Romeo y Julieta Untold: La última congregación 46. Romeo
85%

46. Romeo

Romeo

La celda no tiene ventanas. Ninguna esfera impregnada por los Aeterianos despide luz para permitirme ver, y sin embargo, veo.

El resplandor rojizo proviene de los barrotes del calabozo, que son incandescentes.

Ardefríos. Tocarlos significa quemarse. Pero no es un problema que me ataña, dado que ni siquiera logro ponerme en pie.

Incluso mover un brazo es impensable. La única concesión es estar aquí sentado, exactamente en la misma posición en que me dejaron.

Graves. No sé cuánto habrán aumentado la gravedad del suelo, pero mi carne pesa como si estuviera hecha de piedra.

Mi corazón bombea a toda velocidad para alcanzar las zonas más lejanas de mi cuerpo.

Pero me da la impresión de que no está yendo muy bien, porque la cabeza me da vueltas y lucho contra las ganas de desmayarme.

Respiro entrecortadamente, me duelen los pulmones, así como todos los órganos internos.

Siento cómo se oponen a la fuerza del suelo que los está reclamando.

Incluso mis huesos rechinan y tiran. No viviré mucho tiempo aquí dentro.

No sé cuántas cadencias han transcurrido desde que me arrojaron a la cárcel, pero he tenido tiempo para pensar.

He descartado a Rosalina. Incluso si me hubieran descubierto, no habrían implicado a Benvolio.

Lo mismo para la ciudad subterránea. A lo mejor hicimos algo que no debíamos.

Pero Julieta estaría aquí conmigo. Por lo tanto, solo queda una posibilidad.

Y esa me aterroriza.

El ruido de una pared abriéndose.

Pasos.

Alguien se está acercando.

El Decano se presenta ante mí. Está solo. No lo acompaña ningún Ensiferio. Por otro lado, ¿qué debería temer? Soy una piedra en el interior de un hoyo incandescente.

—Te has metido en un buen lío, joven Montesco. —Su tono es acogedor, casi preocupado, como si el asunto también pudiera concernirle a él. No distingo en sus ojos la fría crueldad de cuando hizo quemar viva a la doncella de Julieta. Podría ser su gemelo compasivo.

—¿Dónde está mi primo? —pregunto.

—En un buen lío él también —responde, jugando conmigo.

—Quiero verlo. —Mi voz es firme, pero se trata de un truco. No quiero que sepa lo asustado que estoy. El temor en los ojos del enemigo es siempre el arma más fuerte que te concede. Una de las numerosas enseñanzas de mi abuelo.

El Decano no me responde. Me escudriña.

Toma una gran bocanada de aire y entonces llega mi sentencia:

—Anteo Valfiero.

Me estremezco. Él se percata.

—Bien. Veo que sabes de lo que estoy hablando.

Trago arena.

—Ha llovido demasiado y el río ha regurgitado la suciedad junto con el cuerpo del joven Valfiero.

—Se toma un tiempo para que yo asimile la noticia—.

Ahora tenemos dos posibilidades, Montesco.

La primera es que me cuentes todo lo que ocurrió.

La segunda es que yo te deje aquí unos días.

Tus huesos no soportarán la presión y se romperán, uno tras otro.

Tus órganos internos empezarán a ceder, y lo más probable es que te pongas a vomitar sangre.

Tus pulmones colapsarán. Y cuando estés al borde de la muerte, llamaré a un Traslador para que te cure.

Y lo reanudaremos todo desde el principio.

—Curva los labios y en su sonrisa de yeso sí reconozco al Decano—.

O bien puedes decirme qué pasó. Nos ahorraríamos muchos esfuerzos.

Miente. No va a sacrificar a Trasladores para hacerme confesar, pero eso no significa que no bastarán los primeros días de dolor para hacerme escupir toda la verdad.

Ni en la gruta ni en las torres estuve tan aterrorizado.

Mi uniforme apesta a meado. Creo que me he orinado encima apenas me han arrojado aquí dentro.

Y no sé cuándo saldré. Si salgo. Aprieto los labios para reprimir el llanto.

Y sé que no hay nada de heroico en temblar y sentir miedo, pero solo tengo dieciséis solasterios.

Solo dieciséis. No soy ningún héroe. No quiero salvar el mundo.

No quiero levantar y guiar una rebelión como dice Ilhuas.

Solo quiero vivir. Y pasar el tiempo con mis amigos.

Y en un prado de margaritas quiero hacer el amor, no caer bajo los golpes de los Altos Maestros.

—Si estás pensando que no voy a sacrificar a Trasladores para llegar a la verdad, te equivocas, joven Romeo. Ni tienes ni idea de lo que estoy dispuesto a hacer por mis intereses. No se mata a uno de tu raza.

Gracias, Decano. Gracias por haber dicho lo único que podía hacerme transformar el miedo en rabia. Estallo en una carcajada y mis pulmones parecen partirse por la mitad. Lorenzo me mira desconcertado.

—¿Qué condenada farsa es esta? —Mi voz retumba.

El terror que había excavado un nido en mi pecho ha sido arrancado de cuajo por una ira sorda—.

Nos estáis matando desde el primer día en el que ingresamos.

En la Aldea habéis permitido que una Tropa entera diezmara a vuestros valiosos Iniciados.

¿Y ahora me torturáis por uno de mi raza?

¿Ellos quiénes eran? ¿Acaso no eran Edenitas?

¿No soñaban como los demás en convertirse en Extrema Sangre?

¿Valían menos que Anteo Valfiero? —grito, y me cuesta un esfuerzo devastador.

Respiro ruidosamente, cuanto mis pulmones me lo permiten.

El Decano da palmadas escarneciéndome. Parecen bofetadas dadas a mi orgullo.

—Estoy impresionado, Romeo. Me habían dicho que los Montesco pasan desapercibidos; se confunden como la mierda de los cerdos.

Y en cambio aquí tenemos a un león dispuesto a despedazar.

Serías un excelente Extrema Sangre. A nosotros, los Eternantes, no nos toman en mucha consideración.

Nos ven un poco como los desechos de la raza, y en cambio te voy a decir algo: somos los más fuertes.

¿Sabes lo que decía el gran Séneca? «Nos negamos a prestar dinero, mientras que con facilidad cedemos minutos de tiempo.

Y sin embargo el dinero se puede restituir, pero en cambio el tiempo no».

Donamos con facilidad lo más valioso que tenemos.

Séneca era un Rápido y tenía una concepción distinta a la nuestra del paso de las cadencias o de los solasterios.

Pero intuyó lo inestimable que es el tiempo.

Dicen que Alyaster lo creó ella misma al ver Edén, su última criatura.

Se enamoró tanto de ella que deseó disponer de más tiempo para contemplarla.

Yo no creo en estas ridículas leyendas, pero el paso de los solasterios, de los centurios, te hace percibir los cambios.

Sin eso no tendríamos recuerdos, no nos deleitaríamos con la dicha de la anticipación ni con el frenesí de un momento que ya sabemos que es irrepetible.

Los Rápidos creen que el tiempo es una condena, pero es el tiempo el que te da la posibilidad de saber que estás viviendo.

Se acerca a los barrotes. Sus ojos brillan con el calor que emana el hierro.

—Todavía tienes mucho tiempo, Romeo, no lo malgastes por una nimiedad. Cuéntame lo que ocurrió. No estoy aquí para condenarte. Trato de salvarte. Y soy la única posibilidad para ti y para tu primo…, que de todos modos ya me lo ha explicado todo. Él se fía de las leyes; prueba a hacerlo tú también.

—No me fío de vos. —Intento escupir para demostrar mi repugnancia, pero no funciona como cuando lo hace Amleto. Mi saliva no existe.

Lorenzo niega con la cabeza.

—Sois cachorritos presos de los sentimientos.

Incapaces de razonar. ¿Te has preguntado alguna vez por qué nunca nadie ha puesto la Academia en tela de juicio?

Y sin embargo todos fueron jóvenes Iniciados, y sufrieron y lucharon como has hecho tú.

—Acerca su rostro todavía más a los barrotes y me pregunto cómo se las arregla para no sentir dolor.

Apoya el rostro en el hierro y su carne empieza a chisporrotear sin que él emita un solo gemido de dolor.

En el aire se esparce el olor a carne quemada—.

Todos los años alguien se alza y clama venganza.

O revolución. Pero nadie llega hasta el final.

Nadie tiene los cojones para alzarse y cambiar el sistema.

Porque para hacerlo no debes temer cuánto puedas sufrir.

Permanezco en silencio.

—Está bien, joven y terco Romeo. Te daré algo para que te fíes de mí. —Sus ojos se mueven rápidamente. Cuenta con una carta que me hará doblegar, lo sé por lo ansioso que está por sorprenderme—. Yo sé que tú duermes —me susurra, apartando la frente de la celda.

Me lo esperaba todo, salvo esto. Me quedo boquiabierto y sin aliento.

Su carcajada es el chirrido de uñas sobre cristal.

—Hace tiempo que lo sé, joven Montesco. Hay pocas cosas que no sepa de esta Academia. No te preocupes, tu secreto está a buen recaudo. Ahora, volvamos a empezar. Tienes dos posibilidades. ¿Cuál eliges?

—Antes respondedme a una pregunta. —Todavía tengo el valor de desafiarlo fingiendo que su revelación no me ha hecho temblar más que los Movimientos—. ¿Qué le habéis dicho a mi Tropa?

Asiente.

—Nada. No saben nada ni sabrán nada. —No sé por qué, pero creo que es mejor que así sea. Lanza un suspiro, cruza las manos sobre el pecho y aguarda.

Intento usar mi intuición con el Decano.

Trato de descubrir qué emociones alberga en su interior.

Nada. No veo nada. El Alto Maestro es como una puerta sellada por la que ni siquiera puede echarse un vistazo por el agujero de la cerradura.

O mi poder fluctuante se mofa de mí. No tengo más remedio que fiarme.

—Está bien. Os lo diré todo.