50. Julieta
Julieta
Durante días nos preguntamos qué les habría sucedido a Romeo y a Benvolio, durante días nos tuvieron encerrados en nuestros aposentos, durante días preguntamos y nadie nos respondió.
Días en los que todo cuanto teníamos eran hipótesis, en los que Mercucio y Terencio se pasaban horas hablando en la habitación de nuestro Capitán, en los que la comida escaseaba, aunque eso no me suponía ningún problema, porque el hambre me había abandonado.
Días en los que Florencia se pasaba el rato echando a los Iniciados de la pila y Teobaldo se apropiaba del vino que debería haber sido de todos y bebía demasiado, con el rostro ensombrecido, presa de una angustia que conseguía explicarme solo en parte.
Días en los que Folco y Alena hablaban y, a pesar de la oscuridad que se cernía a nuestro alrededor, eso al menos arrojaba un rayo de luz.
Días en los que yo cavilaba y recorría una y otra vez los eventos que nos habían llevado hasta ese punto, e indagaba en los recuerdos, en busca del motivo por el que se habían llevado a Romeo y a Benvolio.
No podía ser por lo que habíamos visto en el subsuelo, porque, de lo contrario, en lugar de a Benvolio se me habrían llevado a mí, ni por lo que ocurrió en la Aldea, cuando los Iniciados empezaron a matarse unos a otros, porque en ese caso Romeo no habría estado implicado.
Días en los que no lograba formular la pregunta correcta.
Pero hoy, al amanecer, los Ensiferios han venido a buscarnos. Y he obtenido mi respuesta.
Nos han conducido a través de los pasadizos de la Academia y, claustro tras claustro, todas las Tropas se han unido a nosotros, y luego nos han guiado por las galerías subterráneas, escoltándonos armados por un camino que visitamos hace un lateluna, cuando nuestras vidas eran distintas.
Hemos cruzado la sala del banquete, y la visión de las cadenas que colgaban del techo me ha hecho estremecer; los recuerdos de Rufina se han asomado de nuevo en mi interior, y después hemos recorrido la larga galería y hemos cruzado Puerta Imperia y hemos vuelto a emerger en el Teatro Romano.
No como Extrema Sangre al término de la Academia, sino como espectadores.
Nos situamos en las gradas reservadas para nosotros, los Iniciados, y los Ensiferios nos ordenan que nos sentemos.
Terencio está pálido y mira a su alrededor.
Mercucio le pone una mano en el hombro: quiere darle ánimos.
Amleto frunce la nariz, como un lobo que huele la sangre.
Folco y Alena están detrás de mí, silenciosos.
Se cogen de la mano. Florencia, Laurela y Teobaldo se ocupan de sus asuntos, como si yo no existiera. Así me va la mar de bien.
Entre las demás Tropas hay un gran griterío, porque, aparte de la primera grada donde se encuentran el Decano y los Altos Maestros, las demás están ocupadas por los miembros de todas las casas —padres y primos, hermanos y hermanas de los Iniciados, muchos que nunca he visto, llegados de todas las Asonancias de Edén, no solo de Verona—, y los Extrema Sangre llevan puestas las armaduras de llamacero con los colores y las flores familiares, y cada plancha brilla como recién forjada.
Allí también está mi padre, rodeado por servidores y con mi madre al lado.
Nos ignoran. A ellos no les importa que sus hijos y sobrinos estén aquí, aunque hayan transcurrido latelunas y podríamos estar muertos.
Unos Rápidos en lo alto de las gradas empiezan a repiquetear sus tambores, como una horrenda réplica de la Congregación, y en el teatro hace su entrada Escalo, la Primera Voz, seguido de los siete miembros del Coro. Andan despacio, con el paso ceremonial que les es propio.
Para el Coro tanto da si se trata de una ceremonia o de una ejecución. Cantan mientras caminan y se sitúan en el escenario, formando un semicírculo, desde el que Escalo da un paso al frente.
Su armadura blanca refleja el sol rojizo del amanecer. Veo cómo respira hondo, y entonces el canto del Coro y el ritmo de los tambores se interrumpen.
Frente a Escalo, la tierra se divide, se abre una hendidura y todo el teatro vibra mientras de su subsuelo emerge lentamente una tarima de madera.
Ahí, arrodillados sobre un lecho de lirios blancos, rodeados de Ensiferios, hay al menos veinte Edenitas, con la cabeza agachada y completamente desnudos salvo por las esposas y las argollas de llamacero que inmovilizan sus brazos y tobillos. El más pequeño de ellos no es más que un niño.
Doy un respingo cuando en la primera fila reconozco a Romeo, entre su padre, Tancredio, y su madre, Altea.
Recuerdo la sangre que ella derramó por Domiciana, recuerdo la furia que atizaba su mirada.
Todavía sigue ahí. A su lado, el niño. Lavinio Montesco, el hermano del que Romeo me habló.
Es pequeño, no debería encontrarse en este lugar, y sin embargo muestra todo el orgullo de su casa.
Tiene los mismos ojos que Romeo. Cerca de Lavinio, Benvolio.
Es el único, de entre todos ellos, que parece sumiso, resignado.
Y luego sus padres y sus primos. En esa tarima está reunida la casa de los Montesco al completo.
Detrás de ellos, inmóvil, con un vestido tejido de miles de anillos de metal negro, con el rostro cubierto por un velo del color de la sangre, que permanece inmóvil a pesar de que los vientos de tormenta soplan todavía en este amanecer de muerte, sujetando una daga entre los dedos cargados de anillos y con las cadenas colgando hasta reensamblarse con el vestido, la Lectora.
Sobre su pecho, en planchas doradas, resalta su Marca.
Un círculo en el que hay inscritos un cuadrado y un triángulo, que comparten el lado de la base.
Las tres figuras están atravesadas por una línea horizontal que pasa por el centro del círculo y que se extiende más allá de sus límites.
No se muestra excepto para recordarnos a todos que ella es la mano de Alyaster en Edén.
Abnubilación.
Esta es la palabra que me viene a la cabeza. La peor de entre todas las condenas que pueden infligirse a un Edenita.
Romeo va a su encuentro. Su corazón de la diosa será atravesado y él perderá la Pertenencia, y su vida será fugaz como la de los Rápidos y, pienso mientras tiemblo y por poco me desmayo de no ser por Folco, que me sostiene, Romeo perderá los recuerdos. Como si nunca hubiera existido.
Dejará de ser Romeo y vagará por el mundo, a la espera de su muerte.
Cierro los ojos, no quiero ver.
Pero debo. No puedo ser débil, no quiero. Esculpiré en mi memoria todos y cada uno de los batimientos de este día y no tendré paz hasta que no vuelva a encontrar a Romeo.
Y lo acompañaré y lo ayudaré a recordarlo todo, hasta que de nuevo sea el de antes.
—Extrema Sangre —trona Escalo, y se golpea el pecho con el puño—. Iniciados, yo os saludo en este día de justicia.
Miro a mi alrededor. Los Ensiferios presiden todas las entradas, nunca había visto a tantos, y cada familia ha traído consigo sus armas.
Como si todos quisieran lanzar al menos una cuchillada.
«Debe de ser el mejor día de la vida de mi padre», pienso, y me trago la náusea que este pensamiento me provoca.
—Hoy debe infligirse un castigo ejemplar, porque la Ley ha sido quebrantada y se ha vertido sangre.
Tancredio Montesco ha confesado haber agredido a Anteo Valfiero y haber desfigurado su cadáver al estilo de su casa.
—Anteo Valfiero. Por esta razón no se presentó en la Academia.
Muerto—. Y después haber ocultado su cuerpo —prosigue Escalo, en el silencio más absoluto—, confiándolo a las aguas del Adigio.
Pero la diosa, a través del río, ha deseado que la verdad se descubriera, y los despojos del pobre Anteo nos han sido restituidos. Ahora, se hará justicia.
—Ha dicho Tancredio —susurra Folco—. ¿Por qué están todos allí? —Alena niega con la cabeza, no tiene ni idea. Ninguno de nosotros.
Busco a Terencio con la mirada. Se araña las rodillas con las manos. Mercucio observa a su tío, la Primera Voz, con los labios apretados.
Al otro lado de las gradas, en cambio, Eleonora Valfiero se relame los labios.
—Una Ley ha sido violada —retoma Escalo—, una Ley que yo mismo promulgué, y Eleonora Valfiero ha ejercido su derecho a que el castigo se ejecute hasta sus últimas consecuencias: ha invocado la Depuración de la Sangre para que sirva de ejemplo para todos y la paz sobre Edén sea mantenida.
Por este motivo, yo, Escalo Aguaviva, con el visto bueno del Coro, declaro que la casa de los Montesco debe ser extinguida, y condeno a sus miembros a la Abnubilación y a la muerte, para que de ellos no quede nada y solo el olvido los acoja.
«¡No!», grito, pero solo para mis adentros: el terror es demasiado grande para que un sonido sea suficiente para expresarlo. Lo voy a perder para siempre, no habrá nada que pueda hacer; siento que me abandona toda esperanza. Y por un batimiento, Romeo, en la tarima, también se sobresalta.
El silencio pesa sobre todos nosotros. Las palabras de Escalo se meten en nuestros oídos y nos hacen temblar, serpentean entre nuestros padres y se instalan en sus mentes.
Este es el poder del Coro, este es el poder de los más justos de entre los Edenitas.
A cada crimen le corresponde un castigo ejemplar.
Solo un sonido rompe el silencio. Un único aplauso. Un agradecimiento de parte de la Loba.
La Lectora, impasible, da un paso hacia Benvolio. Su larga daga, con la hoja fina, es perfecta para meterse entre las costillas y atravesar el corazón.
Entonces, Mercucio se pone en pie y echa a reír.