50. Julieta #3
—Están todos muertos —murmura, y noto su aliento en mis labios.
Romeo abre los ojos.
—Están todos muertos, y yo no he podido hacer nada.
Nos miramos, inmóviles, sin ninguna distancia entre nosotros.
—No podrías haber hecho nada —digo yo—. Es la justicia de Edén. Escalo, el Coro… ejercen una justicia cruel para mantener el poder. Y Eleonora Valfiero se ha aprovechado de esa justicia.
Romeo se aparta de mí y se alza con tal ímpetu que hace que me tambalee hacia atrás.
—¿Justicia? —gruñe mientras vuelvo a ponerme en pie—. ¿Qué justicia? No se puede llamar justicia a lo que ha sido un complot. ¡Mi padre no ha hecho nada! —grita—. No fue él quien mató a Anteo Valfiero.
Lo miro a los ojos y, antes de que pueda decir nada, él se me anticipa.
—Y yo tampoco fui, Julieta.
—Jamás lo he sospechado. No de esa manera, no callándotelo durante latelunas enteros. A estas alturas te conozco, Romeo, y también te conoce Lorenzo. Por ese motivo te ha salvado y ha salvado a Benvolio.
—Entonces no me conoce, porque juro por la diosa que estoy vivo solo para vengar a los Montesco, traicionados y humillados. —Mira a su alrededor y sus ojos se detienen sobre la espada clavada en el suelo en un rincón—. Esta noche, la culpable pagará.
Antes de que pueda precipitarse a tomar el arma, mientras la rabia se propaga de nuevo por la habitación, lo agarro del brazo. Uso toda la fuerza que tengo para girarlo hacia mí.
—Quieto —le ordeno.
Él intenta forcejear, pero yo lo agarro más fuerte mientras noto el calor esparcirse sobre mi Marca.
—Quieto —repito, con el tono de voz grave, casi un gruñido—. ¿Te gustaría matar, Romeo? Te capturarían enseguida y te ajusticiarían al amanecer, y Edén vería a otro Montesco sufrir la Abnubilación.
—Me da lo mismo —me espeta.
—Ah, ¿sí?
—Sí.
—¿Sabes lo que significa? Que te da lo mismo que toda tu familia haya sido ajusticiada, que te da lo mismo que tu padre haya cargado con la culpa de un crimen que no cometió.
Te han permitido estar aquí, ahora, vivo.
Y nosotros te necesitamos vivo. Yo te necesito vivo, Romeo.
No te voy a permitir derramar más sangre y echar a perder el último obsequio de tu familia.
—Le tomo el rostro entre las manos e inspiro profundamente—.
Te prometo, Romeo, te prometo que habrá una verdadera justicia, y que tu familia será vengada, y que el asesino de Anteo Valfiero pagará por todo lo que ha desatado.
Pero no esta noche, Romeo. Esta noche no harás nada de todo eso y vendrás conmigo.
Hay algo que tienes que ver, es importante.
—He caído en la cuenta por una frase que ha pronunciado el Decano, y dado que mañana retomamos los entrenamientos y seremos arrojados de nuevo al infierno, esta es la única noche en la que podemos actuar.
Es la única noche en la que puedo brindarle alivio a Romeo.
—La asesina —dice sin embargo él—. No «el asesino».
—¿Qué?
—Yo estuve allí, Julieta, cuando Anteo fue asesinado por Lisandra Corvato.
Lisandra Corvato. Esto explica el motivo de su odio por Romeo y los Montesco desde el primer día de la Congregación. Desde que…
¡Por la diosa!
Desde que se sentó a mi misma mesa, antes de que el banquete se transformase en una fiesta de sangre y muerte. Desde que se mostró tan cercana, unida a mi primo, antes de que se formaran las Tropas.
—Romeo…
Él asiente con la cabeza. Ha comprendido lo que estoy pensando.
—Esa noche estaba en Ponte Pietra con Benvolio y Terencio, esperando a Rosalina (tú también la viste, me dijiste que estaba yendo a encontrarse conmigo), cuando vimos a unos malhechores agredir a un Rápido de mi casa que estaba…
—desvía la mirada un momento— estaba teniendo un encuentro con una Rápida, y entonces intervinimos.
Pero se trataba de una trampa, Julieta: fuimos atacados por Sansón Capuleto, Anteo Valfiero, Lisandra Corvato y Teobaldo Capuleto.
Me quedo petrificada, no puedo respirar, solo noto mi corazón que late y late cada vez más rápido mientras Romeo continúa su relato.
—Todo estaba planeado para inculparnos por la muerte del Valfiero, para desatar una guerra entre casas.
No sé por qué, todavía no lo he averiguado, pero Lisandra mató a Anteo y desfiguró el cadáver con el emblema de los Montesco grabado en su piel.
Y nos habrían masacrado a todos, no habrían dejado testigos, salvo la Marca de mi casa sobre lo que quedaba de Anteo.
Nos estábamos llevando la peor parte de la pelea, Julieta: Teobaldo me habría matado si Mercucio no hubiera intervenido hiriéndolo en…
—Una pierna —termino yo, en un suspiro.
—Tuvimos que arrojar el cuerpo de Anteo al Adigio, no queríamos que nos acusaran de un crimen que no habíamos cometido —continúa Romeo.
Pero yo ya no lo escucho. La siento. Se ha despertado. Se nutre de mi rabia, de mi furia. Esta bestia es toda mía y no soporta que me hayan tomado el pelo.
Doy la espalda a Romeo y oigo que me llama mientras salgo de su habitación.
Atravieso la sala común de los aposentos y algunos Iniciados, cuyo nombre ni siquiera conozco, se apartan, aterrorizados, a mi paso, y a cada paso siento mi fuerza crecer y la Marca quemar mientras la bestia ruge, triunfante.
Irrumpo en la habitación de Teobaldo. La puerta se desquicia con mi primer golpe.
Está tumbado en el diván, mi primo, como si no hubiera sucedido nada. Como si esta noche fuese una como tantas otras.
Se alza, parece asustado. No se lo esperaba.
Me trae sin cuidado.
—Juraste —grito a mi primo, mientras salto hacia él—. ¡Juraste que no tuviste nada que ver!
Teobaldo hace ademán de decir algo, pero mi puñetazo es más veloz. Lo golpeo en el rostro y oigo que la nariz se le rompe mientras la cabeza se le va hacia atrás. Entonces lo vuelvo a golpear, en el estómago.
—Me has tomado el pelo —digo.
Se dobla en dos, frente a mí.
—Engañado.
No tengo suficiente.
—Traicionado.
Con toda la fuerza que tengo, lo empujo al suelo y estoy a punto de arrearle una patada en el costado cuando dos brazos me agarran.
Me arrancan de mi presa mientras me agito.
Olor a tierra y sudor y flores.
Romeo.
—No lo hagas, Julieta —me susurra en el oído mientras me arrastra fuera de la habitación de mi primo—. No merece la pena. No esta noche. Tú me lo has dicho: no pongas tu vida en peligro.
Me lleva afuera, y poco a poco afloja la sujeción.
—Me sabe mal, Romeo. No lo sabía, no sabía nada. —Tengo la voz rota por el sentimiento de culpa.
—Lo sé —me responde—. Tú no eres como él.
Tiene razón. Ahora sé que la casa de los Capuleto ya no es lo más importante en mi vida.
Damos la espalda a la habitación de Teobaldo y ni siquiera compruebo si es capaz de levantarse. Ya se ocupará Florencia de él.
—Has dicho que tenía que ver algo importante —me dice Romeo.
Asiento con la cabeza y lo cojo de la mano.