47. Romeo
Romeo
Pensaba que la sala de la Inquisición estaría diseñada para infundir temor.
Me imaginaba tronos y símbolos del poder.
Paredes decoradas con ejecuciones de Extrema Sangre que quebrantaron la Ley.
Pensaba que también habría pinturas con las escenas de la Gran Rebelión.
O Selfieras decapitadas con sus cabezas en las manos de quienes les dieron muerte.
En cambio, se trata de una sala desnuda con una larga mesa de madera basta situada cerca de la primera ventana que da a uno de los claustros.
Miro a Benvolio, atado como yo en el otro extremo de la sala.
Un collar de hierro unido a una cadena nos ciñe el cuello.
Parece hecho de metal común, pero sé que está impregnado de alguna Pertenencia.
Si intentase moverme se volvería incandescente, o helado como los témpanos del Norte, o tal vez tan pesado como para cortarme la cabeza de un plumazo.
Mi primo no me mira. Tiene la vista clavada en el suelo.
Esta culpa recae en mí. Lo sé. Yo quise ir a socorrer al Rápido.
Yo caí en la trampa. Él nos había avisado.
Siento el peso de las palabras que querría decirme sobre mi espalda, y me aplastan como ha hecho la celda.
En el centro de la sala hay un pequeño estrado de madera rodeado por una simple balaustrada, encarada hacia nosotros, que mira a los jueces.
Es allí donde los testigos hacen sus declaraciones.
Detrás de la tribuna, una larga fila de bancos de madera está dispuesta en semicírculo.
Las sillas están todas vacías, salvo las de los Altos Maestros.
Van acompañados de sus Rápidos al servicio.
Miro por el rabillo del ojo y veo que falta el Alto Maestro Valfiero.
A lo mejor tenían miedo de que me cortase la cabeza antes de que yo pudiera pronunciar palabra.
Sé que para la mayor parte de ellos yo soy culpable.
El repiqueteo de un tambor anuncia la llegada del Coro.
El Ensiferio que me vigila tira de la cadena para hacerme alzar.
Me duele todo el cuerpo. Las cadencias en el interior del calabozo me han doblado.
Me pongo en pie, pero no logro enderezarme, de modo que parece que esté haciendo una torpe reverencia.
Toman asiento en las siete sillas de la mesa.
En el centro se acomoda la que llaman la Inquisidora.
No es una Extrema Sangre. Nadie del Coro lo es.
Renunciaron a su poder al incorporarse en los Pentra, convirtiéndose en Magicúmanos y Encantantes.
Aunque ahora también han perdido este título.
Son solo una voz… una voz, sin embargo, que nos manda.
Tienen cuerpos robustos y bien alimentados; la grasa engrosa su piel.
La Inquisidora, a diferencia de los demás, es tan magra que los tendones de su cuello parecen cuerdas de laúd. La piel deja ver la red de venas que discurren bajo ella. Ignoro cuántos centurios tendrá, pero por lo que veo, muchísimos.
Escalo no se encuentra entre los presentes. Pero no se trata de un asunto de guerra, sino de Ley. Y nadie está por encima del Coro. Ni siquiera la Primera Voz.
Un ruido de metal anuncia la llegada de alguien.
Cuando la puerta se abre de par en par, María Valfiero hace su entrada.
Con ella, su hermano: el Alto Maestro. Así que es por eso por lo que no estaba.
Esperaba hacer la gran aparición junto a su hermana.
Ambos llevan puesto el uniforme de guerra.
Un claro mensaje para mí y para mi primo.
La Loba lleva el pelo recogido en mullidos rizos, fijados por grandes horquillas ornamentadas con preciosos colgantes.
Pero sé que no están ahí por belleza: son largos y afilados puñales.
Su alma deja una estela de sombras hechas de sangre, de cristal hecho añicos.
Sus emociones son tan potentes que se me aparecen sin que yo las haya buscado.
Me concentro para interrumpir ese flujo de informaciones. Lo logro a duras penas.
Su hermano se sienta con los demás Maestros mientras la Loba hace una gran reverencia dirigida al Coro. Luego me mira y me escupe en la cara. No alzo las manos para limpiarme la saliva y dejo que me resbale por el rostro.
Lorenzo se pone en pie de un salto.
—¡Habíamos acordado que no habría nadie! —Por un batimiento, veo vacilar su arrogancia.
La Valfiero ignora al Decano. Se sienta en el banco y ya no me mira más. Para ella ya soy polvo.
—Nosotros hemos concedido permiso a María Valfiero para asistir —dice la Inquisidora—.
Está en su derecho. El crimen perpetrado en perjuicio de su familia es tan infame que hemos pensado que permitirle estar presente era lo mínimo que podíamos hacer.
—A continuación, se dirige a la Loba—. Os presentamos nuestras más sinceras disculpas.
Este delito también recae sobre nosotros.
No hemos sido capaces de proteger a nuestro pueblo, a nuestros hijos.
—Los finos labios de la Inquisidora se mueven despacio, y en las pausas entre palabra y palabra se humedece la boca con la lengua. Me recuerda a un reptil.
La Loba asiente con la cabeza. Lorenzo tiene la mandíbula cerrada. No creía que hubiera mala sangre entre ellos, pero al parecer sí la hay.
El miembro del Coro más cercano a Benvolio lee los cargos.
Bajo su mentón, la piel está hinchada como la de una rana.
E incluso su voz se le asemeja. La lista es larguísima, y cada vez que anuncia uno me mira como si se regodeara.
Espero que de un momento a otro saque la lengua bífida y atrape una mosca.
Algunos crímenes son verosímiles; otros, ridículos.
Homicidio. Conspiración. Vilipendio a la raza.
Afiliación al enemigo por haber sustraído un valeroso combatiente.
Este es el más risible de todos. Anteo no habría logrado resistir un lateluna en la Academia.
Demasiado frágil. Tal vez demasiado bueno, en parte.
Se esforzaba por ser un Valfiero, tal como la casa imagina a sus retoños: crueles y despiadados.
Pero yo todavía recuerdo cómo temblaba durante la emboscada.
Después de la larga lista es nuestro turno.
Conducen a Benvolio al estrado. Mantiene la vista en el suelo en todo momento y recita de memoria lo que Lorenzo seguramente le ha escrito.
La Loba se retuerce todo el rato las manos, que se vuelven tan lívidas como su rostro.
Luego me toca a mí. Yo también cuento la misma mentira: habíamos bebido, y contraviniendo la prohibición de ir a Verona, nos aventuramos hasta la calle Cappello, donde nos acostamos con una Rápida que vende su cuerpo a cambio de dinero.
Tras nuestro falso testimonio, hacen entrar a la Rápida.
Tiene algunas cadencias más que nosotros, y sin embargo ya parece vieja.
Se ha aseado y la han hecho ponerse un vestido precioso de terciopelo y seda.
No creo que su cuerpo hubiera tocado nunca antes semejantes telas.
Las mangas son largas, así como la falda, estrecha en la cintura por un corsé que deja los senos generosamente expuestos.
No está acostumbrada a vestir así. Anda mal, tropieza y se rasca a menudo donde el bustier aprieta demasiado.
Se ha peinado con esmero, pero se ve que tiene el pelo encrespado y acartonado como la paja.
Se ha maquillado de una manera exagerada.
Parece una marioneta de feria desechada por su titiritero.
Al entrar, me guiña un ojo y me saluda. Me horrorizo.
Jamás he visto a esta Rápida, y la idea de que alguien pueda pensar que me he acostado con ella me avergüenza como si lo hubiera hecho.
Hace una reverencia desmañada hacia el Coro, postrándose más de lo necesario.
A continuación, inicia el interrogatorio.
Explica brevemente que esa noche estuvimos con ella.
Que lo hacemos a menudo. Habla de nuestros gustos sexuales.
De nuestros miembros. De nuestras perversiones.
Continuamente, debo decirme a mí mismo que me esté quieto, porque las ganas de alzarme y gritar a los cuatro vientos que está mintiendo es casi más fuerte que mi instinto de supervivencia.
Un Ensiferio se le acerca. Se inclina hacia ella y la besa.
Se quedan así algunos esimios y el guardia roba más de lo necesario para el interrogatorio.
Ella ni siquiera sabe lo que ha sucedido.
Pero cuando regrese al burdel, la dueña la echará.
Ahora es demasiado vieja para el «trabajo».
El Ensiferio ha absorbido al menos cuatro solasterios; sonríe mientras se limpia la boca con la mano y se gira hacia el Coro.
—Así pues… —pregunta la Inquisidora.
—Es difícil de decir. Se acostaba con dos chicos, pero siempre estaban de espaldas y no llevaban puestos los uniformes, por supuesto.
—¿La Marca?
—La Marca se veía, podían ser Iniciados. Pero no puedo jurar que fueran Romeo y Benvolio Montesco.
Despachan al Ensiferio. Lorenzo muestra un gesto de rabia.
Me mira. Por primera vez desde que lo conozco, veo compasión.
Vuelvo a intentar leer sus sentimientos.
Esta vez lo consigo, aunque solo un batimiento.
Casi me caigo al suelo del terror que percibo proveniente de él.
Mucho más del que quizá siento yo. ¿Por qué mi muerte o la de Benvolio deberían causarle semejante desánimo?
Con un movimiento rápido de ojos, me clava la mirada.
¿Se ha percatado? Agacho la cabeza y la sensación desaparece.
Como si hubiera bajado la guardia por un momento y ahora se hubiera atrincherado de nuevo tras su inexpugnable muralla.
Los miembros del Coro hablan entre ellos con voces imperceptibles para nosotros. Al terminar, la Inquisidora se pone en pie.
—Lo que ha acaecido sobre uno de nuestros hijos es injusto y cruel, pero el modo en que se ha perpetrado el homicidio es aberrante, violento y vil.