Romeo y Julieta Untold: La última congregación 47. Romeo #3
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47. Romeo #3

—No quiero saberlo, Romeo. No me queda mucho de vida. Mi cuerpo está cediendo. Y quiero morir convencida de haberlo sacrificado todo por una causa justa. Si no es así, no me lo digas. Porque habré vivido una vida vana.

Respeto su petición. Y en el fondo, ¿qué podría decirle? Yo tampoco conozco la verdad.

—No habéis venido solo para curarme el tobillo, ¿verdad? —Sé que es así. Percibo que quiere decirme algo, pero lo está eludiendo—. ¿Cómo está Benvolio?

—Acabo de ir a verlo.

No ha respondido a mi pregunta, lo que significa que no está bien.

—¿Mi Tropa? ¿Han empezado los entrenamientos? ¿Están lidiando ya con un maldito enigma? ¿Han recibido el Vínculo?

—Nada de todo eso. La Academia está cerrada a causa del juicio y…

La interrumpo.

—Debéis ayudarme. Rosalina ha mentido. No pueden arrestar a mi padre. Es un Extrema Sangre, siempre ha servido a Edén. Cuando se celebre el juicio, diré toda la verdad. Deberán escucharme…

Ella me estrecha las manos. No veo su expresión, pero sé que detrás de la máscara hay incomodidad y temor.

—¿Qué es lo que debéis decirme? —digo entre dientes, asustado por la respuesta que obtendré.

—Ya se ha celebrado el juicio, Romeo. Y…

—¡No puede ser! —grito.

Un Ensiferio irrumpe en la celda, pero la Alta Maestra lo despacha. Él obedece de inmediato. Nadie discute las órdenes de Cleo Aspidi.

—Romeo, escúchame, llevas tres días aquí. A estas alturas todo ha terminado. No puedes hacer nada.

—¿Mi padre no se ha defendido? ¿Nadie ha hablado por él? —Estoy consternado. Estupefacto.

—Tengo un mensaje suyo para ti. —Alarga una mano y hace sentar a la Rápida a mi lado.

—No quiero nutrirme. Ya os lo he dicho.

—Y yo te he dicho que no está aquí por eso. —Me estrecha la mano—. Por favor.

Agacho la cabeza en señal de rendición. La Rápida se quita el bozal y presiona sus labios contra los míos.

Nos encontramos en la sala del juicio. Yo soy la Rápida al lado de Cleo Aspidi. No es mi juicio. Yo no estoy. Tampoco está Benvolio.

El Coro se ha sentado a su mesa, pero esta vez, a su lado, la Primera Voz también está presente.

Mi padre ha subido al estrado de madera. Está hablando.

La Rápida se gira para mirar atrás. Me vuelvo con ella en mi visión.

Los bancos están abarrotados de Extrema Sangre.

Hay gente de pie. Por todas partes. Están amontonados, apiñados, y estiran el cuello para ver mejor.

No veo a Iniciados. La Rápida se gira de nuevo hacia mi padre y yo con ella.

La Inquisidora ordena que se haga el silencio, y este se abate obediente sobre la sala.

Mi padre tiene una hoja en la mano. Lee.

—Yo, Tancredio Montesco, segundo de mi familia, regente de la casa de los Montesco, declaro que soy el único culpable de la muerte de Anteo Valfiero.

Lo maté para vengar la muerte de mi hijo Bastiano, asesinado por Reinaldo Capuleto con la complicidad de Eleonora Valfiero, quien, a pesar de estar presente en la batalla y habiendo constatado que se acercaba a su fin, permitió que Reinaldo arrebatara el último aliento de vida de mi hijo y lo convirtiera en polvo.

—Se gira hacia la Loba—. Ahora sabes lo que significa perder a un hijo.

Los Extrema Sangre protestan. María Valfiero se pone en pie de un salto.

Su voz retumba cuando se dirige al Coro:

—Los Montesco tiñen de sangre nuestras calles, matan a nuestros hijos, nos acusan a nosotros de ser los asesinos, cuando solo estábamos protegiendo Edén más allá de nuestras vidas.

—Se dirige a mi padre—: Has matado a mi hijo inútilmente.

Yo no estaba al lado de Reinaldo en aquella batalla.

Y tú mientes solo para justificar tu cruel sed de muerte.

—Se gira hacia el Coro—: Yo invoco la Depuración de la Sangre.

Lorenzo empalidece. Se alza.

—No es posible. Se ha demostrado que Romeo Montesco y Benvolio Montesco son inocentes. Las culpas de los padres no pueden recaer sobre los hijos.

—Invoco la Depuración de la Sangre —grita de nuevo la Loba.

Yo me quedo helado.

La Depuración de la Sangre significa Abnubilar a toda la línea de los Montesco.

Todos.

Niños incluidos.

Hace centurios que no se lleva a cabo.

El Coro discute. Muchos están disgustados. Otros sonríen. ¿Cómo pueden sonreír por la muerte de mi casa?

La Inquisidora se pone en pie.

—Que así sea.

Mi padre está cadavérico. Se apoya en la balaustrada de madera para no caerse. Mira a Lorenzo, que se pone en pie de un salto.

—Romeo y Benvolio están bajo mi jurisdicción. Son Iniciados de la Congregación. Hasta que no sean…

La Inquisidora asesta un golpe a la mesa con la mano.

—Hemos hablado y hemos decidido. —Y se va con su sentencia, que como un hacha cruza el aire como un rayo y pronto se abatirá sobre nosotros.

No quiero seguir mirando. Muerdo el labio de la Rápida, que interrumpe el contacto.

Estoy paralizado por el horror. Se me ha cerrado la garganta.

La saliva desaparece dentro de mi boca, y mi lengua roza un paladar árido.

Tiemblo. A lo lejos en el tiempo, oigo la voz de la Alta Maestra, que me llama.

No puedo alcanzarla. Me he desplomado dentro de mi mundo hecho añicos.

Acabado. Eliminado. Floto mientras la oscuridad corre hacia mí para saciar su hambre. Y dejo que me agarre.