Romeo y Julieta Untold: La última congregación 46. Romeo #2
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46. Romeo #2

Y hablo. De la emboscada, de la Seca y de los Capuleto.

De la Rápida que estaba compinchada con ellos.

Y del homicidio de Anteo. No le cuento lo que hizo el Rápido, cómo manipuló a nuestros enemigos durante un esimio.

Espero que Benvolio tampoco se lo haya dicho.

Concentro todos mis esfuerzos en hacerle entender que nos daba miedo saltarnos la Academia, que para Benvolio era la última posibilidad, así que los arrojamos al río.

Él escucha en silencio sin interrumpirme. Y siempre en silencio permanece largos esimios.

—¿Quién más está al corriente de esto? —pregunta al fin.

Niego con la cabeza. Nadie.

—También el sobrino de la Primera Voz… —rumia—. El asunto es más complicado de lo que me imaginaba. Me esperaba una escaramuza entre mocosos. En cambio, detrás de todo esto hay un plan. Y me temo que conozco el tejemaneje.

Se queda mirando el vacío. Yo espero. Contarlo me ha hecho sentir… libre. No fue culpa nuestra. Lo declararemos y lucharemos para obtener justicia. Benvolio tenía razón: debimos explicarlo todo desde el principio.

Lorenzo Monforte me mira fijamente. Entorna los ojos.

—Escúchame bien, Romeo: eso que me acabas de contar no debes decírselo a nadie. A nadie. ¿Entendido?

Me quedo estupefacto. Creo que lo he oído mal.

—¿Queréis que mienta delante del Coro?

—Sin la menor duda. Y ambos deberéis ser lo más convincentes posible.

—Pero los Capuleto… —protesto—. No pueden salir impunes.

—No será así, pero nos encargaremos de ello aquí en la Academia.

Los Iniciados no son del maldito Coro, y tampoco de esos depravados de los Pentra.

Vosotros sois míos. Tú eres mío, Romeo. —Lo dice mientras sus ojos se mueven rápidamente con arrogancia—.

Afirmaréis que fuisteis a la calle Cappello.

Los dos. A Terencio y a Mercucio dejadlos fuera.

No será difícil encontrar a una puta dispuesta a mentir por dinero.

Y le ofreceré una buena cantidad. No te preocupes.

Dirá que no tenéis nada que ver con ese homicidio.

Que aquella noche ni siquiera visteis al Valfiero. ¿Entendido?

—¡Pero el Coro leerá sus recuerdos!

—Es lo que espero. Así verán maravillosas escenas de sexo y no de sangre.

—Pero… los recuerdos no se pueden manipular.

Sonríe. Madre mía. No es así.

—Depende. Hay medios para hacerlo. Costosos, desde luego.

Yo creía que nadie era capaz. ¿O tal vez los Aeterianos? Alguien extremamente poderoso.

—¿Y por qué no contar la verdad? —insisto—. Lisandra Corvato es una asesina de la peor calaña, y Teobaldo le brindó la oportunidad de hacer lo que se le da mejor: asesinar.

—Romeo, tu casa no vale nada. Es su palabra contra la vuestra.

Nunca nadie os va a creer. Además, también estaba Mercucio Volterra.

Es el sobrino de la Primera Voz. Escalo pondrá todos los medios para hacer creer a todo Edén que estáis mintiendo.

Y si la duda asalta al Coro… entonces todos estaréis suspendidos hasta que no se aclare el asunto.

Tal vez tú puedas salvarte. Las presiones de Escalo podrían salvar a Mercucio.

Pero Benvolio… —chasquea la lengua repetidas veces— no puede volver a asistir a la Academia el próximo solasterio.

Me deja tiempo para que esas palabras sedimenten sobre mis temores.

Si solo hubiera un testigo…

¡Rosalina! Rosalina me mintió. Me dijo que no se presentó a nuestra cita, mientras que Julieta sostiene que sí.

Regreso con la mente a esa noche. A la figura en el puente que oí chillar antes de que huyera en la oscuridad.

Era Rosalina. Ahora no me cabe duda. Y sé por qué chilló: vio a su hermana asesinando a Anteo Valfiero.

—Hay una testigo —digo a vuelapluma.

—¿Quién? —me pregunta. Y no parece alegrarse de esta noticia.

—Rosalina Corvato.

Pone unos ojos como platos.

—¿La Vestal?

—Sí.

—Es la hermana de la persona a la que tú acusas.

—Por eso la creerán.

—¿Y por qué debería decir la verdad?

Susurro:

—Porque es honesta. Y porque creo que me ama.

Ladea la cabeza, y de nuevo esa sonrisa de hielo.

—¿Y tú, Romeo, tú la amas?

Tardo demasiado en responder.

—Ah. Entiendo. Y así sucedió. Una guerra familiar milenaria quedó barrida con la fuerza de un beso. O tal vez vosotros podríais sucumbir a la guerra familiar. Romeo Montesco y Julieta Capuleto. Será interesante ver cómo acaba.

—No sé de qué estáis hablando. Julieta y yo somos buenos amigos.

Hace un gesto sarcástico.

—Está bien, joven Montesco, entonces haremos como tú dices. Contaremos la verdad, y si Rosalina testifica contra su hermana, Lisandra Corvato y Teobaldo Capuleto, el primo de Julieta, serán ajusticiados, gracias a vosotros. Hasta mañana, Romeo.

—Esperad.

Se gira con aire de quien sabía que lo llamaría. Es demasiado astuto. Por eso es el Decano. Al final siempre consigue obtener lo que quiere.

—¿Sí, Montesco? ¿Acaso has cambiado de parecer?

Si fuese por la Seca iría hasta el final, hasta que la ajusticiaran delante de todo el mundo en el Teatro Romano. Pero Teobaldo… Oh, él también merece la muerte. Pero Julieta lo quiere. Es su familia.

—Si digo que estábamos en la calle Cappello…, ¿qué ocurrirá?

Se encoge de hombros.

—Nada. Investigaremos y luego archivaremos el caso sin haber encontrado al culpable.

—¿Y los signos de mi casa en su rostro?

—Después de todo este tiempo en el agua están bastante deteriorados. Se habrán equivocado.

Respiro hondo.

—Está bien, mañana mentiré frente al Coro.

Lo digo, y el fardo de estas mentiras pesa más que mi cuerpo aplastado por la gravedad.