50. Julieta #2
—¿Justicia? —pregunta—. ¡A mí esto me parece más bien una locura!
¿Extinguir una línea de sangre, exterminar a una familia, reducirlos a comida para gusanos?
¡Esto se hace con las ratas y los ratones, no con los Edenitas!
Malditos sean, pues, los Montesco y malditos sean los Capuleto, que han movido al Coro y te han movido a ti, tío, a concebir semejante locura.
Malditas sean las guerras familiares y malditos sean los que piensan que la sangre inocente puede saciar la sed de sangre.
—¡Cállate, sobrino! —le grita Escalo, mientras todas las miradas van de uno a otro rápidamente.
Un Ensiferio, espada en mano, empieza a andar hacia Mercucio, dando empujones a los Iniciados, pero no llega a tiempo de alcanzarlo porque Terencio es más rápido, supera a los demás Iniciados y se le planta delante. El Ensiferio intenta apartarlo, pero Terencio es una montaña.
—Ni lo intentes —le espeta.
—¡Pues no me voy a callar! —continúa Mercucio.
El Ensiferio agarra a Terencio por los brazos, pero el Malvecio le asesta un cabezazo. Lo tira al suelo, por los escalones. Y luego avanza, hacia el límite de las gradas, donde dos Ensiferios más están listos para intervenir. Se gira por un batimiento hacia Mercucio y le guiña un ojo.
Pero entonces el Ensiferio detrás de él vuelve a levantarse, como si no hubiera pasado nada. La Marca en su cuello empieza a iluminarse, pero enseguida se apaga. ¿Por qué?
Obtengo mi respuesta cuando vislumbro a Lorenzo mirándolo fijamente, negando despacio con la cabeza.
—Porque no puede haber justicia cuando se inmola a inocentes por el tremendo regocijo de quien ha sufrido y desea únicamente el sufrimiento ajeno —declama Mercucio—. Yo a esto no lo llamo justicia, lo llamo veneno. No, yo me pongo en pie y estoy dispuesto a luchar y a morir por la justicia.
—Cállate —repite Escalo, pero esta vez le tiembla la voz. Esto no se lo esperaba—. Cállate, si no quieres que la Ley te juzgue a ti también.
—Entonces deberá juzgarme a mí también —digo mientras me pongo en pie y mi padre abre unos ojos como platos.
—Y a mí —dice Alena.
—Y me juzgará a mí también —gruñe Amleto.
—Deberá juzgarme a mí también, padre —dice Baltasar, con la voz demasiado floja para que se lo pueda oír. Pero se levanta, y alza su brazo lisiado para que todos lo puedan ver. El hijo de la Primera Voz se alinea para defender a los Montesco.
—Y luego me juzgará a mí —grita Folco, cogiéndome de nuevo de la mano.
—Y a mí —ruge Terencio, retenido por dos Ensiferios.
—Y a mí.
—Y a mí.
—Y a mí. —Uno tras otro, todos los Iniciados que acogimos, todos los Iniciados a los que Romeo salvó en la gruta, todos los Iniciados que cantaron la Extremacción junto a él en honor a los muertos se ponen en pie. Y entonamos el mismo canto. Un canto de despedida para los Montesco.
Solo por un batimiento Romeo alza la cabeza y nos mira uno a uno. Esta mirada no es solo para mí, sino para todos sus amigos, para todos los combatientes.
Son pocos los que permanecen sentados: Teobaldo, Florencia, Laurela, que tiene los ojos clavados en la tarima, quiere ver la muerte, y luego Lisandra, y tal vez algún otro de la Tropa de Paris. Pero carece de importancia, porque nosotros, todos nosotros, ahora invocamos la justicia.
Escalo tiembla de rabia, echa un vistazo a los Ensiferios que esperan una orden suya y luego dirige la mirada a los Extrema Sangre. Ahora empuñan las armas y las Marcas en sus cuellos resplandecen. Ellos también se han puesto en pie, pero no para pedir clemencia.
No, se han puesto en pie porque en el momento en que Escalo ordene a los Ensiferios que restablezcan el orden, cargando y atacando a todos los hijos de las casas de Edén, los Extrema Sangre no lo permitirán.
Y será un baño de sangre. Una batalla entre casas y Ensiferios, entre Coro y Academia, y nadie saldrá vencedor.
—Hay otra autoridad aquí, además del Coro.
—La voz de Lorenzo se abre camino entre la confusión del teatro.
El Decano baja de un salto de la grada, se gira hacia la gradería y alarga los brazos para pedir silencio como ya lo hemos visto hacer y lo obtiene.
Quizá por el tono de voz, que rezuma más poder que el que Escalo jamás tendrá, o por la mirada fulminante.
La misma mirada que solo vi cuando el Ensiferio atravesó a la nodriza de Romeo—.
La Academia, que defiende a sus Iniciados —dice.
Lorenzo anda hasta que se detiene delante de Escalo.
—Para que no se derrame sangre inútilmente, y para que Edén esté protegido por las fuerzas de nuevos Extrema Sangre, yo ahora invoco la protección de la Academia sobre Romeo y Benvolio Montesco.
A partir del recuento de los Fundamentos, mañana, y hasta el Vínculo y luego hasta la proclamación como Extrema Sangre, ellos residirán en la Academia y estarán sujetos a sus reglas, no a las de Verona.
Y Lavinio Montesco es suficientemente joven para ofrecer su propia contribución; solo la Abnubilación tocará su vida.
La mirada de Escalo se relaja, quizá Lorenzo le esté ofreciendo una escapatoria.
Eleonora Valfiero profiere un grito de rabia, pero Ludmila Corvato, que está a su lado, se inclina hacia su oído. Ahora ya no puede exigir nada más: es evidente para cualquiera que se pondría a todos los Extrema Sangre en su contra.
Escalo lanza una mirada al Coro y acto seguido declama:
—Que así sea.
Están a salvo. Romeo y Benvolio están salvo. No para siempre, tal vez, pero estarán a salvo hasta que sean Extrema Sangre, y cuando llegue ese día estoy convencida de que algo inventaremos. Cruzo una mirada con Mercucio. Me sonríe y yo le sonrío a él.
Pero todavía no ha acabado. Cuatro Ensiferios hacen levantar a Benvolio y a Romeo: se los quieren llevar.
Pero Altea Montesco salta, no para escapar, sino para acercarse a su hijo.
Acerca los labios al oído de Romeo, que cierra los ojos y asiente despacio.
Incluso desde aquí logro ver que ni siquiera en este momento hay temor en la mirada de Altea, que se da la vuelta y vuelve a arrodillarse al lado de su marido. Tiene la cabeza alta.
Entonces a Romeo y a Benvolio los escoltan hacia el umbral de Puerta Imperia. Nadie los libera de los grilletes, todavía no.
—¿Y Lavinio? —murmuro.
La Lectora se acerca a Tancredio Montesco, y es solo un batimiento: la hoja se mueve como un rayo de arriba abajo, penetra en la espalda del cabeza de familia y se desliza entre las costillas con la pericia de quien ha ejecutado esta condena por centurios.
Tancredio abre los labios y suelta una única exhalación mientras su Marca empieza a desvanecerse. Un batimiento después, la hoja de un Ensiferio se abate sobre su cuello, decapitándolo.
Altea no llora. Ni siquiera cuando la Lectora se le acerca, con la hoja de nuevo inmaculada gracias a la Pertenencia. Un momento después, a Altea también le arrancan de raíz la memoria junto con la Marca, mientras su corazón de la diosa deja de latir y el Ensiferio abate su espada.
Benvolio tiene la cabeza gacha. Romeo, en cambio, en ningún momento aparta la mirada.
Uno tras otro, todos los Montesco son ajusticiados en el silencio del teatro.
Hasta que la Lectora se posiciona detrás de Lavinio.
La última imagen que veo, antes de cerrar los ojos, es la de un niño en medio de los muertos, sobre un manto de lirios que una vez fueron blancos y que ahora están manchados de sangre.
El único consuelo es que para él este recuerdo desaparecerá de inmediato.
Cuando en el interior de la habitación los gritos y el estruendo amainan, entro, a pesar de que Mercucio y Amleto hayan intentado detenerme y todos los demás Iniciados se mantengan bien alejados, algunos acurrucados y temerosos; otros desesperados, con los rostros escuálidos y surcados por las lágrimas.
Entro. Parece que un tifón ha atravesado la habitación: los muebles están hechos pedazos; hay astillas de madera desparramadas por el suelo; las paredes de piedra están agrietadas, señaladas con manchas de sangre allí donde los puños han golpeado; el espejo está quebrantado y despide mil reflejos que replican los estragos al infinito; el diván de seda está partido en dos, y allí, en medio de las plumas, con los nudillos molidos y reducidos a grumos de carne y sangre, está él sentado en el suelo, con las piernas cruzadas y los ojos cerrados. Perdido.
Toda la habitación parece temblar, inundada de rabia y dolor, exactamente como cuando nos acercamos a la Torre central. Solo que esta vez las emociones provienen de él y amenazan con arrollarme.
Pero no puedo dejarlo solo. Ahora no. Porque él está solo, no le ha quedado nadie. Me necesita.
—Romeo —susurro, reprimiendo la rabia que no me pertenece—. Romeo…
Él permanece inmóvil, ni siquiera estoy segura de que me oiga. Podría estar perdido en sus recuerdos, o en sus sueños, en busca de aquel dios olvidado.
Me acerco, y cuanto más me acerco, más pesado se me hace el corazón, y amenaza con romperse cuando me detengo frente a él. Su furia se mueve sobre el fondo de un lago de resignación. Pero yo sé cómo afrontar esta furia.
Me arrodillo delante de Romeo, me quedo solo un poco alzada para poder inclinarme hacia él, lo suficiente para que nuestras frentes se toquen. Su piel, contra la mía, huele a sudor y a tierra, como un campo de flores en verano.
—Romeo —digo de nuevo, mientras me pongo una mano en el bolsillo. Lo curé una vez y lo curaré de nuevo—. Romeo, vuelve conmigo.
Lentamente, como cuando no se quiere asustar a un animal, tomo la esfera que me ofreció Netria. Si funciona cuando la bestia ruge en mi interior, si logra apaciguarme, quizá funcione también con Romeo.
Tomo sus manos entre las mías, y en medio hago deslizar la esfera.
—Te necesitamos —susurro. Noto su sangre en mis dedos mientras guio los suyos para hacer girar las cuatro secciones de la esfera, un clic tras otro.
Escucho su respiración y cierro los ojos—.
Te necesitamos. —Otro clic, a continuación uno más, y sus dedos pierden rigidez—.
Escucha mi voz, Romeo. Estoy aquí contigo.