Romeo y Julieta Untold: La última congregación 47. Romeo #2
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47. Romeo #2

Por un batimiento pienso en los Iniciados ahogados, en los que se arrancaron las vísceras, en las Tropas y en la espada que se abatía sobre quien no había sido elegido. Lo más inquietante de esta Academia es que quienes la comandan se creen las mentiras que ellos mismos se cuentan.

—Nosotros —continúa la Inquisidora— no podemos valorar este acto de modo superficial.

Y por lo que a nosotros respecta todavía no somos capaces de determinar la inocencia o la culpabilidad de los imputados; sin embargo, esperamos que el próximo testigo pueda esclarecerlo.

Haced entrar a la Vestal Rosalina Corvato.

Me sobresalto y al mismo tiempo siento alivio. Tiene el rostro cubierto por un velo finísimo y lo suficientemente transparente para permitirme ver que evita mirarme. También cuando sube al estrado. También cuando se aparta el velo.

Me giro hacia Benvolio. Y por primera vez, él me devuelve la mirada: está asustado.

Yo lo tranquilizo con un gesto de la cabeza.

Al fin Lorenzo debe de haberse decidido por la verdad.

Nos acusarán de perjurio, pero es una nimiedad.

Nos defenderemos diciendo que nos daba miedo acusar a los Capuleto.

Al pensar en Teobaldo se me encoge el corazón, no por él, sino por Julieta. Eso la dejará desconsolada.

—Estamos consternados por haber sido obligados a alterar tu quietud y tus plegarias, Vestal Rosalina. Pero ha llegado a nuestros oídos que puedes esclarecer los sucesos de la noche de la Congregación.

Rosalina asiente con la cabeza.

Quisiera que me mirase, para que yo pudiera agradecérselo. Sé lo mucho que le cuesta acusar a su hermana.

—¿Dónde estabas la noche de la Congregación?

—En Verona, Inquisidora. Sé que se nos había ordenado que no saliéramos, pero tenía una cita importante.

—¿Con quién tenías esa cita?

Su voz es un susurro:

—Romeo Montesco.

—¿Dónde?

—En Ponte Pietra.

—Llovía a cántaros, esa noche, y sin embargo saliste para encontrarte con Romeo. ¿A qué venía tanta urgencia?

—Me había pedido que nos viéramos allí mediante una carta. Quería saludarme antes de entrar en la Academia…

Rosalina se detiene. Sus manos estrechan con fuerza la balaustrada de madera.

—¿Erais amantes?

—¡No! —dice con demasiado ímpetu—. Nunca. Él me escribía cartas de amor y yo… quería ir a decirle que dejara de hacerlo.

La primera mentira hunde el primer clavo en el ataúd.

—Teníamos la cita al undécimo tañido de la campana, pero llegué tarde. Y al llegar él ya no estaba.

Otra mentira. Otro clavo en el ataúd. ¿Quién quedará encerrado allí dentro? Una Vestal tiene un gran poder. Su palabra es considerada pura, libre de mentiras.

—Pero había un duelo en el terraplén de debajo del puente —dice.

—¿Quién estaba luchando?

—El pobre Valfiero estaba rodeado.

Un clavo más.

—Recé por su vida. —Sigue mintiendo.

Se hunde un clavo más en la madera.

—Pero ellos eran demasiados. Yo estaba paralizada por el terror. Anteo se echó al suelo. Se arrodilló. Un Extrema Sangre dio un paso al frente y le atravesó el pecho. —Parece consternada cuando lo dice.

—¿Quiénes eran?

—Estaba muy oscuro. No estoy segura…, pero… —Se interrumpe.

—No tengas miedo, Vestal Rosalina. ¿Reconociste quién era el Extrema Sangre que se manchó con semejante delito?

Ella asiente con la cabeza. Y en sus ojos veo el vacío.

Oigo el sonido del martillo que se alza.

—Tancredio Montesco.

Y el último clavo sella el ataúd de mi padre.

Me han sacado a rastras y me han arrojado al calabozo y yo seguía gritando. He insultado a Rosalina. He blasfemado contra la diosa. He jurado venganza.

El tormento que siento es tan profundo que ni siquiera noto el suelo arañándome el cuerpo.

Mi cabeza está confundida y pierdo la noción del tiempo.

Quizá duermo. Pero el amuleto que todavía llevo me despierta de inmediato.

Si pudiera me lo arrancaría, así me permitiría dormir y olvidar, al menos por unas cadencias, mi pena.

Se me ha roto el pie. He oído el crac del hueso.

Y he dado gracias por ese dolor físico. Así como doy gracias por el hambre que atenaza mis entrañas, pero sé que se puede remediar, como el hueso roto. Mi culpa no se curará.

Nunca he sido el predilecto de mis padres, siempre he recibido miradas de conmiseración.

Pocos ánimos, y palabras amables racionadas como el agua en el desierto.

Pero es mi padre. Es mi desierto. En el que aprendí a caminar, a no hundirme en la arena, a protegerme del viento, a beber agua con el placer de quien, sediento de amor, sin embargo encuentra gozo en ella.

Me han tendido una trampa. Malditos Capuletos.

Maldito el Decano, que ha vendido a mi familia.

Pero sobre todo maldito yo que he caído en esta trampa de modo tan pueril.

¿Por qué me he fiado del Decano? ¿Porque me dijo que tengo la Enfermedad y no me denunció?

Lo hará ahora. Ahora que ha obtenido lo que quería.

—Por la diosa, os ordeno que lo saquéis de ahí. —Oigo una voz que proviene del pasillo.

—Maestra, el Decano… —Otra voz intimidada responde.

—Ya me encargo yo del Decano.

Las voces se acercan y veo a Cleo Aspidi, la Alta Maestra de los Trasladores, dirigiéndose hacia mi celda. La siguen una Rápida y dos de mis abundantes carceleros.

Un guardia toca los barrotes, que cesan de despedir su resplandor rojo.

Otro me agarra por las axilas y me arrastra afuera.

Ardefríos y Graves. Los únicos con el poder de sacarme de aquí.

Pero no me liberan, solo me cambian de calabozo.

Me arrojan al suelo contra una pared. El pavimento está frío, pero no impregnado de Pertenencia, y los barrotes no son incandescentes.

Solo son barrotes. No me imaginaba que me alegraría tanto de estar en una cárcel.

La Trasladora se me acerca y coloca su mano en mi tobillo.

Intento apartársela, pero no tengo fuerzas.

Mis brazos están blandos, como mi cabeza, que se bambolea.

El dolor del tobillo desaparece. El alivio es tan grande que siento un destello de felicidad del que me arrepiento y que ahuyento de inmediato.

—Me sabe mal, Romeo… —Su voz es dulce mientras me acaricia la cabeza. Su ternura me estremece y al fin descienden mis lágrimas. Sollozo y ella me abraza. No conozco bien a la Alta Maestra, pero me aferro a ella.

Cuando me aparto, hace entrar a la Rápida.

—No quiero nutrirme.

—No está aquí por eso —me responde. Cleo Aspidi ha traído consigo algo de tristeza.

A su lado llueve. La toco buscando una pizca de positividad en mi interior para alejar su pesadumbre.

Encuentro la gratitud por esta Extrema Sangre que se ha hecho cargo de mis heridas.

Es suficiente para mitigar un poco su pesar.

Ella se sobresalta. Ha entendido lo que estoy haciendo.

—Te estás volviendo más poderoso, Romeo —dice con un hilo de orgullo.

—Si de veras lo fuera quemaría este lugar, lo destruiría desde sus cimientos.

—¿Y entonces? ¿A cuántos jóvenes Iniciados condenarías a muerte? La Academia tiene un objetivo.

—¿Y cuál es? —digo con sarcasmo—. Esta Academia está repleta de mentiras y secretos.

¿Acaso sabéis que existe un dios olvidado?

¿O que no solo hay cuatro Pertenencias, sino también una más?

¿Acaso tenéis conocimiento de los Encantilantes?

Supongo que no. Supongo que ni siquiera vos sabéis cuántas mentiras dicen.

—¿Dónde has oído este nombre, Encantilantes?

—De un dios olvidado. ¿Y vos? No estáis sorprendida. Ya habías oído esta palabra.

—La usó tu abuelo, una vez. Cuando le pedí explicaciones me respondió como me has respondido tú. Una palabra de un dios olvidado.

Hago ademán de hablar, pero ella me cierra los labios.