45. Julieta #2
—No, no fue así —continúa Folco—. Apenas logramos ahuyentar a la Tropa de Paris, y solo la diosa sabe cómo nos las arreglamos para no morir.
Mientras todos suplicaban a Teobaldo que conquistase el Fundamento antes de que otra Tropa nos atacase, él no hacía más que golpear el pavimento de la torre.
Quería reabrir el barranco, quería encontrarte a toda costa.
Tuvimos que retenerlo dos personas para evitar que se hiciera daño…
Miro a mi primo. Sigue sentado en el diván, pero ahora se sostiene la cabeza entre las manos, con la mirada fija en el suelo.
—¿Es la verdad? —pregunto.
Folco esboza una sonrisa.
—Solo después acusó a Terencio y a Benvolio.
Vuelvo a sentarme a su lado.
—Solo quisiera que lo entendiera.
Se deja caer hacia atrás, resoplando.
—Teobaldo está hecho así, prima. Lo conoces, no será capaz de cambiar… No hasta que no se estrelle contra una realidad mayor que él.
Alzo una ceja, me vuelvo hacia él y me resulta casi cómico verlo ahí, tan grande y corpulento como es, tumbado y torpe.
—¿A qué te refieres?
Folco respira hondo y desvía la mirada.
—He pasado el último solasterio sumido en el miedo, Julieta.
Antes, porque temía que, lejos de la Academia, la Pertenencia salvaje en mi interior me transformase en Selfiera y el Coro mandara a un verdugo del Norte para liquidarme.
Todos los días, escondido de la luz del mundo, pensaba que Reinaldo no sería capaz de salvarme.
Y en cambio se las arregló, y entonces, ahora, he descubierto que mi miedo es todavía mayor.
Porque sé que si la Pertenencia cantase demasiado fuerte dentro de mí, si se me escapara de las manos antes de recibir el Vínculo, entonces me transformaría de todas maneras.
Ya ves lo frágil que es mi Marca: bastaría una pizca más de tiempo del necesario, bastaría envejecer ese lateluna de más, y estaría acabado.
Solo que este es un temor distinto: antes, temía por mi vida, pero estaba dispuesto a resignarme…
—¿Y ahora? —Me tumbo a su lado y nos miramos a los ojos.
Nunca había hablado tan abiertamente, nunca se había desnudado.
Me está confiando sus temores a mí, quizá la única persona en toda la familia Capuleto que desea escucharlo.
La única persona, a estas alturas, que ha comprendido que la debilidad no siempre es un defecto.
—Ahora… ahora creo haber encontrado algo por lo que vivir, y el miedo a no lograrlo me devora.
—¿Algo por lo que vivir?
—Alguien… —dice tras un batimiento, refregándose las manos como si temiera que lo juzgue—. Alena.
Me quedo boquiabierta.
—¡¿Alena?! —Esta noticia es capaz de barrer, en un batimiento, mi rabia hacia Teobaldo—. ¿Nuestra… nuestra Alena?
Folco asiente despacio.
—¿Es malo?
Necesito un batimiento para recobrar la respiración.
—¿Por qué sería malo? Estáis bien juntos, todos os hemos visto hablando.
Deberías decírselo. Si ella te gusta, deberías decírselo claramente, no esperar a que se percate ella sola.
—Me detengo un momento, porque me doy cuenta de la ironía de la situación: precisamente yo dando este consejo a mi primo…
Niego con la cabeza—. Mira a Terencio: él no ha tenido ningún problema con Laurela.
—Desde luego, quizá no es el momento de decirle que, por lo que parece, ahora Terencio tiene otros intereses.
—Pero Terencio no corre el riesgo de mutar a cada instante del día. Nunca nadie podría amar a un monstruo, Julieta.
Me enderezo para sentarme.
—Mandangas —digo—. No son más que mandangas, Folco.
Tú no te transformarás… ¿Y quieres que te diga la verdad?
Conociendo a Alena, te amaría aunque te transformaras.
Es más, probablemente incluso la llenaría de orgullo.
Así que háblale, porque, si no, el único temor será el de una respuesta que jamás recibirás.
—Tomo aliento, porque he pronunciado las últimas frases sin respirar y ahora Folco me mira con los ojos como platos. Y entonces se alza.
Pero no para ir a hablar con Alena, sino porque de la sala común de los aposentos proviene un estruendo que no tiene nada que ver con las decenas de Iniciados que la abarrotan. Un estruendo de portazos y armas desenvainadas.
Yo también me pongo en pie de un salto. Lo primero que pienso es que Teobaldo ha agredido a Romeo. Debo detenerlo.
Abro la puerta, seguida de Folco, pero no me encuentro frente a un duelo.
Diez Ensiferios con las armas desenfundadas mantienen a distancia a los Iniciados, formando un pasillo hasta la puerta que conduce al exterior. Delante de ellos, Mercucio los saluda con una reverencia.
—¿Puedo saber lo que os trae a nuestro palacio, nobles guerreros? —Se arregla el pelo rubio—. Es cierto que somos acogedores, pero, ¡ay de nosotros!, me temo que no hay más espacio para huéspedes adicionales.
—Hazte a un lado, Capitán —ordena un Ensiferio—. Hemos venido a arrestar a Benvolio y Romeo Montesco.
—Me temo que deberíais darnos al menos un motivo —gorjea Mercucio—. Son miembros importantes de mi Tropa. —Apoya con despreocupación la mano en el pomo de su espada, un gesto que no pasa por alto a los Ensiferios. Ahora diez espadas apuntan hacia él.
—Déjalo estar, Mercucio —dice Romeo, saliendo de su habitación—. No podría soportar cargar con tu muerte sobre mi conciencia. Quedarnos sin tus declamaciones sería una pérdida para el mundo entero. —Entonces se dirige a los Ensiferios—: Iremos con vosotros, no es necesario usar la fuerza.
Cuando los guerreros se cierran alrededor de él y de Benvolio y los escoltan fuera de los aposentos, y siento cómo el frío se cierne sobre mí, congelando cualquier alegría que pudiera haber sentido, la última mirada de Romeo es para mí.