49. Romeo
Romeo
Nos han despojado de todo vestido, uniforme, emblema, dignidad. Ya no somos nada. Ni una casa. Ni Edenitas. Somos chusma, a punto de convertirnos en Rápidos, de convertirnos en alimento.
Siempre he estado listo para morir. No es esto lo que me hace temblar, es la injusticia.
La celda es pequeña y angosta. Estamos amontonados como los cerdos a la espera de la matanza. Desnudos, con grilletes de hierro en las muñecas y los tobillos. Las cadenas son tan cortas que nos niegan incluso la posibilidad de un abrazo de despedida.
Nadie me mira.
Para ellos soy el hijo de la culpa. Benvolio se sienta lejos de mí. Quisiera hablarle, decirle que me sabe mal, pero ya lo he intentado y por primera vez en nuestra breve vida, he visto el odio.
Está al lado de quien lo engendró y que ahora lo olvidará.
Oigo pasos y ruido de hierro.
Mi familia es la última en llegar. A mi padre lo empujan.
Las cadenas en los pies le impiden andar con facilidad y acaba dándose de bruces.
Nadie lo ayuda. Mi madre no está. Intento alzarme para ir con él.
Yo sé que no ha hecho nada. Sé de su sacrificio.
Merece respeto. Respiro. Noto que el cuello me quema.
Y mientras me pongo en pie, otros dos Montescos que tal vez haya visto en alguna ceremonia, pero con los que nunca he intercambiado ni una sola palabra, se alzan conmigo, dan pequeños pasos hacia él y lo ayudan.
Regresan a su sitio. Veo que sus ojos se vuelven vacíos.
No entienden por qué lo han hecho. Pero yo sí lo sé.
Encantilante. Mi Pertenencia crece cada día más.
Y después del Fundamento en la torre se ha vuelto aún más fuerte.
¿Cuánto poder haría falta para convencer a los Ensiferios de que nos dejen libres?
Razono y descubro que mi plan es falible.
Aunque lograra hacerlos escapar de esta celda, ¿cómo alcanzarían la muralla de la Academia?
Pero si no puedo salvar a mi familia, tal vez sí pueda vengarla.
Sonrío para mis adentros. Quizá, si debo morir, más vale hacerlo convirtiéndome en una Selfiera, consumiendo todo mi Tiempo, pero matando a quien de veras ha provocado todo esto.
Empiezo a urdir un plan en mi mente: hacer enloquecer a la Seca para que se apuñale ella sola.
—¿Dónde está mi madre? —pregunto entre dientes. Él niega con la cabeza. No es hasta ahora que veo que en su boca hay sangre. La abre. Me quedo consternado por el horror. Ya no tiene lengua.
—Oh, padre —digo, mientras la compasión hace que se me encoja el corazón—. ¿Qué te han hecho?
Él alza la mano y tal vez por primera vez en mi vida me acaricia.
—¿Por qué la lengua? —me pregunto—. ¿Qué podías decirme que no debo saber?
Me siento con la espalda contra la pared y aguardo.
Cada vez que se abren los barrotes y entra un miembro de mi casa, veo un rostro desencajado y una mirada acusadora hacia mi padre, que tiembla sentado a mi lado.
No hay niños. Les han perdonado la vida.
Doy gracias a la diosa, quizá la Lectora, por este acto de magnanimidad.
¿Dónde estará ahora mi hermanito Lavinio?
¿Con quién pasará el resto de sus solasterios antes de entrar en la Academia y acariciar el infierno?
Pero yo sé que él lo logrará. Se convertirá en Extrema Sangre.
Y a lo mejor un día llegará el momento en que estos horrores cesarán.
Llegarán Iniciados con la fuerza de rebelarse contra todo esto.
La celda se abre de nuevo. Mi madre entra.
El rostro desesperado, los ojos vacíos. Reconozco su mirada.
La veo todos los días en Marina Codalunga.
Es el rostro de la demencia. Creo que no se recobró del día de la Congregación.
Me ve y se acurruca a mis pies. Apoya la cabeza sobre mis piernas.
Me abraza y se mece. Le acaricio el pelo y las cicatrices en su brazo.
Cada una de ellas ha sido un peldaño que ha descendido para llegar al abismo en el que se encuentra ahora.
Por un lado, es mejor así: ella no se dará cuenta.
Cierra los ojos. Yo hago lo mismo. Intento no pensar.
Pero las voces de mis compañeros vienen a encontrarme también en la oscuridad.
Mi abuelo me dijo una vez que la verdadera muerte es que te olviden.
Sé que ellos no lo harán. Pero yo sí. Me da miedo olvidar.
—Romeo. —La voz de Lavinio me hace abrir los ojos de golpe.
Aparto con delicadeza la cabeza de mi madre e intento acercarme a él; las cadenas vuelven mis pasos vacilantes.
Me caigo de rodillas. Mi hermano se lanza entre mis brazos, escurriéndose bajo las cadenas.
Y mientras lo estrecho contra mí, mi desaliento se quema y de sus cenizas nace la furia.
La encierro en una jaula, entre las cadenas que alzo para encontrar la fuerza para sonreírle a Lavinio.
Tiene los ojos rojos de haber llorado, pero aprieta los labios delante de los miembros de su casa.
Delante de mí. Quiere mostrarse valiente.
Quisiera decirle que no es necesario. Que es pequeño.
Que a su edad se puede llorar. Pero no lo hago. Le ofrezco la dignidad que desea.
—Eres un verdadero Extrema Sangre —le digo, procurando contener el temblor de mi voz—. Yo no soy tan valeroso. Enséñame cómo se hace.
Él se pone en pie y somos igual de altos.
Nos miramos a los ojos como hacía yo con mi abuelo cuando se agachaba y me trataba como a un igual.
Mi hermanito me enseña un puño y lo agita.
Siempre lo hace para infundirme valor. Lo hizo la noche de mi Primer Paso.
Ojalá pudiera regresar a aquel entonces, volver a zambullirme con él en la pila, salpicarnos y reírnos y tomarnos el pelo.
Ojalá estuviera en el Jardín de los Encantos, fingir que detengo avalanchas y terremotos y saber ya entonces que esa despreocupación no tiene precio.
—Meto aquí el miedo —me dice mostrándome el puño cerrado—, lo machaco y lo sujeto bien y procuro que no acabe en mi corazón. —Entonces acerca su boca a mi oído—. Pero de vez en cuando se escapa, ¿sabes? Como ahora. Y tengo mucho miedo. —Una lágrima le resbala mejilla abajo.
—No debes tener —miento—. La vida de Rápido no está mal. Sobre todo para los niños. Ya verás. Además, estaremos juntos.
—Pero no me voy a acordar de ti —gime. Las lágrimas le resbalan de nuevo mientras le tiembla el labio.
—¿Sabes dónde están los recuerdos?
Niega con la cabeza.
—En un lugar secreto. Donde nadie te los podrá arrebatar.
Entorna los ojos.
—¿Dónde?
Con el dedo señalo su corazón.
—No es verdad. Están aquí. En la cabeza. Me estás tomando el pelo.
—Está bien, entonces hagamos una prueba. Piensa en un día bonito. El mejor de tu vida.
Entrecierra los ojos. Luego los abre de par en par.
—El Carnaval de los Rápidos. Cuando fuimos con Domiciana.
—¿Qué recuerdas de ese día?
—Muchas cosas —me dice con los ojos brillantes—.
Los tragafuegos. Y los puestos de dulces.
Y el teatro de marionetas. Y Domiciana, que se reía un montón y me hacía volar sujetándome por los brazos y me decía que era un Leviante.
—Sonríe de oreja a oreja y se pone una mano en el corazón—. Noto calor aquí.
—Exacto —digo—, este calor es el recuerdo. Y siempre te acompañará.
Pone los ojos como platos. Aplaude.
—Almanario. ¡Eres un Almanario! —Por un batimiento creo que está jugando, como en la ceremonia del Primer Paso, pero entonces veo que me está observando el cuello—. Tienes dos puntos negros cerca de la línea y un… no sé qué es. Es como un cuadrado, pero inclinado.
Un rombo. Está mirando mi Marca del Alma.
—¿Estás seguro?
—Sí. Tienes esa cosa y luego los puntitos. Yo tenía razón. Eres un Almanario. ¡Nunca ha habido un Montesco Almanario!
Me mira orgulloso.
Y yo quisiera prenderle fuego a todo.
Los guardas nos han escoltado en fila a través de las galerías. Hemos tropezado a menudo a causa de las cadenas. Tenemos la carne herida, lacerada.
Nos han hecho arrodillar sobre una tabla de madera cubierta por lirios blancos.
Oigo las voces que nos llegan de las gradas por encima de nosotros. Ahora Lavinio tiembla.
Todas mis fantásticas mentiras se han desbaratado apenas lo han hecho arrodillarse sobre la piedra.
—No soy tan valiente —solloza.
Y a mí solo me queda una cosa por hacer.
Olvido mi venganza. Lisandra será juzgada. Sé que Julieta afilará su espada y la atravesará. Ahora mi hermano no necesita odio, sino amor. Y mi amor emana de mi Marca. Busco en mi interior un atisbo de serenidad.
Lo encuentro.
Estamos tumbados bajo un cielo hecho de esferas de cristal. Julieta está apoyada en mi hombro. Nos reímos de la muerte y señalamos las constelaciones en el cielo. Mi Marca brilla. Una dulce serenidad mana de mí y llega hasta Lavinio, que sonríe.