Romeo y Julieta Untold: La última congregación 48. Romeo
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48. Romeo

Romeo

No sueño. No duermo. Deambulo en el vacío.

Abandonadme aquí. No me hagáis regresar.

Volved a encerrarme en el calabozo. Que se me rompan todos los huesos.

Que se me deformen las vísceras. Que la cordura huya de mí.

Que mi sangre se arrastre sin lograr fluir.

Que yo pague por mi error. He exterminado a mi familia, con un solo gesto estúpido e insensato.

Un nombre asciende desde el centro de mi pecho y estalla en mi voz. Lavinio.

Regreso a la luz con su nombre encerrado en un grito.

—Romeo. —Cleo Aspidi me sacude. Me alejo de ella. Una esquina de fría piedra se convierte en mi refugio.

—Romeo… —dice una vez más, su voz es un susurro—. Debes seguir mirando. Por favor. —Empuja de nuevo a la Rápida hacia mí.

—Alejaos. —Alargo una mano en el vacío como si fuera una espada, como si pudiera dar muerte. Agito el brazo, intento impedir que alguien se me acerque. Pero la Alta Maestra me inmoviliza. Me aguanta la cara. Me abre la boca. La Rápida se acerca. Me besa.

Estamos en una prisión. Es como la mía. Como la mía de antes.

Los barrotes arden. La luz roja tiñe el rostro del prisionero.

Caminamos con cautela, sin hacer ruido. El prisionero alza el rostro.

Es mi padre, sentado en el suelo. Sé que está sintiendo dolor, porque es el mismo que he sentido yo durante días. Mira a la Rápida. No, me mira a mí.

—Romeo —dice, reuniendo sus últimas fuerzas—, no hay nada que puedas hacer si no es salvarte.

Debes fiarte del Decano. Sé que ahora no lo comprendes.

Que crees que él te ha traicionado. Pero no había otra manera para asegurarnos de que te salvaras.

Nos equivocamos. La Loba aulló su venganza, y si no haces lo que te dice Lorenzo, todo habrá sido en vano.

Álzate, hijo mío. Álzate. Y acaba con la mentira.

La Rápida interrumpe el contacto.

Puedo contar con los dedos de la mano las veces que me ha llamado «hijo mío». No estaba furioso conmigo. No estaba asustado. Pero yo sí lo estoy.

La Alta Maestra sostiene entre las manos una pequeña ampolla.

—No tenemos mucho tiempo, Romeo. El Decano quiere salvarte. Tiene un plan. Hoy mismo huirás de la Academia.

—¿Huir? ¿Qué decís?

—Este vial contiene un líquido. Solo sé que es sangre.

Ignoro a quién pertenece, pero sirve para que la transformación en Selfiera no suceda.

Bloqueará tu Pertenencia, pero estarás vivo.

Cuando lo bebas, te sentirás extraño y las fuerzas te abandonarán, y tu corazón se ralentizará tanto que parecerás muerto.

Pero no lo estarás. El Decano constatará que ya no respiras, me llamarán para que lo compruebe y confirmaré lo que habrá dicho el Decano.

Lorenzo reclamará tu cuerpo. Te llevarán lejos de la Academia, no sé adónde.

Ni me ha sido revelado ni me está permitido saberlo.

Me pasa el pequeño vial. Lo observo. Rememoro a todos los Iniciados que huyeron para no asistir a la Congregación y fueron cazados, arrestados y Abnubilados. ¿Y ahora tengo en la mano un vial que podría haberlos salvado? ¿Un vial que impide que los Iniciados se transformen en Selfieras?

—¿Por qué, si es un modo de evitar la transformación, no se usa?

—Porque necesitamos Extrema Sangre, no Rápidos extremadamente longevos. Bebe.

Abro el vial. Estoy a punto de beber. Me detengo.

—Mi hermano Lavinio no se fía de nadie. Se lo tomará solo si se lo llevo yo. O alguien que conozca.

—Romeo… —Basta mi nombre para hacerme entender. No darán el vial a mi hermano, ni a Benvolio. Ni a ningún Montesco. Soy el único elegido.

—No —digo alargando la mano.

—¿No? —pregunta, consternada.

—O todos o nadie. No voy a escapar como un cobarde, abandonando a mi familia a la muerte.

—Si mañana por la mañana todos los Montesco hubieran fallecido, el Coro sospecharía. No puede ser.

—Entonces dádsela a los niños, dádsela a mi hermano Lavinio —suplico.

—Ellos no son útiles. Al parecer, tú sí.

Un sosiego que no creía posible desciende sobre mí. El temor encuentra espacio donde las decisiones no se han tomado, pero cuando sabes qué hacer desaparece, porque no tiene más armas para seducirte.

—No voy a tomarme el vial. No dejaré que Abnubilen a mi familia sin mí.

Estaré allí. Sostendré la mano de mi hermano y le explicaré que una vida con pocos solasterios también puede ser bonita.

Que aunque los recuerdos se desvanecerán, habrá otros.

Que lo único que importa es que estaremos juntos, y que el recuerdo que une a dos personas no está escrito en la memoria, sino en nuestro corazón. Y el corazón no puede olvidar.

Le devuelvo el vial a Cleo Aspidi.

—Quédatelo. A lo mejor esta noche cambias de idea. —Me meto el vial en la casaca para hacerle un favor a esta Extrema Sangre generosa y buena. Habría querido tener más Tiempo para conocerla.

Se va apesadumbrada, pero entonces se gira con un rayo de esperanza.

—¿No quieres vivir ni siquiera por Julieta?

Sonrío.

—Por ella puedo morir. Pero no puedo vivir sintiéndome muerto.

Apoyo la cabeza en la piedra. Cierro los ojos. Me arranco el abalorio del cuello. Me abandono al sueño. Y espero no soñar.