, debe de haber comprendido que en este momento no hay sitio para nada más.

Lo que sea que ahora Romeo quiera decir, les pertenece exclusivamente a él y a Lavinio.

Cualquier promesa, encerrada en las manos de los dos hermanos que se estrechan y se conocen, por primera vez. Cualquier sufrimiento, aún vivo o bien olvidado. Cualquier esperanza, débil como la más tenue de las luces.

Así, Puck y yo los dejamos a solas, y las estrellas encima de los dos hermanos serán sus únicos testigos.

—Sígueme —dice Puck, procurando hablar en voz baja para no molestar a Romeo—. Te enseñaré una cosa.

A pesar de sus cortas piernecitas, camina a paso ligero. Me coge de la mano y me arrastra.

—Me sabe mal por tu amigo —dice.

—A mí también.

Permanecemos en silencio hasta que nos detenemos delante de una pared de la gruta. Aquí las alcobas están vacías y son antiguas, y se ven llenas de polvo y de telarañas, salvo en algunos puntos. Justo donde Puck pone las manos y los pies y empieza a trepar.

—Ven —dice—. Te voy a enseñar mi lugar favorito.

Voy detrás de él. Trepar por aquí es un juego de niños después de lo que pasamos en el subsuelo.

Puck sigue ascendiendo y casi hemos llegado al techo, a las esferas que iluminan la gruta.

Pero no es adonde va. Se encarama a una de las últimas alcobas y, cuando yo también la alcanzo, me doy cuenta de que ha sido alargada, excavada con la Pertenencia para crear un angosto pasaje en la roca.

A duras penas cabemos los dos, pero esto no frena al niño.

Avanza por la galería y yo lo sigo, agachada, y entonces la veo.

Nada más que una minúscula abertura circular, por la que se cuela un soplo de aire.

—Mira —dice Puck—. Desde aquí yo contemplo el mundo. Desde aquí subo a las montañas y camino por las llanuras y me baño en el río. Esta es mi ventana de las aventuras, ¿sabes?

Me acerco a la hendidura. Aquí Puck sueña sus aventuras; yo, en cambio, solo quiero desear, aunque sea solo por algunos esimios, que nuestra vida fuese mejor que esta.

Que no solo nos esperara la muerte por las hojas de los que deberían ser nuestros compañeros o por una ejecución, que no estuviera el Vínculo aguardando en los próximos días, apenas decreten vencedora a la Tropa de Paris.

Observo e inspiro el aire helado. Puck no lo sabe, pero para mí este aire todavía huele a muerte.

Me muerdo el labio, porque desde aquí no solo veo las montañas a lo lejos o el río, sino también la Aldea, y esta es una cruel ironía, una advertencia para recordarme que tanto da cuánto yo sueñe o espere: de esta prisión es imposible huir.

Es la primera vez que veo la Aldea desde lo alto. La Torre central está allí, un guardián negro que se cierne y que amenaza con muerte y demencia a quien se acerca, y a su alrededor, las trece torres restantes, ahora todas visibles, ahora todas reveladas, inmóviles sobre sus cuatro anillos.

En esta, que es la noche más oscura de nuestras vidas, no hacen más que recordarme todos mis fracasos.

Y entonces contengo la respiración.

Porque ahora, en la noche más oscura, todo me resulta claro.

Cuatro anillos.

Ella lo sabía. Me lo dijo y no lo comprendí. Fui estúpida.

Cuatro anillos, que rotan en sentido horario y antihorario.

Las manos me sudan mientras cojo la esfera del bolsillo.

—¿Qué es? —pregunta Puck, intrigado.

No lo escucho.

Llevo la esfera a la altura de mis ojos y la sobrepongo a la Aldea.

Tengo en alto la minúscula entalladura negra.

La Torre negra, en la plaza de la Aldea.

Cuatro secciones que giran sobre sí mismas.

En la esfera debe de haber un eje central, alrededor del cual todo gira.

Acaricio la sección inferior. En el anillo más lejano de la Torre central, durante los Movimientos, dos torres giraban en sentido horario. Hago dos clics en la sección.

El segundo anillo. Ahora la torre de los Aeterianos, que estaba oculta, también es visible. Allí hay siete torres. Siete clics en sentido antihorario.

Dos clics en sentido horario para la tercera sección, donde hay dos torres, y dos más en dirección opuesta para las dos torres en el anillo más cercano al centro.

Clic.

Una abertura finísima, horizontal, no más ancha que un cabello, pero suficiente para permitirme dividir la esfera en dos partes.

La superior no es más que una tapa hueca, mientras que la inferior está llena y es del mismo color que el exterior, y en el centro está situado el eje que permitía la rotación.

Negro como la Torre: la que veía en la parte superior de la esfera no era una entalladura, sino su extremo.

Alrededor del eje se disponen cuatro anillos, señalados por líneas curvadas y rectas discontinuas que parecen entrecruzarse sin ningún orden.

En el anillo más externo, en los límites respectivos de dos líneas, hay dos puntos más oscuros.

En el segundo anillo, sobrepuestos a las líneas, siete puntos, todos a la misma distancia del centro, y luego dos puntos en el tercero y dos puntos en el cuarto.

Abro los párpados de par en par y casi no logro ver por la emoción mientras el corazón amenaza con estallarme en el pecho.

No es posible.

Acaricio el anillo más externo. Lo hago girar con delicadeza, casi con temor.

Y un rombo me hace alzar la mirada, mientras el anillo más exterior de la Aldea gira siguiendo el empuje de mi dedo.

Un Movimiento.

—No es posible —repito, esta vez en voz alta.